Saltar al contenido
Relatos Ardientes

La primera vez que lo hice en el coche de Mateo

Voy a contar algo que nunca le he dicho a nadie, ni a mis amigas más cercanas. Es la primera vez que escribo una de estas historias y, para empezar, elegí la que más me cuesta sacarme de la cabeza: la noche en que lo hice por primera vez dentro de un coche, en plena calle, con un amigo con el que después tuve muchos más encuentros. Esos los iré contando poco a poco, si me animo.

Para que se hagan una idea, no soy una chica que pase desapercibida. Tengo unas tetas bastante generosas y un culo que, lo admito sin pudor, hace girar cabezas por donde paso. Lo digo porque entender eso ayuda a entender por qué esa noche me sentí tan poderosa y tan expuesta al mismo tiempo.

Mateo era ese amigo. Nos conocíamos hacía un par de años y, desde hacía meses, se había vuelto costumbre que pasara a buscarme al trabajo cuando me tocaba el turno de noche. Yo salía tarde, agotada, y verlo estacionado en la esquina con el motor encendido era un alivio. Por supuesto, ese favor yo se lo pagaba siempre de alguna manera, y esa noche no fue la excepción.

Salí del local pasada la medianoche, me ajusté el abrigo y caminé hasta el coche. Lo saludé al subir y, antes de que terminara de acomodarme, me soltó una frase con esa sonrisa de medio lado que tan bien conocía.

—Ya encontré el lugar —dijo.

—¿Qué lugar? —pregunté, aunque sabía perfectamente de qué hablaba.

Días atrás me había confesado que tenía muchas ganas de follarme en el coche. Yo le había seguido el juego, le dije que por qué no, sin imaginar que lo decía en serio. Él me prometió que buscaría un sitio tranquilo. Lo que jamás pensé fue que lo encontraría tan pronto, ni que yo me atrevería de verdad.

—¿Estás seguro de que nadie nos va a ver? —insistí, mientras él arrancaba.

—Ya verás que no —respondió, y me apretó la rodilla un segundo antes de devolver la mano al volante.

Antes de ir directos al sitio, paramos en una tienda de la avenida. Compramos algo de beber y unas botanas para picar. Volvimos al coche y nos quedamos un rato charlando con las latas en la mano, como si fuéramos dos adolescentes matando el tiempo. La conversación me relajó. Y las cervezas, frías y entrando rápido, me fueron soltando los nervios y encendiendo otra cosa distinta.

Hablamos de tonterías, de la gente del trabajo, de un viaje que él quería hacer en verano. Pero entre frase y frase me miraba de un modo que no dejaba lugar a dudas, deteniéndose un instante de más en mi escote cada vez que me reía. Yo lo notaba y, en lugar de molestarme, me crecía por dentro una mezcla rara de vergüenza y ganas. Crucé las piernas hacia su lado sin pensarlo demasiado, y vi cómo tragaba saliva.

—¿Nerviosa? —preguntó.

—Un poco —admití—. Nunca he hecho nada parecido.

—Si en algún momento quieres parar, paramos —dijo, y por la forma en que lo dijo le creí. Eso, curiosamente, fue lo que terminó de decidirme.

Cuando terminamos de hablar, condujo unos minutos más hasta una calle apartada. No había casas cerca, solo la sombra de unos árboles y un par de farolas fundidas que dejaban todo en penumbra. Perfecto para él, aterrador y excitante para mí.

Apagó las luces. Por un instante no hicimos nada, solo escuchar nuestra propia respiración y el tic-tic del motor enfriándose. Entonces se inclinó y me besó.

***

Empezamos despacio, como quien tantea, con la lengua entrando en mi boca cada vez con menos disimulo. Sus manos no tardaron en colarse bajo mi ropa y buscar mis tetas, primero por encima del sostén, apretándolas con hambre, y luego apartándolo de un tirón impaciente para agarrarlas a piel viva. Me pellizcó los pezones hasta que se me pusieron duros como piedras y yo solté un gemido contra su boca. Bajó la cabeza, se metió uno entero en la boca y empezó a chupármelo mientras con la otra mano me estrujaba el otro pecho sin ninguna delicadeza. Yo respondí pasando la mano sobre su pantalón, sintiendo lo dura que ya estaba la polla debajo de la tela. Se la apreté por encima del vaquero, la recorrí con los dedos de arriba abajo, y él soltó un suspiro largo contra mi cuello.

—¿No quieres bajar a saludar a mi amigo? —murmuró, medio en broma medio en serio.

—Claro, ¿por qué no? —contesté, con la voz más ronca de lo que esperaba.

Después de los besos y los toqueteos ya estaba demasiado encendida para negarme a nada. Se bajó el cierre, tironeó del calzoncillo, se acomodó en el asiento y sacó la polla. Estaba completamente erecta, gruesa, con la punta ya brillante de líquido. Me quedé un segundo mirándola, saboreando la anticipación, y después me incliné sobre él. Primero le pasé la lengua desde la base hasta la punta, muy despacio, sintiendo cómo se le tensaba entera bajo mi boca. Le di un beso en el glande, jugué con la lengua sobre esa gota que ya tenía, y recién ahí me la metí en la boca. Empecé a mamársela con calma, saboreando cada movimiento, sintiéndola crecer todavía más entre mis labios.

—Así, despacio —jadeó, hundiendo los dedos en mi pelo—. Me encanta cómo la chupas.

Bajé más, tragándomela hasta el fondo, hasta que la punta me tocó la garganta y tuve que hacer fuerza para no toser. Subí despacio, ahuecando los cachetes, chupando como si me faltara aire. Volví a bajar, esta vez más rápido, con ruidos húmedos que en el silencio del coche sonaban obscenos. Alterné el ritmo, lento y luego más rápido, mamándosela con las dos manos, una sujetándole la base y la otra jugando con los huevos. Cada vez que la sacaba entera de la boca le pasaba la lengua por debajo, por esa vena gruesa que le latía. Atenta a su respiración entrecortada y a la forma en que apretaba el respaldo del asiento, entendí que estaba a punto. Me gustaba tener ese control, saber que con la boca podía dejarlo así de rendido. Pero antes de que perdiera la cabeza del todo, me sujetó la cabeza con una firmeza que no admitía discusión y me levantó de un tirón, sacándose la polla de mi boca con un chasquido.

—Ahora me toca a mí —dijo, casi sin aire.

Me desabrochó el pantalón y me lo bajó apenas, lo justo, hasta las rodillas. Me abrió la camisa y, con el mismo gesto impaciente de antes, terminó de quitarme el sostén de tiras finas que llevaba puesto. Bajó la boca a mis tetas y me las recorrió con la lengua, chupando, mordiendo apenas los pezones hasta hacerme arquear la espalda contra el asiento, mientras una de sus manos se colaba entre mis piernas y apartaba la tanga hacia un lado. Los dedos se le hundieron directo en el coño, que ya estaba empapado.

—Mira cómo estás —murmuró, sacándome los dedos para mostrármelos brillando en la penumbra—. Chorreando.

Volvió a metérmelos, esta vez dos, y empezó a moverlos hacia adentro y hacia afuera con un ritmo que me hizo cerrar los ojos. Me buscó el clítoris con el pulgar y empezó a hacer círculos lentos mientras los dedos seguían entrando y saliendo, cada vez más rápido, cada vez más profundo. Yo me mordí el labio para no gritar. Estaba tan excitada que cualquier sonido se me escapaba sin permiso, así que gemía bajito, casi en secreto, con el miedo constante de que alguien pasara por la calle y nos escuchara. Ese miedo, lejos de frenarme, me ponía peor. Se me escurría por los muslos y podía oír el chapoteo de sus dedos entrando y saliendo del coño.

Siguió así unos minutos, alternando la lengua en mis pezones con el movimiento de sus dedos, curvándolos adentro hasta encontrarme un punto que me hacía retorcerme. Entonces bajó la cabeza. Se acomodó como pudo en el espacio miserable del asiento, me abrió más las piernas y me clavó la lengua entre los labios. Empezó a comerme el coño con hambre, chupándome el clítoris, metiéndome la lengua entera, alternando lametazos anchos con succiones cortas que me hacían levantar las caderas contra su boca. Le agarré la cabeza con las dos manos y lo apreté contra mí, ya sin importarme nada. El placer me subió de golpe, se me acumuló entre las piernas y me vine con un temblor que me recorrió entera, ahogando el gemido contra el puño que me había metido en la boca.

—Qué rico te vienes —dijo contra mi coño, satisfecho, con la boca todavía brillante.

***

Nos quedamos quietos un momento, recuperando el aire. Él miró por las ventanillas, escudriñando la oscuridad de afuera para asegurarse de que no había nada sospechoso. Todo seguía en silencio. Entonces echó su asiento hacia atrás y lo inclinó todo lo que daba.

—Súbete —me pidió, y dio una palmada sobre su muslo.

Ya no me lo pensé. Estaba ardiendo y solo quería sentir la polla adentro. Me terminé de quitar el pantalón a tirones, en ese espacio imposible del asiento delantero, y me trepé encima de él. La camisa abierta era lo único que me quedaba, y las tetas le rozaban la cara con cada movimiento.

Casi siempre le pedía que se pusiera condón. Era una regla mía y la respetaba sin discutir. Pero esa noche, con la adrenalina latiéndome en las sienes y el cuerpo pidiéndolo a gritos, no dije nada. Solo aparté la tanga a un lado, agarré la polla con la mano, la froté un par de veces contra los labios del coño para embadurnarla bien con lo mío y bajé las caderas hasta sentirla entrar a pelo.

Dios, qué bien se sintió.

Se me clavó entera en una sola bajada, y al fondo dejé escapar un gemido largo que me sorprendió a mí misma. Empecé a moverme despacio, dejándome caer poco a poco, sintiendo cómo entraba y salía con cada balanceo, cómo me estiraba por dentro. La sensación de follar así, en un coche, en plena calle y casi completamente desnuda, con la polla de un amigo enterrada hasta el fondo y sin ninguna protección, me disparaba algo en la cabeza que nunca había experimentado. Estaba al descubierto, vulnerable, y aun así no quería parar por nada del mundo.

Él me agarró las tetas con las dos manos, se las llevó a la boca por turnos y empezó a chuparme los pezones mientras yo cabalgaba encima. Cada bajada me sacaba un jadeo, cada subida me dejaba con ganas de volver a clavármela. A cada momento me llegaba la conciencia de dónde estábamos: una calle cualquiera, un coche con los cristales empezando a empañarse, la posibilidad real de que unos faros doblaran la esquina y nos atraparan así, follando a pelo en el asiento delantero. Esa idea, que debería haberme paralizado, hacía justo lo contrario. Me apretaba contra él, buscaba sentirlo más profundo, moviendo el culo en círculos para sentirlo golpear en todos los rincones.

—Fóllame más fuerte —le pedí al oído, sorprendida de mi propia voz.

Él me clavó las manos en el culo, me lo abrió con los pulgares y empezó a moverme sobre él con más fuerza, embistiéndome de abajo hacia arriba cada vez que yo bajaba. El coche se movía con nosotros, los muelles del asiento crujían, y el ruido húmedo de la polla entrando y saliendo del coño empapado se mezclaba con nuestras respiraciones.

Aumenté el ritmo. Gemía más fuerte de lo prudente y él me seguía, con las manos en mi cintura, marcándome el compás.

—Así, sigue así —repetía—. Quiero venirme contigo así, adentro tuyo.

Cambié de velocidad otra vez, movimientos lentos y luego rápidos, jugando con él, alargando el momento, apretándole la polla con los músculos del coño cada vez que la sentía llegar al fondo. Cada vez que la sentía entera dentro de mí me recorría una corriente. Me eché hacia adelante, apoyé las manos en el techo del coche para tener más agarre, y empecé a rebotar sobre él con todo el peso del cuerpo. Las tetas se me sacudían contra su cara y él aprovechaba para atraparme un pezón con los dientes. Volví a venirme, esta vez con una intensidad que me dejó sin fuerzas, con el coño palpitando alrededor de la polla y un gemido ronco que se me escapó sin control.

—Otra vez —murmuró, asombrado—. Ahora me toca a mí. Date la vuelta.

Me bajé como pude y me giré, apoyando las manos en el salpicadero con el culo hacia él. Sentado como estaba, no tenía mucho margen, pero le sobró para agarrarme de las caderas, tirar de mí hacia atrás y clavármela de nuevo de una embestida seca. Desde ese ángulo entraba distinto, más adentro, y yo apreté los dientes contra el brazo para no gritar. Empezó a follarme por detrás con embestidas cortas y rápidas, palmeándome el culo cada dos o tres, dejándome la piel roja. Yo movía las caderas para salirle al encuentro, apoyando la frente contra el cristal empañado.

—Voy a correrme adentro —gruñó, agarrándome del pelo—. ¿Puedo?

—Sí, córrete adentro, no salgas —le contesté, sin pensarlo.

Seguimos, ya sin contenernos. Los gemidos se volvieron más roncos, las ventanillas del coche estaban completamente empañadas por nuestra respiración, y el mundo de afuera había dejado de existir. Lo sentí tensarse, clavar los dedos en mi cintura, dar tres embestidas finales más profundas que las anteriores, y entonces se vino. La polla se le hinchó dentro y noté los chorros calientes de semen llenándome el coño, uno tras otro, mientras él gruñía contra mi espalda y me apretaba contra su cuerpo para vaciarse hasta la última gota. Escucharlo gemir mientras se corría, sentir cómo me llenaba por dentro, fue casi tan delicioso como mi propio orgasmo.

Se quedó quieto un rato adentro, respirando pegado a mi espalda, hasta que fue saliendo poco a poco. Sentí el semen escurriéndose entre los muslos apenas la polla salió del coño.

***

Me dejé caer un segundo sobre él, los dos sudados y sin aliento en ese espacio diminuto. Luego me pasé a mi asiento como pude, me limpié con las servilletas de la tienda —quedaron hechas un desastre entre el semen y todo lo mío— y empecé a recomponerme la ropa. Mientras me subía el pantalón, él se incorporó, me dio un beso en las tetas antes de que terminara de abotonarme la camisa y sonrió.

—Qué bien estuvo —dijo—. Ahora sí, vámonos, que te dejo en casa.

Arrancó el coche y bajó un poco la ventanilla para que se despejara el cristal. El aire frío de la madrugada me dio en la cara y me devolvió a la realidad de a poco. Todavía me costaba creer lo que acababa de hacer, yo, que nunca me había atrevido a tanto.

Antes de que me bajara frente a mi edificio, me miró con esa misma sonrisa torcida del principio.

—Esto tenemos que repetirlo —dijo.

—Claro que sí —respondí, sin dudarlo un segundo.

Y vaya si lo repetimos. Lo hicimos muchas veces más, en otros lugares y de otras maneras, cada una con su propia historia. Pero esa primera vez en el coche de Mateo, con el miedo y el deseo mezclados en la misma respiración, sigue siendo la que vuelve a mi mente cuando menos lo espero. Las demás se las contaré en otra ocasión. Si me animo, claro.

Ver todos los relatos de Confesiones

Valora este relato

Comentarios(10)

Cami_lectora

increible relato, me tuvo pegada de principio a fin!!!

RecuerdosBsAs

Me recordo a algo que me paso cuando era mas joven. Que nostalgia. Gracias por compartirlo tan honestamente.

NocheRara99

Se hizo cortisimo, quede con ganas de mas. Por favor seguí contando!!

TomVargas

Y despues que paso?? No nos dejes asi jaja. Muy buen relato

SofiNoche21

Que bien narrado, se siente autentico. El final me dejo pensando un rato.

Nico_BA91

de lo mejor que lei ultimamente, gracias

Miriam_lect

Las confesiones en primera persona son las que mas me gustan porque se sienten reales. Esta no es la excepcion.

RosaFlores_M

Dios mio jajaja esa noche debio quedar grabada para siempre. Muy entretenido!

AndresMdq

Mas de estas historias! El estilo es muy natural, como si lo estuvieras contando en persona. Sigue escribiendo

PabloGdl

Me engancho desde la primera linea

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.