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Relatos Ardientes

Me arrodillé entre sus piernas y supe que era suya

Damián me miraba desde el sillón como si ya supiera exactamente lo que iba a hacer. Llevaba esa camisa gris que tanto me gustaba, apenas desabotonada, con el pecho firme a la vista. Tenía las piernas abiertas, el cuerpo relajado contra los almohadones, pero sus ojos me hablaban sin necesidad de una sola palabra. Decían «vení». Y yo siempre obedecía.

Esa noche ya estaba encendida antes de cruzar la puerta. No sé si fue la cena, el vino que se quedó a medias en las copas, o el silencio cargado que llenaba ese departamento de paredes altas y luces bajas. Tal vez fue todo eso junto. O tal vez, simplemente, era él. Su manera de mirarme, como si yo fuera un premio que se había ganado. Como si fuera su secreto mejor guardado, ese antojo que nadie más sospechaba. Ya tenía la bombacha empapada y él ni siquiera me había tocado.

Me acerqué sin decir nada. El parqué crujió bajo mis pies descalzos y el sonido me pareció enorme en medio de tanta quietud. Me arrodillé entre sus piernas largas, sobre la alfombra, y ya desde ahí vi cómo su verga empezaba a marcarse contra la tela del pantalón, gruesa, dibujada de lado, imposible de disimular.

Él no habló. Solo apoyó los codos en los apoyabrazos y me dejó hacer. Sus ojos fijos en los míos, como si parpadear fuera a costarle algo, como si temiera perderse un solo segundo de lo que venía.

Mírame, pensé. No dejes de mirarme mientras te la chupo.

Lo saboreé primero por encima del pantalón. Apoyé la mejilla contra su polla tapada, despacio, sintiendo el calor que subía a través de la tela y cómo latía contra mi cara. Le di besos pequeños sobre la cremallera, lentos, casi inocentes, y después pasé la lengua por el contorno, humedeciendo la tela hasta que se le marcó cada centímetro. Ansiaba el contacto directo pero todavía me lo negaba a mí misma. Quería que durara. Quería sentir cómo se le tensaba todo el cuerpo mientras yo me tomaba mi tiempo, cómo la verga le crecía todavía más bajo mi boca cerrada.

Le solté el cinturón con una lentitud calculada, haciéndolo sufrir un poco. Sentí cómo cambiaba su respiración, cómo se volvía más pesada, más honda. El chasquido del botón al ceder me recorrió la columna como una corriente. Bajé el pantalón apenas, centímetro a centímetro, disfrutando cada gesto de impaciencia que él intentaba disimular. La punta ya asomaba manchando el bóxer con una gota espesa que me hizo apretar los muslos.

Y entonces la vi. Firme, gruesa, marcada bajo la ropa interior, latiendo con un ritmo propio. Una provocación directa que parecía dirigida solo a mí. Y lo supe con una certeza que me dejó la boca seca: yo lo tenía así. Por mí estaba con la polla dura como una piedra. Por mí.

—Sos increíble —dijo él, con la voz tomada—. No sé cómo lo hacés.

No le respondí con palabras. Deslicé los dedos por su abdomen, recorriendo la línea de vello que bajaba, y arrastré la tela del bóxer hasta dejarlo del todo expuesto. La verga saltó libre, dura, marcada por venas gruesas, con la cabeza roja e hinchada, brillante de líquido preseminal. Él dejó escapar un jadeo apenas audible cuando el aire fresco le tocó la piel. La miré. Estaba perfecta: grande, caliente, viva, tan gruesa que me hacía tragar saliva de solo pensar en meterme toda esa carne en la boca. Tan mía en ese instante como nunca lo era afuera, en el mundo donde teníamos que fingir distancia.

La toqué con la punta de los dedos primero, suave, casi como si dudara. Recorrí una vena gruesa desde la base hasta la punta, y al llegar arriba pasé el pulgar por la cabeza, esparciendo esa gota espesa que se le había juntado. Él siseó entre dientes. Pero yo no dudaba. Solo me gustaba alargar la espera, sentir cómo crecía la tensión hasta volverse insoportable para los dos.

Me acerqué y le di un beso en la base, justo donde los huevos se apretaban tensos contra el cuerpo. Bajé un poco y se los lamí, uno y después el otro, chupándolos con cuidado dentro de mi boca mientras mi mano le agarraba la polla y la sostenía firme apuntando hacia arriba. Damián soltó un gemido ronco y se le escapó una palabrota en voz baja. Le solté los huevos con un beso húmedo y subí, muy lenta, con la lengua plana pegada a él, chupándolo entero desde la base hasta la punta como si fuera un helado que se me estaba derritiendo. Mi lengua recorría la piel con un hambre que apenas lograba contener. Sentí cómo le temblaba el cuerpo, ese estremecimiento que empezaba en los muslos y le subía hasta el pecho. Su mano fue a mi pelo, no para empujarme, sino para sostenerse, como si necesitara aferrarse a algo.

—Despacio —murmuró—. Me vas a volver loco.

Esa era la idea.

La rodeé con la mano, la sostuve firme, caliente, latiendo contra mi palma, y lo miré desde abajo mientras jugaba con la punta contra mis labios entreabiertos. Le pasaba la cabeza por la boca sin llegar a metérmela, dejando que el líquido se me pegara en los labios como un brillo obsceno. Él cerró los ojos un segundo y exhaló fuerte, mordiéndose el labio inferior para no hacer ruido. Pero yo quería el ruido. Quería todos sus sonidos, todas sus puteadas, todo lo que se le escapara sin permiso.

—Lucía... —dijo, casi sin voz—. Metétela ya, por favor.

No contesté. Abrí bien la boca y me la tragué de golpe, todo lo que pude entrar de una sola vez, hasta que la punta me tocó el fondo del paladar y sentí una arcada suave que ignoré. La sostuve ahí un momento, saboreándola, sintiendo cómo palpitaba pesada contra mi lengua, antes de empezar a moverme. Subía y bajaba con un ritmo lento, húmedo, entregada por completo a la tarea. La saliva empezó a chorrear, a caerme por la barbilla, a mojarle los huevos, y yo la usé para pajearlo con la mano al mismo tiempo, torciendo la muñeca en la base mientras la boca trabajaba la parte de arriba.

Lo escuchaba gemir bajo, contenido, como si todavía le quedara un resto de pudor que se negaba a soltar. Pero no podía evitarlo. Cada vez que me la tragaba más profundo, ese sonido se le escapaba sin permiso, un gruñido animal que me hacía apretar los muslos de puro gusto.

La solté un momento, dejando un hilo espeso de saliva entre mis labios y su piel, y la lamí desde la base hasta la punta antes de volver a llevármela a la boca, más adentro esta vez, forzando la garganta, tragándomela hasta que la nariz me chocó contra su vientre. Me quedé ahí unos segundos, con los ojos llorosos, sintiéndolo latir dentro de mi garganta cerrada, tragando alrededor de él para que la sintiera apretarse. Damián soltó un «puta madre» tan bajo que casi no lo escuché. Quería darle más. Siempre quería darle más.

Él se arqueó contra el respaldo. Su respiración ya no era disimulada, ya no había nada que ocultar. Yo lo miraba con la boca ocupada, con las mejillas hundidas cada vez que succionaba, sintiéndome poderosa de una manera difícil de explicar. Ese hombre, tan serio, tan dueño de sí mismo en cualquier otro lugar, estaba deshaciéndose a mis pies con la verga hasta el fondo de mi garganta. Y la culpa era mía. Solo mía.

Sentí cómo me empapaba yo también, cómo todo el deseo que él me provocaba se acumulaba entre mis piernas hasta volverse un latido propio. Llevé una mano ahí abajo, me metí dos dedos en el coño y los saqué chorreando. Me deslizaba sola, sin esfuerzo. Me froté el clítoris con la humedad que yo misma me acababa de sacar, girando en círculos apretados. La chupaba a él con la boca y me tocaba a mí al mismo tiempo, en perfecta sincronía, como si los dos placeres fueran uno solo. Gemí con la polla adentro y él sintió la vibración; se le escapó un jadeo largo.

Más que deseo, era devoción. No encuentro otra palabra. Había algo casi sagrado en arrodillarme ante él, en entregarme sin pedir nada a cambio salvo verlo perder el control, salvo sentir cómo se me llenaba la boca con su carne dura.

Ese hombre me volvía loca. Tan correcto en público, tan medido, tan inalcanzable a los ojos de los demás. Y sin embargo yo conocía esta otra versión suya: la que temblaba, la que gemía mi nombre con la voz quebrada, la que se rendía con la polla goteando dentro de mi boca.

—Muñeca... esperá —dijo de pronto, con la voz quebrada—. Me voy a venir. Me voy a correr en tu boca si seguís así.

No me detuve. Al contrario. Empecé a moverme más rápido, los labios apretados, la lengua trabajándole la parte de abajo de la cabeza donde sabía que lo enloquecía, mientras la mano se movía firme en la base. Le solté la polla un segundo solo para lamerle los huevos otra vez, y volví a la punta, chupando fuerte, con hambre.

—Lucía... en serio... pará un segundo —insistió, tirando apenas de mi pelo, aunque el tirón era más una caricia desesperada que un freno.

Pero yo seguía. Succionaba con fuerza ahora la punta, hundiendo las mejillas, una mano moviéndose rápido en la base, la otra masajeándole los huevos que se le habían apretado del todo contra el cuerpo, la boca cada vez más desesperada, sin apartar ni una vez los ojos de su cara. Quería verlo. No me iba a perder ese momento por nada del mundo.

No hay nada más hermoso que ver a un hombre rendirse con la verga en tu boca.

La sentí estallar. Me aparté apenas en el último instante y dejé que se corriera contra mi mejilla, mi mentón, los labios. El primer chorro me cruzó la cara caliente y espeso, y yo abrí la boca justo a tiempo para que el segundo cayera adentro, sobre la lengua. Los que siguieron los recibí sobre los labios, sobre el cuello, mientras seguía pajeándolo con la mano para sacarle hasta la última gota. Él gimió largo, profundo, con todo el cuerpo sacudido, y yo seguí sosteniéndolo, apretándole la verga desde la base hasta la punta, sintiendo cada pulso caliente, hasta que el temblor se fue apagando.

Cuando dejó de venirse, la solté con cuidado. Estaba demasiado sensible, así que le pasé la lengua muy despacio, casi con ternura, limpiándole cada gota que le había quedado en la piel. Después recogí con un dedo el semen que se me había juntado en la mejilla y me lo llevé a la boca. Lo miré a los ojos mientras me lo tragaba, mostrándole la lengua después, vacía y limpia. Esa parte le encantaba. A él le gustaba dejarme así, marcada, embadurnada, suya; a mí me gustaba complacerlo, hacerle saber que lo aceptaba entero, hasta la última gota de corrida.

—Vení acá —dijo, cuando recuperó el aliento. Tenía la frente brillante de sudor y una sonrisa lenta, satisfecha—. Es tu turno. Ahora me toca a mí comerte ese coño.

—¿Mi turno? —pregunté, fingiendo inocencia, aunque ya sabía perfectamente lo que quería y sentía que se me escurría por los muslos.

—Sentate en mi cara. Quiero ahogarme con vos.

No lo dudé ni un segundo. Me saqué la bombacha, que ya era un trapo empapado, y la dejé caer al piso. Me subí al sillón, apoyé las rodillas a cada lado de su cabeza, que descansaba contra el respaldo, y bajé despacio hasta él. Sentí su aliento tibio antes que su boca, un aire caliente que me chocó directo contra el clítoris hinchado, y eso solo ya me arrancó un suspiro largo.

Y empezó.

—Estás empapada —murmuró contra mí, con la voz vibrando sobre mi piel, con los labios ya mojados de mí—. Todo esto me lo hiciste vos chupándomela. Te encanta hacerme esto, ¿no, puta?

No pude responder. Su lengua me recorría entera, lenta y precisa, desde la entrada del coño hasta el clítoris, dibujando círculos exactos donde más lo necesitaba. Después me abrió los labios con los dedos y me la metió adentro, follándome con la lengua mientras la nariz me apretaba el clítoris. Yo grité bajito, aferrada al respaldo del sillón, tratando de no venirme ahí mismo. Jugaba conmigo, alternaba besos suaves con succiones firmes contra el clítoris, me hacía subir con la lengua trabajándome rápido y después aflojaba justo antes de que llegara, prolongando la agonía deliciosa. Conocía mi cuerpo mejor que yo misma. Sabía exactamente cuándo estaba por venirme y me lo negaba a propósito.

Sus manos firmes me sujetaban las caderas, los dedos clavados en la carne, haciendo presión para tenerme más pegada a su boca, sin escapatoria. Y yo no quería escapar. Me dejé ir por completo, montando su cara con un abandono que en cualquier otro momento me habría dado vergüenza, moviéndome contra su lengua, refregándole el coño en la boca como una desvergonzada. Pero ahí no. Ahí solo existíamos los dos y este lenguaje sin palabras.

—Damián... —jadeé, aferrándome al respaldo del sillón—. No pares. Chupámelo, chupámelo así, no pares.

No paró. Al contrario: cerró los labios sobre mi clítoris y empezó a chupármelo con fuerza, sin darme respiro. Al mismo tiempo, una de sus manos abandonó mi cadera, bajó por atrás y me metió dos dedos en el coño de un empujón, curvándolos hacia adelante, buscando ese punto exacto que me hacía perder la cabeza. Los movía adentro con un ritmo constante, entrando y saliendo, chapoteando en lo empapada que estaba. La otra mano subió por mi vientre y encontró un pecho, apretándomelo, tirándome del pezón entre los dedos con la justa firmeza para que doliera un poquito. Esa combinación —la boca succionándome el clítoris, los dedos follándome, la mano castigándome el pezón— me terminó de quebrar.

Sentí cómo el placer se acumulaba, cómo crecía desde muy adentro, imparable, cómo se me apretaba el coño alrededor de sus dedos. Me arqueé, le apreté la cabeza con los muslos, y me deshice sobre él con un gemido largo y roto que no me molesté en contener. Me vine en su boca, empapándole el mentón, temblando entera, mientras él seguía chupándome despacio, alargándome el orgasmo hasta el último espasmo.

Me quedé temblando unos segundos más, con la respiración entrecortada, las piernas flojas, incapaz de sostenerme. Después me deslicé despacio hacia abajo, hasta quedar acurrucada contra su pecho. Él me rodeó con un brazo y me besó la frente, y yo busqué su boca para probar en sus labios mi propio sabor mezclado con el suyo, ese gusto salado de lo que acababa de pasar entre los dos.

Nos quedamos así un rato largo, en silencio, escuchando latir nuestros corazones que recién empezaban a calmarse. Afuera la ciudad seguía con su rumor lejano, ajena a todo. Y yo pensé, como tantas otras veces, que nadie que lo viera caminar por la calle con su traje impecable podría imaginar lo que ese hombre era capaz de hacerme sentir, ni lo que yo era capaz de hacerle a él con la boca.

Ese es nuestro secreto. El suyo y el mío. Y no pienso compartirlo con nadie más que con ustedes, que llegaron hasta acá leyendo.

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Comentarios(8)

NocturnoX

increible, quede pegado desde el primer parrafo. Este tipo de relatos son los mejores

Naty_porteña

excelente!!!

TensionMaxima

Se nota que hay algo real ahi, no es pura fantasia. Eso se siente al leer y es lo que lo hace tan bueno

Clarita_Mdp

Esa tension del silencio que lo dice todo... tremendo como lo describiste. Espero mas relatos asi

Facundo_bsas

jajaja me la pase leyendo esto en el laburo, un relato que te atrapa sin que te des cuenta. Muy bueno

MarinaMdeo

Pocas veces un relato me llega de esta manera. Bien, segui escribiendo por favor

LucianoK

Se hizo corto, necesito la continuacion ya jaja

Irina_BA

Ay, esto me erizo la piel. Que bien narrado, de verdad

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