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Relatos Ardientes

La confesión del hotel con mi jefe

Firmar aquel contrato me dejó algo más que un puesto fijo cerca de casa. Me dejó una deuda silenciosa con el hombre que había movido los hilos para que yo me quedara dentro. No era una deuda escrita ni legal, pero la sentía encima desde el primer día, pegada a la piel, recordándome lo que ya había cedido en su despacho y lo que todavía quedaba pendiente.

Las vacaciones me sirvieron para respirar, o eso intenté. Volví a ver a mi familia, salí con amigas, fingí normalidad y me repetí una y otra vez que, una vez empezaran las clases, todo regresaría a su sitio. Pero no regresó nada. Por debajo de la rutina seguía latiendo la certeza de que él me llamaría cuando quisiera.

Yo había luchado mucho por esa estabilidad. Antes de llegar allí pasé por trabajos mal pagados, horarios de mierda y cansancio físico de sobra. Tener por fin un puesto serio, una casa propia y una vida ordenada parecía el principio de algo bueno. Precisamente por eso me daba más miedo perderlo.

A finales de enero recibí un correo corporativo. Había sido admitida en una formación para especialistas de inglés en la sede central de educación de la ciudad. Lo primero que pensé fue que había un error, porque yo no había solicitado ningún curso. Antes de responder, decidí acercarme a administración para preguntar.

No llegué a hacerlo.

Mientras esperaba junto al mostrador, él apareció por el pasillo con esa calma suya que siempre parecía estudiada. Me miró, levantó un dedo y me indicó que lo siguiera. No hizo falta que dijera mi nombre. Cerré la puerta de su despacho detrás de mí y él sonrió con una familiaridad que me tensó el estómago.

—Feliz año —dijo, acercándose lo justo para besarme las mejillas.

—Gracias. ¿Qué pasa?

—Has recibido la notificación, ¿no?

—Sí. Justo iba a preguntar por eso.

Se apoyó en el borde de la mesa, cruzó los brazos y me sostuvo la mirada con una tranquilidad que me puso nerviosa.

—La mandé yo. Vas como responsable del área.

—¿Responsable?

—Desde ahora, sí.

Le di las gracias casi por reflejo. Era una buena noticia, una de esas que cualquier persona celebraría sin reservas, pero en mi caso venía envuelta en otra cosa. Lo entendí cuando él inclinó apenas la cabeza y añadió, con voz más baja:

—Además, tenemos algo pendiente.

Sentí el calor subir por el cuello.

—Yo… esperaba que me dijeras cuándo.

—Ya te lo estoy diciendo. El curso es el miércoles por la tarde. Salimos juntos del instituto a las tres.

—Podría ir en mi coche.

Su gesto cambió apenas, lo justo para que entendiera que aquello no era una sugerencia.

—No me estás entendiendo. Me esperas en la puerta y vamos juntos.

Lo dijo señalando la salida de su despacho, dándome la conversación por terminada. Salí con el cuerpo tenso y la certeza de que ya no había espacio para fingir que no sabía lo que significaba aquello.

El martes por la tarde apenas descansé. Me tumbé un rato, me levanté, abrí el armario, volví a cerrarlo, elegí ropa y la cambié dos veces. Quería verme bien sin parecer demasiado obvia. Al final me decidí por un vestido vaquero ajustado, de manga corta, sencillo pero ceñido, con un escote marcado que no enseñaba de más y que, precisamente por eso, insinuaba lo suficiente.

El miércoles trabajé desde media mañana. Las clases se me hicieron largas, aunque por fuera mantuve la compostura. Nadie del departamento sabía nada del supuesto curso y eso, más que tranquilizarme, me dejó claro que la invitación había sido diseñada para mí y solo para mí.

Cuando terminé, él ya estaba esperándome junto a la salida con una mochila y una carpeta bajo el brazo. Caminamos hasta su coche sin hablar demasiado. Metimos nuestras cosas en el maletero y arrancó como si de verdad tuviéramos una tarde profesional por delante.

Durante el trayecto habló de noticias, del instituto, de nimiedades. Paramos a comer algo en un bar discreto. Una cerveza, unas tapas, media hora de conversación casi normal. Yo lo observaba mientras hablaba y pensaba que justamente esa apariencia de normalidad era lo que más me desarmaba.

Volvimos al coche y abrí el GPS para marcar la dirección de la sede. Él dejó que lo hiciera. Arrancó, siguió un rato las indicaciones y de pronto se desvió. Bajó por la rampa de un estacionamiento subterráneo, aparcó y apagó el motor con una calma ofensiva.

—¿Qué haces? —pregunté.

Me miró de lado, casi divertido.

—Tengo un plan mejor.

Salimos, cerramos el coche y fuimos hacia el ascensor. Allí vi el panel: en una de las plantas había habitaciones por horas. No hizo falta preguntar nada más. En ese instante entendí que el curso nunca había importado. La coartada era perfecta: estábamos fuera por trabajo, nadie sospecharía y él ya había previsto hasta la firma de asistencia.

Subimos en silencio. La habitación estaba al fondo del pasillo, apartada, con una ventana grande orientada hacia la ciudad y una calefacción agradable que borraba el frío de la calle. Apenas cerró la puerta, la escena cambió de golpe. Ya no era el director y la docente. Éramos dos adultos solos en una habitación pagada para follar.

Él se quitó la chaqueta y la sudadera, quedándose con una camiseta ajustada que marcaba el pecho y los brazos. Era un hombre mayor que yo, sí, pero fuerte, ancho, trabajado. Yo dejé mi abrigo sobre una silla y me quedé con el vestido pegado al cuerpo. Durante un segundo nos miramos sin movernos.

Se acercó primero, despacio, como si quisiera darme margen para echarme atrás.

—No imaginas las ganas que tenía de que llegara este momento —me susurró al oído mientras me abrazaba.

Su aliento caliente en el cuello me aflojó las piernas. Me aparté apenas para mirarlo y él bajó la vista por mi cuerpo con descaro.

—Estás preciosa.

—Gracias —murmuré.

—¿Estás preparada?

No contesté con palabras. Solo asentí.

Entonces me agarró de las caderas y me besó. Primero fue un roce lento en la comisura de los labios, una prueba. Después su boca se abrió sobre la mía de verdad y el beso se volvió húmedo, insistente, profundo. Yo se lo devolví con la misma hambre. Noté cómo me apretaba contra él y cómo sus manos empezaban a recorrerme sin ningún pudor.

Una subió por mi espalda hasta la nuca. La otra bajó directa a mi culo, lo apretó entero y me pegó más fuerte a su cuerpo. Ya podía sentirle la erección endureciéndose contra el muslo. Él gemía bajo, casi gruñendo dentro de mi boca, como si hubiera aguantado demasiado tiempo.

Me besó el cuello con la lengua abierta, dejando saliva caliente desde la mandíbula hasta el escote. Después apartó un poco la tela del vestido con los dedos y hundió la cara entre mis pechos por encima de la ropa, lamiendo y mordiendo a través del borde del escote.

—Qué tetas tienes —murmuró—. Me vuelven loco.

Su forma de decirlo, cruda y sin adornos, me hizo mojarme más. Yo le recorrí el torso con las manos, bajé por el abdomen duro y seguí hasta el bulto marcado en sus vaqueros. Lo sobé por encima de la tela y él soltó un jadeo seco.

—Sigue —me dijo—. Quiero que notes lo dura que me pones.

Lo hice. Apreté la palma contra su paquete mientras él me giraba y me pegaba de espaldas a su pecho. Me levantó un poco el vestido y me acarició los muslos, primero por fuera, luego por dentro, acercándose despacio a la entrepierna sin tocarla todavía. Esa espera me tenía ardiendo.

—Mírate —dijo, guiándome hasta el espejo lateral—. Quiero verte cuando te toque.

Su mano se coló por fin entre mis piernas sobre la ropa interior. Al encontrarme húmeda soltó una risa satisfecha.

—Ya estás empapada.

Metió presión con los dedos, frotándome despacio por encima de la tela, y yo apoyé la cabeza hacia atrás contra su hombro. Me mordió el cuello mientras seguía restregándome, cada vez con más fuerza, hasta que mi respiración se volvió irregular.

Me giré de golpe y me arrodillé delante de él. Ya no quería esperar más. Le desabroché el cinturón, luego el botón, bajé la cremallera y le empujé el pantalón junto con el slip. La polla le saltó libre, pesada y tiesa, golpeándome los labios antes de que llegara a sujetarla.

Era gruesa, larga y estaba durísima. La rodeé con la mano, empecé a pajearla despacio y levanté la vista hacia él. Tenía la mandíbula apretada.

—Hazlo —me ordenó con voz ronca—. Chúpamela.

Saqué la lengua y la pasé de abajo arriba, lenta, notando la dureza, el calor y el sabor salado que empezaba a salir de la punta. Después abrí la boca y me la metí. Entró pesada, llena, obligándome a controlar la respiración desde el primer instante.

Él me agarró el pelo con una mano, no para apartarme sino para marcar el ritmo. Yo subía y bajaba la cabeza mientras la masturbaba en la base para compensar lo que no me cabía entero. Cada vez que apretaba la garganta y tragaba un poco más, él soltaba un gemido más animal.

—Así… joder, así —dijo—. Qué buena boca tienes.

Le chupé la polla con ganas, sin delicadeza, dejándola bien babada. Me tomé un momento para frotarla entre mis pechos, apretándolos alrededor del tronco mientras lo miraba. Él respondió agarrándome ambas tetas con fuerza, amasándolas hasta hacerme jadear.

Volví a la mamada y entonces empujó mi cabeza un poco más. No fue brutal, pero sí firme. Quería profundidad. Quería sentirme al límite. Lo dejé hacer mientras me llenaba la boca y me obligaba a recibirlo cada vez más adentro, con saliva escurriéndome por la barbilla.

—Mírame —ordenó.

Levanté los ojos mientras seguía chupándosela y sonrió con una mezcla de soberbia y deseo que me revolvió por dentro.

—Eso quería verte hacer desde hace meses.

Me soltó del pelo de repente y me hizo levantar. Me besó con mi propia saliva en los labios, sin asco, metiéndome la lengua con fuerza. Luego me quitó el vestido por la cabeza y me dejó solo en ropa interior y zapatos. Retrocedió un paso para mirarme mejor.

—A la cama.

La forma en que lo dijo me puso un escalofrío entre las piernas. Obedecí. Me tumbé y él me siguió desabrochándome el sujetador con impaciencia. En cuanto me liberó los pechos, se lanzó sobre ellos. Los chupó, los mordió, los apretó, alternando una mano y otra boca como si no supiera por cuál empezar.

Yo me arqueé y le agarré la cabeza. Sentía el pezón endurecido y sensible, casi dolorido del gusto con que lo lamía y lo mordisqueaba. Bajó después por mi vientre, me apartó la ropa interior de un tirón y se quedó un segundo observándome abierta y mojada.

—Mira cómo estás —dijo—. Todo esto por mí.

No me dio tiempo a contestar. Hundió dos dedos de golpe y me arrancó un gemido fuerte. Empezó a meterlos y sacarlos mientras con el pulgar me rozaba el clítoris. Yo abrí más las piernas, buscando el contacto, empujando la cadera hacia su mano.

Luego reemplazó los dedos por la boca. Su lengua me recorrió entera, de abajo arriba, lenta al principio y después más dura, más sucia, metiéndose entre los pliegues, chupando, abriéndome, volviendo siempre al punto exacto que me hacía retorcerme. Me sujetó por los muslos para mantenerme quieta mientras me comía el coño como si le perteneciera.

—Joder… —se me escapó—. No pares.

Lejos de parar, me metió otra vez los dedos mientras seguía lamiendo y me folló con la mano a ritmo rápido. Notaba el ruido húmedo, mis propias contracciones, la cama moviéndose bajo mí mientras él me trabajaba con una seguridad insultante. Me corrí temblando, con los muslos apretándole la cabeza y la respiración hecha mierda.

Él se incorporó sin limpiarse la boca. Tenía el mentón brillante y la mirada encendida.

—Ahora sí —dijo—. Quiero follarte.

Se quitó el resto de la ropa, me agarró por las piernas y me puso al borde de la cama. Me pasó la punta de la polla por la entrada, mojándola con mi propio flujo, y me miró un segundo antes de entrar.

La primera embestida fue lenta y profunda. Noté cómo me abría, cómo iba entrando centímetro a centímetro hasta llenarme entera. Solté el aire en un gemido largo. Él se quedó dentro, apretando los dientes.

—Estás apretadísima.

Empezó a moverse. Primero con ritmo medido, disfrutando de cada entrada, y luego cada vez más fuerte. Sus manos volvieron a mis tetas, sujetándolas mientras me follaba. El ruido de piel contra piel y el del colchón marcaban el compás de unas embestidas cada vez más secas.

Yo tenía los ojos cerrados, la boca abierta, el cuerpo entregado. Cada vez que me clavaba hasta el fondo soltaba un quejido que ya no intentaba controlar. Él parecía alimentarse de eso. Me miraba, escuchaba mis gemidos y me daba más duro.

En un momento se rió al ver cómo me rebotaban los pechos con cada golpe.

—Me encanta verlas así —dijo, apretándomelas—. Reventándote cuando te follo.

Le pasé las piernas por los hombros para abrirme más y él aprovechó la postura. Me entró con más ángulo, más profundo, arrancándome un grito. Sentía la presión dentro, la fricción brutal y el calor subiéndome de nuevo desde el vientre.

Paró solo para tumbarse boca arriba y hacerme seña de que me montara sobre él. Lo hice sin pensar. Me senté sobre su polla despacio, notando cómo volvía a abrirme, y empecé a subir y bajar. Desde arriba lo veía entero: la tensión en el abdomen, las manos agarrándome las caderas, los ojos clavados en mis pechos.

—Muévete —ordenó—. Fóllame tú ahora.

Obedecí. Marqué el ritmo primero con cuidado, después con más hambre. Subía casi hasta sacármela y volvía a bajar fuerte, ensartándome yo sola. Él aprovechaba cada descenso para impulsarme desde abajo y clavarla aún más. Me azotó el culo varias veces, seco, sonoro, y cada golpe me encendió más.

—Así, joder. Así.

Empecé a chorrear de verdad. Lo sentía escurriendo, mezclándose con cada movimiento, haciendo todo más resbaladizo y obsceno. Él bajó la vista, sonrió y me frotó el clítoris con el pulgar mientras yo seguía cabalgándolo. Me corrí otra vez encima de su polla, temblando, con un gemido ronco que no pude esconder.

Me hizo bajar y me llevó hasta el espejo. Me colocó a cuatro patas sobre la cama, de cara al reflejo, y se puso detrás de mí. Antes de entrar me soltó un azote más fuerte que los anteriores. El calor me cruzó el culo.

—Quiero que te veas —dijo—. Quiero que mires cómo te dejo.

Me penetró desde atrás de una embestida profunda y el gemido se me quebró en la garganta. Desde esa posición se sentía más crudo, más bestial. Me agarró de la cintura y empezó a follarme con violencia, sacándola casi entera para volver a meterla de golpe.

En el espejo veía su cuerpo moviéndose detrás del mío, los brazos tensos, la polla entrando y saliendo, mis pechos balanceándose sin control. Me vi la cara deshecha, la boca abierta, el pelo revuelto, y esa imagen terminó de derrumbar la parte de mí que todavía quería fingir distancia.

—Más fuerte —le pedí—. No pares.

Él respondió con otro azote y unas embestidas todavía más duras. Me agarró del pelo para arquearme mejor y me folló así, dominándome sin delicadeza, mientras yo solo podía sujetarme a las sábanas y recibirlo. Cada golpe me sacudía el cuerpo entero. Cada palmada me dejaba la piel ardiendo.

—Qué bien me recibes —gruñó—. Mírate, pidiéndome más.

Yo ya no tenía ganas de negarlo. Estaba completamente metida en aquello, húmeda, abierta, loca de deseo. Me corrí una tercera vez con él dentro, apretándolo tanto que soltó una maldición y tuvo que parar un segundo para no acabar ahí mismo.

Me levantó y me puso de pie contra la pared. Apoyé las manos delante de mí y él volvió a entrar desde atrás. La postura me dejó expuesta del todo. Me sujetó una cadera con fuerza y con la otra mano siguió castigándome el culo entre serie y serie de embestidas. Yo apenas podía mantenerme firme.

—¿Estás bien? —preguntó, jadeando.

—Sí.

—Entonces aguanta.

Y me folló más fuerte todavía. Sentía el ruido húmedo entre las piernas, mi cuerpo respondiéndole sin defensa, el orgasmo volviendo como una ola casi dolorosa. Él respiraba cada vez peor. Ya estaba al límite.

De pronto salió de mí y me giró. Me empujó suavemente hacia abajo hasta dejarme de rodillas frente a él. La polla le latía dura, brillante, a centímetros de mi cara.

—Quiero correrme en tu boca —dijo—. Dime si lo quieres.

Lo miré, todavía sin aire, y esta vez sí hablé claro.

—Sí. Tu corrida es mía.

Se la agarré con una mano y empecé a masturbarlo mientras le chupaba la punta, alternando lamidas lentas con besos húmedos. Después me la metí otra vez, profunda, notando cómo se tensaba más y más. Sus dedos volvieron a mi pelo y me guiaron con urgencia.

—No pares… no pares, joder…

Aceleré. Lo masturbaba en la base mientras lo tragaba todo lo que podía, dejándome la boca llena de saliva. Noté el momento exacto en que perdió el control: el vientre se le endureció, las piernas temblaron y soltó un gemido roto.

Me sostuvo la cabeza pegada a él mientras se corría. Los primeros chorros me golpearon dentro de la boca y más atrás, obligándome a tragar con arcadas leves. Cuando aflojó un poco, saqué la polla justo a tiempo para que el resto me cayera sobre los labios, la barbilla, una mejilla y el escote. Aun así seguí pajeándolo despacio, exprimiéndole las últimas sacudidas.

Él me miró desde arriba con la respiración deshecha.

—Joder, qué imagen.

Yo levanté la vista, me limpié apenas con los dedos y me llevé parte de su corrida a la boca. No sé si lo hice para provocarlo o para terminar de aceptar lo que acababa de pasar. Quizá ambas cosas.

Entonces sonó su teléfono. Tardó unos segundos en reaccionar. Lo cogió todavía jadeando y contestó como si nada. Una voz masculina al otro lado se escuchó lo bastante clara.

—Tranquilo, ya firmé por ustedes en el curso. Me debes una cerveza.

—Gracias —respondió él, y colgó.

Nos miramos. No pude evitar soltar una risa breve, incrédula.

—Así que no había nada de qué preocuparse —dijo.

—No —contesté—. Ya veo que lo tenías todo pensado.

Se acercó, me levantó del suelo y me besó otra vez, esta vez más tranquilo, con sabor a sexo reciente y a final satisfecho. Después fuimos a ducharnos. Bajo el agua caliente me noté el cuerpo cansado, las piernas temblando todavía, el culo sensible por los azotes y el coño hinchado por todo lo que me había hecho.

Nos vestimos en silencio, ya sin el apuro de antes. Salimos de la habitación como dos compañeros que volvían de cualquier recado sin importancia. En el coche me dejó donde había aparcado el mío y apenas intercambiamos unas frases normales, casi absurdas, antes de despedirnos.

Conduje hasta casa con el recuerdo de sus manos todavía pegado al cuerpo. No sentía orgullo ni culpa de una forma simple. Sentía algo mucho más confuso: el vértigo de haber cruzado un límite, la excitación de haberlo disfrutado y la certeza incómoda de que aquella tarde no había saldado la deuda, sino que quizá la había convertido en otra cosa.

Desde entonces, cada vez que lo veo caminar por el pasillo del instituto con su carpeta bajo el brazo y su expresión tranquila, recuerdo el espejo, la cama, su voz mandándome abrir más las piernas y la forma en que terminó corriéndose sobre mi boca. Y sé que, por mucho que intente llamarlo de otra manera, eso también forma parte ya de mi historia real.

Si este relato te dejó con ganas y estás en zona norte, conocé acompañantes en San Martín.

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Comentarios(7)

Lore_fanatic

excelente relato!!! me encanto de principio a fin

Kike_uy

Por favor seguila, quede con ganas de saber como termino todo

SoledadR

Muy bien escrito, se siente real sin ser para nada burdo. Sigue asi!!

AmonRa_lector

Me recordo a una situacion parecida que vivi hace unos años, esas cosas pasan sin que uno lo planee jaja. Muy bueno el relato

MarisolC

¿Esto paso de verdad? Suena demasiado autentico para ser inventado

Capi_norte

Las confesiones siempre son las mejores y esta es de las top que lei aca, tremenda

JulianCordo

Muy buen relato, se hizo corto la verdad. Ojalá te animes a escribir una segunda parte con lo que paso despues. Felicitaciones por compartirlo!

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