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Relatos Ardientes

La confesión que empezó en mi sofá

No voy a mentir: aquella noche no empezó como una historia que yo fuera a recordar durante años. Empezó como empiezan muchas salidas entre amigos adultos que se conocen demasiado bien y, por eso mismo, a veces se miran de una forma que no deberían. Salí con Mauro después de semanas de mensajes, bromas y esa confianza cómoda que siempre habíamos tenido, pero que últimamente venía cargada de algo más espeso, algo que se quedaba flotando en el aire cuando nuestras rodillas se rozaban o cuando él me sostenía la mirada un segundo de más.

Nos fuimos al centro, a un bar con música alta, tragos caros y luces bajas. Hablamos de tonterías, nos reímos como siempre y bailamos sin demasiado espacio entre los cuerpos. Yo llevaba un vestido negro sencillo y él una camisa oscura remangada hasta los antebrazos; parecía un detalle menor, pero no pude dejar de fijarme en sus manos toda la noche.

Habíamos salido otras veces, claro, pero aquella noche los dos estábamos distintos. Más sueltos. Más pendientes el uno del otro. Cada vez que volvía de la barra, Mauro me apoyaba la mano en la cintura para hacerse paso entre la gente, y ese roce breve me dejaba un calor absurdo en el vientre. No era inocente y yo lo sabía.

Terminamos yéndonos tarde, cuando ya no valía la pena que él manejara hasta su departamento. Mi casa quedaba cerca, y la propuesta salió natural, como si no pesara nada.

—Quédate en casa —le dije—. Duermes en el sofá y mañana te vas tranquilo.

Él sonrió de lado, con esa expresión que siempre me ponía nerviosa.

—Si me echas una manta, acepto.

Al llegar, nos quitamos los zapatos en la entrada y nos dejamos caer en el sofá con el cansancio agradable de la madrugada. Le alcancé agua, puse una luz tenue en el salón y pensé que el plan era simple: hablar un rato, apagar todo y dormir. Pero el sueño no llegó. Lo que llegó fue el silencio entre frase y frase, esa clase de silencio que empieza a volverse físico.

Estábamos medio recostados, hombro con hombro, mirando sin mirar una película vieja en la televisión. Yo sentía el calor de su brazo pegado al mío. Él olía a colonia mezclada con alcohol y calle nocturna. Cada vez que se movía, su muslo rozaba el mío, y mi cuerpo reaccionaba de una manera ridícula, como si no lleváramos años de amistad y como si no fuera una mujer adulta perfectamente capaz de controlarse.

—¿Te pasa algo? —me preguntó en voz baja.

—No.

—Mientes fatal.

Giré la cara hacia él. En la penumbra, sus ojos seguían abiertos, atentos, demasiado cerca. Me reí para quitarle peso al momento, pero la risa me salió seca.

—Es el alcohol —dije.

—No creo.

Se hizo otro silencio. Uno más corto, más peligroso. Entonces sentí sus dedos rozando los míos sobre el cojín. No fue un accidente. Tampoco fue un movimiento decidido al principio; fue un tanteo lento, como si me diera la oportunidad de apartarme. No lo hice. Al contrario, abrí un poco la mano y dejé que entrelazara sus dedos con los míos.

El pecho se me apretó de golpe.

—Mauro...

—Dime que pare y paro.

No se lo dije. Lo miré a la boca. Él entendió antes de que yo hablara. Se inclinó despacio y me besó, primero con cautela, como si todavía estuviéramos a tiempo de fingir que eso no había pasado. Pero en cuanto le devolví el beso, se acabó la cautela.

Su boca sabía a whisky y menta. La mía se abrió enseguida. Le agarré la camisa por el pecho y lo atraje hacia mí con una urgencia que ni yo esperaba. Nos besamos de verdad, sin reservas, con lengua, con hambre, con años de tensión acumulada convertidos en un único impulso bruto. Él me sujetó la cara con una mano y con la otra me apretó la cadera. Yo solté un jadeo contra su boca.

Ese sonido lo encendió más. Me empujó suavemente contra el respaldo del sofá, metió la mano bajo mi vestido y la subió por mi muslo despacio, como torturándome. Cuando sus dedos llegaron al borde de mi ropa interior, se detuvo y me miró otra vez.

—Dime que sí.

—Sí —le contesté sin aire—. Sí, joder.

Sus dedos apartaron la tela y tocaron mi coño por primera vez. Estaba mojada. Muy mojada. Tanto que él soltó una exhalación ronca y me besó con más violencia mientras me acariciaba los labios húmedos. El primer círculo sobre el clítoris me hizo encogerme. El segundo me arrancó un gemido abierto.

—Así que llevabas rato así —murmuró junto a mi boca.

—Cállate y sigue.

Sonrió al oírme, pero me obedeció. Me acarició con dos dedos, abriéndome despacio, metiendo apenas la punta para embarrarse con mi humedad antes de volver al clítoris. Yo ya estaba respirando mal. El vestido me subía por los muslos, la ropa interior torcida me apretaba una pierna y él seguía tocándome como si hubiera estado esperando ese momento desde hacía meses.

Metió un dedo. Después dos. Entraron fácil, resbalando. Eché la cabeza hacia atrás y me agarré al sofá con una mano mientras con la otra le abría más espacio entre mis piernas. Él me follaba con los dedos lento al principio, doblándolos dentro de mí, buscando el punto exacto. Cuando lo encontró, todo el cuerpo se me tensó.

—Ahí —le dije, casi sin voz—. No pares ahí.

—Mírame.

Lo hice. Y mientras me veía deshacerse, siguió metiéndome los dedos con un ritmo más firme, sacándolos casi del todo y hundiéndolos otra vez hasta los nudillos. El ruido húmedo entre mis piernas se escuchaba claro en el salón silencioso. Me dio vergüenza durante una fracción de segundo. Luego me dio igual. Estaba demasiado caliente para fingir pudor.

Le desabroché la camisa como pude, torpe por la prisa. Mis manos le recorrieron el pecho, el abdomen duro, y bajaron hasta el bulto marcado en su pantalón. Se lo apreté por encima de la tela. Él gruñó y me mordió el labio inferior.

—Me vas a volver loco.

—Entonces quítatelo.

Él se incorporó para desvestirse y yo aproveché para bajarme la ropa interior hasta los tobillos y lanzarla al suelo. Mauro se quitó la camisa, se abrió el cinturón y bajó el pantalón junto con el bóxer. Verlo así, duro, completamente erecto frente a mí, me provocó un golpe directo entre las piernas. No era una fantasía vaga ni un juego de tensión: era su polla, gruesa, caliente, con la punta brillante, a menos de un brazo de distancia.

—No tengo condones —dije de pronto, tragando saliva.

Él maldijo por lo bajo. Se pasó una mano por el pelo y miró hacia la cocina, como si fuera a aparecer una caja por arte de magia.

—Yo tampoco.

Nos quedamos un segundo quietos, los dos jadeando, excitados hasta la estupidez. La respuesta razonable era parar. Darnos un beso largo, respirar, dormir separados. Pero yo estaba desnuda del medio cuerpo para abajo, con el coño latiéndome y la vista clavada en su polla. La respuesta razonable no iba a ganar esa noche.

—No quiero que entres —dije, sorprendida de oírme tan clara—. Pero no quiero que te apartes.

Sus ojos se oscurecieron de inmediato.

—¿Qué quieres, entonces?

Me humedecí los labios.

—Quiero sentirte. Todo lo que se pueda sin cruzar eso.

La forma en que me miró después de esa frase todavía se me quedó grabada. Era hambre pura. Se arrodilló entre mis piernas en el sofá y me levantó un poco el vestido hasta el pecho. Yo no llevaba sostén. Sus manos subieron y me agarraron las tetas con fuerza, amasándolas mientras sus pulgares endurecían mis pezones. Solté un gemido y arqueé la espalda.

—Júntalas —me pidió, ronco.

Lo hice. Sujeté mis pechos y él colocó la polla entre ellos. La punta me rozó el esternón, caliente y húmeda, y empezó a moverse arriba y abajo con empujes lentos, mirando cómo desaparecía y reaparecía entre mi piel apretada. El espectáculo le estaba volviendo la cabeza. A mí también.

Sus manos no paraban: a veces apretaba mis tetas para darle más presión, a veces se inclinaba para chuparme un pezón mientras seguía deslizándose entre ellas. Sentía el peso de su polla, el calor de sus huevos golpeando abajo, su respiración cada vez más rota. Yo me retorcía debajo de él, no solo por verlo, sino porque cada jadeo suyo me empapaba más.

—Joder, cómo me miras —dijo.

—Porque me encanta verte así.

—¿Así cómo?

—Desesperado.

Me respondió con un empuje más fuerte entre mis pechos y un gruñido ahogado. Luego bajó la cabeza, me besó la boca con violencia y la mano le cayó entre mis piernas. Sus dedos encontraron mi clítoris y empezaron a frotarlo justo mientras seguía follándose el hueco entre mis tetas. El doble estímulo me dejó temblando.

No tardé mucho en venirme así. El orgasmo me subió rápido, acumulado por todo el rato anterior, y explotó cuando él me pellizcó un pezón y apretó el clítoris en círculos cortos. Me corrí con un espasmo seco, apretando los muslos y soltando su nombre entrecortado. Mauro soltó una maldición, sacó la polla de entre mis tetas y se quedó respirando hondo, al borde.

—Si sigo así, me corro ya —advirtió.

—Entonces cambia.

Me acomodé de lado en el sofá, levantando la pierna de arriba. Él entendió enseguida. Se colocó detrás de mí, pasó una mano por mi cintura y con la otra se agarró la polla para guiarla entre mis muslos. Cerré las piernas alrededor de él, atrapándolo. La punta quedó justo contra mis labios mojados, sin entrar, rozando la entrada cada vez que empujaba.

La primera embestida me sacó un gemido animal. No era penetración, pero tampoco era un simple roce. Era una fricción pesada, íntima, obscena, con mi humedad lubricando cada pasada. Su polla se deslizaba de adelante hacia atrás entre mis muslos apretados, acariciando mi clítoris en cada movimiento. Mauro me mordió el hombro cuando notó lo mojada que estaba.

—Estás chorreando —me dijo al oído.

—Y no es por la película.

Se rió sin humor y aceleró. Empezó a embestirme entre los muslos con un ritmo constante, sujetándome de la cadera para que no me moviera tanto. Yo apretaba las piernas, buscándole más presión, y cada vez que la punta golpeaba mi entrada sin cruzarla se me contraía todo el vientre. Era una tortura perfecta.

Metí la mano entre mis piernas y me toqué mientras él seguía. Dos dedos sobre el clítoris, rápidos, húmedos, sincronizados con sus empujes. Mauro lo vio y perdió un poco la cabeza. Me apartó la mano solo para reemplazarla con la suya y frotarme mejor, más fuerte, exactamente donde lo necesitaba.

—Así no voy a durar una mierda.

—No te estoy pidiendo que dures.

—No, pero quiero oírte correrte otra vez.

Eso me remató. Se pegó más a mi espalda, me abrió un poco la rodilla y siguió deslizándose entre mis muslos mientras su mano trabajaba mi clítoris sin descanso. Yo ya no fingía control. Gemía contra el respaldo, moviendo la cadera para encontrar más roce, más presión, más de todo. El segundo orgasmo llegó más desordenado, con los muslos temblando y un jadeo largo que me dejó vacía durante unos segundos.

Él me besó el cuello, respirando como si viniera de correr.

—Date vuelta.

Obedecí sin hablar. Me puse boca abajo sobre el sofá, con el vestido arremangado hasta la cintura y el culo levantado. Sentí cómo sus manos me abrían las nalgas despacio. No me tocó enseguida. Primero se quedó mirándome, y ese pequeño retraso me puso más caliente aún.

—Mauro...

—Necesitaba verte así.

La punta de su polla recorrió la hendidura entre mis nalgas de arriba abajo, embarrándose con todo lo que yo ya tenía entre las piernas. Después empezó a deslizarse por ahí, apretado entre mis glúteos, sin entrar en ningún lado, pero con una presión deliciosa y obscena que me hizo hundir la cara en el cojín. Cada empuje me empujaba el cuerpo hacia adelante. Cada retirada me dejaba esperando la siguiente.

—Joder —murmuré—. Más fuerte.

Él obedeció. Me agarró de las caderas y empezó a moverse con más contundencia, usando la humedad que se había acumulado para resbalar mejor entre mis nalgas. A veces la punta bajaba y chocaba contra mi coño; otras, rozaba más arriba y me arrancaba un gemido distinto, más grave. Yo restregaba el clítoris contra la tela del sofá cada vez que podía, buscando sumar placer donde cupiera.

Mauro se inclinó sobre mí, me pegó el pecho a la espalda y metió una mano por delante. Sus dedos encontraron mi coño abierto, empapado, y se hundieron sin resistencia. Grité contra el cojín. Empezó a follarme con los dedos mientras seguía deslizándose entre mis nalgas con la polla. Era demasiado. Demasiado bueno, demasiado crudo, demasiado cerca de perder del todo la cabeza.

—Mírate —me decía al oído—. Estás hecha un desastre por mí.

—No pares.

—No voy a parar.

Metía y sacaba los dedos con un ritmo sucio, mojado, audible. Luego subía el pulgar al clítoris y me frotaba ahí mientras la polla seguía pasando entre mis nalgas, dura, insistente. Yo apenas podía pensar. Solo abría más las piernas, movía el culo hacia atrás y pedía más con sonidos rotos que ya ni parecían palabras.

El tercer orgasmo me agarró sin aviso limpio. Empezó como una tensión en el vientre, se acumuló en un segundo y me estalló por todo el cuerpo con una fuerza que me dejó sin aire. Las piernas me flaquearon. Se me cerró el coño alrededor de sus dedos y temblé completa, desde los hombros hasta las rodillas.

Él se puso duro como piedra contra mí. Lo sentí en la forma en que perdió el ritmo y luego lo recuperó más brutal, más desesperado. Sacó los dedos, me giró apenas de la cadera y me dejó medio de lado, lo justo para apartar la mano y coger su polla con firmeza. Me la frotó una vez más por los labios, una amenaza que no llegó a cumplirse, y después se masturbó mirando cómo yo seguía convulsionando por el orgasmo.

—Me voy a correr —me avisó con la voz rota.

Levanté la cara como pude.

—Hazlo.

Se corrió sobre mi pelvis y mi vientre en varias sacudidas fuertes, calientes, abundantes. Sentí el chorro espeso cayéndome sobre la piel, el calor extendiéndose mientras él gemía mi nombre sin ninguna vergüenza. Siguió bombeando con la mano hasta vaciarse del todo, temblando encima de mí, y luego se quedó quieto, jadeando, con la frente apoyada entre mis omóplatos.

Nos quedamos así un rato, pegados, sudados, con la respiración todavía desacompasada. El salón olía a sexo y a alcohol viejo, y la televisión seguía encendida en silencio con imágenes absurdas que ya no importaban. Yo tenía la piel sensible, el coño latiéndome y una sensación rara en el pecho: placer, sí, pero también la certeza de que habíamos roto algo para siempre.

Mauro fue el primero en moverse. Se levantó con cuidado, me besó la espalda y fue a la cocina. Volvió con agua, papel y una toalla húmeda. La escena me enterneció más de lo que esperaba. Habíamos estado a punto de devorarnos, y aun así seguía tratándome con una delicadeza casi íntima mientras me limpiaba la barriga, las caderas y la parte alta de los muslos.

—Nunca imaginé que esto pasaría así —dijo al fin.

—Yo sí lo imaginé —confesé, todavía medio ronca—. Lo que no imaginé fue aguantar tanto tiempo sin hacerlo.

Él soltó una risa cansada y se dejó caer a mi lado otra vez. Yo me acomodé contra su pecho, desnuda de la cintura para abajo y demasiado satisfecha para fingir distancia. Nos tapamos con una manta cualquiera y nos quedamos en silencio. Ya no era un silencio tenso. Era otro. Más pesado, pero también más honesto.

—Si hubiéramos tenido condones... —empezó.

Le puse un dedo en la boca.

—No lo digas.

—¿Por qué?

—Porque ya sé lo que habría pasado.

Él besó mi dedo, luego la palma de mi mano.

—Yo también.

***

No dormimos de inmediato. Cada vez que parecía que el cansancio nos vencía, alguno rozaba al otro y la excitación volvía a encenderse. Hubo más besos lentos, más caricias perezosas bajo la manta, más confesiones dichas en voz baja solo porque ya no tenía sentido ocultarlas.

Me contó que llevaba meses mirándome distinto. Que cada vez que yo lo abrazaba para saludarlo se quedaba pensando demasiado en mi cuerpo. Que una noche incluso se masturbó después de dejarme en casa, furioso consigo mismo por desear a su amiga de esa manera. Yo le confesé que más de una vez había fantaseado con él en la ducha, imaginando justo lo que había pasado en mi sofá, aunque en mis fantasías él sí terminaba dentro de mí.

Ese comentario nos calentó de nuevo. Lo vi endurecerse otra vez bajo la manta y me reí en voz baja. Esta vez fui yo quien tomó la iniciativa. Me deslicé hacia abajo, aparté la tela y me arrodillé frente a él en el sofá.

—Ya que seguimos sin condones —murmuré—, déjame probar otra cosa.

Le bajé el bóxer hasta la mitad de los muslos y su polla salió otra vez, semidura pero creciendo rápido en cuanto la envolví con la mano. Mauro tragó saliva y se dejó caer hacia atrás, observándome con una mezcla de sorpresa y hambre. Le di un beso en la punta antes de sacar la lengua y lamer el glande de abajo arriba, recogiendo el sabor salado que todavía quedaba de antes.

—Joder —soltó, cerrando los ojos.

Me gustó oírlo así. Lo agarré con firmeza y empecé a chupársela despacio, metiéndomelo en la boca lo suficiente para calentarlo bien, sacándolo luego para lamer el tronco y jugar con la punta. No había prisa. Quería saborearlo, verlo perder la compostura, sentir cómo su respiración se aceleraba solo porque mi boca estaba haciendo exactamente lo que él necesitaba.

Pronto dejó de quedarse quieto. Empezó a mover las caderas hacia mí, buscando más profundidad. Le dejé hacerlo un poco, lo suficiente para que la punta me golpeara la garganta y me hiciera lagrimear, pero me aparté apenas para marcar el ritmo yo.

—Quieto —le ordené.

Él abrió los ojos, sorprendido, y obedeció.

Seguí mamándosela con más decisión, usando una mano en la base y la boca arriba, húmeda, apretada. El sonido de la saliva y sus jadeos llenó otra vez el salón. Me agarró del pelo, no para forzarme, sino como si necesitara sujetarse de algo. Entonces me soltó la cabeza y bajó la mano entre mis piernas. Yo seguía desnuda debajo del vestido, todavía sensible, todavía mojada. En cuanto me tocó, un escalofrío me recorrió entera.

—No sé qué me excita más —dijo—, verte así o saber que sigues mojada por mí.

Le respondí tragándome media polla de golpe. Jadeó fuerte y me apretó el hombro. Mientras lo chupaba, él me frotaba el clítoris con dos dedos, lento al principio, luego más rápido, encontrando el ritmo exacto para volver a subirme. El sofá crujía apenas con nuestros movimientos. La madrugada seguía cerrada detrás de la ventana y el mundo entero parecía haberse reducido a ese salón.

Me corrí con su polla en la boca, gimiendo alrededor de ella, y eso casi lo hace venirse conmigo. Tuvo que apartarme con suavidad para no correrse antes de tiempo. Yo subí otra vez hasta besarlo, con la cara caliente y la respiración rota.

—Si sigues así, me vas a matar.

—Mentira —le dije—. Vas a amanecer sonriendo como idiota.

Y sonrió, precisamente como idiota. Después me abrazó de la cintura, me tumbó a su lado y nos quedamos por fin quietos, agotados de verdad. Esta vez sí terminamos durmiéndonos enredados, con las piernas cruzadas y la sensación pegajosa del placer todavía fresca en la piel.

Cuando amaneció, la luz gris entraba por la ventana del salón y me encontró con la cabeza apoyada en su pecho. Mauro ya estaba despierto. Me acariciaba el brazo con la yema de los dedos, distraído, como si llevara años haciéndolo.

Nos miramos sin hablar. No hacía falta. La complicidad estaba ahí, nueva y evidente. También el problema. Porque después de una noche así ya no éramos solo amigos, aunque todavía no supiéramos qué nombre ponerle a lo que habíamos abierto.

—¿Te arrepientes? —me preguntó.

Lo pensé de verdad. Luego negué.

—No. Pero me preocupa que la próxima vez ya no nos conformemos con rozarnos.

Su media sonrisa volvió, lenta, segura.

—La próxima vez no pienso conformarme con nada.

Y lo peor, o lo mejor, fue que al oírlo no sentí miedo. Sentí anticipación. Porque esa noche había sido una confesión, sí, pero también una promesa a puerta cerrada. Y yo ya estaba deseando que llegara el momento de cumplirla.

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Comentarios(6)

Nora_lect

excelente!!! uno de los mejores que lei por aca en mucho tiempo

SebaMonte

Por favor una segunda parte, quede con ganas de saber como siguio

RosiK

se me hizo cortisimo, queria mas jaja

VeroPatricia

Me recordo a algo que me paso hace un tiempo... ese momento donde los dos fingen que no pasa nada sabiendo que si. Muy bien narrado, gracias

Dario_79

Muy bien escrito, se nota que es real. Segui asi!

DulceLect

jajaja esa frase del titulo lo dice todo, tremendo

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