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Relatos Ardientes

La municipal me acorraló en el vestuario

Todo empezó por una discusión ridícula con una multa de aparcamiento y por un tipo con uniforme al que le quedaba grande la placa y pequeña la cabeza. Dejé la moto donde la dejábamos siempre varios de la zona, al salir del trabajo rumbo al gimnasio, y antes de quitarme el casco ya tenía a un agente caminando hacia mí con esa chulería de quien todavía no ha aprendido a distinguir autoridad de prepotencia.

—Aquí no se puede aparcar —me soltó, sin saludo ni nada.

—Sí se puede —le respondí, señalando la anchura de la acera—. Revísate la norma antes de venir a dar lecciones.

La cosa se calentó rápido. Yo sabía de qué hablaba, porque por mi trabajo trataba a menudo con personal del ayuntamiento, y además conocía al responsable del cuerpo local. El novato, en cambio, prefirió tirar de soberbia. Me encontré la multa al volver y fui directo a reclamar.

El jefe me recibió con cara de cansancio, como si el nombre del agente ya le hubiera dado más disgustos de los que llevaba en el cargo. Me escuchó, revisó la sanción y me dijo que lo resolvería. Yo dejé claro que el problema no era con todo el cuerpo, sino con ese imbécil en concreto.

Dos días después apareció donde yo estaba trabajando. Bajó del coche municipal dispuesto a buscarme la boca, rojo de rabia y con ganas de montar el espectáculo.

—¿Tú de qué coño vas? —me escupió nada más acercarse.

—Primero baja el tono —le dije—. Y segundo, aléjate.

Se puso casi pecho con pecho, como si fuera a arreglar algo así. Fue entonces cuando una mano firme se metió entre los dos y lo apartó. Era su compañera. Morena, ojos claros, gesto serio. La recordaba de haberla visto varias veces, pero nunca tan cerca.

—Ya está bien —dijo ella—. No es el lugar.

Yo le di la espalda al gilipollas y seguí con lo mío, aunque todavía lo oía despotricar. Más tarde fui otra vez a dependencias municipales para contar lo ocurrido. El responsable ya estaba al tanto, y mientras hablábamos llamaron a la puerta. Entró la misma agente que nos había separado.

Salimos del despacho juntos un rato después. Me pidió disculpas por lo sucedido, aunque no tenía ninguna culpa. Ahí, por primera vez, hablamos sin prisas. Se llamaba Nadia, estaba cubriendo una plaza temporal y acababa de alquilar piso en la ciudad para no pasarse la vida en carretera.

La verdad era que ya me había fijado en ella antes. El uniforme ocultaba bastante, pero no podía disimular un cuerpo atlético, un culo firme ni esa forma de mirar que parecía sostener más de lo que decía. Tenía el pelo oscuro, largo, la piel clara y unos ojos azules que resaltaban de una manera exagerada cuando te miraba de frente.

Nos volvimos a cruzar unos días después en el gimnasio. Yo estaba terminando una rutina cuando la vi reflejada en un espejo. Llevaba mallas negras, deportivas blancas y un top sencillo que le marcaba los hombros y un abdomen duro. Sin el uniforme, el efecto era peor. O mejor, según se mire.

Se acercó sonriendo.

—Te vi al entrar, pero estabas demasiado concentrado.

—A mi edad, si no me concentro, me rompo —le contesté.

Me recorrió con la mirada despacio, sin ningún pudor, deteniéndose en la camiseta empapada de sudor y en los brazos cargados por el esfuerzo.

—Pues no se te ve nada mal para quejarte tanto.

—Gracias. Tú tampoco vienes precisamente a pasar desapercibida.

Se rió, y aquella risa limpia no encajaba del todo con la firmeza que mostraba trabajando. Eso me gustó. Había fuerza y desparpajo mezclados con algo juguetón.

Coincidimos varias veces más, en el trabajo y en el gimnasio. Cada encuentro sumaba una mirada de más, una frase con doble intención, un segundo extra de silencio. Ella iba soltándose conmigo y yo, aunque no era ningún crío, notaba esa mezcla conocida de ego, deseo y anticipación que te pone el cuerpo en alerta.

Una tarde terminamos casi al mismo tiempo. Íbamos hablando camino de los vestuarios cuando ella se llevó una mano a la nuca y soltó un bufido.

—Hoy me he dejado la espalda hecha mierda. Necesito una ducha caliente y un masaje.

—Lo de la ducha lo tienes fácil. Lo del masaje ya es cuestión de negociar.

Me miró de lado, con una media sonrisa.

—¿Eso ha sido una oferta?

—Depende. ¿Sería mutuo?

Me dio un pequeño golpe en el brazo y soltó una risa baja. Pensé que cada uno seguiría hacia su lado, pero cuando crucé la zona de los baños noté su mano en mi espalda empujándome con decisión. Entré en uno de los cubículos cerrados y ella se metió detrás, cerrando la puerta de golpe.

El espacio era mínimo. Apenas podíamos movernos sin rozarnos. Cuando me giré, ya tenía las palmas sobre mi pecho.

—Ni se te ocurra hacerte el sorprendido —murmuró.

—Jamás discutiría con la autoridad.

—Mejor. Porque vengo a cobrarme unas cuantas multas pendientes.

Su sonrisa fue lo último ligero que hubo allí dentro. Después, sus manos se deslizaron bajo mi camiseta y me agarró los pezones entre los dedos, retorciéndolos lo justo para arrancarme un jadeo. Aprovechó para acercarse más, aplastando su cuerpo contra el mío, y me besó con hambre, sin tanteos ni delicadezas innecesarias.

Su lengua entró en mi boca como si llevara días imaginándolo. La mía respondió enseguida. Le agarré el culo por encima de las mallas y se lo apreté con fuerza, notando bajo la tela el músculo firme de sus nalgas. Ella dejó escapar un gemido corto contra mis labios y bajó una mano hasta mi cintura.

Metió los dedos por dentro del pantalón deportivo y me encontró ya duro.

—Joder —susurró—. Así que era verdad que me mirabas con ganas.

—Y tú a mí.

—Claro que sí.

Me agarró la polla por encima del calzoncillo, la apretó y empezó a mover la mano con lentitud, disfrutando de cómo iba tensándose mi cuerpo contra la pared. Después apartó la tela y me la sacó, sujetándola al aire con una expresión de puro morbo.

—Nada mal —dijo, mirándola como si evaluara una prueba—. Bastante mejor de lo que esperaba.

Le aparté un mechón de la cara y volví a besarla, esta vez más brusco. Ella me dejó hacer, pero no soltó mi polla. Al contrario: aceleró la mano, abarcando el tronco entero, subiendo hasta el glande y bajando otra vez mientras con la otra me tiraba de la camiseta para sacármela por la cabeza.

El aire fresco del baño me rozó el torso sudado. Nadia bajó la boca a mi pecho y me lamió un pezón con la punta de la lengua antes de atraparlo entre los labios. Succionó con ganas, me dio un mordisco y luego repitió en el otro. Cada tirón iba acompañado por el ritmo de su mano en mi polla, más húmeda y más rápida.

—No hagas ruido —me dijo, al notar que jadeaba fuerte—. Me pone pensar que puede entrar alguien, pero no tanto como para que nos pillen.

—Entonces deja de hacer esto.

—Ni de coña.

Se arrodilló delante de mí con una seguridad que me terminó de encender. Me bajó del todo el pantalón y el calzoncillo, y mi polla quedó libre, dura y apuntando hacia ella. Nadia la rodeó con los dedos por la base y le pasó la lengua por la punta muy despacio, extendiendo el líquido que ya brillaba en el glande.

Casi me hizo reír del puro alivio sucio que me provocó el primer contacto. No por ternura, sino por necesidad. Llevábamos semanas cocinando aquello con miradas y roce, y ahora la tenía de rodillas, en un baño estrecho del gimnasio, chupándomela como si me hubiera estado esperando.

Abrió la boca y se tragó la cabeza entera. Luego bajó más, tomando parte del tronco, y empezó a subir y bajar con un ritmo firme. Su lengua trabajaba por debajo, acariciando la parte sensible, y una de sus manos me sobaba los huevos mientras la otra seguía marcando la base.

—Joder... —se me escapó.

Ella levantó la vista sin soltarme, con los ojos brillantes, y volvió a hundirse un poco más. Se notaba que sabía hacerlo y, sobre todo, que le gustaba. No iba a toda velocidad, sino jugando con la intensidad. A veces me dejaba casi entero fuera y me lamía de abajo arriba; otras me metía media polla en la boca y me absorbía con fuerza hasta hacerme tensar los muslos.

Le agarré el pelo en una coleta improvisada, sin brusquedad, y acompañé el movimiento de su cabeza un par de veces. Nadia soltó un gemido ahogado que vibró alrededor de mi polla y casi me hizo perder el control.

La levanté antes de correrme demasiado pronto. Ella se puso de pie con la boca húmeda, los labios brillantes y una sonrisa de perra satisfecha que me hizo apretarla de la cintura y girarla contra la puerta.

—Ahora te toca a ti.

—Ya era hora.

Le subí el top por debajo del pecho y se lo saqué con torpeza por lo estrecho del sitio. Sus tetas eran pequeñas, firmes, con los pezones duros por el contraste del aire y la excitación. Los agarré con ambas manos y hundí la cara entre ellos mientras ella arqueaba la espalda. Le lamí un pezón, lo chupé despacio y luego el otro, notando cómo se agarraba a la puerta para sostenerse.

Bajé las manos a sus mallas, se las fui escurriendo por las caderas y ella me ayudó levantando un pie y luego el otro. Debajo no llevaba nada. Cuando la tela cayó a sus tobillos, apareció ese culo redondo y duro que tantas veces había imaginado bajo el uniforme.

Le separé las nalgas con ambas manos y me incliné. Tenía el coño ya mojado, abierto para mí, con un brillo que no dejaba ninguna duda. Pasé la lengua de abajo arriba, despacio, saboreándola entera, y Nadia soltó un gemido ronco que rebotó en las paredes de aquel cubículo.

—No pares —dijo, sin mirar atrás—. Joder, no pares.

Volví a lamerla, esta vez metiendo la lengua dentro mientras con el pulgar le buscaba el clítoris. Se estremeció. Empezó a mover el culo contra mi cara, pidiéndome más con el cuerpo antes que con la voz. Le metí dos dedos, entraron fácil de lo mojada que estaba, y empecé a follármela con la mano mientras le chupaba el clítoris con succión corta y fuerte.

Sus piernas temblaban. Oía su respiración desordenada, cómo tragaba saliva, cómo intentaba no gemir tan alto y fracasaba.

—Hostia... así... así... —balbuceó—. Me vas a hacer correrme aquí mismo.

—Esa es la idea.

Le metí un tercer dedo y ella soltó un quejido más alto, empujando las caderas hacia atrás. El baño olía a sudor limpio, a jabón y a sexo reciente. Mi polla, dura y abandonada entre mis piernas, golpeaba contra mí a cada movimiento de su cuerpo. Cuando noté que estaba a punto de venirse, me levanté y la sujeté por la cintura.

—No todavía.

Me miró por encima del hombro, respirando deprisa.

—Fóllame de una vez.

No hizo falta repetirlo. Me escupí en la mano, la repartí por mi polla y la guié hasta su entrada. El primer empujón fue lento solo al principio; en cuanto la punta abrió paso, entré de una sola embestida hasta el fondo.

Nadia dejó caer la frente contra la puerta y soltó un gemido tan bruto que me puso aún más caliente.

—Joder, sí... sí... así...

Le agarré las caderas y empecé a embestirla con fuerza, encontrando un ritmo corto pero duro por falta de espacio. Su coño me apretaba de maravilla, caliente, húmedo, respondiendo a cada golpe con una contracción que me subía por la espalda. Ella echó una mano atrás y me agarró el culo, como si quisiera clavarme más adentro.

—Más fuerte —me pidió—. No me trates como si fuera de cristal.

Obedecí. Cada empujón sonaba húmedo, seco a la vez por el eco del cubículo. Las nalgas le temblaban con mis golpes. Bajé una mano y le sobé el clítoris mientras la seguía follando, y eso la descompuso por completo. Empezó a maldecir entre dientes, a mover el coño en busca de más roce, a empujarse ella misma hacia atrás para recibirme.

—Qué coño haces... —jadeó—. Me vas a hacer correrme, cabrón.

—Pues córrete.

Le mordí el hombro, seguí frotándole el clítoris y aceleré todo lo que pude. Nadia se puso rígida de golpe. Noté cómo su coño se cerraba alrededor de mi polla en sacudidas rápidas, una tras otra, mientras gemía con la cara aplastada contra la puerta, sin poder disimular ya ni un poco.

Se corrió fuerte, de verdad. Le temblaron los muslos. Casi se le doblaron las piernas.

La sostuve de la cintura y seguí dentro de ella, más despacio al principio y luego otra vez duro, porque verla correrse así me terminó de desatar. Ella volvió la cabeza con el pelo pegado a la cara y una expresión de puro vicio.

—No pares ahora —dijo, todavía jadeando—. Ni se te ocurra.

Por el tamaño del baño era incómodo seguir de pie, así que bajé la tapa del inodoro y me senté. La atraje sobre mí sin sacar la polla más que lo justo y Nadia entendió al instante. Se colocó a horcajadas y se dejó caer entera sobre mí, gimiendo otra vez al sentirme hasta el fondo.

—Así mejor —murmuró.

Empezó a cabalgarme con una mezcla de urgencia y control que me dejó hipnotizado. Subía casi hasta la punta y bajaba de golpe, clavándose sola, marcando el ritmo con las piernas y el abdomen. Yo le agarré las tetas, se las amasé sin suavidad y le pellizqué los pezones. Ella me besó mordiéndome el labio inferior y siguió montándome con más ganas.

—Mírame —le dije.

Lo hizo. Y siguió follándome sin apartar la vista. Esa imagen, su cuerpo sudado moviéndose encima del mío, el top arrugado a un lado, las mallas en los tobillos, los ojos azules clavados en mí mientras se abría y cerraba sobre mi polla, me puso al borde.

Le metí una mano entre los cuerpos y volví a tocarle el clítoris. Nadia se echó hacia delante, me apoyó las manos en los hombros y empezó a follarse mi polla más rápido, más sucio, usando todo el peso de su cuerpo.

—Ahí... ahí, joder... —repetía—. Qué gusto... no sabía que la tenías así de buena.

—Y tú escondías muy bien ese coño.

Se rió apenas un segundo, una risa convertida en gemido. Su segundo orgasmo llegó distinto al primero, más largo, más tembloroso. Empezó con una sacudida en el vientre y terminó con ella clavándose hasta el fondo y quedándose ahí, apretándome mientras su respiración se rompía en pequeños espasmos.

Yo ya no aguantaba mucho más. La levanté un poco por la cintura y la ayudé a salir. Nadia cayó de rodillas otra vez, como si esa fuera siempre su manera favorita de rematar las cosas.

—Termina en mi boca —me ordenó.

No iba a discutirle eso. Me agarró la polla aún mojada de ella y la metió entre sus labios con una avidez nueva, más desatada ahora que ya se había corrido dos veces. Chupaba rápido, profundo, ayudándose de la mano para apurarme. Yo la miraba trabajar y sentía que el borde se acercaba a toda velocidad.

—Voy a correrme.

Ella no se apartó. Al contrario: se la tragó más hondo y me miró desde abajo. Eso bastó. Me corrí en su boca con un gruñido, descargando a pulsos mientras ella mantenía la polla dentro, tragando lo que podía y dejando que algo se le escapara por la comisura. Cuando terminó, aún me lamió despacio, limpiando la punta y el tronco con una dedicación obscena.

Se puso en pie después, limpiándose la boca con el dorso de la mano y sonriendo como si acabara de ganarme una apuesta.

—Ahora sí estamos en paz por la multa.

La atraje hacia mí y le chupé un pezón de nuevo, todavía sensible. Se estremeció.

—Si todas las sanciones fueran así, aparcaría peor más a menudo.

—No te emociones —dijo, aunque se notaba encantada—. Esto no ha sido caridad. Llevaba demasiado tiempo imaginándolo.

Nos vestimos como pudimos en aquel espacio mínimo. Mientras se subía las mallas y recolocaba el top, me preguntó por mi situación. Le fui sincero. Le dije que mi pareja conocía mis andanzas, que entre nosotros había espacio para contar, probar y jugar sin llamarlo traición. Eso la dejó realmente sorprendida.

—Yo pensaba que te estabas portando como un cabrón —admitió.

—A veces también, pero no por eso.

Se echó a reír y me besó otra vez, más suave.

—Pues tu historia me interesa casi tanto como tu polla.

—Podría presentártela algún día.

Alzó las cejas.

—No bromees con eso.

—No estoy bromeando.

Se quedó pensándolo mientras se ataba el pelo. Luego me miró con una chispa aún más traviesa que al entrar.

—Entonces esta confesión acaba de ponerse bastante mejor.

Salimos del baño por separado, vigilando que no hubiera nadie en el pasillo de vestuarios. Antes de doblar la esquina me agarró de la muñeca y me plantó un beso rápido, sucio todavía por el sabor de mi corrida.

—La próxima vez —susurró— no pienso conformarme con un cubículo de mierda.

—La próxima vez habrá más sitio. Y más tiempo.

—Y quizá más gente, si es verdad lo que me has contado.

Le apreté el culo un segundo, por debajo de la chaqueta deportiva que ya se había puesto.

—Si tú quieres, sí.

Nos separamos con la naturalidad fingida de dos adultos que acaban de follar como animales a cinco metros de las duchas. Durante los días siguientes seguimos coincidiendo en el trabajo y en el gimnasio. De cara al resto, todo parecía normal. Pero ya no lo era.

Cada vez que la veía con el uniforme, me acordaba de su boca llena de mí. Cada vez que me la cruzaba con mallas, pensaba en cómo me cabalgó encima del váter hasta correrse temblando. Y cada vez que nos saludábamos delante de otros, ella sostenía la mirada un segundo de más, justo el necesario para recordarme que aquello no había sido un calentón aislado.

Una compañera mía, que sabía bastante de mis juegos y de los de mi pareja, tardó poco en darse cuenta.

—La municipal no te quita ojo de encima —me dijo una tarde, con media sonrisa.

—Tú ves fantasmas.

—No. Veo ganas. Y te conozco demasiado bien.

Me encogí de hombros, pero por dentro me reí. Porque tenía razón. Nadia me miraba como se mira lo que ya has probado y quieres repetir. Y yo estaba exactamente igual. Lo de la multa había quedado atrás. Lo que quedaba ahora era una historia nueva, una de esas confesiones que empiezan con un problema ridículo y terminan con una mujer tragándose tu corrida en el baño de un gimnasio mientras tú piensas, con toda la calma del mundo, que ojalá solo sea el principio.

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Comentarios(6)

Rodrigo_Salta

Tremendo!!! me dejó sin palabras, esperando mas relatos asi

Pacho_BA

La tension previa se siente desde el primer parrafo, eso es lo que engancha. Muy buen relato

SoledadN22

Me encanto, se hace cortisimo jaja quiero mas

CordobesaNocturna

Que bueno encontrar un relato donde la dinamica esta tan bien construida. Ese juego previo que describe es lo que lo hace especial, no va directo al grano sino que te mantiene en tension todo el tiempo. Sigue escribiendo!!

TonyEscalante

excelente relato, tremendo final

MalenaDK

Me recordo a una situacion similar que vivi hace unos años... jaja menos intensa pero con la misma adrenalina. Muy bien contado

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