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Relatos Ardientes

Lo que pasó en su coche después de la biblioteca

Empezaba la época de exámenes y, como me había pasado el año anterior, sentía un estrés que se me metía en el cuerpo sin avisar. Sé que aún quedaba tiempo, que no era para tanto, pero esa sensación me acompañaba en todos los pensamientos de fondo, los que aparecen cuando no estás pensando en nada concreto.

Y sin embargo mis ganas de salir de noche no bajaban. Tenía el móvil lleno de mensajes, algunos muy decentes y otros bastante menos. Esa contradicción me definía bastante bien por aquellos meses: estudiar de día, querer perderme de noche.

Había empezado a ir a la biblioteca de la facultad porque en la residencia no rendía. El problema era que la biblioteca también estaba llena de miradas que no eran exactamente para los apuntes, y de cafés que terminaba tomando con uno y con otro. Uno de ellos era Damián, el típico chico de equipo: rapado, hombros anchos, unas piernas de jugar al fútbol toda la vida y unos ojos azules que llamaban más la atención de lo que él parecía creer. Empezó a sentarse en mi sala justo después de aquel primer café.

¿Sería yo una buena influencia para él, o él para mí?

Visto en frío, creo que pasó lo que tenía que pasar. O por lo menos lo que llevaba semanas cocinándose entre la máquina de café y los pasillos.

Esa tarde había ido a estudiar vestida para salir después: botas altas, medias, un vestido negro ceñido que me hacía un escote considerable y un suéter ancho por encima para disimularlo. El plan era avanzar con el temario y luego ir a tomar algo sin trasnochar demasiado. No conté con que Damián tuviera otros planes.

A media tarde bajamos por un café y, sin darnos cuenta, nos olvidamos de los apuntes. Me confesó que tenía novia, pero que sentía una atracción rara por mí y que, de una forma muy poco sutil, me lo estaba dejando caer.

Quizá eran imaginaciones mías. Pero me sentía cómplice de algo que todavía no había pasado, y eso que yo, por mi parte, también seguía teniendo pareja.

La máquina de café se convirtió en nuestro rincón. Pasamos más de una hora hablando, sobre todo de lo que él deseaba, muy poco de su novia.

Mi cabeza se fue sola. Aunque no le daba pie a otra cosa que no fuera charlar, por dentro ya me estaba imaginando su polla dentro de mi boca, y estaba cada vez más nerviosa, más mojada y más despierta de lo que me convenía.

Volví a la realidad cuando me propuso salir un rato, que había quedado más tarde para tomar algo por el centro. Era una invitación con segunda intención, y yo lo sabía. Aun así recogí mis cosas y salí con él.

***

Echamos a andar sin un rumbo claro. Él había quedado en otra zona y yo, aunque tenía que verme con gente cerca de la facultad, pensaba pasar antes por la residencia a dejar la mochila.

Lo notaba un poco perdido, sin saber bien qué hacer conmigo. Me había sacado de la biblioteca, me tenía dispuesta a seguirle el plan, pero no se atrevía a ponerle nombre a lo que quería.

Dimos una vuelta entera a la manzana. A la segunda, me cansé de tanto rodeo y decidí ser yo la que tomara la iniciativa.

—¿Qué vas a hacer ahora? —le pregunté.

—Pues había quedado para después de estudiar, para tomar algo por el centro.

—¿Y cómo pensabas ir?

Mi interrogatorio terminó por sacarle que había venido en coche. Y, como no podía ser de otra manera, me las arreglé para acompañarlo hasta la puerta del aparcamiento.

No me costó nada entrar y sentarme en el asiento del copiloto. Me mordía los labios imaginándome como una gata que ha localizado a su presa, y me excitaba la idea de que él iba a terminar cediendo, con la polla dura y sin excusas.

Lo notaba tenso, sacando temas con dificultad mientras a mí me empezaba a subir el calor entre los muslos. El suéter me tapaba justo lo que quería enseñarle, así que me acomodé en el asiento y me lo quité despacio.

Giró la cabeza hacia mí y vi cómo su mirada se perdía en mi escote. Me ponía saber que estaba imaginando mis tetas a unos centímetros de su cara, chupándome los pezones. Si me lo hubiera dicho, se los habría sacado del sujetador allí mismo y se los habría dejado mamar todo el tiempo que quisiera.

Pero no. Se puso aún más nervioso, hasta el punto de que tuve que ser yo la que preguntara qué le pasaba.

—Me pones nervioso. Y tengo novia.

—¿Y qué pasa? Estamos hablando.

—Ya, ya. Además tú también tienes pareja y…

Se hizo un silencio enorme. Yo estaba girada hacia su lado para que me viera bien. Mi escote apuntaba directo a sus ojos y el vestido se me había subido un poco por la postura, dejando entrever el tanga negro entre las medias.

—¿Quieres que me vaya? —dije.

Lo notaba cada vez más en tensión. Me miraba sin saber qué hacer y a mí me encantaba tener el control. Quería que diera él el paso, así que le lancé la última indirecta.

—Estamos solos. No pasa nada.

Quizá fue el interruptor que necesitaba, o quizá por fin se envalentonó. Se acercó despacio a mis labios y empezamos a besarnos.

***

Me dejé caer sobre el asiento mientras las lenguas se enredaban y noté una mano que se posaba por fuera del sujetador. Apretaba con suavidad, casi pidiendo permiso, y pensé que ese chico con pinta de duro era, en el fondo, mucho más tímido de lo que aparentaba.

Tuve que cogerle yo de la mano y guiarla un poco más arriba, hasta mi piel, hasta que apartó el sujetador y el borde del vestido y dejó una de mis tetas en su palma, con el pezón ya duro rozándole los dedos.

Por fin lo sentí envolverla, apretarla despacio, pellizcarme el pezón entre el índice y el pulgar hasta arrancarme un jadeo contra su boca. Dejé de besarlo y me concentré solo en eso, en la sensación de unas manos agarrándome, tirando de mi carne. Estaba mojada, cada vez más, y me excitaba todavía más saber que había conseguido exactamente lo que buscaba. Pero quería más.

Casi sin pensarlo separé las piernas hasta dejar a la vista las medias y el tanga, que a esas alturas ya lo tenía pegado al coño empapado. Arqueaba la espalda mientras su mano pasaba de una teta a la otra, chupándome los pezones cuando le acerqué el pecho a la cara, y empecé a mirarlo de una forma que no dejaba lugar a dudas.

Bajé la copa del vestido hasta que solo quedó el sujetador. Su boca se cerró sobre un pezón, tirándolo, mordiéndolo suave, y su mano bajó enseguida, sin caricias previas, directa por encima de las medias.

—Espera, espera, que me las rompes —le dije, riéndome.

Me dio tiempo a bajarme las medias hasta las botas y enseguida volví a notar su mano sobre la tela del tanga. Empezó a frotarme despacio, restregando el tejido contra mi coño, y notaba cómo la humedad calaba la tela y le mojaba los dedos. El placer me subió por las piernas y se me escapó un gemido contra su cuello.

—Apártalo —susurré—. Tócame bien.

Lo miré a los ojos, deseosa, mientras él corría el tanga a un lado y me pasaba los dedos por los labios del coño, arriba y abajo, resbalando en mi propia humedad. Buscó mi clítoris con el pulgar y empezó a hacer círculos, torpes al principio, más certeros cuando le guie la mano con la mía. Volvimos a besarnos, y unos instantes después, con su lengua todavía en mi boca, dos de sus dedos entraron de golpe.

—Ah, joder… —se me escapó contra sus labios—. Así, no pares. Métemelos hasta el fondo.

Los notaba dentro, moviéndose, curvándose contra la pared de mi coño, y yo me arqueaba para dejárselo más fácil, echando las caderas hacia adelante para tragármelos enteros. Cerré los ojos y decidí simplemente sentir. El pulgar seguía dando vueltas sobre mi clítoris mientras los dos dedos me entraban y salían con un ruido húmedo que llenaba el coche. Entre uno y otro movimiento se me escapaba un «más» que ni yo controlaba, y me concentré en el ritmo, cada vez más cachonda, cada vez más cerca, apretándole los dedos con el coño cada vez que me los sacaba un poco.

—Otro, méteme otro —jadeé, y él añadió un tercero, abriéndome más, forzándome un poco. Grité contra su cuello.

—No pares, no pares… me voy a correr —jadeé—. Me corro, me corro, joder, no saques la mano.

El muy canalla, con toda su timidez, me hizo correrme allí mismo, con los tres dedos hasta los nudillos y el pulgar aplastándome el clítoris. Me sacudí entera sobre el asiento, con las piernas abiertas de par en par y el coño chorreándole en la palma, mordiéndome el labio para no gritar demasiado. Yo imaginaba que después de eso querría seguir, meterme la polla ya sin tanto rodeo, pero pasó justo lo contrario: reculó. En medio de aquel aparcamiento medio vacío, conmigo medio desvestida en su asiento, con las tetas fuera y el coño empapado, a Damián le entró el cargo de conciencia.

—No deberíamos estar haciendo esto.

—Si quieres, me voy.

Y lo decía en serio. A pesar de lo bien que me lo había hecho pasar, empezaba a cansarme de un chico que no avanzaba ni retrocedía. Tenía ganas de seguir, sí, tenía ganas de sentir una polla dentro, pero no de que me llenara la cabeza con sus dudas.

Me volvió a besar, suave, y otra vez sus manos buscaron mis tetas, las apretó, se agachó a chupármelas otra vez como si no pudiera resistirse.

—¿Quieres que me vaya? —le pregunté—. ¿O quieres que haga otra cosa?

***

Se quedó paralizado, sin saber cómo reaccionar, y a mí me encantó dejarlo así. Era su última oportunidad antes de que me aburriera del juego, pero todavía me apetecía portarme mal.

Le fui ganando terreno hasta dejarlo bien hundido en su asiento mientras yo me reclinaba un poco sobre él. Se lo pregunté otra vez, solo para verlo ponerse más nervioso.

—¿Quieres que haga otra cosa? —repetí, bajando los ojos hacia su entrepierna—. ¿Quieres que te la chupe?

Aunque estábamos casi a oscuras, se adivinaba el bulto bajo los vaqueros, tenso, marcando la polla de lado. Pasé la mano por encima, dibujando la forma, apretándola por encima de la tela, mientras lo miraba. No tardó en desabrocharse el pantalón y bajárselo un poco, junto con el bóxer, hasta que se la sacó por completo.

Me quedé inclinada hacia delante. La tenía a unos centímetros: no especialmente gruesa, más bien larga, con una leve curva que se notaba en la penumbra y el glande brillante, ya con una gota transparente asomando. Me relamí. Me gustaba la idea de tener el control también de esto, de saber que en cuanto la envolviera con la boca él ya no iba a poder decir que no.

Mi orgasmo me había dejado con más ganas en lugar de saciarme. Quería seguir siendo un poco descarada, un poco mala, una zorra.

—Dime qué quieres que haga —insistí, mientras le rodeaba la base con los dedos y le apretaba suave—. Dilo.

—Chúpamela —soltó, por fin directo—. Chúpamela toda, por favor.

Me gustó oírlo así, sin rodeos, casi suplicando. Hacía rato que había decidido complacerlo, pero que se hubiera derretido del todo y cediera me ponía más. Lo prohibido de estar en ese aparcamiento, lo de que media hora antes dijera que no deberíamos: todo eso se me estaba transformando en puro deseo, en unas ganas locas de tenerle la polla en la garganta.

Empecé por sacar la lengua y pasársela por debajo, desde la base hasta la punta, lento, mirándolo a los ojos para que no se perdiera nada. Le di un beso en el glande, después otro, y lo besé como si le estuviera besando la boca, con lengua, chupándole solo la punta y dejando que un hilo de saliva le cayera por el tronco.

—Joder… —susurró, apretando las manos contra los muslos.

Me dejé caer. Abrí la boca del todo y lo recibí. Lo fui dejando entrar, deslizándose por mi lengua, y como no era gruesa me la metí entera de una, hasta que la punta me tocó el fondo de la garganta y tuve que aguantarme las arcadas. Empecé a mamársela sin tregua, entrando y saliendo entre mis labios apretados, subiendo hasta dejar solo el glande dentro y bajando otra vez hasta comérmela toda, mientras él intentaba quedarse quieto agarrado al volante con los nudillos blancos.

El silencio del coche se llenó del sonido de mi boca: chupetones húmedos, la saliva chapoteando, mis jadeos entre bajada y bajada. Yo me había abstraído de todo: de los exámenes, de mi pareja, de la suya. De todo. Solo existía esa polla entrando y saliendo entre mis labios.

—Joder… —gimió, agarrándose al volante—. Madre mía, no pares.

Le solté una mano y me la llevé al coño otra vez, por encima del tanga, y empecé a frotarme mientras seguía mamándosela. Me daba morbo mamarla y masturbarme a la vez, sentir que me volvía a mojar entera con su polla en la boca. Me la saqué un momento para recuperar el aire y le pasé la lengua por los huevos, chupándoselos uno a uno, mientras lo miraba desde abajo.

—Me la vas a matar —murmuró, con la voz rota.

Le sonreí y me la volví a meter, esta vez ayudándome con la mano, subiendo y bajando a la vez con los labios y con el puño, apretando fuerte al bajar, aflojando arriba. Me quedé absorta en el movimiento, subiendo y bajando. De todas las que he probado, las más finas, aunque sean largas, son las más fáciles: te deslizas y puedes llegar muy lejos. Esta entraba bien, demasiado bien, se me hundía en la garganta sin apenas resistencia.

Empecé a notar su sabor invadiéndome la boca, esa mezcla salada y espesa de un tío al borde, pero seguí un poco más, hasta que tuve tanta saliva que me caía por la barbilla y por sus huevos y tuve que parar a respirar.

—¿Me vas a avisar? —le pregunté mirándolo a los ojos, con los labios brillantes y la mano todavía moviéndosela despacio—. No me la saques de la boca sin avisar, ¿eh? Quiero notarlo.

Y, tras su sí ahogado, volví a bajar.

No tardé en perderme otra vez en el ritmo, ensimismada, sintiendo cómo se le hinchaba entre mis labios, cómo empezaba a temblarle el vientre, cómo se le tensaban los muslos bajo mis codos. Iba a estallar, y yo lo sabía. Aceleré, apretando más los labios, dejando que la punta me golpeara el fondo cada vez, con la mano subiendo y bajando por la base al mismo compás, hasta que llegó su grito. Su aviso. Su «me corro, joder, me corro».

Hay que reconocer que se lo guardó un poco más de la cuenta. Me di cuenta de que estaba a punto antes de que dijera nada, por cómo se le hinchó de golpe y por el primer espasmo que le noté en el tronco, y no me avisó hasta justo el momento en que empecé a notar el primer chorro caliente estallándome en el paladar. No la saqué. Me quedé con la polla dentro, chupando, tragando cada latigazo de semen espeso que me llenaba la boca, sintiendo cómo se vaciaba entero contra mi lengua mientras él gemía y se agarraba al volante como si fuera a arrancarlo. Cuando por fin dejó de temblar, la fui soltando despacio, chupándola hasta la punta para no dejar caer una gota, y le enseñé la última en la lengua antes de tragármela también.

Pero esa, quizá, es otra confesión.

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Comentarios(7)

ElBuenGusto

Excelente!!! de los mejores que lei en mucho tiempo. Sigue asi!!

natalia_v23

Por favor seguí contando, quede con ganas de saber como siguio todo despues de esa noche...

MarisolR_22

Me recordó a algo que me pasó hace unos años, esa tension que se genera cuando sabes que no deberia pero igual te dejás llevar. Muy real. Buenisimo

FernandoRd

Hay algo en como lo contás que hace que te metás de lleno en la escena. Esa tension previa... perfectamente capturada. Saludos

paquito_lee

la biblioteca nunca va a ser lo mismo jajaja. Buen relato!

SilviaK_Cba

Hubo una segunda vez o fue solo esa noche? con ese final me quedaron demasiadas preguntas jaja. Espero la continuacion!

Lluisur

Lo que mas valoro es cuando un relato mezcla deseo con algo mas humano, esa culpa callada, esa mirada. Aca lo lograste. Bien narrado.

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