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Relatos Ardientes

Por qué los tríos son mi vicio favorito

No sé quién decidió que el tres era un número torcido, incompleto o maldito. A mí siempre me pareció justo al revés. El tres corrige los silencios incómodos de la pareja, rompe la rutina, desordena los papeles y convierte el deseo en algo más voraz, más confuso y mucho más divertido.

Dos personas pueden gustarse, pueden follar bien y hasta pueden entenderse con solo mirarse. Pero cuando entra una tercera, todo se acelera. La tensión sube de golpe. Hay más manos, más bocas, más ojos mirando, más piel esperando turno o arrebatándolo sin pedir permiso.

Por eso, si tengo que admitir un vicio, ése es el mío. Los tríos. No me importa demasiado la combinación mientras haya hambre de verdad y adultos con ganas de ensuciarse juntos. He estado con dos mujeres, con dos hombres, con una mujer y un hombre, y cada variante me ha dado una clase distinta de placer.

Lo mejor del asunto no es solamente el sexo, aunque el sexo sea el centro de todo. Lo mejor es la sensación de perder el control de la escena sin dejar de formar parte de ella. Estar en medio y que te toquen dos personas a la vez. O ser quien reparte atención de un cuerpo a otro, viendo cómo los dos se excitan al sentirse compartidos.

Hay gente que no soporta eso. Que necesita exclusividad hasta en la cama. Yo no. A mí compartir me pone más duro, más húmedo, más dispuesto. Ver cómo una mano que hace un segundo me apretaba el muslo se desliza hacia otra cintura y vuelve cargada de prisa me enciende como pocas cosas.

No hablo de una fantasía limpia, ordenada, bonita. Hablo de cuerpos sudados, piernas enredadas, saliva, respiraciones cortadas y gemidos mal contenidos. Hablo de ese caos delicioso en el que una boca te está chupando mientras otra te besa, de no saber a cuál tocar primero, de acabar oliendo a sexo ajeno y propio al mismo tiempo.

Durante años me fui convenciendo de que, si tenía que elegir una sola forma de follar por el resto de mi vida, sería ésa. No por cantidad. No por hacer colección de cuerpos. Sino porque en un trío el deseo rebota de uno a otro y vuelve multiplicado. Lo que uno da, el otro lo amplifica.

La noche que mejor me dejó claro todo eso fue en un hotel pequeño, de esos discretos que parecen hechos para secretos. Yo había llegado con Vera, una morena de sonrisa lenta y manos impacientes. Los dos rondábamos los cuarenta y ya nos conocíamos lo suficiente como para entender cuándo un juego iba en serio.

Ella me había hablado antes de su amigo Darío. Nada romántico, me dijo. Solo piel, confianza y una complicidad sucia que no necesitaba explicaciones. Cuando me preguntó si me molestaría que él se uniera, yo sonreí antes de responder. La verdad era que ya se me había puesto dura solo de imaginarlo.

—No quiero mirones tímidos —me avisó en el ascensor, apretando el botón del piso con una uña roja—. Si entras, entras de verdad.

—Nunca supe hacer otra cosa —le contesté.

Darío ya estaba en la habitación cuando abrimos. Alto, ancho de hombros, barba corta, camisa negra remangada y una calma casi insolente. Nos saludó como si fuéramos a tomar una copa, pero sus ojos me recorrieron despacio, sin disimulo, bajando del cuello a la entrepierna y subiendo otra vez.

—Así que tú eres el que quiere jugar —dijo.

—No. Yo soy el que vino a jugar —le respondí.

Vera soltó una risa baja y dejó el bolso sobre una silla. No hizo falta hablar mucho más. La electricidad ya estaba tendida entre los tres, gruesa y tirante. Ella se acercó primero a mí, me agarró de la camisa y me besó con fuerza, metiéndome la lengua como si quisiera probar si yo venía tan dispuesto como decía.

La besé de vuelta apretándole el culo por encima del vestido. Sentí el calor de su cuerpo, el músculo firme de sus muslos y ese pequeño temblor que le daba cuando estaba a punto de soltarse. Mientras yo la besaba, vi a Darío acercarse por detrás y posar una mano en su nuca.

Eso me encendió al instante.

Él apartó el pelo de Vera, besó la piel de su cuello y la hizo arquearse entre nosotros. Yo tenía su boca. Él tenía su garganta y su espalda. Ella gimió sin pudor y me mordió el labio.

—Empiecen de una vez —murmuró—. No vine a conversar.

Darío me tomó de la barbilla y me giró la cara hacia él. Nos quedamos un segundo mirándonos, midiendo algo que no era competencia sino apetito. Luego me besó. Directo, seco al principio, y enseguida más hondo. Su lengua entró en mi boca mientras Vera nos miraba con los labios entreabiertos, respirando cada vez más rápido.

Yo le agarré la cintura y noté cómo su cuerpo respondía. No era una pose ni una concesión para ella. El tipo también estaba caliente. Cuando me aparté, tenía la polla marcándose bajo el pantalón.

Vera se arrodilló frente a nosotros sin pedir permiso. Nos desabrochó uno a uno, primero a él y luego a mí, como si estuviera abriendo regalos. Mi polla saltó libre, tensa, pesada. La de Darío era gruesa, algo más larga, con venas marcadas a lo largo del tronco. Ella las miró con hambre.

—Así me gusta —dijo—. Dos para elegir y ninguna gana de decidir.

Nos empezó a masturbar a los dos a la vez. Una mano para cada polla, cambiando el ritmo, apretando diferente, observando qué gesto nos hacía contener el aire. A mí me chupó primero la punta, dándome una pasada lenta de lengua alrededor del glande antes de tragármela entera hasta donde le daba la boca.

Se movía con experiencia, sin apuro. Me sacaba casi por completo y volvía a hundirse, dejando la verga brillante de saliva. Mientras tanto, su otra mano seguía bombeando la polla de Darío. Él la miraba desde arriba con los puños cerrados, respirando por la nariz.

Cuando Vera cambió y se metió a Darío en la boca, yo no me quedé quieto. Le subí el vestido hasta la cintura, aparté la tela de su ropa interior y encontré el coño caliente y ya mojado. Le pasé dos dedos por la raja y me los llevé a la boca antes de volver a meterlos, esta vez hasta el fondo. Ella soltó un gemido ahogado sin dejar de chupar.

Su coño latía alrededor de mis dedos. Empecé a follármelo con la mano mientras le frotaba el clítoris con el pulgar. La sentí abrir más las piernas, entregarse al movimiento, chupar más fuerte la polla que tenía en la boca. Darío apoyó una mano en su cabeza, sin empujar todavía, disfrutando el espectáculo.

—Mírala —dijo él—. Está hecha una guarra.

Vera levantó los ojos, retadora, con saliva en la barbilla. Yo le metí un tercer dedo y ella casi se atragantó del gusto. Su espalda se arqueó. Su coño me apretó con una fuerza húmeda y ansiosa.

La hicimos levantarse para desnudarla por completo. El vestido cayó al suelo. Su sujetador fue detrás. Después las bragas. Se quedó frente a nosotros con los pechos pesados balanceándose apenas cuando respiraba, los pezones duros y oscuros, el coño hinchado y brillante.

No la dejamos esperar. Darío le chupó un pezón mientras yo le abría las piernas y me agachaba a comerle el coño. Le metí la lengua de abajo arriba, separándole los labios con los dedos, sintiendo su sabor espeso en la boca. Ella me agarró del pelo y se apoyó en la pared.

—Así, joder... así —jadeó.

Le lamí el clítoris con paciencia solo para hacerla desesperar más, y luego le metí la lengua dentro, profunda, alternando con dos dedos. Arriba, Darío le mordía el cuello y le apretaba una teta con la mano abierta. Vera estaba partida entre los dos, sin saber si mirar abajo, mirar arriba o cerrar los ojos y dejarse llevar.

Eso era precisamente lo que me gustaba. Sentirla rendirse al exceso.

Cuando ya temblaba, la giramos. La hice inclinarse sobre el borde de la cama. Le abrí las nalgas y vi cómo su coño chorreaba. Le di una nalgada fuerte. El ruido seco llenó la habitación y ella empujó el culo hacia atrás pidiendo más.

—Fóllame —dijo—. Uno delante y otro detrás. No me hagan esperar.

Me puse frente a ella mientras Darío se colocaba detrás. Yo me senté en el borde de la cama y le ofrecí la polla. Vera la agarró, se la acomodó sola y empezó a cabalgarme despacio, dejándola entrar centímetro a centímetro en su coño mojado. Gemía con cada bajada, sintiendo cómo la abría.

Darío le escupió en la mano y le lubricó el culo con los dedos. La primera vez que le metió uno, Vera se tensó. A la segunda, se relajó. A la tercera ya estaba empujando hacia atrás con hambre. Yo la tenía rebotando sobre mi polla mientras él le preparaba el culo para su verga.

—Te quiero abierta de las dos formas —murmuró él.

—Entonces hazlo —contestó ella.

Cuando Darío le apoyó la punta en el ano, todos contuvimos un segundo la respiración. Empujó despacio, firme, sin retroceder. Vera dejó caer la frente sobre mi hombro y soltó un gemido grave cuando él terminó de entrar. Sentí el temblor recorrerle todo el cuerpo. Su coño me apretó con más fuerza al tenerlo dentro también por detrás.

La imagen era una locura. Ella montándome de frente, con la boca abierta y los ojos húmedos, mientras Darío la penetraba por el culo con embestidas medidas al principio. Yo le chupaba un pezón y la sujetaba de la cintura para acompañarle el ritmo. Poco a poco dejamos de cuidarnos y empezamos a follarla de verdad.

El cuarto se llenó de golpes de carne, jadeos y órdenes entrecortadas. Vera subía y bajaba sobre mi polla mientras Darío le machacaba el culo. Cada vez que él se hundía hasta el fondo, yo sentía cómo su coño se contraía alrededor de mí. Era obsceno y perfecto.

—Más —decía ella—. Más fuerte, cabrones.

Se lo dimos. Yo la agarré de los pechos y empecé a clavármela hacia arriba al tiempo que Darío aceleraba detrás. Sus tetas rebotaban. Su culo recibía cada embestida con un sonido húmedo. La saliva nos brillaba en la piel. Ya no había elegancia, solo hambre.

Vera se corrió así, atrapada entre las dos pollas. Lo supe por el espasmo violento de sus muslos, por la forma en que me apretó la nuca y por el grito ronco que soltó sin vergüenza. Su coño se me cerró alrededor y casi me saca la corrida ahí mismo.

Pero todavía no habíamos terminado.

La tumbamos boca arriba sobre la cama. Darío se arrodilló junto a su cabeza y le metió la polla en la boca. Ella la tragó enseguida, todavía jadeando por el orgasmo. Yo me coloqué entre sus piernas y volví a penetrarla en el coño, lento al principio, disfrutando cómo seguía sensible y empapada.

Verla chupando mientras yo la follaba era demasiado. Sus labios estirados alrededor de la polla de Darío, sus pechos subiendo con cada respiración difícil, mis caderas golpeando entre sus muslos abiertos. Le agarré una pierna y se la llevé al hombro para entrarle más hondo.

Ella gimió con la boca llena. Darío le retiró un momento la polla y le pidió:

—Dilo.

—No paren —suplicó ella—. Quiero correrme otra vez. No paren.

Le dio lo que pedía. Volvió a metérsela hasta la garganta. Yo empecé a follarla más rápido, con embestidas cortas y duras. Su coño hacía ese ruido húmedo que vuelve loco. Vera se tocó el clítoris con dos dedos, frenética, mientras nos recibía a los dos.

Se volvió a correr con mi polla dentro y la de él en la boca. Esta vez se arqueó tanto que casi se le escapó, pero Darío la sujetó del pelo y la mantuvo ahí mientras yo sentía su segundo orgasmo reventarle en el vientre. Tembló durante varios segundos, completamente ida.

Cuando por fin la dejamos respirar, me tocó a mí quedarme en medio.

Darío me besó sin aviso y me hizo girar. Había deseo en ese gesto, pero también una orden clara. Yo no necesitaba más. Me bajé a la cama, apoyando las manos en el colchón. Vera, recuperándose apenas, vino hacia mi cara con las piernas abiertas.

—Quiero que me comas mientras él te rompe el culo —dijo.

Eso bastó para que se me endureciera más.

Le agarré los muslos y hundí la cara en su coño al tiempo que sentía a Darío detrás de mí, untándome lubricante entre las nalgas. Me abrió con los dedos, uno, dos, trabajando despacio hasta que el cuerpo cedió. Yo le lamía el clítoris a Vera, que me apretaba la cabeza contra su pelvis.

La punta de la polla de Darío me buscó la entrada. Empujó. El primer tramo siempre arde, incluso cuando lo deseas. Lo respiré hondo sin apartar la boca del coño de Vera. Él siguió avanzando hasta estar completamente dentro. Solté un gemido contra ella, y ese sonido la hizo estremecerse.

Empezó a mover las caderas despacio. Cada embestida me descolocaba la respiración y, al mismo tiempo, me excitaba más. Había algo brutal y adictivo en sentirme abierto así, usado mientras yo seguía dándole placer a otra persona. Vera me echó una mano y me agarró la polla por debajo del vientre, empezando a masturbarme con firmeza.

—Mira cómo te gusta —dijo ella—. Qué bien te queda estar en medio.

Darío aumentó el ritmo. Ya no me estaba preparando; me estaba follando de verdad. Sus caderas golpeaban contra mis nalgas y me arrancaban gemidos cada vez más sucios. Yo lamía, chupaba, metía la lengua en el coño de Vera mientras ella me pajeara con el puño mojado en su propia lubricación.

Acabamos los tres envueltos en una cadencia salvaje. Él empujando desde atrás. Ella frotándome la polla y derramando jugo sobre mi mano y mi boca. Yo atrapado entre ambos, recibiendo y dando, justo donde más me gusta estar.

Sentí que el orgasmo me subía demasiado rápido. Lo avisé con una voz rota.

—Voy a correrme.

—Hazlo —dijo Darío, sin dejar de darme—. Hazte una paja y córrete mirándonos.

No me hizo falta insistir. Vera me apretó más fuerte la polla y yo la rematé con mi propia mano. Me corrí sobre las sábanas y sobre su vientre con espasmos violentos, mientras Darío seguía clavándomela unos segundos más. Vera se llevó parte de mi corrida con dos dedos y se los chupó sin apartar los ojos de mi cara.

Ver eso casi me provoca otro orgasmo.

Darío salió de mí y me hizo darme vuelta. Su polla estaba brillante, dura todavía, empapada de lubricante y sudor. Vera se la chupó un momento, pero él negó con la cabeza. Quería correrse dentro de algo más apretado. La levantó de la cintura, la puso a cuatro patas y volvió a metérsela por el culo de una sola embestida.

Ella gritó del gusto. Yo me acerqué por delante para darle la polla otra vez a la boca. Aunque seguía sensible, me la chupó con avidez, alternando con besos en el glande y lamidas largas. Detrás, Darío la follaba duro, sin pausas, golpeándole las nalgas con cada envión.

—Trágatela y abre más el culo —le ordenó él.

Vera obedeció a las dos cosas. Me tomó hasta el fondo mientras echaba más el culo hacia atrás para recibirlo mejor. Yo le acaricié el pelo y luego le agarré la nuca, no para dominarla sino para acompañar el ritmo. Tener su boca y ver al otro hombre sacudiéndole el cuerpo detrás era una visión demasiado perfecta para ser elegante.

Darío se corrió primero. Lo noté por el modo en que se tensó y por el gruñido grave que soltó al vaciarse dentro de su culo. Siguió empujando un par de veces más, dejándola llena, antes de salirse lentamente. Vera quedó respirando agitadísima, con la espalda marcada de sudor.

Yo no tardé mucho más. Ella me llevó al borde con la boca, con una mano en mis huevos y la otra abierta sobre mi muslo. Cuando le avisé, se sacó la polla de la boca solo lo justo y me pajeara rápido hasta que le corrí en la lengua y en los labios. Tragó una parte y dejó otra resbalar por la barbilla, disfrutando mi temblor.

Después nos desplomamos los tres sobre la cama, sudados, pegajosos y en paz. No había nada romántico en el sentido convencional. No estábamos prometiéndonos nada ni fingiendo que aquello era amor eterno. Pero sí había una intimidad feroz, de ésas que solo aparecen cuando tres adultos se muestran sin vergüenza.

Vera se acurrucó entre nosotros y soltó una risa cansada.

—Ahora entiendes por qué no me conformo con poco.

La entendía demasiado bien. Porque eso es lo que me pasa siempre con los tríos: después de probar esa mezcla de exceso, entrega y confusión feliz, la simple idea de volver a una línea recta me sabe a dieta. Dos cuerpos pueden darte placer. Tres pueden convertirlo en una tormenta.

Y yo, si me dejan elegir, sigo prefiriendo la tormenta. Me gusta estar en el centro, debajo, encima o de rodillas entre dos personas que no han venido a contenerse. Me gusta que me usen, usar, mirar y ser mirado, pasar de una boca a otra, de un culo a un coño, de una caricia tierna a una embestida brutal sin que nada se rompa salvo la compostura.

Supongo que otros encontrarán ahí demasiada confusión. Yo encuentro mi sitio. En el caos bien follado de tres adultos sin miedo, no sobra nadie. Al contrario. Ahí es donde el deseo se vuelve completo, precisamente porque deja de ser simple.

Por eso nunca voy a creerme esa idea de que tres son multitud en mal sentido. Para mí, tres es medida exacta. Es vicio. Es exceso manejable. Es el número en el que el placer deja de avanzar en línea y empieza a multiplicarse.

Y cuando recuerdo noches como ésa, con el cuerpo rendido y la cabeza todavía zumbando de gemidos ajenos, lo tengo clarísimo: si el pecado se cuenta, el mío siempre entra de tres en tres.

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Comentarios(2)

Ferchu99

Increible!!! me encanto desde el primer parrafo, que relato mas rico

CharlyCba77

Por favor seguí contando, quede con ganas de saber mas aventuras tuyas

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