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Relatos Ardientes

Te confieso lo que me pedías cada noche en la cama

Te gustaba, en aquel entonces, que te lo hiciera por detrás. Y no era una preferencia tímida, de esas que una insinúa con medias palabras y luego niega a la mañana siguiente. Era una necesidad declarada, casi una bandera. Lo decías sin pudor, con esa naturalidad tuya que tanto me desarmaba.

Llevábamos juntos poco más de dos años cuando empezaste a pedírmelo en serio. Al principio fueron comentarios sueltos, lanzados al aire mientras cenábamos o mientras te desvestías al borde de la cama. Después se convirtieron en un ritual, en una conversación que repetíamos casi todas las noches, hasta que se volvió parte de lo que éramos.

Me decías, incluso, que era una verdadera lástima que yo no pudiese sentir lo que tú sentías. Que me estaba perdiendo algo enorme. Y me lo repetías tanto, con tanta convicción, que la semilla de esa idea acabó germinando en mi cabeza, una cabeza siempre demasiado abonada de pensamientos deliciosamente sucios.

Pero eso vino mucho después, y me estoy adelantando. Esa es otra confesión, para otra madrugada.

***

Marina tenía la costumbre de avisarme con la mirada. No hacían falta palabras. Estábamos en el sofá, viendo cualquier serie que ninguno de los dos seguía de verdad, y de pronto giraba la cabeza y me miraba de un modo que yo ya había aprendido a descifrar. Un parpadeo lento, una sonrisa apenas dibujada, la lengua rozándole el labio superior.

—¿Subimos? —preguntaba, aunque ya sabía la respuesta.

—Sube tú —le decía yo—. Ahora voy.

Me quedaba unos minutos más en el salón, alargando la espera a propósito. Sabía que ese rato la encendía más que cualquier caricia. Cuando por fin subía, me la encontraba siempre igual: tumbada de lado, esperándome, con la ropa ya en el suelo y el frasco de lubricante sobre la mesilla, colocado ahí como una invitación que no admitía dudas.

—Tardabas demasiado —se quejaba, fingiendo enfado.

—Sé lo que hago —respondía yo, y la veía sonreír contra la almohada.

***

Te ponías a cuatro patas para mí con una entrega que todavía me eriza la piel al recordarla. No había vergüenza en el gesto, ni cálculo. Solo deseo, puro y directo. Arqueabas la espalda, bajabas el pecho contra el colchón y elevabas las caderas, ofreciéndome ese culo tuyo que era, sin exagerar, lo primero en lo que me había fijado de ti años atrás, en una fiesta donde apenas cruzamos diez palabras.

Era un culo grande, firme, de esos que se sostienen solos. Dos nalgas redondas y prietas que llenaban mis manos por completo cuando las agarraba. Y entre ellas, esa zona apretada que tú me pedías que reclamara como si fuera mía.

Yo me tomaba mi tiempo. Esa era una de mis reglas, una de las pocas que nunca rompí. Vertía el lubricante despacio, dejándolo caer en un hilo frío que te hacía contener la respiración. Veía cómo se te tensaba el cuerpo entero con ese primer contacto, cómo aguantabas el aire en los pulmones a la espera de lo que venía.

—Frío —susurrabas, riéndote a medias.

—Aguanta —te decía yo, y deslizaba un dedo, solo la punta, sin prisa.

***

Te dilataba poco a poco, con una paciencia que a mí mismo me sorprendía. Un dedo primero, girándolo despacio, sintiendo cómo cedías milímetro a milímetro. Después dos, cuando ya estabas lista, cuando tu respiración cambiaba de ritmo y empezabas a empujar hacia atrás buscando más.

Jadeabas. Eran jadeos vagos al principio, casi silencios, como si te diera apuro reconocer cuánto lo disfrutabas. Yo me inclinaba sobre tu espalda, te besaba entre los omóplatos, te susurraba al oído que estabas preciosa así, abierta para mí, temblando.

—No pares —me pedías—. Por favor, no pares ahora.

—No voy a parar —prometía—. Tenemos toda la noche.

Y cuando notaba que tu cuerpo me reclamaba de verdad, cuando ya no aguantabas más esa antesala, me colocaba detrás de ti y empezaba a entrar. Centímetro a centímetro, despacio, sintiendo cómo me apretabas, cómo cada parte de ti se cerraba sobre mí en una caricia tensa que me arrancaba un gruñido entre dientes.

Resoplabas. Un sonido largo, ronco, mitad alivio y mitad ansia. Bajabas la frente contra la almohada y agarrabas las sábanas con las dos manos.

***

Las agarrabas tan fuerte que más de una vez creí que las ibas a rasgar. Tenías los nudillos blancos, los brazos tensos, todo el cuerpo concentrado en esa sensación que decías que yo no podía ni imaginar.

Yo arrancaba lento. Siempre lento. Me gustaba ver cómo te ibas soltando, cómo poco a poco dejabas de contenerte y empezabas a empujar contra mí, marcándome tú el ritmo que querías. Aceleraba entonces, pero por grados, atento a cada sonido que se te escapaba, a cada vez que arqueabas más la espalda pidiéndome más profundidad.

—Más —decías, y no era una sugerencia—. Más fuerte.

Y yo te hacía caso. Te agarraba las caderas con las dos manos, hundía los dedos en tu carne hasta dejarte marcas que durarían días, y empujaba con todo mi peso. La cama empezaba a moverse, a apartarse de la pared centímetro a centímetro con cada embestida, hasta que el cabecero ya no la tocaba.

***

Cuando me dejaba llevar del todo, cuando ya no quedaba en mí ni rastro de la paciencia del principio, te lo hacía sin contemplaciones. A toda velocidad, con una furia que solo contigo me salía, golpeando contra ti tan fuerte que el sonido de nuestros cuerpos llenaba el dormitorio entero.

Y tú aullabas. No había otra palabra. No eran gemidos suaves de película, eran gritos de verdad, descontrolados, de los que obligan a subir el volumen del televisor para que los vecinos no se enteren. Gritabas mi nombre, gritabas que no parara, gritabas cosas que a la mañana siguiente te daba reparo recordar.

—Así —repetías—. Justo así, no pares, no pares.

Te corrías de una forma que nunca vi en nadie más. Brutal, larga, con el cuerpo entero sacudiéndose bajo el mío. Empapada, deshecha, agarrada a las sábanas como si el colchón fuera lo único que te mantenía en este mundo.

***

Y en mitad de aquellos orgasmos tuyos, cuando todo tu cuerpo se cerraba sobre mí en oleadas, yo ya no podía aguantar más. Me ordeñabas sin querer, con esa tensión rítmica que me arrastraba al límite en cuestión de segundos.

Acababa gruñendo. Resollando contra tu espalda, sin aire, con la frente pegada a tu nuca y las manos todavía clavadas en tus caderas. Me corría con una intensidad que me dejaba mareado, vaciado, incapaz de articular palabra durante un buen rato.

Porque me sentía, en esos momentos exactos, como un animal. Sin pensamiento, sin máscara, sin nada de la persona educada y correcta que era el resto del día. Solo instinto, solo cuerpo, solo tú y yo y esa cama desplazada en mitad de la habitación.

Y me gustaba sentirme así. Me gustaba más de lo que jamás me atreví a decirte en voz alta.

***

Después venía el silencio. El bueno, el de después. Nos quedábamos tumbados, recuperando el aliento, con la respiración entrecortada sincronizándose poco a poco. Tú te girabas hacia mí, sudada, con el pelo pegado a la frente, y me mirabas con una sonrisa de satisfacción absoluta.

—Algún día tendrías que probarlo tú —me decías, casi en broma, casi no.

—Ni lo sueñes —contestaba yo siempre, y tú te reías.

Pero la idea quedaba ahí, flotando entre los dos, igual que cada noche. Una semilla pequeña, terca, que tú regabas con cada comentario y cada risa, sin saber del todo lo que estabas plantando.

***

Tardé meses en reconocer, aunque solo fuera ante mí mismo, que la curiosidad me había ganado. Que cada vez que tú te corrías de aquella manera, una parte de mí se preguntaba qué se sentiría estar en tu lugar. Qué tendría aquello para arrancarte gritos que yo nunca había experimentado.

Nunca te lo confesé entonces. Me lo guardé, como me guardaba tantas cosas, detrás de la cara de hombre seguro que tú tanto valorabas. Pero la semilla seguía ahí, germinando en mi cabeza siempre demasiado fértil para las ideas prohibidas.

Y un día, mucho tiempo después, acabé probando también yo esa sensación que, lo reconozco ahora, habría sido una verdadera lástima perderme.

***

Pero esa noche en que por fin me atreví, esa madrugada en que fuiste tú quien me untaba el lubricante y me susurraba que aguantara, que tenías toda la noche, esa es otra historia. Una que tampoco le he contado nunca a nadie.

Quizá algún día me anime a confesarla entera. Quizá no. Hay recuerdos que uno guarda porque contarlos los gasta, y este todavía me caliente la sangre cada vez que cierro los ojos y vuelvo a ver tu espalda arqueada bajo la luz tenue de la mesilla.

De momento me basta con esto. Con admitir, aquí, en voz baja, lo que me pedías cada noche y lo mucho, lo muchísimo, que yo disfrutaba dándotelo.

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Comentarios(5)

Luna87

Que relato tan hermoso... se siente real sin ser burdo. Me llego al corazon

TichoLector

increible como lo describis, parecia estar ahi dentro de la historia.

BeatrizTandil

Me recordo mucho a algo que vivi yo en una relacion larga. Esas cosas que uno nunca dice pero las dos personas saben. Gracias por compartirlo

Clari_bsas

Por favor segui escribiendo! Quede con ganas de mas, espero tu proximo relato

NocheDeLectura

Excelente!!!

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