Le entregué mi culo por primera vez en aquel motel
Hola, mis queridos lectores. Hace cosa de un año les conté aquella fantasía en la que mi regalo de Navidad terminaba siendo mi propio culo envuelto para él. ¿La recuerdan? Si no la leyeron, búsquenla, que está muy buena. Pero lo que jamás les confesé es que entonces no era más que eso: una fantasía. Por detrás yo seguía siendo virgen.
Me habían acariciado ahí, me habían metido la punta de un dedo, me habían besado entre las nalgas hasta hacerme temblar. Nunca había llegado hasta el final. Y era algo que llevaba años queriendo experimentar. Lo que me frenaba eran las historias que escuchaba: todo el mundo hablaba del dolor tanto como del placer, y esa mezcla me daba un poco de miedo.
A principios de diciembre volví a hablar con Esteban, un viejo amigo con derechos al que veía cada tanto. Quedamos en un café del centro, sin más plan que ponernos al día. Pero ya saben cómo somos: en cinco minutos la charla se nos fue al lado oscuro. Le confesé que tenía una curiosidad enorme por probar el sexo anal. Él levantó una ceja despacio y dejó la taza sobre la mesa.
—¿Todavía no lo has hecho? —Negué con la cabeza, mordiéndome el labio—. Pues, mi reina, hay que ponerle solución a eso ahora mismo.
Obvio que no iba a desaprovechar la oportunidad. Pagó los cafés, me tomó de la mano y nos fuimos a un motelito que quedaba a unas pocas cuadras. Por fin mi fantasía iba a hacerse realidad, y el corazón me latía como si tuviera dieciséis otra vez.
Antes de subir, Esteban pasó por recepción a pedir lo necesario: condones y un buen frasco de lubricante. Estacionó el auto en la cochera cerrada, subimos por una escalera angosta y entramos en la habitación. Olía a desinfectante y a sábanas limpias, había un espejo enorme en una pared y una luz tenue de color ámbar.
No perdimos el tiempo. Sus labios chocaron con los míos de una manera brusca, casi impaciente, y su lengua invadió mi boca buscando la mía. Sus manos recorrieron mi cintura, mis caderas, hasta cerrarse sobre mis nalgas. Las apretó y me atrajo contra su cuerpo, restregándome sobre el bulto duro que se le marcaba en el pantalón. Sentí cómo me humedecía solo con ese roce.
—¿Ya viste cómo me pones? —me dijo al oído, con la voz ronca. Asentí—. Arrodíllate.
Me empujó suave del hombro hasta que mis rodillas tocaron la alfombra. Le solté la hebilla del cinturón y le bajé el pantalón junto con el bóxer de un tirón. Su erección rebotó al quedar libre, dura, con la punta ya brillante. La tomé con una mano y la acaricié de arriba abajo, mirándolo desde abajo. Cuando me la llevé a la boca él siseó entre dientes.
Estaba caliente y firme. Mis labios la recorrían despacio mientras con los dedos le buscaba los testículos y se los acariciaba. En algún momento él tomó el control: me enredó el pelo en el puño y empezó a guiarme la cabeza a su ritmo. Sus caderas se alzaban, la punta me tocaba la garganta, y las arcadas me sacaron un par de lágrimas. Cuando se cansó, se la sacó y se la pasó por la cara, restregándome mi propia saliva.
—Quítate la ropa —ordenó.
Obedecí. Me deshice del vestido y de la ropa interior y me subí a la cama, abriéndome de piernas para él. Sin decir una palabra se acomodó entre mis muslos y empezó a comerme. Me daba lengüetazos largos por todos los labios hasta detenerse en el clítoris, y mientras tanto me metió dos dedos y los retorció dentro de mí.
Gemí sin poder evitarlo. Esteban sabía exactamente dónde tocar para volverme loca. Sacó los dedos y los reemplazó por la lengua, metiéndomela como si me estuviera penetrando con ella. Después fue bajando, despacio, hasta encontrar mi otra entrada. La besó, la lamió, repartió mi humedad por todo el orificio. La punta de su lengua se abrió camino apenas, y luego un dedo me estiró con cuidado. Sentí un leve escozor, nada más.
—Este culito va a ser mío esta tarde —dijo, con la voz cargada de deseo.
—Sí, todo tuyo —respondí jadeando. Me dio una nalgada que resonó en la habitación.
Escupió justo donde sus dedos se perdían, y empezó a moverlos abriéndolos como una tijera. Yo me aferré a las sábanas. Si así se sentían sus dedos, no quería ni imaginar lo que vendría después. La anticipación me tenía temblando.
—Date vuelta. Culo al aire.
Me puse en cuatro, pero él me abrió más las piernas y me hundió las caderas, dejándome con los pechos aplastados contra el colchón y el trasero bien arriba.
—Tócate —me pidió mientras se ponía el condón.
Me acaricié un poco. Estaba empapada, mi sexo vibraba de pura necesidad. Esteban se acomodó detrás y sentí cómo entraba en mi vagina de una sola estocada, abriéndome con su tamaño. Sus caderas empezaron a chocar contra mi carne, una y otra vez, marcando un ritmo firme.
—Ah, ah, así. No pares. Dame más —era todo lo que lograba decir, perdida en la bruma del placer.
Sus embestidas eran continuas, a buen ritmo, y de pronto sentí cómo su pulgar empezaba a abrirse paso en mi otro agujero. Grité. Tener su verga adelante y su dedo atrás al mismo tiempo era una sensación completamente nueva. Sentir mis dos entradas llenas a la vez se sentía delicioso, casi demasiado. Aumentó el ritmo, me tomó de las caderas para clavarse hasta el fondo, y el placer me inundó entera. Vi estrellas mientras me corría, y el cuerpo se me venció hasta quedar boca abajo sobre la cama, deshecha.
***
Esteban se quitó el condón usado, abrió el frasco de lubricante y se embadurnó toda la erección con él, sin apuro, mirándome.
—Ahora sí, venga ese culazo que tienes —me soltó otra nalgada que me ardió—. Ábrete las nalgas para mí.
Me tomé las mejillas del trasero y las abrí. Sentí el lubricante frío caer sobre mi piel caliente y deslizarse por el orificio. Él me dobló una pierna hacia el vientre, dejándose el camino libre, y apoyó la punta.
Empezó a empujar, pero su verga era mucho más gruesa que sus dedos y no entraba bien a pesar de todo el lubricante.
—Relájate y respira —dijo con voz suave—. Voy a empezar a entrar de a poco.
Su miembro se abrió paso por mi culo y, no les voy a mentir, dolió. Me ardía, me quemaba, sentía que me partía en dos.
—Sácala —grité.
—Relájate —repitió, paciente. Otra nalgada.
Pero no la sacó. Empezó a moverse, embistiendo con cuidado al principio y con más fuerza después. Y entonces ocurrió: el dolor le fue cediendo el lugar al placer. De golpe ya no quería que se detuviera. Seguía siendo intenso, molesto incluso, pero no lo suficiente como para que dejara de penetrarme.
—Oh, dios, qué rico —gemía sin reconocer mi propia voz.
El placer me burbujeaba en el vientre, y de pronto mi sexo empezó a sentirse extrañamente vacío, reclamando atención. Como pude, llevé la mano abajo y me acaricié. Quería que también esa entrada estuviera llena. Una sensación casi imposible de explicar se extendió por todo mi cuerpo, y al rato me corrí durísimo, gritando como loca. Fue uno de los orgasmos más intensos de toda mi vida. Sin ninguna duda es algo que volvería a hacer.
Cuando volví en mí y recuperé conciencia de dónde estaba, Esteban gruñía su propia venida muy adentro de mí. Se salió despacio y fue la sensación más rara que he tenido: por un segundo creí que me había hecho encima, pero no, era solo su miembro abandonándome y un hilo de su semen resbalando por mi piel.
Nos quedamos un rato tirados en la cama, riéndonos como dos cómplices, recuperando el aliento bajo aquella luz ámbar. Esteban me acariciaba la espalda con la punta de los dedos mientras yo trataba de procesar lo que acababa de pasar. Tantos años imaginándolo, tantas dudas, y al final había sido mucho mejor de lo que cualquier fantasía me había prometido.
—¿Y? ¿Valió la pena la espera? —me preguntó, con esa media sonrisa suya.
—Cállate y dame otro abrazo —le contesté, escondiendo la cara en la almohada para que no me viera sonreír como una tonta.
Esa tarde de diciembre dejé de ser virgen de mi último rincón, y descubrí que algunas curiosidades, cuando una se anima a cumplirlas con la persona indicada, terminan convirtiéndose en una de las mejores confesiones que tengo para contarles. La próxima vez, prometo, será yo quien proponga el motel.





