Regresé por mi celular y lo descubrí en el baño
Hola. Es la primera vez que me animo a escribir algo así y no sé si lo volveré a hacer. Me llamo Renata, tengo veinte años y estudio en una facultad del centro. Hace unos días me pasó algo que no me puedo sacar de la cabeza, y necesitaba contarlo en un lugar donde nadie me conozca.
Para que entiendan todo, tengo que confesarles una manía. No soporto los baños públicos. Me da un asco terrible sentarme en una taza que no es la mía, sea en el cine, en un centro comercial o, sobre todo, en la facultad. Es algo psicológico, me dicen. Yo solo sé que prefiero aguantarme.
Y me aguanto. Paso clases enteras cruzando las piernas con tal de no pisar esos cubículos. Las pocas veces que no me queda otra, limpio la taza, forro todo el aro con papel y reviso dos veces antes de dejar que mi piel toque la superficie. En todo el año habré usado los baños de la facultad cuatro veces, no más.
Aquel día fue una de esas veces.
Estaba en clase y de pronto sentí esa presión en el vientre que ya conozco, la que avisa que no voy a llegar a casa. Todavía faltaban veinte minutos para salir, y después venía casi una hora de transporte. No iba a aguantar. Empecé a moverme en la silla, apretando los muslos, rezando para que el reloj corriera más rápido.
—Ve al baño de una vez —me susurró Sofía, mi mejor amiga, que estaba sentada al lado y notó mi cara.
—Sabes que no me gusta. Me da asco —le contesté entre dientes.
—Más asco va a dar si te orinas aquí enfrente de todos —dijo, y se rió tan bajito que casi me hace orinar de la risa.
—Eres una tonta —le respondí, pero un calambre me dobló por dentro y entendí que no había discusión posible.
Tuve que pedir permiso. Hasta el profesor levantó las cejas, porque yo nunca interrumpía. Salí casi corriendo por el pasillo vacío, con la falda corta del uniforme subiéndose a cada paso. La verdad, en ese momento me daba igual si alguien me veía algo: solo quería llegar.
Odio esos baños. Las baldosas manchadas, el eco de las gotas cayendo, la idea de gérmenes ajenos pegándose a mi cuerpo. Pero el dolor era más fuerte que el asco. Empujé la puerta del baño de chicas y choqué de frente con un muro.
Era don Ernesto, el conserje. Estaba parado en la entrada con el cubo y el trapeador, bloqueándome el paso. Un señor canoso, de unos cincuenta y tantos, con manos grandes y ásperas de tantos años de trabajo.
—Prohibido el paso, señorita —gruñó con su voz ronca, secándose la frente—. Estoy limpiando.
—Por favor, tengo que entrar ya —supliqué, cambiando el peso de un pie al otro—. Es una emergencia, de verdad. Me duele muchísimo.
—¿No te aguantas un ratito? Ya casi salen y todavía no termino.
—No puedo más, don Ernesto. Por favor —le rogué, y sentí que se me llenaban los ojos de lágrimas de pura desesperación—. Déjeme pasar, se lo pido.
Me miró de arriba abajo un segundo de más y al final se hizo a un lado.
—Rápido —dijo solamente.
No esperé. Pasé junto a él casi atropellándolo y me metí al primer cubículo. La puerta se cerró de golpe a mi espalda. Me subí la falda de un tirón y bajé la ropa interior hasta los tobillos sin pensarlo. Eran unas pantaletas blancas con dibujos de gatitos, que ese día me parecieron lo más ridículo del mundo.
Tenía tanta urgencia que ni limpié la taza ni la forré con papel. Me senté directo, con mi piel sobre la superficie fría, y por una vez no me importó nada. No había tiempo para ascos.
El alivio me llegó como una ola. Cerré los ojos y dejé salir todo, y el sonido contra el agua era escandaloso, vergonzoso. Nada más falta que se me escape algo peor, pensé, y casi me río sola de los nervios.
Entonces caí en la cuenta de que don Ernesto seguía afuera. Lo escuchaba: el roce del trapeador contra las baldosas, el tintineo del cubo, su respiración. Y un calor me subió a la cara al darme cuenta de que él escuchaba todo, cada segundo, en silencio, a unos pocos metros de la puerta. Apreté los muslos, incómoda, intentando concentrarme nada más en terminar.
Saqué el teléfono del bolsillo de la falda para distraerme. Tenía un mensaje de Sofía.
—¿Llegaste? —preguntaba.
—Sí, por un pelo —le respondí, ya sintiéndome libre de la presión.
—Mándame foto, ándale —escribió, burlándose como siempre.
—Cállate, tonta —contesté, y no pude evitar sonreír.
Suspiré, tomé papel y me limpié con cuidado. El rollo era de ese áspero y barato que duele. Arrugué el papel, lo tiré al cesto, me subí la ropa, me alisé la falda y jalé la cadena. Salí del cubículo todavía con las mejillas calientes.
Don Ernesto estaba ahí mismo, apoyado en el trapeador. Su cara seria se abrió en una sonrisa que no supe leer.
—¿Lista? —dijo, y mi nombre o mi presencia en su boca me sonó raro, demasiado cercano para un hombre con edad de ser mi abuelo.
—Sí, gracias —murmuré como pude, y salí casi corriendo de vuelta al pasillo.
***
Iba a mitad del corredor cuando me entró el pánico. El teléfono. Lo había dejado encima del depósito del agua, dentro del cubículo. Me di la media vuelta y volví corriendo, sin pensarlo, y empujé la puerta del baño otra vez.
La puerta del cubículo estaba entreabierta. Y ahí estaba él.
Don Ernesto, encorvado, con una mano sostenía contra su nariz el papel arrugado que yo había tirado, inhalando despacio, como si fuera lo más rico que hubiera olido. Estaba oliendo mi papel sucio. Con la otra mano se agarraba el sexo y se movía con una urgencia que no me dio tiempo a procesar.
Se quedó congelado al verme. Abrió mucho los ojos, pero ya era tarde. Su cuerpo se sacudió y terminó ahí mismo, manchando la pared del cubículo, con el papel todavía apretado contra la cara.
—¡Es usted un enfermo! —alcancé a decir, con el estómago revuelto del asco, pero necesitaba mi teléfono.
Estaba ahí, tranquilo, sobre el depósito del agua, a centímetros de su mano. Me lancé hacia adelante en ese espacio estrecho. No supe ni cómo, pero al pasar lo rocé, y sentí algo tibio y pegajoso quedarse en la tela de mi falda.
—Qué asco, por favor —pensé, y se me vino una arcada de verdad.
Pero pasó otra cosa que todavía no me explico. El calor de eso se filtró por la tela hasta mi piel, y sentí una sacudida en lo más hondo, algo que no pedí, que no quería, y que me dejó más confundida que el asco mismo. Su mano áspera me rozó el brazo cuando intentó cubrirse, alcancé el teléfono y salí de ahí.
—Espera… —empezó a decir, con la voz baja y temblorosa.
Yo ya estaba en el pasillo, corriendo, con la falda pegada a la pierna y el corazón latiendo como loco. Una mezcla de rabia y de algo más oscuro me daba vueltas adentro.
***
Esa tarde, ya en mi cuarto, no podía dejar de revivirlo. Su mano arrugada moviéndose, la forma en que olió ese papel mío como si fuera un tesoro, el roce de su cuerpo contra el mío y aquello tibio quedándose en mi falda. Lo veía una y otra vez, sin poder apagarlo.
Me sentía rara. Turbada. Mucho más allá del asco normal que me da un baño público.
No soy ninguna santa. He visto videos en el teléfono, sé cómo es, pero nunca lo había tenido tan cerca, tan real, tan crudo. Y aparte… ¿excitarse con un papel sucio? ¿Eso es normal? Entiendo que olía a mí, a mi cuerpo, pero me parece de lo más sucio que me ha pasado en la vida.
Sobre todo porque fue un señor con edad para ser mi padre, o más. La verdad, si hubiera sido un compañero de clase, un chico de mi edad, quizá hasta lo habría usado para tocarme después, recordándolo. Pero con don Ernesto no. Con él no sé qué siento. No sé si es asco, curiosidad, o qué.
No quiero pensar que pueda ser otra cosa. No me considero tan rara como para excitarme con algo tan grotesco, y menos con un hombre tan mayor.
Pero esa noche, cuando me cambié, mi ropa interior estaba más húmeda que cuando salí del baño. De eso estoy segura. Y eso es lo que no me deja en paz.
Ya no sé ni qué pensar. Ni a Sofía le he contado esto. Por eso lo escribo acá, en este rincón anónimo, a ver si soltándolo dejo por fin de darle vueltas.
Y bueno, eso fue lo que me pasó. Espero no haberlos aburrido con mi confesión. Hasta luego.