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Relatos Ardientes

Nuestro juego dejó de ser solo mensajes esa mañana

Adrián y yo teníamos un juego que se nos había vuelto costumbre. Algunas noches, cuando ya cada uno estaba en su casa y la pantalla del teléfono era lo único encendido, empezábamos a escribirnos. Mensajes que iban subiendo de tono palabra a palabra, hasta que ninguno de los dos podía dormir tranquilo. Era nuestro secreto, una forma de tenernos cerca sin estarlo.

El problema con los juegos es que llega un punto en que ya no alcanza con jugarlos a distancia.

—Esto se nos está quedando corto —me escribió una de esas noches.

—Lo sé —respondí, y sentí un cosquilleo en el estómago solo de admitirlo.

Trabajábamos en el mismo edificio, en plantas distintas, y la idea surgió casi como una broma: vernos temprano, antes de que llegara nadie, cuando el lugar todavía estaba en silencio y las luces de los pasillos seguían apagadas. Un horario muerto, esa hora en que el día aún no ha empezado del todo y uno puede hacer de cuenta que nada cuenta.

Acordamos la mañana del jueves. No dormí casi nada.

***

Llegué antes de lo previsto. Tenía la garganta seca y el corazón golpeándome en sitios que no eran el pecho. Él ya estaba ahí, de pie junto a la ventana, mirando la calle vacía con las manos en los bolsillos. Cuando me oyó entrar, se giró despacio, y esa sonrisa suya, la de los mensajes hechos persona, me desarmó de golpe.

—Viniste —dijo, como si hubiera dudado.

—Vine —contesté.

No hubo mucho más. Me tomó de la cintura y me sentó sobre él, de espaldas, y de inmediato sentí su cuerpo contra el mío, esa presión inconfundible que me hizo cerrar los ojos. Una de sus manos se deslizó por debajo de mi blusa y subió hasta mis pechos sin prisa, como quien tiene todo el tiempo del mundo. La otra bajó y me acarició por encima de la ropa, en ese punto exacto donde yo ya estaba esperándolo.

Lo hacía tan bien que quise más. Quería sus dedos sin la barrera de la tela, quería dejar de imaginar y empezar a sentir. Intenté abrirme el abrigo para facilitarle las cosas, pero la sensación me ganó. Me quedé inmóvil, con las manos a medio camino, incapaz de hacer otra cosa que no fuera disfrutar y tragarme los sonidos que pugnaban por salir.

No hagas ruido. Todavía no.

Me giró hacia él. Con una calma que contrastaba con lo acelerada que yo estaba, fue abriendo lo que llevaba puesto hasta dejarme expuesta. El aire fresco de la mañana me erizó la piel un segundo antes de que su boca encontrara uno de mis pezones. Eché la cabeza hacia atrás. No quería que parara, no quería que aquello terminara nunca, y se lo dije con el cuerpo más que con palabras.

Sus labios subieron por mi cuello, húmedos, dejando un rastro tibio. Su mano bajó hasta mi trasero y lo apretó, primero suave, después con más intención, mientras me pedía al oído que le dijera cuánto lo deseaba. En lugar de responder, busqué su entrepierna por encima del pantalón y la apreté yo también. Sentí cómo respiraba distinto.

—Vamos atrás —murmuró—. Ahí nadie nos ve.

***

En la parte de atrás del edificio había una sala pequeña, sin ventanas hacia el pasillo, que a esa hora era nuestra. Lo seguí sin soltarlo, tropezando con mis propias ganas, intentando bajarle el pantalón mientras caminábamos.

Su teléfono sonó.

Los dos nos quedamos quietos un instante, mirándonos. Era una de esas interrupciones que el mundo real mete justo cuando uno cree que se ha escapado de él. Atendió de mala gana, dijo dos frases cortas, prometió devolver la llamada más tarde. Colgó. Y bastó con que volviera a mirarme para que el momento siguiera intacto, como si la llamada nunca hubiera ocurrido.

—¿Por dónde íbamos? —preguntó.

—Por aquí —dije, y terminé de bajarle el pantalón.

Se liberó de golpe, firme, apuntándome casi. Me quedé un segundo mirándolo, con esa mezcla de incredulidad y deseo que no sé describir bien. Lo único que quería era tenerlo entre las manos. Él se inclinó, me besó, me lamió la comisura de los labios antes de tirar suavemente de mi labio inferior con los dientes y meter la lengua en mi boca. Sentí que me derretía.

Empecé a acariciarlo con la mano, despacio, buscando su ritmo. Pero él tomó el control y siguió tocándose mientras me besaba, y verlo así, tan dueño de su propio placer, me encendió de una forma que no esperaba. En mi cabeza solo cabía una idea, una sola, repetida como un tambor: lo quería dentro.

Él lo sabía. Y por eso me tocaba en todas partes menos donde yo más lo necesitaba. Las manos en mis caderas, en mi cintura, en mi trasero, nunca un poco más allá. Me estaba dejando con las ganas a propósito, y lo peor es que funcionaba. Cada roce que evitaba me ponía más impaciente, más mojada, más dispuesta a lo que fuera.

—Eres injusto —le dije, casi sin voz.

—Lo sé —respondió, con esa misma sonrisa.

No me opuse. Me dejé llevar por el juego, porque en el fondo me gustaba tanto como a él. Lo miraba tocarse y sentía que algo se tensaba dentro de mí, una cuerda a punto de romperse. Me incliné y empecé a besarle el cuello mientras mi mano volvía a buscarlo.

***

—Quiero tu boca —dijo después de un rato, con la voz ronca.

Me arrodillé. Era la primera vez que hacía algo así, y él lo notó. En vez de apurarme, me fue guiando, indicándome con palabras cortas qué hacer, cómo, a qué velocidad. Una de sus manos se enredó en mi pelo, no para forzar, sino para marcar el compás. Y esa forma de sujetarme me decía más que cualquier instrucción: por la presión de sus dedos yo sabía exactamente qué le gustaba.

Lo tomé entero. Nunca había sentido algo así, ese peso, esa cercanía, la respiración de él cambiando por encima de mí. Avanzaba y retrocedía siguiendo el ritmo que su mano me marcaba, y por momentos llegaba tan profundo que se me cortaba el aire. No me importó. Me importaba él, y la manera en que repetía mi nombre entre dientes.

Bajé un poco y seguí con cuidado, atenta siempre a sus manos. Cada vez que acertaba, sus dedos se cerraban un instante en mi pelo, y ese pequeño gesto me servía de brújula. Era como descifrar un idioma nuevo, uno que solo nos pertenecía a nosotros dos a esa hora de la mañana.

Lo sentí ponerse rígido, acelerar. Estaba cerca.

Me acomodó con suavidad, me levantó la cara con una mano y me sostuvo la mirada. Ese gesto, esa forma de mirarme desde arriba mientras yo seguía abajo, me hizo sentir entregada de una manera que no había sentido nunca, y reconocer eso me excitó todavía más. Terminó así, mirándome, y yo lo dejé hacerlo sin apartar los ojos.

Después nos quedamos un momento en silencio, los dos con la respiración entrecortada, escuchando el primer ascensor que subía a lo lejos. El día empezaba. Nuestro horario muerto se acababa.

—Tengo que subir —dije.

—Lo sé —contestó por tercera vez, y me besó en la frente como si lo que acababa de pasar fuera lo más natural del mundo.

***

El resto del día no sirvió para nada. Estuve frente a mi escritorio fingiendo que leía informes que no entendía, con la cabeza en otra parte. Cada vez que alguien pasaba a mi lado, temía que se me notara en la cara lo que había hecho a primera hora, en este mismo edificio, antes de que cualquiera de ellos llegara.

Lo peor era el cuerpo. Me había quedado a medias, encendida sin descargar, y esa sensación me acompañó hora tras hora como una corriente baja que no se apagaba. Imaginaba lo que no había pasado. Imaginaba la otra mitad de la historia, la que el reloj nos había robado.

Llegué a casa con una sola idea.

Apenas cerré la puerta, me tiré en la cama sin desvestirme del todo. Empecé despacio, masajeándome los pechos, tirando con suavidad de mis pezones, recuperando con los dedos cada cosa que él me había hecho esa mañana. De mi boca salían pequeños sonidos que iban creciendo al mismo ritmo que las ganas.

Bajé una mano y me acaricié primero por encima, jugando conmigo misma como él había jugado, dejándome con las ganas a propósito porque ahora entendía por qué lo hacía. Con la otra mano seguía en mis pechos. Cuando ya no aguanté, dejé entrar un dedo, después dos, y aceleré mientras lo recordaba a él, su voz, su forma de sujetarme el pelo, esa mirada desde arriba.

Me acaricié más rápido, encontré el punto exacto, ese que esa mañana había quedado pendiente. No paré. No quería parar. Terminé yo sola, con su nombre en la cabeza y la certeza de que aquel jueves no había sido más que el principio.

Esa noche volvió a sonar mi teléfono. Era él.

—¿Y bien? —escribió—. ¿Te quedaste con las ganas?

Sonreí en la oscuridad antes de contestar. Nuestro juego acababa de empezar de verdad.

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Comentarios(5)

PabloMza77

que relatazo!!! me dejo sin palabras

CoquetaLectora

Me encanto como lo narraste, se siente tan real. Esas situaciones que quedan dando vueltas en la cabeza todo el dia son las mejores jaja

Mariano_RdP

por favor segui contando, quede a medias con esto

TaxiNocturno

tremendo. Me recordo a una situacion similar que tuve hace años, ese tipo de encuentros son los que mas se recuerdan

Santi_87

el inicio con los mensajes le da un morbo especial, bien jugado ahi

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