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Relatos Ardientes

Lo que hago las noches que digo que estudio

Tengo veinticuatro años y, para mi familia, soy la hija aplicada que termina la carrera de Económicas y se acuesta temprano. Esa versión de mí existe, claro. Pero hay otra que solo aparece después de cerrar la puerta de mi habitación, y de esa nadie sabe nada.

Empezó hace dos años, casi por casualidad, y desde entonces no he sido capaz de dejarlo. No quiero, en realidad. Lo cuento ahora porque necesito sacarlo de algún sitio, aunque sea de forma anónima, donde nadie pueda ponerle mi cara.

Esa noche en concreto había quedado a las nueve. Me había duchado largo, con calma, depilándome cada centímetro de piel bajo el agua caliente mientras repasaba mentalmente la coartada. Cuando salí del baño, todavía con el pelo húmedo, miré la hora en el móvil y me apuré. Llegar tarde me parecía una falta de respeto.

—Mamá, me voy. Vuelvo mañana por la tarde —dije asomándome a la cocina.

—¿Mañana por la tarde? —preguntó sin girarse, removiendo algo en una olla.

—Te lo dije, voy a casa de Carla a terminar el trabajo de Macroeconomía. Nos quedamos a dormir y seguimos por la mañana.

—Es verdad, hija. No sé cómo aguantas tantas horas con esa chica.

Si supiera lo poco que estudio en esas noches.

—Carla es un cerebro, mamá. Con ella apruebo seguro. Dale un beso a papá cuando llegue.

Cerré la puerta detrás de mí y bajé las escaleras de dos en dos, sonriendo. Carla era la coartada perfecta. Tímida, callada, sin amigos que se cruzaran nunca con los míos. Jamás contaría nada, porque ni siquiera sabía que yo la usaba de tapadera. Mi madre detestaba a su familia, así que nunca llamaría para comprobarlo. Tenía vía libre.

***

No salí a la calle. En el portal abrí la puerta que daba al garaje subterráneo y bajé hasta el trastero que mis padres tenían lleno de muebles viejos y cajas que nadie volvería a abrir. Ese cuarto era mi cambiador secreto. Había arrastrado hasta allí un espejo de pared enorme, más viejo que yo, y guardaba mi otra ropa en una caja de herramientas oxidada que nadie tocaría jamás.

Eché el pestillo, me desnudé y me miré en el espejo. En la cadera tenía un tatuaje pequeño que mis padres no conocían, hecho a escondidas por una conocida que tampoco hacía preguntas. Lo rocé con el dedo como un amuleto.

La ropa que saqué de la caja no tenía nada que ver con la que mi madre acababa de ver. Un vestido negro corto y ajustado, medias de rejilla, unos tacones que solo me ponía esas noches. Me maquillé con calma frente al espejo, transformándome en la otra. Cuando terminé, ya no quedaba ni rastro de la estudiante aplicada.

El móvil vibró. Un mensaje de tres palabras: «Estamos abajo, baja». Me eché la mochila al hombro, apagué la luz y salí.

A pocos metros del portal me esperaba una furgoneta gris bastante castigada por los años. La puerta lateral se abrió antes de que yo llegara. Subí sin dudarlo y la cerré tras de mí.

—Pensé que te ibas a echar atrás otra vez —dijo Marina desde el fondo, sentada entre bolsas y cajas de mercancía.

Marina tenía mi edad, más o menos, aunque nunca se lo había preguntado. Nos habíamos conocido en una de estas quedadas y, sin ser amigas, compartíamos el mismo secreto y las mismas ganas. Cada una sabía cosas de la otra que nadie más sabría jamás.

—¿Echarme atrás yo? —le contesté riéndome, sentándome a su lado—. Ni en broma.

Al volante iba Diego, y a su lado, girado hacia nosotras con una sonrisa, estaba Iván. Los conocía a los dos. Iván era quien organizaba casi todo: él decidía dónde, cuándo y quiénes.

—¿Lejos hoy? —pregunté.

—Verás —fue lo único que dijo Iván, con ese tono de quien ha preparado una sorpresa.

***

El trayecto no fue largo. La furgoneta se detuvo en un polígono industrial, frente a una nave dentro de una hilera interminable de almacenes idénticos. Marina y yo nos miramos. No era el sitio de siempre. Normalmente quedábamos en pisos prestados, nunca en un lugar así.

—Tranquilas —dijo Iván, abriendo la puerta lateral—. Esto es de un amigo. Hoy no nos molesta nadie.

Bajamos sobre los tacones, cruzando el aparcamiento bajo una farola que parpadeaba. Yo no estaba nerviosa por el lugar ni por la oscuridad. Lo estaba por las ganas de saber qué nos esperaba dentro.

Iván buscó el interruptor a tientas. Cuando la luz se encendió, una nave enorme apareció ante nosotras, llena de estanterías con cajas y ropa barata de mercadillo. Y, en un lateral, sobre un par de sofás desvencijados, nos esperaban media docena de hombres.

Los conocía a casi todos de quedadas anteriores. Otros eran caras nuevas. Todos me miraron con la misma mezcla de hambre y diversión, y a mí se me secó la boca solo de imaginar lo que venía.

—Os dije que valían la pena —dijo Iván a los demás, mientras nos empujaba suavemente hacia delante.

Marina no esperó a que nadie diera la orden. Se acercó al primero que tenía a mano, le pasó las manos por el pecho y lo besó en el cuello. Yo hice lo mismo con el que tenía más cerca, un tipo grande de manos enormes que me agarró de la cintura y me sentó en su regazo de un tirón.

No hubo preámbulos largos. Esa era la gracia. Nadie fingía cenas ni conversaciones. Cada uno sabía exactamente a qué había venido, y eso lo hacía honesto.

Me arrodillé en el suelo, entre sus piernas, mientras Marina hacía lo propio un metro más allá. Empecé despacio, mirándolo a los ojos, disfrutando del modo en que su respiración se entrecortaba. A mi lado, otra mano me apartó el pelo de la cara para no perderse detalle. No tardé en sentir cómo varios se acercaban, rodeándonos, reclamando su turno.

—Esta no se cansa nunca —murmuró uno, y la frase me encendió más que cualquier caricia.

***

Lo que vino después fue un carrusel sin pausa. Pasé de uno a otro sin saber muy bien a quién atendía en cada momento, y me daba igual. Me gustaba esa sensación de perder el control, de ser el centro de todo y de nadie a la vez. Marina, a un par de pasos, gemía con la misma entrega que yo.

Me pusieron a cuatro patas sobre uno de los sofás. Sentí unas manos abrirme las piernas, y enseguida noté cómo me llenaban por detrás, despacio primero, con fuerza después. Cerré los ojos y me dejé ir. Otro se colocó delante de mi cara y yo lo recibí sin que me lo pidieran. Estaba atrapada entre los dos, mecida de un lado a otro, y no recordaba la última vez que me había sentido tan viva.

—Así, no pares —jadeé, sin saber a cuál de ellos se lo decía.

El que me embestía por detrás encontró un ritmo que me hacía temblar las rodillas. Cada empujón me arrancaba un gemido que ni intentaba disimular. En la nave vacía, mis jadeos y los de Marina rebotaban contra las paredes de chapa, mezclados con las risas y los comentarios de los hombres que esperaban su turno.

Cuando me pidieron más, di más. Me gusta esa parte de mí, la que aparece solo aquí, la que no le debe explicaciones a nadie. Pasé del sofá al suelo, del suelo a unas rodillas, sin un orden claro, solo siguiendo las manos que me reclamaban. En algún momento Marina y yo acabamos la una junto a la otra, compartiendo el mismo aliento, y nos besamos entre risas antes de volver cada una a lo suyo.

Perdí la cuenta de las veces que llegué. La primera me pilló casi por sorpresa, con un grito que me salió de muy adentro. Las siguientes vinieron en oleadas, una detrás de otra, hasta dejarme con las piernas flojas y la piel ardiendo.

***

La fiesta fue bajando de intensidad poco a poco. Algunos se marcharon antes; tenían que madrugar, dijeron, y una vez saciados no había mucho más que los retuviera. Iván, Diego y un par más se quedaron con nosotras.

Nos dejaron descansar un rato. Sacaron algo de comer y de beber, encendieron un cigarro que fue pasando de mano en mano. Marina y yo nos sentamos en uno de los sofás, agotadas, sudadas, sonriendo como dos niñas que han hecho una travesura enorme.

—¿La semana que viene? —preguntó Iván, tendiéndome una botella de agua.

—Si me avisas con tiempo, sí —respondí, bebiendo a tragos largos—. Tengo que inventarme la excusa.

—Siempre te la inventas —dijo Marina, y las dos nos reímos.

La noche aún era joven, y por la forma en que Diego me miraba desde el otro sofá, supe que todavía quedaba diversión por delante. Me terminé el agua, dejé la botella en el suelo y me levanté.

A las dos de la tarde del día siguiente volvería a casa con cara de haber estudiado mucho. Le diría a mi madre que el trabajo nos había quedado genial, que Carla era un encanto, que estaba agotada de tanto repasar. Y ella me creería, como siempre.

Esa es mi doble vida. La hija perfecta de día, otra cosa muy distinta de noche. No me avergüenza. Lo único que me da pena es no poder contárselo a nadie que me conozca de verdad. Por eso lo escribo aquí, donde puedo ser, por una vez, completamente sincera.

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Comentarios(6)

NatiLectora

excelente!!! quede enganchada desde la primera linea

Dante_22

Por favor una segunda parte, necesito saber como termina todo esto. Demasiado bueno para quedarse ahi

SecretoBA

Me recordo a cuando yo tambien tenia mi vida doble jajaja. Muy buen relato, se siente autentico

MarcelaRo

Se nota que es real no? tiene demasiado detalle para ser inventado. Increible como lo contaste

Fernandito_R

El titulo me atrapo de entrada, muy ingenioso. Sigue escribiendo!!

ValeriaDP

Me encanto el misterio desde el principio, se te va la cabeza imaginando. Genail

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