La camarera entró en mi habitación sin avisar
Era un viaje de trabajo que tenía que durar un día y terminó comiéndose mi fin de semana entero. Llegué un jueves a visitar a un cliente importante y, una vez allí, me avisaron de que por temas de agenda movían la reunión al viernes. Me venía fatal, porque se trataba de una operación grande, pero acepté de mala gana intentando que no se me notara el fastidio. Estaba a casi seiscientos kilómetros de casa y aquello empezaba a oler mal.
El cabreo de verdad llegó el viernes, cuando con otra excusa ridícula pasaron la cita al lunes. Me quedé atrapado el fin de semana en un hotelito de un pueblo perdido en la periferia, lejos de todo. Vaya manera de tomarme el pelo. Encima ese sábado tenía la fiesta de aniversario de unos amigos y me la iba a perder por culpa de un cliente que se hacía el interesante.
Hubo llamadas, explicaciones, ánimos por teléfono. Que valdrá la pena, que ya que estás allí volver es peor, que aguanta un poco más. Todas esas frases que la gente te suelta para consolarte cuando en realidad estás bien jodido y lo único que quieres es tu cama.
El hotel no era nuevo, pero estaba cuidado. Me dieron una habitación grande, la última del pasillo, separada del resto por el hueco de la escalera. Quinto piso. Silenciosa como una iglesia a medianoche. Salí el viernes por la tarde a dar una vuelta por los alrededores, compré unos sobres de café soluble y cuatro cosas para picar, y me acosté pronto. Quité la alarma del móvil y decidí dormir hasta tarde. Y así fue.
Me levanté sin prisa, me duché largo y, mientras me secaba la espalda en el baño con la puerta entreabierta, la puerta de la habitación se abrió de golpe.
—Uy, perdón. Pensaba que no había nadie.
Una mujer de unos treinta y tantos, morena, atlética, salió disparada antes de que yo pudiera reaccionar. Me quedé con la toalla a media altura, medio tapado, sintiéndome a la vez ridículo y extrañamente expuesto. La polla me colgaba a la vista, todavía pesada del agua caliente, y ella la miró un segundo largo antes de girarse.
—Nada, nada, ya salgo —dije, aunque dudo que me oyera. Lo que sí sé es que ella me había visto bien. Entero. La verga y las pelotas incluidas.
Terminé de secarme, me afeité y me vestí decidido a salir a caminar a ver si se me pasaba el enfado. Aquello de hacer desplazar a una persona seiscientos kilómetros para irla mareando me parecía una desfachatez. Al abrir la puerta, ella seguía en el pasillo, a pocos metros, con un carrito de toallas y sábanas. Nos saludamos.
—Sigues por aquí —dije.
—Perdone otra vez. Pensé que no había nadie y entré sin más.
—No te preocupes, no pasó nada.
—Es que es la última habitación que me queda por ordenar. Como me pareció oír que salía enseguida, pensé que me daría tiempo.
Faltaba poco para la una. Calculé que terminaría su turno a esa hora.
—De verdad, si no te da tiempo, no hace falta —le dije.
Pero ella sonrió y entró de todos modos. Yo bajé en el ascensor hacia el aparcamiento pensando en ella. Iba toda de negro, con la ropa ajustada que marcaba un cuerpo de gimnasio diario, el culo redondo y las tetas apretadas contra la camiseta. Llevaba un toque de azul en los ojos y una sonrisa que parecía sincera, no de las de cortesía obligada.
Ya en el coche, a punto de salir hacia el centro, descubrí que me había dejado el cable del móvil en la habitación, y sin él el navegador no me funcionaba. Probé un par de cosas, maldije un poco más y, al final, no me quedó otra que subir a buscarlo.
—¿Otra vez tú? —me dijo al verme entrar, riéndose.
Seguía allí, estirando las sábanas, haciendo la cama. Se sorprendió de que volviera, me disculpé, ella también, y me regaló esa sonrisa de dientes blanquísimos que contrastaban con su piel morena. Después siguió a lo suyo. Inclinada sobre el colchón, tirando de las esquinas de la sábana, tenía una espalda firme y un culo que se marcaba brutal contra el leggings, tan pegado que se le veía el hilo de la tanga cruzándole las nalgas. La polla me dio un tirón de solo mirarla.
No me fui enseguida. Me quedé charlando con ella mientras trabajaba, y no parecía molestarle. Hablamos de tonterías, del pueblo, del aburrimiento de pasar un fin de semana encerrado en un hotel. En algún momento le ofrecí uno de mis cafés solubles, mientras terminaba.
—Vale, me gusta el café —dijo, mirándome a los ojos—. Cuando acabe, me lo tomo y me voy.
Calenté agua, preparé dos vasos y le acerqué el suyo. Hice un gesto de brindis medio en broma, ella me siguió la corriente y los dos sorbimos a la vez. Dejé el mío sobre la mesita, a los pies de la cama.
—Eres muy guapa. ¿Llevas mucho tiempo trabajando aquí? —le pregunté.
—Gracias —respondió, y de pronto se puso seria. Dejó el café sobre la cómoda. No supe si aquello significaba que se marchaba.
Le puse una mano en la cintura, con cuidado, y le di un beso pequeño, casi un roce. Estaba convencido de que me llevaría una bofetada y me preparé para ella. Pero no llegó. Así que le di otro un poco más largo, sin pasarme, y tampoco se apartó. Entonces, sosteniéndola con delicadeza por la cadera, la besé de nuevo, esta vez buscando su lengua con la mía. Tenía unos labios gruesos, suaves, de esos a los que uno se vuelve adicto en un segundo.
Acerqué su cuerpo al mío y le acaricié la espalda baja, esperando todavía que en cualquier momento me soltara algún corte y se largara. No pasó. En lugar de besarme, casi me mordía la boca, hambrienta, respirando por la nariz como si le faltara el aire. Se me empalmó la polla de golpe, dura como una piedra contra su vientre, y ella la notó porque bajó una mano y me la apretó por encima del pantalón, midiéndomela con los dedos. Sus leggings negros eran tan finos que sentía la línea de la tanga bajo mis dedos, y más abajo, el bulto tibio del coño empujando contra la tela.
—Joder, qué dura la tienes —me susurró en la boca, sin dejar de apretármela.
—Y tú qué buena estás —le dije yo, agarrándole el culo con las dos manos, hincándole los dedos en la carne.
Subí la mano por su costado hasta una de sus tetas y se la apreté por encima de la tela. Ella me había metido los dedos en los bolsillos traseros del pantalón y no me dejaba separarme ni un centímetro. Echaba la cabeza hacia atrás, ofreciéndome el cuello. Pegados por la cadera, apretándonos el uno contra el otro, nos comíamos la boca mientras yo bajaba a besarle el cuello y el escote.
Le tiré de la camiseta hacia arriba, se la saqué por la cabeza y le solté el cierre del sujetador con un gesto rápido y aparté la tela. Tenía las tetas redondas, firmes, ni grandes ni pequeñas, con los pezones oscuros y durísimos, apuntando hacia arriba. Me agaché y le metí uno en la boca entero, chupándoselo fuerte, tirando con los labios, mordisqueándoselo mientras con la otra mano le pellizcaba el otro pezón. Ella gimió por primera vez, un gemido bajito, ronco, y me clavó la mano en la nuca para que no parara.
Estaba tan encendido que parecía no haber tocado a una mujer en años. Le metí la mano por dentro del leggings, aparté la tela de la tanga y le rocé el coño con los dedos. Estaba empapada, chorreando, con los labios gordos y calientes. Le pasé un dedo por la raja, arriba y abajo, y cuando le encontré el clítoris se lo froté en círculos hasta que se le doblaron las rodillas.
—Ay, hijo de puta —jadeó riéndose, apoyando la frente en mi hombro.
Le metí dos dedos en el coño de una vez y se los saqué brillando de flujo. Se los pasé por los labios, ella abrió la boca y me los chupó mirándome a los ojos, saboreando su propio sabor. Aquello me puso ciego. Fuimos avanzando hacia la cama hasta que ella, de espaldas al colchón, tropezó y se sentó en el borde.
Me miró otra vez a los ojos, sin decir nada. Unos ojos verdes que, contra su piel oscura, parecían encendidos. No hizo falta que hablara: lo leí todo en esa mirada.
Sin dejar de mirarme, empezó a desabrocharme la hebilla del cinturón. La ayudé con el botón, bajé yo mismo la cremallera y empujé el pantalón hacia abajo. Ella tiró del calzoncillo de un tirón y la polla me saltó fuera, dura, hinchada, con el glande morado y una gota de líquido colgando de la punta. Se quedó mirándomela un segundo, se pasó la lengua por los labios y sonrió.
—Vaya rabo tienes escondido, cabrón.
Me la agarró por la base, con la mano cerrada, y empezó a masturbármela despacio, apretando fuerte, mientras con la otra mano me sopesaba las pelotas. Acercó la boca y me pasó la lengua por toda la longitud, de abajo arriba, como si me estuviera lamiendo un helado. Luego me chupó las pelotas una a una, metiéndoselas enteras en la boca, y volvió a subir hasta el glande, donde se detuvo a lamerme la gota que colgaba antes de tragársela.
Entonces abrió la boca del todo y me la tragó hasta el fondo. Sentí cómo la punta le tocaba la garganta y ella no se apartó: aguantó ahí unos segundos, tragando saliva contra el glande, hasta que se echó atrás con un hilo de baba colgando de la barbilla. Empezó a mamármela en serio, con las dos manos, una en la base y otra en las pelotas, moviendo la cabeza rápido y despacio, alternando, jugando con la lengua bajo el frenillo, mirándome de vez en cuando para comprobar el efecto que tenía sobre mí. Era un placer casi insoportable, de esos que te obligan a apretar los dientes para aguantar. La agarré del pelo, se lo recogí en un puño y le empujé la cabeza suave, marcándole el ritmo, hasta que sentí que se me iba a escapar todo en su boca.
—Espera, espera, que me corro —le dije, apartándola.
Ella se rió, con los labios brillantes de saliva, y se limpió la barbilla con el dorso de la mano.
—Aquí, quiero que te corras aquí —dijo, señalándose el coño.
***
Sin levantarse de la cama, se bajó los leggings llevándose la tanga con ellos. Gateó hacia el centro del colchón y se tumbó de espaldas, dobló las rodillas y se subió la camiseta para quedar completamente desnuda ante mí. El coño se le abría rosado, brillante, con los labios pequeños hinchados y el clítoris asomando entre el vello recortado. Nos miramos un instante, los dos respirando fuerte.
Me arrodillé entre sus piernas y bajé la cabeza sin previo aviso. Le pasé la lengua entera por el coño, de abajo arriba, y ella pegó un respingo y soltó un gemido largo. Estaba tan mojada que me chorreaba el sabor por la barbilla. Le abrí los labios con dos dedos y me la comí a fondo: le lamí el clítoris en círculos, se lo chupé con los labios cerrados, le metí la lengua dentro y se la moví como si estuviera follándomela con la boca. Ella se retorcía, me apretaba la cabeza contra el coño, me subía la cadera contra la cara. En un par de minutos ya se estaba corriendo, con las piernas temblando y un gemido ahogado, apretándome la cara con los muslos como si quisiera partirme el cuello.
—Métemela, métemela ya —jadeó cuando pudo hablar.
Subí tras ella, le coloqué una almohada bajo la espalda baja y me agarré la polla para guiarla. Se la pasé por los labios del coño, mojándola bien, y entré despacio, solo la punta, entrando y saliendo, mirándola a la cara para no perderme ni un gesto. Pero ella no quería despacio. Se incorporó un poco, me agarró del culo y tiró de mí hacia su cuerpo para que la sintiera entera de una vez. Se la clavé hasta el fondo y ella soltó un gemido gutural, con la boca abierta. Tenía fuego en los ojos.
—Así, así, hasta el fondo, no te cortes.
Empecé a moverme con calma, apoyado en sus tetas, apretándoselas y pellizcándole los pezones, y cada vez que yo salía suave ella tiraba de mí de golpe, marcándome el ritmo que quería. Tardé un segundo en entenderlo, y cuando lo hice empecé a follármela con más fuerza, más salvaje, hasta que el sonido de nuestros cuerpos chocando llenó la habitación. Se oía el chapoteo del coño mojado, el golpe de mis pelotas contra su culo, la respiración entrecortada de los dos.
Aquella mujer parecía hecha para esto. Me apretaba el coño cuando la polla entraba y se aflojaba cuando salía, como si supiera exactamente lo que hacía. Se le empezaron a escapar los gemidos, primero contenidos, después cada vez menos, hasta que ya gritaba sin pudor. La saqué un momento, la giré boca abajo y le levanté el culo. Se lo separé con las manos y volví a metérsela por detrás, de un envión, agarrándola por las caderas para embestirla más fuerte. Le vi el coño estirado alrededor de mi polla, brillante, y no me pude aguantar las ganas de meterle un dedo mojado en el culo. Ella gimió más fuerte, arqueó la espalda y empujó hacia atrás pidiendo más.
—Dame, dame, dame más fuerte —gritaba contra la almohada.
La follé así un rato, dándole cachetes en las nalgas hasta ponérselas rojas, y luego la volví a girar boca arriba porque quería verle la cara cuando se corriera otra vez. Le puse las piernas sobre mis hombros y me la clavé hasta el fondo, doblada en dos, notando cómo le llegaba al final del coño con cada embestida. Yo no aguantaba mucho más y se lo dije.
—Voy a llegar —murmuré.
—Dentro, córrete dentro, no la saques —jadeó, agarrándome del culo con las dos manos.
Pero ella, lejos de frenarme, se incorporó de nuevo y volvió a tirar de mí contra su cuerpo en cada embestida. Me clavó las uñas en la espalda baja, arqueó la cintura y noté cómo se corría justo antes de que yo no pudiera resistirme más. Se le cerró el coño alrededor de la polla, apretándomela a espasmos, y aquello acabó conmigo. Vacié dentro con tres o cuatro chorros largos, tan fuertes que sentí cada uno saliéndome, mientras ella me rodeaba con las piernas y me retenía, acompañando cada espasmo con la presión de sus manos y susurrándome guarradas al oído.
—Eso es, todo dentro, lléname bien.
Me dejé caer sobre ella con la polla todavía dentro, palpitando, notando cómo el semen se escapaba por los bordes del coño. Nos besamos, todavía agitados, y me acarició la espalda esperando ese último temblor retrasado que siempre llega cuando crees que ya ha pasado todo. Cuando por fin salí de ella, un hilo espeso de corrida le resbaló por el muslo hasta la sábana. Ella se lo recogió con dos dedos, se los llevó a la boca y se los chupó sin dejar de mirarme.
Un rato después, con los labios pegados a mi oído, me susurró algo bajito que no voy a repetir, una de esas frases que se te quedan grabadas más por el tono que por las palabras.
Nos movimos despacio. Ella se acercó al baño a refrescarse y los dos nos vestimos en silencio, con esa torpeza tímida de después. Recogió su café frío de la cómoda, se rió de él y lo dejó otra vez.
Ya en la puerta, pasándome el dedo índice por debajo de la barbilla, me lanzó un beso al aire y me dijo dos palabras antes de salir al pasillo con su carrito.
—Mañana, más.
Y, por primera vez en todo el viaje, me alegré de seguir atrapado en aquel hotel perdido. El lunes y la reunión podían esperar. De repente, el fin de semana que tanto había maldecido se había convertido en el mejor motivo para no querer volver a casa.





