El viaje en que mi amiga y yo cruzamos la línea
Estuve mucho tiempo sin contar esto, y no porque me diera vergüenza, sino porque lo había guardado en un cajón de la memoria al que casi nunca vuelvo. Fue hablando con mi amiga Romina hace unas semanas, las dos con una copa de más, que volvimos a aquel viaje y nos dimos cuenta de que todo había empezado mucho antes de lo que creíamos. Ahí, en ese fin de semana, sembramos algo entre nosotras que después ya no pudimos arrancar.
Pasó hace cosa de año y medio. Llevábamos meses planeando escaparnos los cuatro: Romina y su marido Diego, Andrés y yo. Tras mil mensajes y calendarios que no cuadraban, conseguimos por fin tres días libres. Decidimos cruzar la sierra en coche hasta el pueblito donde había crecido la familia de Diego, un sitio diminuto que olía a tierra mojada y a leña.
El viaje de ida fue tranquilo, con música y bromas malas, de esas que solo se entienden entre gente que se conoce demasiado. Cuando llegamos, el calor era tan espeso que la primera idea de todos fue la misma: el río. Un brazo de agua clara bajaba entre las piedras a pocos minutos del pueblo, y hacia allí fuimos casi sin deshacer las maletas.
Nos cambiamos dentro del coche. Primero los hombres, que para esas cosas tardan lo que dura un bostezo. Después nos tocó a nosotras. Romina no sabía ni por dónde empezar a quitarse la ropa; siempre fue más reservada que yo, aunque conmigo, con los años, se había soltado bastante.
—No pasa nada, somos las dos mujeres —le dije, y empecé a desnudarme sin pensarlo demasiado.
Era la primera vez que me veía completamente, porque para ponerte el bañador no queda más remedio que quitarse hasta la última prenda. La miré de reojo para no incomodarla y la encontré con la boca entreabierta, mirándome sin disimulo. Se me quedó fija en las tetas primero, en cómo se me endurecían los pezones por el aire acondicionado, y bajó despacio hasta el coño depilado, tragando saliva. Durante años habíamos jugado delante de todos a que éramos novias, nos abrazábamos en broma, nos hacíamos cariños exagerados para reírnos de las caras del resto. Pero hay juegos que uno repite porque, en el fondo, quiere que dejen de ser juego.
Cuando terminé de acomodarme el bañador, me giré hacia ella.
—¿Qué? ¿No habías visto nunca a una mujer desnuda? —le pregunté, divertida.
—Pues no. ¿A quién voy a ver, si solo tengo a Diego y a ti? —contestó, todavía algo cortada.
—Bueno, ya está. Una cosa menos en tu lista de pendientes —bromeé.
—Sí, claro… —murmuró, mordiéndose el labio.
—Venga, mujer, deja de ponerte así. Hay confianza, ¿o no?
—Sí, eso ya lo sabes.
Empezó a desvestirse intentando cubrirse, rápida, mientras yo guardaba mi ropa. Y aunque ella creía que no la veía, la observaba en el reflejo del cristal de la ventanilla. Con ropa ya se le adivinaba un cuerpo de los que detienen una conversación; sin ella, era otra cosa. Tenía unas tetas grandes, redondas, con los pezones oscuros y erguidos, y un culo respingón que se le movía solo al agacharse a recoger la braga. Entre las piernas, una mata de vello corto y prolijo escondía apenas un coño de labios gruesos que se le marcaban al cerrar los muslos. No sé de dónde saqué el aguante para no decir nada en ese instante, porque se me hizo la boca agua.
***
Bajamos al río y los cuatro nos metimos de una. El agua fría fue un alivio brutal contra el bochorno. Nos quedamos allí casi cuatro horas, entre cervezas frías, bolsas de papas y conversaciones que iban subiendo de tono según bajaba el nivel de las latas.
Yo notaba que los chicos nos miraban más de la cuenta. Era la primera vez que nos veían a las dos con tan poca ropa y tan cerca, y nuestro viejo juego de novias les provocaba algo que ninguno de los dos sabía esconder. En algún momento, entre risas, los cuatro hicimos un pacto medio en serio: lo que pasara en ese viaje se quedaba en ese viaje. Nadie lo contaría después. Ninguno imaginaba cuánto íbamos a necesitar esa promesa.
El primer beso entre Romina y yo llegó esa misma tarde. Estábamos lo bastante alegres como para que la vergüenza se hubiera ido río abajo. Fueron ellos los que empezaron a picarnos, diciendo que éramos puro cuento, que nunca nos atreveríamos a nada de verdad. Y a Romina nunca hay que retarla, porque siempre cumple. Yo, para qué negarlo, tampoco tenía muchas ganas de echarme atrás.
Nos pusimos de pie. El agua nos llegaba un poco por encima de la rodilla, así que quedábamos a la vista, expuestas, perfectas para el espectáculo que ellos esperaban. Pero no les di lo que querían enseguida.
Primero jugamos. Acercábamos las bocas y nos apartábamos, mirando de reojo las caras de bobos con que ellos aguardaban. Romina es más bajita que yo, así que cuando me abrazó quedó con las manos justo a la altura de mi cadera, y se sujetó como si tuviera miedo de que me fuera. Yo la rodeé con un brazo y con la otra mano fui subiendo despacio desde el suyo, rozándole un costado, hasta llegarle a la boca y pasarle un dedo por los labios.
Cuando sentí que ya no pensaba en el público, que estaba metida del todo en nosotras, la besé. Despacio, con besos pequeños que se fueron abriendo, mordiéndole apenas el labio inferior, sujetándola del pelo de la nuca. Le metí la lengua sin aviso y ella la recibió con un gemidito que solo yo escuché, chupándomela como si llevara años esperando ese momento. Le apreté la nuca más fuerte, la obligué a inclinar la cabeza como a mí me gustaba, y sentí cómo se le endurecían los pezones contra los míos a través de la tela mojada del bañador. Fue una de las cosas más ricas que he sentido: tenerla así, entregada, mientras ella no me soltaba la cadera y sus dedos se colaban despacio bajo el elástico de la braga, arañándome apenas el nacimiento del culo.
No esperaba que un simple beso me dejara temblando de esa manera.
Me lo callé, pero en ese momento la habría hecho mía allí mismo, delante de todos, sin que me importara nada. La habría tumbado sobre las piedras, le habría bajado el bañador de un tirón y le habría comido el coño hasta que gritara con el río corriéndole entre las piernas. Sin embargo, hay deseos que saben mejor cuando se hacen esperar. Lo dejamos ahí, nos separamos despacio y, al volvernos, encontramos a los dos con cara de no creerse lo que acababan de ver. Los bañadores les hacían un bulto que no había manera de disimular. Nos reímos las dos, y antes de sentarme le di una palmada juguetona en el culo a Romina, solo para tener la última palabra.
***
Los chicos estaban tan encendidos como yo, era evidente. Tanto, que poco después Romina y Diego anunciaron que iban al coche «por más cervezas». Tardaron lo suyo, y no volvieron con muchas latas precisamente.
Andrés y yo nos quedamos solos, tumbados al sol sobre las piedras lisas de la orilla. Me preguntó, con esa curiosidad torpe de los hombres, si me gustaban las mujeres, si alguna vez había estado con una. Le dije la verdad: que no, pero que tampoco me negaría a probarlo algún día. Y mientras hablábamos, vi cómo se le marcaba la polla dura bajo el bañador, un bulto largo y grueso que le empujaba la tela y le dejaba la punta apretada contra el elástico.
—¿Te gustó lo que viste? —le pregunté, sabiendo de sobra la respuesta.
—¿A qué hombre no le va a gustar ver a dos mujeres así? —contestó, nervioso, sin apartar la mano de la entrepierna.
Yo estaba tan alterada como él. El beso me había dejado encendida, con el coño hinchado y latiendo, y la idea de que en ese momento Romina y Diego estuvieran follando en el coche solo lo empeoraba.
—¿Y si nos quitamos las ganas? —solté.
No le di tiempo ni a responder. Me arrodillé en la arena, a un lado, y le bajé el bañador hasta las rodillas de un tirón. La polla le saltó hacia arriba, dura, con la punta morada y una gota de líquido brillándole ya en el glande. Se la agarré con una mano por la base y le pasé la lengua desde los huevos hasta la punta, despacio, saboreándolo. Él se dejó caer para atrás apoyándose en los codos, con un gemido ronco. Le metí la polla entera en la boca y me la clavé hasta el fondo de la garganta hasta atragantarme, dejando que se me escaparan hilos de saliva por la comisura. Dar placer es algo que a mí me enciende casi más que recibirlo, y me entregué a chupársela como si no existiera el mañana.
Con una mano me sostuve sobre la arena tibia; con la otra me metí dos dedos por debajo del bañador y empecé a tocarme el coño, comprobando lo mojada que estaba, y no precisamente por el río. Le mamaba la punta con los labios cerrados, subiendo y bajando, sacándola con un plop y golpeándomela contra la lengua antes de volver a tragármela. Le acaricié los huevos con la otra mano, tirando suave, mientras me la clavaba yo misma en la boca al ritmo que quería. Andrés me agarró del pelo y me marcó él el compás, follándome la garganta con envestidas cortas que me hacían llorar los ojos.
—Me voy a correr —jadeó, tirándome del pelo hacia atrás.
—En la boca —le ordené, y volví a tragármela hasta el fondo.
Andrés apenas aguantó dos envestidas más antes de descargar. Me llenó la boca de semen caliente, chorros gruesos que se me escurrían por los labios y me caían al pecho. Me lo tragué todo, sin soltarle la polla, chupándosela hasta la última gota mientras él temblaba con las manos en mi nuca. Cuando terminó, me apreté contra él un instante, todavía con la respiración agitada y el sabor a corrida en la lengua.
Me recosté sobre la arena, me bajé el bañador hasta los muslos y abrí las piernas. Volví a meterme los dedos, esta vez tres, hundiéndomelos hasta el fondo del coño empapado, mientras con el pulgar me machacaba el clítoris en círculos rápidos. Andrés se inclinó sobre mí y me atrapó un pezón con la boca, chupándomelo fuerte, mordiéndomelo apenas, mientras con la otra mano me estrujaba la teta libre. Le agarré la cabeza y se la apreté contra el pecho, moviendo la cadera contra mis propios dedos, follándome yo misma a dos manos. Notaba cómo se me contraía el coño alrededor de los dedos, cómo el clítoris me palpitaba a punto de estallar.
No me hizo falta mucho más. El orgasmo me llegó de golpe, tan fuerte que se me arqueó la espalda de la arena y se me escapó un gemido largo que él tuvo que callarme con la mano para que nadie nos oyera desde el agua. Me temblaron las piernas durante un buen rato, con los dedos todavía dentro, sintiendo cómo el coño seguía cerrándose en espasmos alrededor de ellos.
Después nos metimos de nuevo al río, nos enjuagamos la arena y la corrida y volvimos a poner cara de que ahí no había pasado nada. Romina y Diego aparecieron poco después, igual de sospechosamente despeinados que nosotros, ella con el pelo húmedo pegado al cuello y una marca roja en la mandíbula que no se molestó en tapar. Nos quedamos otro rato y nos fuimos a comer sin cambiarnos siquiera; con ese calor, en un suspiro estábamos secas.
***
Nos alojamos en el único hotel del pueblo, los cuatro en una habitación doble. Los chicos se metieron enseguida en la piscina, mientras Romina y yo nos echábamos un rato a descansar. No iba a perder la ocasión.
—Se fueron a darse lo suyo al coche, ¿verdad? —le dije, sin rodeos.
—Sí —rio—. Diego se puso a mil con el beso que nos dimos. Me la clavó de pie contra la puerta, sin ni siquiera quitarme el bañador del todo. Solo lo hizo a un lado y me folló ahí mismo.
—Me imagino. Andrés estaba igual.
—No me digas que vosotros también… —preguntó, abriendo mucho los ojos.
—Se la chupé hasta que se corrió en mi boca mientras me tocaba yo el coño —contesté, encogiéndome de hombros—. Después me hizo llegar a mí mordiéndome las tetas.
—Eres incorregible, de verdad —dijo, entre escandalizada y muerta de risa, pero se le habían puesto las mejillas coloradas y no me quitaba los ojos de encima.
—Un poco de vitamina no le hace mal a nadie —respondí, y nos reímos las dos como dos crías.
Lo que ninguna dijo en voz alta esa tarde, tumbadas una al lado de la otra en aquella cama, fue lo evidente: que el beso del río no había sido para ellos. Que lo habíamos disfrutado por nosotras, y que en cuanto estuviéramos solas, sin público ni retos ni cervezas de por medio, íbamos a terminar lo que aquel agua fría había empezado. Que yo me moría por meterle la lengua entre esos labios gruesos que le había visto en el coche, y que ella se moría por dejarme.
Pero esa parte de la historia llegó al día siguiente, y prefiero contarla con calma, porque se merece su propio relato. Por ahora me quedo con esto: con el reflejo de Romina desnuda en el cristal del coche, con su mano sujetándome la cadera en el río mientras se me colaba bajo la braga, con el sabor de la corrida de Andrés en la lengua, y con la certeza de que algunos juegos, cuando por fin se rompen, ya no hay manera de volver a fingir.





