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Relatos Ardientes

El secreto que guardaba mi tío en la granja

Voy a contar esto tal como pasó, aunque todavía me cueste creer que fui yo la protagonista. Tenía veintiún años y acababa de meterme en un problema que mi madre nunca me perdonó. No hace falta entrar en detalles: digamos que en la ciudad me había convertido en alguien que ella no reconocía, y que una noche me descubrió de una manera que no admitía excusas.

—Esta ciudad te arruinó —me dijo con la voz temblando de rabia—. Te vas lejos, donde no puedas seguir haciéndote daño.

«Lejos» significaba el campo. La granja de su hermano mayor, perdida entre cerros, a cuatro horas de la última parada de autobús.

Mi tío se llamaba Ramón. Era un hombre robusto, curtido por el sol, altísimo, rondando los cincuenta. Viudo, sin hijos, vivía solo con sus animales desde que mi tía Dolores había muerto años atrás. Cuando supo que tendría compañía durante una temporada, no disimuló la alegría. Pero mi madre le había pedido mano dura conmigo, y él prometió cumplir.

—Aquí se trabaja, Carla —fue lo primero que me dijo al bajar del coche polvoriento—. El que no trabaja, no come.

La granja tenía cerdos, ovejas y un puñado de vacas lecheras. Ramón las criaba para venderlas a buen precio, o vendía la leche en el pueblo los días de mercado. La primera semana me la pasé barriendo, fregando suelos y echando comida a los animales. No tenía que ordeñar: él contaba con una máquina moderna que succionaba de las ubres y sacaba la leche mucho más rápido que cualquier par de manos.

Me costó acostumbrarme al silencio. En la ciudad había ruido a todas horas; allí solo se oía el viento, los grillos y, de madrugada, el quejido de alguna oveja. Por las noches me tumbaba en la cama estrecha del cuarto que había sido de mi tía y pensaba en todo lo que había dejado atrás.

Lo que no esperaba era que mi propio cuerpo empezara a traicionarme.

***

Pasaron las semanas y empecé a notar cambios. No sé si fue el aire del campo, la comida o algún desajuste hormonal arrastrado de mi vida anterior, pero el caso es que algo dentro de mí se descontroló. Mis pechos, que siempre habían sido pequeños, crecieron de manera notable. No se volvieron enormes, pero pasaron de ser apenas una insinuación a un par firme y redondo que tensaba la tela de mis camisetas.

Y había algo más, algo que me asustó de verdad.

Empecé a despertarme con la ropa empapada a la altura del pecho. Al principio creí que sudaba, pero pronto entendí que no era sudor. Era leche. Mi cuerpo había comenzado a producir leche sin razón aparente, y la cantidad no hacía más que aumentar con los días.

Me daba vergüenza, y también miedo. Pero no tenía a quién contárselo salvo a mi tío.

—¿Qué te pasó en la ropa? Estás empapada, Carla —preguntó una tarde, sentándose a la mesa para almorzar. Yo le había preparado un guiso espeso, de esos que a él le gustaban.

Bajé la vista al plato. Sentí que me ardían las mejillas.

—Creo que tengo un problema hormonal, tío. No deja de salir leche de mis tetas.

Ramón tosió, atragantándose con un trozo de pan, y me miró con una sorpresa que tardó demasiado en disolverse.

—¿Leche, dices?

—Sí, tío. Sale a chorros, sobre todo de noche. Me despierto con las tetas duras como piedras y los pezones ardiendo.

Dejó el tenedor sobre la mesa. Su expresión había cambiado: ya no era sorpresa, era otra cosa que entonces no supe nombrar.

—Tu tía Dolores tenía épocas iguales —dijo despacio—. De pronto le subía la leche sin estar preñada. Cuando las ubres se le llenaban, decía que le dolía. ¿A ti te duele, Carla?

—A veces. Como si fueran a reventar.

—Eso es porque no hay nadie que vacíe esa leche. Si nadie la saca, se acumula y duele. —Hizo una pausa larga—. Yo ayudaba a tu tía cuando le pasaba. Se la chupaba hasta la última gota.

¿Chupármela? ¿Mi tío? Sentí un latigazo entre las piernas que me dejó sin aire.

—¿Cómo, tío? —pregunté, con la voz más ronca de lo que quise.

—Te lo enseño cuando terminemos de comer. Confía en tu tío.

***

Una hora más tarde habíamos terminado y yo había fregado los trastes. Las manos me temblaban un poco, no de miedo, sino de una expectativa que no entendía. Los pechos me dolían de verdad esa tarde, tensos y calientes, como si pidieran a gritos que alguien los vaciara. Y entre los muslos, sin razón que yo quisiera admitir, se me había armado una humedad pegajosa que me manchaba las bragas.

Ramón me esperaba sentado en el viejo sofá del salón, con los codos apoyados en las rodillas.

—Ven —dijo—. Déjame verlas, Carla.

—¿T-tío?

—Confía en mí. Voy a aliviarte ese dolor.

Me quedé de pie frente a él, dudando. Una parte de mí sabía que aquello no estaba bien, que había una línea que estábamos a punto de cruzar y que no se volvería a trazar. Pero el dolor era real, y la curiosidad también. Me había prometido a mí misma no ser la chica obediente que mi madre quería, y sin embargo allí estaba, a punto de obedecer la orden más prohibida de todas.

Me subí el borde de la camiseta de tirantes y, después de un instante de vacilación, me quité el top deportivo que llevaba debajo.

Mis tetas quedaron al descubierto, hinchadas, con los pezones rosados y duros, tan llenos que parecían a punto de soltar un chorro al menor roce. Ramón las miró en silencio, y noté cómo tragaba saliva. También noté, sin querer, el bulto que se le marcaba en el pantalón, grueso y largo, tensando la tela vieja.

—Igual que tu tía —murmuró—. Aunque las suyas eran más grandes.

Levantó una mano y la posó sobre una de mis tetas. La apretó con una suavidad sorprendente para unas manos tan grandes, masajeándola de abajo hacia arriba, cerrando los dedos alrededor de la carne caliente. La sensación me arrancó un suspiro que no pude contener.

—¿Ves? Así se hace —dijo—. Hay que ir vaciándolas poco a poco.

Entonces me pellizcó el pezón sin avisar, con el índice y el pulgar, rodándolo como si estuviera exprimiendo una uva. Gemí despacio, sorprendida, y un hilo grueso de leche brotó y le resbaló entre los dedos. Él lo observó como hipnotizado. Se acercó los dedos a la boca y los chupó uno por uno, mirándome fijo.

—Dulce —dijo—. Muy dulce.

Me temblaron las rodillas. Sentí cómo la humedad entre las piernas crecía, cómo el coño se me apretaba solo, latiendo al ritmo del corazón.

***

Lo que ocurrió después todavía me hace dudar de si fui yo o una versión de mí que no conocía.

Ramón se arrodilló en el suelo, frente a mí, entre mis piernas. Antes de que pudiera preguntar nada, acercó la boca a una de mis tetas y succionó con fuerza, cerrando los labios alrededor de la areola entera y tirando con la lengua.

—¡T-tío! ¿Qué hace? —tartamudeé, agarrándome al respaldo del sofá.

No respondió. Siguió chupando, vaciándome con una avidez que me dejó sin aliento, como si llevara años sediento y aquello fuera la primera agua en mucho tiempo. Cada tirón me enviaba una corriente cálida por todo el cuerpo, una mezcla de alivio y de algo mucho más turbio. Escuchaba el sonido húmedo de su boca, los tragos gruesos con los que se pasaba mi leche por la garganta, y cada trago me clavaba un latigazo entre los muslos.

—Tu leche es deliciosa, Carla —dijo, separándose apenas un instante antes de pasar a la otra teta, la que seguía dolorosamente llena.

Me mordió el pezón con cuidado, apenas lo justo para que soltara otro chorro, y después lo envolvió con la lengua y volvió a mamar. Yo solo podía gemir. El dolor desaparecía a medida que él bebía, reemplazado por una oleada de placer que no había sentido nunca. Sentía cómo la humedad me chorreaba ya por la cara interna de los muslos, empapándome las bragas, y sin darme cuenta empecé a frotar las piernas una contra otra buscando alivio.

Ramón se dio cuenta. Sin soltar la teta, subió una de sus manazas por debajo de mi falda, me apartó la tela de la entrepierna y me pasó dos dedos gruesos por la raja mojada.

—Estás chorreando, sobrina —murmuró contra mi pezón—. Chorreando como una perra en celo.

—Tío… —fue todo lo que pude decir.

Metió un dedo, después dos. Los deslizó hasta el fondo con una facilidad que me hizo enrojecer: mi coño estaba tan mojado que no ofrecía ninguna resistencia. Empezó a moverlos dentro de mí, curvándolos, mientras seguía mamando de mis tetas hinchadas. La otra mano subió y me atrapó el pezón libre, apretándolo hasta arrancarle otro chorrito de leche que le corrió por la muñeca.

—Ábrete más —gruñó, sacando la boca del pecho un segundo—. Deja que tu tío te vacíe entera.

Separé los muslos, temblando. Volvió a la teta y siguió chupando, ahora al ritmo con el que me follaba con los dedos. Sentí cómo algo se acumulaba dentro de mí, un nudo tenso en la boca del estómago, y de pronto me reventó encima como una ola. Grité, apretándole la cabeza contra mi pecho, corriéndome sobre su mano mientras él seguía sacándome leche a bocanadas.

—Buena chica —dijo cuando aflojó por fin—. Buena chica, ¿ves lo bien que se queda una después de vaciarse?

Se puso de pie sin dejar de mirarme. Tenía la barbilla brillante de leche y saliva, y el bulto del pantalón se le había vuelto una estaca imposible de disimular. Se soltó el cinturón despacio, sin apartar los ojos de los míos, y se sacó la polla.

Nunca había visto una así de cerca. Gruesa, oscura, con la vena marcada y el glande hinchado brillando de una gota espesa. Se la agarró con la mano y se la meneó dos veces frente a mi cara.

—Abre —ordenó.

Abrí. La punta caliente me golpeó la lengua y él empujó sin prisa, hundiéndomela hasta el fondo de la boca. Me tapó la nariz un instante con el pulgar, forzándome a respirar por él, y después empezó a metérmela y sacármela sujetándome la nuca con la otra mano. Yo mamaba como podía, atragantándome, dejando que se me escapara la baba por las comisuras. La saliva le chorreaba por el tronco y le empapaba las bolas pesadas.

—Así, sobrina. Chúpasela a tu tío como te la enseñaron en la ciudad —jadeó.

Le agarré la base con una mano y la meneé mientras chupaba, con los ojos llenos de lágrimas. Con la otra mano me apreté una teta y la exprimí, y un chorro de leche cayó sobre su verga. Ramón soltó un gruñido bestial.

—Joder. Joder, Carla.

Me sacó la polla de la boca de golpe, me levantó del sofá agarrándome de las axilas como si no pesara nada y me dio la vuelta. Me apoyó de rodillas sobre el respaldo, con el culo al aire, y me subió la falda hasta la cintura. Me arrancó las bragas de un tirón. Sentí el aire fresco contra el coño empapado un segundo antes de que su polla se apoyara en la entrada.

—Aguanta —dijo, y me la metió entera de una embestida.

Solté un alarido. Era enorme, mucho más gruesa de lo que había probado antes, y me llenó hasta un rincón que no sabía que tenía. Se quedó quieto un momento, respirando pesado contra mi nuca, y luego empezó a follarme. Duro. Sin ningún tipo de cuidado. Cada embestida me sacudía todo el cuerpo, cada golpe me clavaba el vientre contra el respaldo del sofá, y mis tetas rebotaban tanto que soltaban hilos de leche que me manchaban el estómago.

—Toma, sobrina —jadeaba a mi oído—. Toma la polla de tu tío. Esto es lo que pedía tu coñito, ¿verdad? Por esto te echó tu madre.

—Sí, tío… sí… —gimoteaba yo, ya sin vergüenza, empujando el culo hacia atrás para recibirlo—. Más, tío, no pare.

Me agarró de las caderas con las dos manos y me embistió más rápido. El sonido de sus huevos golpeándome el clítoris llenaba el salón, mezclado con el chapoteo mojado de mi coño y con los gruñidos que él soltaba a cada estocada. Me metió una mano por delante, me pellizcó el pezón y me exprimió otro chorro de leche que le mojó los dedos. Después esos mismos dedos bajaron a mi clítoris y empezaron a frotarlo en círculos, rápido, mientras seguía metiéndomela hasta las bolas.

Me corrí otra vez, apretándomelo dentro con espasmos que me sacudieron entera. Grité contra el respaldo del sofá, mordí la tela, arañé lo que pude. Él ni siquiera aflojó el ritmo.

—Ven aquí —gruñó, y me sacó la polla de golpe.

Me giró boca arriba sobre el sofá y me abrió las piernas con una rodilla. Volvió a hundírmela hasta el fondo y se echó encima de mí, aplastándome las tetas contra su pecho velludo, chupándomelas por turnos mientras me embestía. La leche le brotaba a chorros de los dos pezones a la vez, corría por sus labios, le bajaba por el mentón, se mezclaba con nuestro sudor y con la saliva que se acumulaba entre mis pechos. Me pasaba la lengua por el escote, se llevaba a la boca todo lo que podía, tragaba y volvía a chupar.

—Estoy a punto —jadeó—. ¿Dónde la quieres, sobrina? ¿Dónde te vuelco la lechada de tu tío?

—Adentro —supliqué sin pensar—. Adentro, tío, por favor.

Me hundió hasta el fondo, se aguantó un segundo con la mandíbula tensa y se corrió a chorros dentro de mí. Sentí cada latigazo caliente golpeándome contra el vientre, uno tras otro, tan abundante que empezó a rebosarme por los muslos aun con la polla todavía metida. Él siguió empujando despacio, exprimiéndose entera contra mí, sin dejar de mamarme una teta.

Cuando por fin se retiró, un hilo espeso de semen bajó de mi coño hasta la tela del sofá. Ramón lo miró con orgullo, recogió parte con dos dedos y se los volvió a llevar a la boca.

Se pasó el dorso de la mano por los labios y me miró con una calma nueva, la de quien ha recuperado algo que daba por perdido.

—Escucha —dijo, todavía arrodillado entre mis piernas—. A partir de ahora, déjame ordeñarte cada vez que se te llenen. Y déjame follarte cada vez que a mí se me llenen las bolas. ¿De acuerdo, Carla?

Me cubrí como pude con la camiseta arrugada, el corazón golpeándome el pecho, la entrepierna latiendo y goteando su corrida.

—S-sí, tío.

***

Esa noche cenamos en silencio, pero era un silencio distinto, cargado. Yo no dejaba de mirarlo de reojo, y él tampoco apartaba los ojos de mí cuando creía que no me daba cuenta. Yo seguía sintiendo su semen resbalar dentro de las bragas limpias que me había puesto.

—Tu tía disfrutaba mucho que la ordeñara —dijo por fin, dejando la cuchara—. Y disfrutaba más aún que la follara después. Pero con los años se fue secando por los dos lados. Tú, en cambio, eres una fuente. Joven y llena hasta los bordes. De leche y de jugo.

Sentí un escalofrío. La forma en que lo dijo, sin pudor, me revolvió por dentro.

—¿Hacían muchas cosas tú y la tía Dolores en esta granja? —pregunté, casi sin pensar.

Ramón sonrió de medio lado, una sonrisa que escondía años de recuerdos.

—Ni te imaginas, niña. Tu tía era una mujer especial. Le gustaba que me la follara en el establo, entre las vacas. Le gustaba mamarme la polla mientras yo la ordeñaba con la máquina. Hacía muchas cosas por esta granja, y muchas más por mí.

—Yo… al parecer me parezco a ella. —Bajé la voz—. ¿Crees que podría ocupar su lugar?

Me miró largo rato, como midiendo cada palabra antes de soltarla.

—¿Quieres ocupar el lugar de tu tía, Carla? ¿Quieres ser la puta de esta granja?

La pregunta quedó suspendida en el aire de la cocina. Pensé en mi madre, que me había mandado allí para castigarme, para que aprendiera a comportarme. Y entendí, con una claridad fría, que aquel castigo se había convertido en otra cosa. En una puerta abierta a un mundo que mi madre jamás habría imaginado.

—Sí, tío —respondí, y mi propia voz me sonó firme, decidida—. Quiero.

Ramón asintió despacio. Se levantó, rodeó la mesa y me puso una mano pesada sobre el hombro. La otra me la metió por debajo de la falda y me tanteó el coño todavía pegajoso.

—Bien. Esta noche te enseñaré las tareas que cumplía tu tía, una por una, con el mismo rigor. —Apretó los dedos apenas—. Pero te advierto algo: una vez que empieces, ya no podrás dar marcha atrás.

Lo miré a los ojos y no aparté la vista. Afuera, el viento movía las copas de los árboles y alguna oveja se quejaba en la oscuridad. Adentro, yo acababa de aceptar el destino que mi madre, sin saberlo, me había servido en bandeja.

—No quiero dar marcha atrás —dije.

Y esa misma noche empezó todo lo demás. Pero esa parte de la confesión la guardaré para otro día, porque hay cosas que, aun habiéndolas vivido, todavía me cuesta poner en palabras.

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Comentarios(7)

SoloLector88

tremendo, me dejo sin palabras!!!

PamelaRosario

Por favor tiene que haber una segunda parte! quede con demasiadas ganas de saber que paso despues

Noctambulo84

Que fluida la escritura, se lee de un tiron. Este tipo de confesiones me enganchan siempre desde la primera linea

ConfesoLect22

de los mejores que lei en esta categoria. Gracias por animarte a compartirlo

flor_pampa

Me recordo a los veranos que pasaba yo en la casa de mis abuelos. Ese silencio del campo lo senti muy real. Aunque por suerte mi historia fue mucho mas tranquila jaja

NightReader_Mx

la tension que se construye de a poco es lo mejor del relato. Muy bien escrito en serio

Granja_fan

hacia mucho que no leia una confesion tan bien contada. Muy bueno!

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