Lo que pasó en la última vuelta de su turno
Aquel jueves de febrero hacía un calor impropio de la estación, y el centro era el caos de siempre, solo que multiplicado. No sé a quién se le ocurre salir a hacer las compras a esa hora, pero la culpable era yo. Odio las multitudes, odio que la gente no sepa hacia dónde camina, que se detenga en seco en medio de la vereda como si el mundo se acabara justo ahí. Iba apurada, tachando productos de una lista mental, esquivando hombros, cuando me vibró el teléfono en el bolsillo.
Era él. En la pantalla lo tengo guardado como «Ojos de miel», porque tiene ese color imposible que parece encendido por dentro. Lo conocí hace meses y desde entonces somos esa clase de personas que se entienden con media frase. Atendí sin dejar de caminar.
—¿Por dónde andás? —me preguntó.
—En pleno centro, peleándome con media ciudad —le contesté.
—Quedate ahí. Estoy a tres cuadras.
Mateo maneja uno de los tranvías de la línea que cruza el centro. A esa hora estaba terminando su recorrido, le quedaba poco para llegar a la cabecera, darse la vuelta y volver al punto de partida. Yo, para colmo, andaba caliente desde la mañana, de esas ganas que se instalan sin avisar y no se van con nada. Así que apuré el paso, guardé las bolsas como pude y me planté en la parada justo cuando su unidad asomaba por la curva.
Subí y me senté cerca de la cabina, en ese asiento lateral desde donde podía verlo de perfil. Empezamos a hablar de cualquier cosa, del día, del trabajo, de lo insoportable que estaba el clima. Mateo es igual a mí: directo, burlón, con esa risa fácil que desarma. En una de esas señaló con la cabeza a un pasajero que se había puesto a coquetear con una chica dos asientos más adelante, torpísimo, y los dos nos atacamos de risa por lo bajo.
—Mirá el profesional —murmuró sin mover los labios, los ojos fijos en la vía.
—Dejalo, está haciendo lo que puede —le seguí el juego.
Me encanta eso de él. Que podamos estar muertos de risa un segundo y, al siguiente, que se me corte la respiración solo de mirarle las manos sobre los controles. Tiene unas manos grandes, tranquilas, que hacen todo con una precisión que me pone nerviosa por motivos que no tienen nada que ver con el tranvía.
Seguimos hablando de tonterías mientras el tranvía avanzaba, pero había algo distinto en el aire. Cada tanto él me buscaba con la mirada por el espejo retrovisor interno y yo le sostenía los ojos un segundo de más. No hacía falta decir nada. Llevábamos así un rato largo, midiéndonos, como dos que saben perfectamente cómo va a terminar la cosa y deciden estirar la anticipación porque es la mejor parte.
El recorrido se fue vaciando. En cada parada bajaba gente y subía menos, hasta que para cuando llegamos a la cabecera quedábamos prácticamente solos. Mateo detuvo la unidad en el playón de maniobras, ese sector cerrado donde los coches esperan antes de retomar el servicio. Se quitó la gorra del uniforme, se pasó la mano por el pelo y me miró por el espejo.
—Tengo doce minutos antes de salir de nuevo —dijo.
No era una invitación inocente. Lo supe por el tono, por cómo se le aflojó la sonrisa. Yo también lo sabía desde que me subí.
***
Había otro operador en el playón, uno que tenía que llevar la unidad de regreso a la línea mientras Mateo hacía su pausa. Mateo le habló por la radio interna, en esa clave medio cifrada que usan entre ellos, como si yo no entendiera perfecto lo que estaba diciendo. Le pidió que moviera el coche unos metros, hacia el fondo, donde la luz era más pobre y las cámaras del andén no alcanzaban a enfocar bien. El otro contestó con un «recibido» y una pausa que decía mucho más que la palabra.
Caminamos hacia la parte de atrás de la unidad, donde los vidrios estaban empañados por el calor y nadie podía vernos desde afuera. El corazón me golpeaba en la garganta. No era miedo exactamente; era esa mezcla de vergüenza y excitación que te deja la piel hipersensible, como si todo el cuerpo estuviera escuchando.
—¿Estás segura? —me preguntó en voz baja, aunque ya tenía una mano en mi cintura.
Por toda respuesta lo empujé contra uno de los asientos y me arrodillé frente a él. Le bajé el cierre del pantalón despacio, mirándolo desde abajo, disfrutando de cómo apretaba la mandíbula. Sé lo que le gusta. Sé que le gusta despacio al principio, que lo provoque, que lo haga esperar. Empecé con la lengua, sin prisa, dibujándolo entero antes de tomarlo en la boca.
—Así —exhaló, con la cabeza echada hacia atrás—. Despacio.
Le hice caso un rato largo, hasta que noté que las piernas se le tensaban. Entonces cambié el ritmo, más hondo, más rápido, hasta que él no aguantó la postura de hombre tranquilo. Me tomó del pelo con las dos manos, no con violencia, con esa urgencia que conozco.
—Vení —dijo, y me levantó del piso de un tirón suave.
Me dio vuelta contra el respaldo de uno de los asientos dobles, me corrió la ropa y entró de una sola vez. Tuve que morderme el dorso de la mano para no gritar. El placer me llegó mezclado con la adrenalina pura de saber que estábamos a unos metros de un andén lleno de gente, separados apenas por unos vidrios empañados y la suerte de un ángulo muerto de cámara.
—Callate, callate —me susurró al oído, y la orden me prendió más todavía.
Empezó a moverse con embestidas que alternaban, unas rápidas y otras lentas y profundas, calculadas para volverme loca. Una de sus manos me sujetaba la cadera y la otra subió por debajo de mi remera, buscándome el pecho, jugando con una lentitud que contrastaba con todo lo demás. Yo no podía ni respirar bien. De verdad que la adrenalina pesa más que cualquier otra cosa: convierte cada minuto en una eternidad y cada roce en algo eléctrico.
Sentí cómo se me acumulaba todo en el vientre, esa tensión que sube y sube sin pedir permiso. Apreté los dientes sobre mi propia muñeca y me vine en silencio, con un temblor que me recorrió de la nuca a los talones. Mi reacción lo encendió a él, lo noté en cómo se le entrecortó el aliento contra mi cuello.
—Date vuelta —me pidió.
No hizo falta que explicara nada. Me arrodillé otra vez y lo terminé con la boca, mirándolo, hasta que se vino con un gruñido ahogado que intentó disimular y no pudo del todo. Me quedé quieta un segundo, saboreando el momento más que cualquier otra cosa, esa intimidad rara de haber compartido algo prohibido en el lugar más improbable del mundo.
***
Después vino la parte que siempre me da risa: la reconstrucción. Mateo se acomodó el pantalón, se volvió a poner la gorra del uniforme y, en cuestión de segundos, era otra vez el operador impecable de la línea. Yo me arreglé el pelo con los dedos, me alisé la ropa y respiré hondo para que la cara dejara de delatarme. Nos miramos y los dos largamos una carcajada, esa risa nerviosa de quien acaba de hacer una travesura enorme y salió ileso.
—Tenés cara de algo —me dijo, divertido.
—Vos también, y eso que tenés que manejar —le contesté.
Caminamos hacia el frente de la unidad como si nada. El otro operador, el que había movido el coche al fondo, ya estaba ahí esperando para entregarle el puesto. Se quedó callado, con una media sonrisa que no supo o no quiso esconder. Algo habrá visto en los monitores, o se lo imaginó, da igual. Mateo le palmeó el hombro al pasar.
—Cualquier día que andes estresado, ella te ayuda a relajarte —le soltó, señalándome con la cabeza, con una cara de inocencia total.
El pobre se puso colorado hasta las orejas y yo le di un codazo a Mateo, muerta de risa y de vergüenza ajena. Me bajé en la parada siguiente, recogí mis bolsas del asiento donde las había dejado abandonadas y me despedí con la mano mientras el tranvía arrancaba de nuevo su recorrido, puntual, como si los últimos doce minutos no hubieran existido.
Caminé las cuadras que me faltaban con las piernas todavía temblando y una sonrisa que no me podía borrar. Pasé por la verdulería, por la farmacia, terminé las compras que había salido a hacer. Y mientras esperaba en la fila de la caja, con la gente empujándose y el calor pegándose a la piel, pensé que nadie a mi alrededor podía imaginar de dónde venía ni lo que acababa de pasar.
Una señora delante de mí se quejaba del precio del tomate. Un chico discutía por teléfono. Una pareja elegía galletas como si fuera la decisión más importante del día. Y yo ahí, en el medio, con el cuerpo todavía caliente y el recuerdo fresco, sintiéndome dueña de un secreto enorme en medio de la rutina más banal del mundo. Hay algo en esa doble vida que me fascina: poder ser, en el mismo cuerpo y el mismo día, la mujer ordinaria que hace las compras y la que se arrodilla sin pensarlo en el lugar más prohibido.
Eso es lo que más me gusta de él, pensé. Que convierte un día cualquiera en algo que después no me animo a contarle a nadie.
No sé si está bien o mal. Sé que cada vez que suena el teléfono y veo «Ojos de miel» en la pantalla, se me acelera el pulso igual que aquel jueves. Y que, si vuelve a preguntarme por dónde ando, voy a contestar lo mismo de siempre: dónde estoy, y a esperar a que aparezca por la curva.





