La confesión de Lore en mi cuarto
Voy a contarlo como fue, sin adornos y sin hacerme el héroe, porque si algo aprendí de aquella época es que el deseo no siempre llega envuelto en ternura. A veces entra por la humillación, por la curiosidad, por la necesidad de que alguien te mire y descubra justo eso que te da vergüenza. Con ella me pasó así.
Después de aquel primer encuentro extraño que habíamos tenido tiempo atrás, todo siguió como si no hubiera ocurrido nada. En los lugares donde coincidíamos, ella me trataba con la misma frialdad que al resto. Ni una sonrisa especial, ni una seña cómplice, ni una palabra que me hiciera pensar que yo le importaba un poco más que cualquier otro.
Yo, en cambio, no podía dejar de mirarla. Me la cruzaba en los pasillos, en el patio, a la salida de las clases, y me inventaba historias enteras en la cabeza. Imaginaba besos, reconciliaciones que nunca habían hecho falta, escenas absurdas de amor que no tenían nada que ver con lo que en verdad había entre nosotros: una tensión sucia, mal resuelta, cargada de morbo.
Una tarde, al salir de una clase, chocamos hombro con hombro en la puerta. Me quedé quieto, mirándola como un idiota, incapaz de decir una sola palabra. Ella sostuvo la mirada un segundo, endureció la boca y soltó una orden seca.
—Muévete.
Me apartó con el cuerpo y siguió caminando. Unos pasos más allá la esperaba el tipo con el que estaba saliendo en ese momento. Ella se le colgó del brazo con naturalidad, como si yo no existiera, y siguió de largo.
Sentí un golpe en el estómago. Uno de esos que te vacían el aire y te dejan inmóvil. Pero mientras caminaba solo, ese dolor empezó a mezclarse con otra cosa. Me calenté. Así, de golpe. Con rabia, con vergüenza, con la imagen de su desprecio repitiéndose en mi cabeza hasta volverse excitación pura.
Terminé encerrado en un baño, respirando agitado, con la polla dura dentro del pantalón. Me la saqué temblando y me masturbé rápido, apoyado contra la pared, pensando en su cara cuando me ordenó apartarme. Acabé con culpa, con alivio y con una claridad nueva: su forma de tratarme me ponía enfermo de ganas.
Esa noche me conecté para distraerme, como hacía siempre. Apenas entré, la vi conectada. Dudé unos segundos, pensando si escribirle o no, y antes de decidirme me llegó un mensaje suyo. Solo una palabra.
—Hola.
Se me aceleró el pecho. Le respondí intentando sonar normal, pero ella no tardó en ir al punto. Me dijo que se había dado cuenta de mi parada en el baño. Lo escribió con una seguridad insolente, como si me hubiera seguido con la mirada, como si supiera exactamente qué había ido a hacer.
Me llamó pajero. Me dijo que me gustaba mostrar y que me excitaba que me vieran. Lo escribió riéndose, pero no era una burla inocente. Había veneno y había hambre. Le respondí peor de lo que pensaba responderle. Le dije que, por lo que se veía, a ella le gustaba mirar tanto como a mí exhibirme.
Su respuesta tardó poco. Admitió que sí. Después agregó algo que me dejó hirviendo delante de la pantalla: me confesó que, después de salir de mi casa aquella otra vez, había ido a ver a su novio y le había chupado la polla pensando en mí. Remató diciendo que no me ilusionara, que entre nosotros eso nunca pasaría.
Le contesté que era una lástima, porque yo ya tenía pensadas algunas cosas para la próxima vez. Ella preguntó enseguida cuáles. No se lo dije. Me desconecté a propósito. Quería dejarla con la cabeza trabajando igual que ella me había dejado a mí tantas noches.
Los días siguientes fueron distintos. No cambió de un modo evidente para cualquiera, pero yo lo noté. Sus miradas duraban un poco más. Se acercaba con cualquier excusa. A veces me hablaba con una frialdad que parecía estudiada; otras, con una curiosidad mal disimulada. Ya no era solo provocación. Era interés.
Una tarde sonó el timbre de mi casa. Fui hasta la ventana y cuando la vi abajo, esperándome con una media sonrisa, se me endureció el cuerpo entero. Le abrí intentando que no se me notara en la cara lo que me estaba pasando.
—Qué sorpresa —le dije.
Ella entró mirando alrededor con calma, como si supiera perfectamente a lo que venía.
—Descubriste una debilidad bastante simple —dijo—. La curiosidad. ¿Estás solo?
—Sí. Como siempre a esta hora.
Subimos a mi cuarto. Apenas cerré la puerta noté que, por más segura que quisiera verse, estaba nerviosa. Se sentó en el borde de la cama, cruzó y descruzó las piernas una vez, y clavó los ojos en mí con una mezcla deliciosa de desafío y expectativa.
Yo también estaba nervioso, pero había algo en su presencia allí, sola conmigo, que me empujó a hablar sin pensarlo demasiado.
—Te gusta mirar tanto como a mí me gusta que me mires —le dije—. Pero esta vez quiero ir más lejos.
Ella ladeó la cabeza.
—¿Y qué tienes en mente?
No respondí con palabras. Di un paso, después otro, y la besé. Fue un beso breve al principio, casi tanteando el terreno. Sus labios estaban cerrados y tibios, y por un instante pensé que iba a apartarse. Pero no lo hizo. Bajó la mirada, respiró hondo y se quedó quieta.
—Perdón —murmuré, más por reflejo que por arrepentimiento.
Ella levantó los ojos de nuevo.
—¿Esto me convierte en infiel?
—Eso tendrías que decidirlo tú.
La respuesta la hizo sonreír apenas. Esta vez fue ella la que se acercó. Nos besamos de nuevo, mucho más a fondo. Su lengua entró en mi boca sin timidez y yo la recibí con una ansiedad que llevaba demasiado tiempo acumulando. Le agarré la cintura, la atraje hacia mí y sentí sus pezones duros a través de la tela. Ese roce me volvió loco.
Nos besábamos como si lleváramos meses reprimiéndonos. Mis manos subieron por su espalda, le levanté la camiseta y encontré su piel caliente. Cuando le desabroché el sostén y le cubrí un pecho con la mano, soltó un gemido corto, sorprendido, que me hizo apretarla más. Llevaba demasiado tiempo imaginando ese momento como para tomarlo con calma.
Le chupé un pezón y después el otro, despacio al principio, más hambriento después. Ella me sujetó del pelo, no para apartarme, sino para obligarme a seguir. Se arqueó apenas, respirando por la boca, y yo me llené de su olor, de su calor, del sonido cada vez menos contenido de su excitación.
Mientras la lamía, sentí su mano bajar hasta mi entrepierna. Me acarició por encima del pantalón con la palma abierta, tanteando el bulto duro, y sonrió contra mi cabeza cuando comprobó cómo estaba.
—Así que era verdad —susurró—. Conmigo te pones así de rápido.
—Tú sabes perfectamente lo que me haces.
—Sí —dijo—. Y me gusta.
Me apretó la polla por encima de la tela, despacio, dejando que sintiera cada pasada. Yo la mordí suave en el pecho y bajé la mano entre sus piernas. Por encima del pantalón noté el calor húmedo que ya tenía acumulado. Ella abrió más las piernas sin decir nada. Ese gesto fue una invitación descarada.
La tumbé de espaldas sobre la cama. Se dejó hacer, con los ojos clavados en los míos, como si quisiera comprobar hasta dónde llegaría yo. Le quité la camiseta del todo, después el pantalón. Cuando vi su ropa interior ajustada, marcada por la humedad, sentí que la garganta se me cerraba de ganas.
Pasé los dedos por encima de la tela y ella tembló.
—Mírame —le dije.
Lo hizo. Mantuvo la mirada mientras le apartaba la ropa interior y veía por fin su coño abierto y mojado para mí. Tenía los muslos tensos, el vientre subiendo y bajando deprisa, y una expresión entre avergonzada y excitada que me encendió todavía más.
—¿Eso también te gusta? —pregunté—. ¿Que te miren así?
—No hables tanto —soltó, con voz rota—. Tócame.
Obedecí. Le metí un dedo, luego dos, sintiendo cómo me recibía caliente y resbaladiza. Su cuerpo reaccionó entero. Me agarró la muñeca, no para frenarme sino para que entrara más hondo. La acaricié por dentro mientras con el pulgar le buscaba el clítoris. Se retorció en la cama y soltó un gemido más abierto, menos controlado.
—Joder... así —dijo—. Así sí.
La vi perder la compostura por primera vez y me encantó. Saqué los dedos y me los llevé a la boca delante de ella. Después bajé la cabeza entre sus piernas. En cuanto le pasé la lengua por el coño, me cerró los muslos alrededor de la cara con un reflejo casi violento. Estaba empapada.
Le abrí bien las piernas y me dediqué a comerle el coño sin apuro. Lengua plana, luego la punta, subiendo y bajando, metiéndome en su sabor, alternando con pequeñas succiones en el clítoris. Ella no dejaba de moverse. A ratos me apretaba el pelo, a ratos arqueaba la espalda, y a ratos solo decía mi nombre entre dientes como si le diera rabia disfrutar tanto.
—No pares —jadeó—. No pares, cabrón.
Seguí. Le metí dos dedos mientras la lamía, curvándolos dentro de ella, y el efecto fue inmediato. Empezó a gemir sin vergüenza, con la cabeza ladeada sobre la almohada y las caderas buscando mi boca. Yo la oía mojarse más a cada movimiento. Sentía cómo se tensaba alrededor de mis dedos, cómo se iba acercando al borde.
—Voy a correrme —dijo, casi sorprendida por su propia voz.
—Pues córrete.
Le chupé el clítoris con más fuerza, sin darle respiro, y la sentí venirse de golpe. Me apretó la cara entre los muslos, temblando, con un gemido largo y roto que me dejó la boca húmeda y la polla doliéndome de dura. No me aparté hasta que aflojó el cuerpo.
Quedó unos segundos recuperando aire. Yo me incorporé, me quité la ropa con torpeza y me quedé desnudo delante de ella. Me miró de arriba abajo con una atención casi clínica al principio, pero en seguida se le notó el hambre. Se incorporó y se arrodilló al borde de la cama.
—Ven —dijo.
Me acerqué. Agarró mi polla con una mano y la acarició despacio, explorándola como si quisiera aprenderla. Tenía la respiración todavía agitada por el orgasmo, y esa mezcla de satisfacción y excitación la volvía todavía más peligrosa. Me escupió en la punta, la extendió con la mano y luego me pasó la lengua por el glande con una lentitud que me hizo cerrar los ojos.
Su primera chupada no fue torpe ni insegura. Me tragó con una suavidad húmeda, bajando hasta donde pudo y volviendo a subir sin quitarme la mirada de encima. Yo le agarré el pelo, más para sostenerme que para dirigirla. Tenía la boca caliente, la lengua activa, y cada vez que me sacaba un poco me dejaba brillante de saliva antes de volver a meterme.
—Joder... —se me escapó.
Ella sonrió apenas con la polla entre los labios y siguió mamándomela. Alternaba chupadas largas con lamidas lentas en la punta y pequeñas succiones que me dejaban las piernas flojas. Bajó una mano a mis huevos, los acarició con cuidado, y después me masturbó mientras la boca seguía trabajando. Yo ya no pensaba con claridad. Solo sentía el tirón del placer subiendo rápido.
—Si sigues así, me corro —le advertí, jadeando.
Se apartó justo lo suficiente para hablar.
—Eso no. Todavía no.
Me empujó hacia atrás hasta hacerme sentar en la cama. Luego se quitó lo que le quedaba de ropa interior, se subió encima de mí y me guio la polla con la mano hasta su entrada. El contacto de su coño caliente contra el glande me arrancó un gemido seco. Bajó despacio, apretándome centímetro a centímetro, y cuando me tuvo entero dentro se quedó inmóvil un segundo, con los ojos cerrados y la boca abierta.
—Joder —susurró—. Ahora sí.
Empezó a moverse sobre mí con hambre. Primero despacio, saboreando la penetración, dejando que yo sintiera cómo me apretaba por dentro. Después más rápido, subiendo y bajando con decisión, clavándome las uñas en el pecho. Yo la agarré de las caderas y acompañé el ritmo desde abajo, empujando cada vez que bajaba.
El sonido de nuestros cuerpos llenó el cuarto. Su respiración se volvió un jadeo continuo, y cada vez que se hundía hasta el fondo soltaba una palabra sucia, una orden, una queja excitada. Ya no quedaba nada de la chica fría que me trataba como a cualquiera. Encima de mí era puro deseo desatado.
—Así... así... no pares —decía—. Fóllame bien.
Se inclinó para besarme mientras seguía cabalgándome. La besé con la boca abierta, sintiendo su lengua y el movimiento de sus caderas a la vez. Le apreté el culo, la levanté apenas y empecé a embestir desde abajo con más fuerza. Ella respondió moviéndose más deprisa, dejándose caer sobre mi polla con un golpe húmedo que me hizo ver blanco por un instante.
La giré. Quise verla de otra manera, tenerla debajo mientras yo marcaba el ritmo. Cayó sobre el colchón boca arriba y enseguida me abrió las piernas. Le levanté una hasta mi hombro y la penetré de nuevo, esta vez entrando fuerte, sin rodeos. Cada embestida le hacía temblar el cuerpo entero.
—¿Eso querías? —le pregunté entre jadeos—. ¿Que te follara mientras seguías con tu novio?
Ella se mordió el labio, excitada por la crudeza de la pregunta.
—Sí —admitió—. Sí, quería esto. Quería tu polla. Quería saber si la ibas a meter tan bien como la imaginaba.
La confesión me terminó de encender. Apreté más el ritmo. Entraba y salía de su coño húmedo con un sonido espeso, agarrándola por los muslos, viéndole las tetas rebotar a cada golpe. Ella ya no gemía bajo; gritaba de verdad, sin importarle nada. Se corría el maquillaje, se le pegaba el pelo a la cara, y estaba más hermosa así, desordenada y caliente, que en cualquiera de mis fantasías.
Bajé una mano y le froté el clítoris mientras la seguía follando. La combinación la desarmó. Empezó a retorcerse debajo de mí, a cerrar las piernas, a decir que iba a correrse otra vez. No aflojé. Quería sentirla romperse por completo.
—Hazlo —le dije—. Córrete conmigo dentro.
Se vino con un espasmo fuerte, apretándome la polla de una manera brutal. Soltó un gemido ronco, largo, y después una cadena de respiraciones temblorosas mientras seguía recibiéndome. Su segundo orgasmo me dejó al borde. Tuve que salir un instante para no acabar ahí mismo.
Ella me miró, todavía estremeciéndose.
—No te atrevas a parar ahora.
La agarré por la cintura y la puse de espaldas. Se apoyó en las manos sobre la cama sin protestar. Le separé las piernas y volví a meterme desde atrás. La nueva postura nos arrancó un gemido a los dos. Entré hondo, sintiendo cómo su coño seguía sensible y apretado después de correrse.
Empecé despacio, disfrutando la vista de su espalda arqueada y de cómo empujaba el culo hacia mí pidiendo más. Después aceleré. Mis caderas golpeaban contra ella con un ritmo seco y constante. Una mano le sujetaba la cadera; con la otra le agarré del pelo para levantarle un poco la cabeza y besarle el cuello.
—Mírate —le dije al oído—. Viniste a mi casa por curiosidad y estás dejándote follar como si llevaras esperándolo meses.
—Porque lo llevaba esperando meses —respondió entre gemidos—. No me hagas hablar si no quieres que me corra otra vez.
Metí la mano por debajo de su vientre y le froté el clítoris de nuevo mientras seguía embistiéndola desde atrás. Eso la volvió loca. Se apoyó mejor en los codos, abrió más las piernas y empezó a recibir cada golpe moviéndose hacia mí. Ya no había nada de contención en ella. Solo ganas, sudor y palabras sucias que salían mezcladas con jadeos.
—Más fuerte.
Le hice caso. La cama crujía. Yo sentía el orgasmo subirme sin remedio, duro, urgente, cada vez más cerca. Ella también estaba al límite. Se notaba en cómo me apretaba, en los temblores de sus muslos, en la forma desesperada de tocarse mientras yo la follaba.
—Me corro —dije con la voz rota.
—Yo también. No salgas.
Sus palabras fueron la chispa final. La agarré con más fuerza, le di unas cuantas embestidas profundas, desordenadas, y me corrí dentro de ella con un gruñido que me vació por completo. Al mismo tiempo, ella tuvo otro espasmo y se vino otra vez, apretándome la polla mientras yo seguía soltando la corrida dentro de su coño caliente.
Quedamos quietos unos segundos, unidos, respirando como si hubiéramos corrido. Después me dejé caer sobre la cama y ella se recostó encima de mí, con la mejilla en mi pecho. Sus pechos húmedos y calientes se aplastaban contra mi piel. Ninguno dijo nada. No hacía falta.
Nos quedamos así un rato, recuperándonos. Yo le pasaba la mano por la espalda en silencio, todavía incrédulo por lo que acababa de pasar. Ella respiraba más despacio, ya sin temblores, pero no buscó conversación ni caricias tiernas. Lo nuestro no era eso.
Al cabo de unos minutos se incorporó. Fui a decir algo, cualquier cosa, pero me contuve. La vi vestirse sin prisa, recogiendo cada prenda del suelo, volviendo a ponerse esa expresión controlada con la que había entrado a mi casa. Solo sus mejillas todavía encendidas y la forma en que evitaba mirarme del todo traicionaban lo ocurrido.
Cuando terminó, se acercó a la puerta. Pensé que quizá diría algo gracioso, o cruel, o al menos una despedida. Pero no. Se limitó a abrir, salir y cerrar detrás de sí.
Me quedé solo en el cuarto, con el olor del sexo todavía en las sábanas y con la certeza de que esa tarde no había sido una fantasía adolescente ni una exageración de mi memoria. Había sido una confesión muda entre dos cuerpos: a ella le excitaba mirar, provocar y engañar; a mí me volvía loco exhibirme, obedecer y acabar atrapado en ese juego.
Y lo peor, o lo mejor, es que en lugar de sentirme satisfecho, me quedé con más ganas que nunca. Porque después de probar lo que pasaba cuando su curiosidad se convertía en acción, entendí que aquello no había terminado. Apenas acababa de empezar.
Si este relato te dejó con ganas y estás en Buenos Aires, conocé escorts VIP en Caballito.