Mi amiga me consiguió mi primera mamada
Me llamo Daniela, ya paso de los veinte y, aunque llevo tiempo escribiendo mis historias, siempre vuelvo a una de las primeras veces que sentí curiosidad de verdad por hacer algo que no conocía. No hablo de besar ni de dejar que me tocaran por encima de la ropa. Hablo de meterme una polla en la boca por primera vez, sabiendo exactamente lo que iba a hacer y yendo a buscarlo por puro morbo.
Venía de una experiencia sexual reciente que me había dejado revuelta. Me gustó más de lo que esperaba, eso era evidente, pero también me dejó preguntas incómodas. Quería entender por qué me excitaba tanto pensar en ciertas cosas y, sobre todo, por qué la idea de chupar una verga se me había quedado clavada en la cabeza durante días.
Yo trataba de seguir normal con mi vida, pero la curiosidad no se iba. Me sorprendía imaginando cómo sabría, si me darían arcadas, si sería capaz de abrir bien la boca, si me atrevería a que me empujaran la cabeza. Me daba risa y vergüenza a la vez. A ratos me decía que no era para tanto; a ratos me mojaba solo de pensarlo.
La primera persona a la que se lo conté fue Nadia, mi mejor amiga. Con ella siempre hablaba sin filtro, y ese día se lo solté todo en una cafetería, en voz baja pero sin ahorrarme detalles. Ella me escuchó con esa cara de diversión suya, apoyó los codos en la mesa y sonrió como si ya supiera hacia dónde iba a empujarme.
—O sea que te acostaste con él, pero no se la chupaste —dijo, levantando una ceja.
—No. Se quedó pendiente —admití, removiendo el café sin necesidad—. Y ahora me pica la curiosidad, pero me da asco pensar en la corrida.
Nadia soltó una carcajada suave.
—Eso lo dicen muchas la primera vez. Luego descubres qué te gusta y qué no. Pero si de verdad quieres probar, tengo a alguien perfecto.
La miré ya sospechando que venía una locura.
—No me gusta esa sonrisa. ¿Qué estás pensando?
—En mi hermano.
Casi tiro la taza.
—¿Estás mal de la cabeza? —le dije de inmediato—. Ni loca.
—Escúchame antes de hacer drama. Él siempre ha dicho que le pareces guapísima. No te va a juzgar. Y precisamente porque no hay compromiso ni historia rara, puede ser solo eso: una mamada y ya. Tú pruebas, él disfruta, y nadie sale lastimado.
Negué con la cabeza, pero no tan convencida como me hubiera gustado. El simple hecho de imaginarlo ya me calentaba. Su hermano, Mauro, era unos años mayor que nosotras, alto, tranquilo, de manos grandes y mirada serena. Nunca había intentado nada conmigo, pero yo sí había notado más de una vez cómo me recorría con los ojos cuando creía que yo no miraba.
—No quiero que piense que soy una cualquiera —murmuré.
—Si aceptas, pensará que eres una mujer con ganas de aprender —respondió ella, muy seria—. Y te juro que sabrá llevarte. Si luego no quieres follar con él, no follas. Nadie te obliga a nada.
Le dije que lo pensaría, solo para cerrar el tema. Pero esa misma noche, ya en mi cama, no pude dormir tranquila. Pensé en arrodillarme delante de Mauro, en abrirle el pantalón, en verle la polla ponerse dura cerca de mi cara. Pensé en mis labios mojándola y en el sonido de mi respiración nerviosa. Terminé metiéndome la mano entre las piernas y corriéndome solo con esa fantasía.
Dos días después, Nadia apareció casi saltando de emoción.
—Aceptó —soltó sin preámbulos—. Le dije que te daba curiosidad, que querías hacerlo sin presión, y me dijo que cuando tú quisieras.
Yo sentí un vuelco en el estómago. Ya no era un juego. Ya había un hombre esperando mi boca.
Pasé la semana entera dándole vueltas. Vi porno a solas, no por calentura sino por estudiar. Miraba cómo agarraban la polla, cómo movían la lengua, cómo respiraban cuando se la metían más profundo. Me decía a mí misma que no quería quedar como una torpe, aunque en el fondo sabía que iba a estar temblando.
El plan se armó con una naturalidad ridícula. Nadia me pidió ayuda para unas cosas del trabajo y quedamos en vernos por la tarde. Después, según la versión oficial, saldríamos a dar una vuelta. En realidad, ella se quedaría con su novio en una habitación del apartamento de un amigo y Mauro y yo tendríamos otra para nosotros.
Todo estaba tan organizado que me dio más nervios todavía.
El día llegó y yo me puse una blusa sencilla, un sostén negro que me hacía buenas tetas y unos jeans ajustados. No era lencería ni nada especial, pero sí ropa que sabía que me favorecía. Mientras me arreglaba, me vi en el espejo y pensé: si ya vas a hacerlo, al menos hazlo sin fingir que no quieres.
Cuando llegué, Nadia me recibió con una sonrisa cómplice. Mauro estaba en la sala, recargado contra una pared, con una camisa oscura remangada hasta los antebrazos. Nos saludamos con un beso en la mejilla demasiado normal para lo que iba a pasar después. Precisamente por eso me temblaron más las piernas.
Subimos al apartamento y en pocos minutos mi amiga desapareció con su novio. Yo me quedé de pie en el pasillo con Mauro, oyendo una puerta cerrarse al fondo. Él me miró con calma, sin sonreír de más, sin ponerse chulo. Eso me relajó un poco.
—Si quieres irte, nos vamos —dijo—. No tienes que demostrarle nada a nadie.
—No quiero irme —respondí casi al instante, sorprendida de lo firme que sonó mi voz.
Él asintió y abrió la puerta de la habitación.
Adentro había una cama amplia, una lámpara encendida y el ruido lejano de la ciudad entrando por una ventana medio abierta. Cerró la puerta detrás de nosotros, pero no se acercó enseguida. Me dejó espacio, como si quisiera que yo diera el paso final por mi cuenta. Ese gesto, más que cualquier palabra, terminó de empujarme.
—Nunca he hecho esto —le confesé.
—Lo sé. Y no voy a apresurarte —respondió—. Primero bésame. Lo demás viene solo.
Me acerqué y lo besé con cautela. Sus labios estaban tibios, su barba recién marcada me rozó la piel y sus manos se posaron en mi cintura sin apretar. El segundo beso ya fue distinto. Más abierto. Más húmedo. Yo misma separé más los labios y dejé que su lengua entrara. En cuanto la sentí, se me aflojaron los nervios y me entró ese calor bajo en el vientre que ya conocía.
Sus manos empezaron a moverse despacio por mi espalda, bajaron a mis caderas y luego subieron a mis tetas por encima de la blusa. Me las apretó con firmeza, sin brusquedad, y yo solté un jadeo tonto contra su boca. Él se dio cuenta de inmediato.
—Así —murmuró—. No te guardes nada.
Volvió a besarme mientras me desabotonaba la blusa. Yo levanté los brazos y me la sacó despacio, sin dejar de mirarme. El sostén negro quedó entre nosotros como una invitación obvia. Mauro pasó un pulgar por el borde de una copa y luego metió la mano por dentro para tocarme el pezón. Se me endureció al instante. Cerré los ojos y dejé escapar aire por la nariz, ya mojada, ya excitada de verdad.
—Tienes unas tetas preciosas —dijo en voz baja.
El cumplido me encendió más de lo que debería. Me desabrochó el sostén por detrás y lo dejó caer. Cuando el aire tocó mis pezones, él bajó la cabeza y se metió uno en la boca. Chupó con calma, rodeándolo con la lengua, mientras con la otra mano me amasaba la otra teta. Yo le agarré el pelo, arqueando la espalda, sintiendo cómo el deseo me bajaba directo al coño.
—Joder —susurré—. Así no me ayudas a calmarme.
Él se rió contra mi piel y siguió chupándome unos segundos más. Luego se apartó y me miró como si evaluara si yo seguía nerviosa. Ya no tanto. Ahora estaba caliente, impaciente, y creo que eso se me notaba en la respiración.
—¿Todavía quieres probar? —preguntó.
Asentí.
—Sí.
—Entonces ponte de rodillas solo si te nace. No porque te lo tenga que mandar.
Aun así, lo hice enseguida. Me arrodillé frente a él sobre la alfombra, con el corazón golpeándome el pecho. Desde abajo se veía enorme, no tanto por tamaño sino por lo directo de la escena. Yo, en sostén ya fuera, con las tetas al aire, de rodillas delante de un hombre que me miraba sin parpadear.
Mauro se desabrochó el cinturón, bajó la cremallera y se abrió el pantalón. Metió la mano dentro del bóxer y sacó la polla ya medio dura. Gruesa, limpia, de un tono más oscuro en la punta. Al verla tan cerca me quedé callada. Sentí una mezcla de curiosidad, hambre y un respeto raro. No era un video. Era una verga real frente a mi cara.
—Tócala —dijo.
La agarré con una mano. Estaba caliente y más pesada de lo que imaginaba. La moví despacio arriba y abajo, torpemente al principio, mirando cómo terminaba de endurecerse. Él respiró más hondo. Yo seguí, aprendiendo con la mano, sintiendo cómo la piel se deslizaba.
—Así está bien —murmuró—. Sin miedo.
Me incliné y le di un beso en la punta, apenas un roce. No sabía a casi nada, solo a piel limpia con un toque salado. Eso me tranquilizó. Le di otro beso, más firme, y luego saqué la lengua para pasarla alrededor del glande. Mauro soltó un gemido contenido, de esos que un hombre hace cuando intenta no imponerse pero le gusta de verdad.
Ese sonido me dio confianza. Abrí más la boca y lamí desde abajo hasta la punta, despacio, sintiendo la textura lisa, el calor y el sabor cada vez más claro. Ya no me daba asco. Me daba morbo. Mucho.
—Métela un poco —me indicó.
Lo hice. Rodeé la punta con los labios y empecé a bajar apenas unos centímetros. Volví a subir. Repetí el movimiento, más despacio. Mi mano seguía masturbándolo al mismo tiempo. Él me acarició el pelo, apartándomelo de la cara, y eso me hizo sentir extrañamente cómoda, como si de verdad me estuviera guiando y no usando.
—Relaja la mandíbula —dijo—. Respira por la nariz. No intentes hacerlo perfecto.
Obedecí. La tomé otra vez y bajé más. Cuando la sentí tocar el fondo de la boca me eché atrás por reflejo, tosiendo un poco. Me ardieron los ojos de pura impresión. Mauro dio un paso hacia atrás enseguida.
—Tranquila. No pasa nada.
Respiré hondo, avergonzada y excitada al mismo tiempo.
—Quiero seguir.
—Entonces a tu ritmo.
Volví a meterla, esta vez con más cuidado. La cabeza, luego un poco más, luego casi la mitad. Mis labios se iban acostumbrando. Mi lengua rodeaba la base del glande cada vez que subía. Escuchaba su respiración encima de mí, más pesada, más suelta, y empecé a disfrutar no solo la sensación de tenerlo en la boca, sino el poder de provocarle eso.
Metí una mano entre sus piernas y le acaricié los huevos como había visto hacer. Él dejó escapar un gemido más ronco.
—Hostia... sí, así.
Ese elogio me puso todavía más perra. Me animé a sacar la polla por completo y a lamerle el tronco largo, desde la base hasta arriba, antes de volver a tragármela. Ya no iba tan asustada. Iba golosa. Me notaba mojando la alfombra entre las rodillas.
—Mírame —me pidió.
Levanté los ojos sin dejar de chupársela y la expresión que tenía me hizo apretar los muslos. No era ternura. Era deseo puro, agradecido, sucio. Me veía con hambre. Me veía arrodillada y le encantaba.
—Buena chica —murmuró.
La frase me atravesó entera. No sé por qué, pero me puso a mil. Le agarré mejor la base y empecé a chupar con más ritmo, subiendo y bajando la cabeza mientras mi lengua trabajaba la punta cada vez que salía. El sonido húmedo de mi boca llenó la habitación. Mauro me acariciaba el pelo y, de vez en cuando, empujaba apenas la cadera para marcarme el compás.
Quise probar más. Saqué la polla, respiré hondo y lo miré.
—Métemela un poco más —le pedí.
—Si me haces la señal, paro.
Asentí.
Volví a abrir la boca y él entró despacio. Muy despacio. Yo dejé la lengua plana y traté de relajar la garganta. Cuando sentí que tocaba el fondo me vinieron arcadas, pero no me aparté enseguida. Le agarré los muslos, respiré por la nariz y soporté un segundo más. Luego dos. Mis ojos se llenaron de lágrimas involuntarias y él se retiró apenas para dejarme aire.
—Eso es. Así se aprende —dijo.
Yo estaba temblando, pero no por miedo. Por la intensidad. Había algo brutalmente excitante en dejar que me usara un poco la boca, en sentir el peso de su polla entrando hasta donde mi cuerpo apenas podía admitirla.
Lo intentamos varias veces. Entraba, yo aguantaba hasta donde podía, salía, respiraba, volvía. Cada intento me dejaba más abierta, más acostumbrada. En uno de ellos, cuando ya me ardían los ojos y tenía saliva corriéndome por la comisura, fui yo quien lo jaló de las piernas para hundírmela más. Sentí la punta golpearme la garganta y tuve una arcada seca, pero no me aparté. Mauro soltó un gemido grave y me sostuvo la cabeza sin forzar, solo acompañando.
—Joder, Daniela... qué bien lo estás haciendo.
Esa frase me llenó de un orgullo absurdamente caliente. Seguí mamándosela con ganas, alternando profundidad con pasadas más lentas en la punta. Cuando no podía más, la masturbaba con saliva abundante y le chupaba los huevos, metiendo uno en la boca y jugando con la lengua alrededor mientras la mano no dejaba de subir y bajar. Él ya estaba muy duro, muy sensible; lo notaba en los espasmos de sus piernas, en cómo se le tensaba el abdomen.
Yo también estaba a punto de explotar. Sin que me lo pidiera, me metí la mano dentro del jean y del panty. Tenía el coño empapado. Empecé a frotarme el clítoris mientras seguía chupando. El contraste entre tenerlo en la boca y tocarme abajo me hizo gemir alrededor de su polla. Mauro lo sintió y me miró sorprendido, excitadísimo.
—¿Te pone tanto?
Saqué la boca un segundo para responderle, jadeando.
—Sí. Muchísimo.
—Entonces no pares.
No paré. Al contrario. Lo tomé de nuevo y aceleré. Mi mano iba rápida en mi clítoris, mi boca lo trabajaba con hambre, y la habitación se llenó de sonidos húmedos, respiraciones rotas y alguna palabra sucia suelta que ya ni pensé antes de decir.
—Qué rica está tu polla —murmuré, antes de volver a tragármela.
Él gimió más fuerte.
—Me voy a correr pronto.
Saqué la boca y lo miré, todavía acariciándolo.
—En la boca no. Todavía no puedo con eso.
—Está bien. ¿Dónde la quieres?
La pregunta me calentó más. Miré mis tetas desnudas y contesté casi sin pensar.
—Échamela aquí.
Me puse de pie para facilitarle el ángulo, pero Mauro me atrajo a la cama y me recostó a medias, dejándome con la espalda apoyada en la cabecera. Mis pechos quedaron levantados frente a él y mis jeans seguían puestos, aunque yo tenía ya la mano mojada dentro. Él se sacó del todo la polla y empezó a masturbarse rápido frente a mí. Yo no podía dejar de mirar.
—Sácate eso —me dijo, señalando mi pantalón.
Me lo bajé con prisa junto con la ropa interior y abrí las piernas. El aire me dio de lleno en el coño empapado. Mauro desvió la vista hacia abajo y resopló.
—Estás chorreando.
—Por tu culpa.
No respondió. Se arrodilló entre mis piernas y, antes de correrse, me metió dos dedos de golpe en el coño. Entraron facilísimo por lo mojada que estaba. Yo pegué un respingo y solté un gemido abierto.
—Quería probar cómo estabas —dijo, moviéndolos adentro—. Y joder, estás apretando rico.
Su pulgar encontró mi clítoris y empezó a frotarlo en círculos mientras los dedos entraban y salían. El placer me subió en una oleada tan brusca que casi me olvido de que seguíamos con su corrida pendiente. Abrí más las piernas, me agarré a las sábanas y dejé que me tocara sin disimulo. Mis caderas se buscaban solas su mano.
—Así, sí... no pares... —jadeé.
Él sacó los dedos, empapados, y se los llevó a la boca un segundo, mirándome. Ese gesto casi me remata. Luego volvió a ponerse sobre mí, con la polla dura y brillante en la mano, y empezó a masturbarse entre mis tetas. Yo las junté para él, viendo cómo el glande resbalaba entre ellas.
—Mírame cuando me corra —ordenó, con la voz ya ronca.
Lo hice. Me acaricié el clítoris con desesperación mientras él se movía cada vez más rápido. Su abdomen se tensó, sus muslos también, y soltó un gemido largo justo antes de correrse. La primera descarga me cayó caliente sobre el pecho, espesa, blanca. Luego otra, más arriba, cerca del cuello. Otra sobre la curva de una teta. El calor de la corrida sobre mi piel me produjo una mezcla de impresión y morbo que me hizo frotarme aún más fuerte.
—Joder... —murmuré, viendo cómo resbalaba.
Mauro siguió exprimiéndose unas últimas gotas, respirando agitado. Yo miraba fascinada el semen repartido sobre mis pechos. Metí dos dedos en una de las líneas blancas y los levanté despacio. Dudé un segundo. Solo uno. Luego me los llevé a la boca.
El sabor era distinto a lo que esperaba: salado, denso, un poco áspero. No me encantó, pero tampoco me dio el asco que temía. Y sobre todo me excitó estar probándolo así, recién salido de él, mirándolo a los ojos mientras lo saboreaba.
—¿Y? —preguntó con media sonrisa, todavía jadeando.
Me chupé el dedo despacio antes de contestar.
—No me volvería loca por desayunarlo —dije, y ambos nos reímos—. Pero tampoco está tan mal.
Él bajó la cabeza y me besó. Esta vez el beso tuvo un gusto mezclado a saliva, sudor y algo más sucio que ya no me espantaba. Su mano volvió entre mis piernas y retomó mi clítoris como si no quisiera dejarme a medias.
—Ahora te toca a ti terminar —murmuró.
No necesitó insistir. Me abrió más las piernas y me metió dos dedos otra vez, curvándolos adentro hasta encontrar ese punto que me hizo arquearme. Con la otra mano me pellizcó un pezón, todavía manchado de su corrida. Yo me retorcía debajo de él, ya sin una pizca de vergüenza, jadeando su nombre cada vez más fuerte.
—Mauro, no pares... ahí... ahí, joder...
Él obedeció. Ritmo firme con los dedos, presión constante en el clítoris, y esa mirada fija viendo cómo me deshacía. No tardé mucho. Venía tan cargada de tensión, de morbo y de deseo retenido que el orgasmo me golpeó de lleno. Me corrí temblando, apretándole la muñeca con una mano y clavándole la otra en el hombro. Cerré los muslos alrededor de su brazo mientras mi coño se contraía en espasmos cortos y violentos.
Solté el aire de golpe y me quedé tendida, con el pecho subiendo y bajando, el cuerpo blando, la piel pegajosa.
Él retiró la mano despacio y me observó como si quisiera asegurarse de que estaba bien. Yo le sonreí, todavía aturdida.
—Bueno —dije al fin—. Ya sé lo que es chupar una verga.
Mauro soltó una risa baja y se dejó caer a mi lado.
—Y nada mal para ser la primera vez.
Nos quedamos unos minutos así, recuperando el aliento. Luego me alcanzó unas toallitas del baño y me ayudó a limpiarme el pecho. El gesto fue tan sencillo y tan poco dramático que me gustó. No convirtió lo que pasó en algo romántico que no era, pero tampoco en algo frío. Fue exactamente lo que había buscado: una experiencia real, intensa, sucia y extrañamente cómoda.
Antes de salir de la habitación, me volví a mirar al espejo. Tenía el pelo desordenado, los labios algo hinchados y una cara de satisfacción que no sabía esconder. Ya no era la misma que había entrado con los nervios revueltos.
Aprendí varias cosas esa tarde. Que la curiosidad puede ser más fuerte que la vergüenza. Que la primera mamada no tiene por qué ser un desastre. Que las arcadas se controlan mejor de lo que una cree. Y que, cuando una decide explorar sin hacerse la santa, el cuerpo responde con una honestidad brutal.
También aprendí algo más simple: una vez que pruebas el poder de tener a un hombre gimiendo por lo que haces con la boca, cuesta mucho fingir que no te gustó.