La videollamada de mi amiga me dejó ardiendo esa noche
Hacía falta más que una ducha fría para apagar lo que llevaba dentro esa noche. La imagen de Renata seguía clavada detrás de mis ojos, y el agua tibia no lograba arrastrarla. Me quedé bajo la regadera más tiempo del necesario, con una mano apoyada en los azulejos y la otra hundida entre los muslos, dos dedos abriéndome el coño despacio mientras el chorro me caía por la espalda. Tenía el clítoris tan hinchado que apenas rozarlo me arrancaba un temblor. Me lo froté en círculos, primero suave, después más rápido, hasta que las piernas me flaquearon y tuve que apoyar la frente contra la pared. Me metí los dedos hasta los nudillos, sintiendo cómo el coño me chupaba con ganas, y aun así no me alcanzaba.
No era la primera vez que terminaba así por culpa de mi amiga, pero esa noche había algo distinto. Llevábamos meses tonteando con mensajes, con miradas que duraban un segundo de más, con bromas que ninguna de las dos terminaba de aclarar. Yo me decía que era curiosidad, nada más. Esa madrugada empecé a entender que era bastante más que eso.
Me pellizcaba los pezones hasta que ardían, retorciéndolos con dos dedos hasta que se me ponían duros como piedras, pero ese ardor no era nada al lado de la urgencia que me crecía adentro. Me metí tres dedos y los saqué chorreando, los olí, me los llevé a la boca para chuparme mis propios jugos. Salí, me miré al espejo empañado y me hice la pregunta de siempre. ¿Por qué ando así, tan encendida, tan deseosa de cualquier cosa? Sé que atraigo miradas, sé que a Andrés le gusta lo que ve cuando me desnuda con los ojos. Pero esa noche el deseo era otra cosa, algo que no se calmaba con lo de siempre.
Tomé el celular y le mandé un par de fotos a Andrés: una del coño abierto con los dedos, otra de las tetas empapadas y los pezones parados. Él respondió al instante con una suya, la polla en la mano, dura, a oscuras en su cama, lejos, en otra ciudad por trabajo. Yo quería juego, quería que me dijera cosas sucias como solía hacerlo, que me contara cómo me la metería, cómo me llenaría de leche. Sin darme cuenta estaba frotándome contra la almohada, montada sobre ella como si fuera una verga, meneando las caderas y clavándome la tela contra el clítoris, mirando de reojo mi propio cuerpo en el espejo del armario. Se me escapaba el coño empapando el algodón.
Pero Andrés estaba cansado y a mí no me alcanzaba un teléfono apagado. Abrí el chat con Renata. Habíamos quedado en ir temprano al gimnasio al día siguiente, y ella me había escrito un rato antes. Sin pensarlo demasiado le lancé una videollamada.
Contestó recostada en su cama, con las tetas al aire, los pezones oscuros y erguidos, una sonrisa perezosa en la boca.
—¿Y ese milagro, llamando tan noche? —dijo, acomodándose el pelo.
—La ausencia de Andrés —confesé—. Y tus mensajes de antes. Me dejaste imposible. Estoy chorreando, Rena.
Se rió bajito.
—No es para tanto, bandida. A ver, muéstrame.
Bajé la cámara, me abrí las piernas y le enseñé el coño, brillante, con los labios hinchados y un hilo de flujo bajándome hasta el culo. Le escuché soltar un gemido corto por el altavoz.
—Puta madre, qué rica estás —murmuró—. Espera, que te muestro algo mejor.
Y entonces giró la cámara.
A su lado dormía un hombre. Boca arriba, desnudo, con un brazo cruzado sobre la frente y la polla gruesa reposando contra el muslo, medio dormida pero prometedora. Era Damián. Lo reconocí enseguida porque Renata me había hablado de él, aunque nunca lo había visto así. Mi amiga volvió a enfocarse a sí misma, divertida con mi cara.
—Se ve que te gusta —dijo.
No le contesté. No hizo falta. Ella, para empeorarlo todo, bajó la mano y empezó a acariciarlo, despacio, mirándome a los ojos por la pantalla. Rodeó la polla con los dedos y empezó a masturbarlo con la muñeca floja, subiendo y bajando el prepucio con paciencia. Él seguía dormido, pero su cuerpo no. Vi cómo reaccionaba al tacto, cómo la verga se le iba hinchando en la mano de ella, marcándose las venas, cómo Renata se humedecía los dedos con saliva y volvía a recorrerlo de arriba abajo, apretando la punta cada vez que llegaba al glande.
Yo ya tenía un charco entre las piernas.
—Muéstrame otra vez —pidió ella, sin dejar de menearle la polla—. Ábrete bien y mételes los dedos, quiero verte.
Y obedecí. En ese instante habría hecho cualquier cosa con tal de seguir viéndolos. Bajé el celular hasta mi vientre, abrí las piernas todo lo que daba, me escupí en la mano y me la llevé al coño. Dos dedos primero, después tres, entrando hasta el fondo, sacándolos brillantes de flujo. Con la otra mano me apretaba el clítoris entre pulgar e índice, tironeándolo.
—Así, puta, muéstrame cómo te la metes —jadeó ella.
Renata se inclinó sobre él y se lo llevó a la boca. Le vi la lengua roja lamiendo el glande, la saliva escurriendo por el tronco, las mejillas hundidas cada vez que tragaba. Hacía acercamientos lentos, lamía la punta, jugaba con la lengua en el frenillo mientras me sostenía la mirada, después se lo tragaba entero hasta que se le atragantaba y salía tosiendo, con hilos de baba colgándole del mentón. Le agarraba los huevos con la mano libre, se los sopesaba, se los lamía uno por uno mientras seguía masturbándolo.
Damián despertó en algún momento; sentí que sus ojos buscaban la cámara, que me veía chuparme los dedos que acababa de sacarme del coño. Le vi la mano bajar y agarrarle la nuca a Renata, empujándole la cabeza contra la verga hasta hacerla arcadear. No me importó, al contrario, me puse peor. Me monté encima del vibrador que tenía en la mesa de luz, encendido al máximo, y me lo clavé de una. Me vine ahí mismo, fuerte, con la respiración entrecortada y la mano temblando, empapando el vibrador y las sábanas, mordiéndome el labio para no despertar a los vecinos.
Ella se subió encima de él y se le sentó en la polla de un solo movimiento, gimiendo largo cuando lo sintió entero adentro. Los dos quedaron de frente a la pantalla. Yo miraba, atenta, sin parpadear, cómo entraba y salía la verga chorreando de flujos, cómo Renata echaba la cabeza hacia atrás y le rebotaban las tetas con cada bajada, cómo él le clavaba los dedos en las caderas para hundirla más. Se veía la polla brillante entrando en el coño, saliendo cubierta de crema blanca, volviendo a hundirse. No me molestaba mirar; al contrario, descubrir que me gustaba mirar me encendía todavía más. Era como estar en la habitación con ellos sin que nadie me pudiera tocar, y esa distancia hacía que cada detalle se sintiera más nítido: el brillo del semen preparado en su piel, el chapoteo húmedo que se colaba por el micrófono, la manera en que ella mordía la almohada para no gritar demasiado mientras él le daba palmadas en el culo.
—Métemela más fuerte, cabrón —le pedía ella—. Que nos mira, que nos está mirando cómo me follas.
Después él la dio vuelta, la acomodó de rodillas y la tomó con más fuerza, agarrándola del pelo, embistiéndola desde atrás con golpes secos que hacían sonar la piel contra la piel. El culo de Renata rebotaba con cada estocada y yo veía cómo el coño se le abría alrededor de la verga, cómo ella misma bajaba una mano para frotarse el clítoris mientras la penetraba. Cuando estuvo por terminar, ella se giró rápido, se puso de rodillas y lo recibió en la boca con la lengua afuera. Vi los chorros de leche gruesa saltarle a la cara, caerle en la lengua, en las tetas, y a ella lamiéndose los labios y limpiándose con dos dedos para chuparlos después. Apagamos la llamada riéndonos, las dos agitadas, y quedamos en vernos a las nueve. Me quedé un rato mirando el techo, con el celular apagado sobre el pecho y el vibrador todavía zumbando entre los muslos, repitiendo la escena una y otra vez.
Dormí poco y mal, pero dormí.
***
Llegué al gimnasio con una licra corta tipo falda y un top de escote generoso, sin corpiño, con los pezones marcándose contra la tela. No lo elegí inocente. Renata me esperaba en la entrada y, al verme subir las escaleras delante de ella, me dio una palmada en el muslo que fue más caricia que broma, con la mano subiendo lo suficiente para rozarme el borde de la licra.
Entrenamos apenas cuarenta minutos. Ninguna de las dos tenía la cabeza ahí. Salimos a buscar algo ligero a una cafetería de la esquina, un lugar pequeño y tranquilo donde el dueño parecía conocerla bien. Nos sentamos en el rincón del fondo.
—Antes de que preguntes —dijo ella, removiendo el café—, lo de Damián es trabajo. Y placer. Pero arrancó por trabajo.
—¿Trabajo? —la corté—. ¿Cómo que trabajo?
—¿Te acuerdas que te conté que hacía audiolibros?
Me acordaba. Renata tiene una voz grave, aterciopelada, de esas que se te quedan pegadas. Lo que no sabía era su especialidad: relatos eróticos. Grababa bajo un seudónimo, Luna1994, y tenía oyentes que se corrían escuchándola sin saber quién era.
—Un día —siguió— Damián se me acercó en la oficina y me preguntó si yo era Luna. Así, de la nada. Me había reconocido por la voz.
—No.
—Te lo juro. Me agarró tan de sorpresa que lo admití. Y él me confesó que se hacía la paja cada noche escuchando lo que yo grababa. Que le encantaba, que se venía en la mano imaginándose que yo se la mamaba.
Bajó la voz y se inclinó sobre la mesa.
—Y me dijo que él también tenía un trabajo aparte. Los fines de semana hacía shows. Despedidas de soltera, clubes nocturnos, ese tipo de cosas. Se desnuda para las minas, les mete la polla en la boca a las novias si pagan extra.
Yo de solo imaginarlo ya estaba otra vez encendida, con las bragas empapadas debajo de la licra. Renata se dio cuenta, claro que se dio cuenta, y debajo de la mesa estiró la pierna hasta apoyarla sobre mi muslo, deslizando el pie hasta mi entrepierna. Llevaba una falda suelta y, cuando deslicé la mano por debajo, descubrí que no tenía nada más. La toqué despacio, encontré los labios hinchados y calientes, le froté el clítoris con la yema del pulgar mientras le metía dos dedos en el coño, y ella siguió hablando como si nada, aunque la respiración se le quebraba.
—Después de conocernos un poco —dijo, con la voz un poco más ronca, apretando los muslos alrededor de mi mano—, le propuse grabar audios juntos. Grabamos uno donde él me la metía y yo narraba lo que sentía, cómo me llenaba, cómo me abría. Fue el más vendido del mes. Y él me devolvió otra idea: por qué solo audio, por qué no transmitir en video. En vivo, para suscriptores.
—¿Y por qué me cuentas todo esto? —pregunté, aunque ya intuía la respuesta, sin dejar de bombearle los dedos.
—Porque en ti veo potencial —contestó, y me sostuvo la muñeca para que no parara—. Siempre estás encendida, siempre con el coño listo. Tienes una figura preciosa, unas tetas para chupar horas. Y prefiero tenerte de aliada que de competencia.
No pude resistirme. La besé ahí mismo, en el rincón de la cafetería, metiéndole la lengua hasta el fondo, sintiendo el gusto del café en su boca, y ese beso fue todo el sí que necesitaba. Saqué los dedos brillantes de flujo y me los llevé a la boca sin dejar de mirarla, chupándomelos uno por uno. Después la llené de preguntas y ella las respondió una por una. Que me recomendaría. Que le diera un correo privado y una cuenta para los pagos. Que íbamos a empezar de a poco.
La novedad, la excitación, todo junto me carcomía por dentro. Y ella no ayudaba, frotándose contra mi pierna por debajo del mantel, restregándome el coño desnudo sobre el muslo, dejándome la piel pegajosa. De pronto se puso de pie, traviesa, y dijo que iba «a pagar en la caja». La vi caminar hacia los baños y, antes de entrar, me guiñó un ojo.
Fui detrás de ella.
***
El baño era pequeño, de azulejos blancos y una luz demasiado clara, pero a ninguna de las dos le importó. La encontré de pie, con la falda remangada hasta la cintura y un juguete en la mano, un consolador grueso, negro, con venas marcadas. Me hizo arrodillarme primero, llevármelo a la boca como si fuera una verga de verdad. Me lo metió hasta la garganta, agarrándome del pelo, follándome la boca con él hasta hacerme lagrimear y babear, mientras se reía por lo bajo.
—Así, puta, cómo se nota que sabes chupar.
Después me sentó sobre el lavabo, me arrancó la licra de un tirón y me abrió las piernas de par en par. Se agachó primero y me hundió la cara en el coño, la lengua entera moviéndose de arriba abajo, chupándome los labios, metiéndome la punta en el agujero. Me lamía el clítoris con golpes rápidos de la lengua y después me lo chupaba entero, absorbiendo, mientras me clavaba dos dedos y los movía en gancho contra el punto que me hacía volar. Yo me agarraba de sus hombros y le empujaba la cara contra el coño, moviendo las caderas contra su boca.
—Métemelo ya, no aguanto más —le supliqué.
Se levantó, apoyó la punta del consolador contra mi entrada y me lo metió entero, despacio primero y después de golpe hasta el fondo, hasta hacerme gritar contra su hombro. Me tapó la boca con la otra mano, riéndose, mientras yo me aferraba a su nuca. Empezó a bombearlo con fuerza, sacándolo hasta la punta y clavándomelo de nuevo, y con el pulgar libre me frotaba el clítoris en círculos rápidos. El coño me chapoteaba a cada embestida y yo sentía que iba a venirme en cualquier momento.
—Esto —me susurró al oído, sin dejar de follarme con el juguete— es un regalo del que está por entrar.
No entendí hasta que la puerta se abrió. Era el dueño del café, ya con los pantalones desabrochados y la polla afuera, gruesa y curva, bien parada. Resultó que él también escuchaba a Renata, que era de sus oyentes más fieles, y que aquella atención esmerada con la mesa del fondo no había sido casualidad. Ahora me quedaba claro por qué nos había dejado el rincón.
No nos pidió nada. No hizo falta. Renata sacó el consolador de mi coño con un sonido húmedo, se lo llevó a la boca y chupó mis jugos frente a él, mirándolo. Después se arrodilló a mi lado y entre las dos lo recibimos, turnándonos, mientras él se sujetaba del marco de la puerta. Yo le agarraba la polla con las dos manos y le lamía los huevos, uno primero, después el otro, tomándomelos enteros en la boca. Renata subía por el tronco lamiéndolo como una paleta y me lo pasaba, y yo me lo tragaba entero, sintiéndolo golpearme la garganta. Después ella lo mamaba mientras yo le lamía el culo y le acariciaba el perineo, y le veía las mejillas hundirse cada vez que tragaba.
Había algo en compartirlo con ella, en cruzar la mirada por encima de su cuerpo y reírnos en silencio, con los labios brillantes de saliva y baba, que me gustaba incluso más que el resto. Nos escupíamos la verga entre las dos, nos la pasábamos, nos besábamos con ella en el medio, con la punta rozándonos las lenguas. No era solo el hombre; era la complicidad, saber que las dos estábamos en lo mismo, que las dos éramos putas.
Él aguantó poco. Terminó sobre el pecho de ella con un gemido ahogado, largos chorros de leche caliente que le cayeron entre las tetas y le bajaron por el vientre, pero no se ablandó; al contrario. Renata se recogió el semen con dos dedos y me lo dio a chupar, y yo tragué sin dejar de mirarlo a él. Me tomó de las caderas, firme, me dio vuelta contra el lavabo, me abrió las nalgas con las manos y me la metió en el coño de una sola embestida, hasta el fondo. Gemí fuerte contra el espejo, empañándolo con el aliento. Me follaba con golpes secos, agarrándome de las caderas, mirándonos en el reflejo. Renata se me acercó por atrás y me metió la mano entre las piernas para frotarme el clítoris mientras él me la clavaba, y con la otra mano me pellizcaba los pezones. Tenía los muslos tan apretados alrededor de él que, cuando me vine, mis fluidos escurrieron por el tronco y le mojaron los huevos hasta el piso. Grité contra la palma de Renata, temblando entera. Él volvió a acabar, esta vez sacándomela chorreando y girándome para meterme la punta en la boca. Recibí los chorros en la lengua, gruesos y salados, y tragué hasta la última gota mientras Renata me lamía los restos de la comisura. Se despidió sin más, prometiendo que mandaría a alguien a limpiar y pidiéndonos que nos vistiéramos.
Salimos del baño como si nada, acomodándonos el pelo, con las bragas en el bolso y el semen todavía escurriéndonos por los muslos. Nos subimos a su auto y me dejó en mi casa. En el trayecto no hablamos mucho; las dos sonreíamos por la ventanilla.
***
Al día siguiente Renata me mandó un enlace. Era uno de sus relatos, leído con esa voz suya, y al final mencionaba la cuenta que yo le había pasado, miaruiz1995, como contacto para «una nueva narradora» que pronto transmitiría en vivo. Los interesados debían inscribirse y abonar por adelantado; recién entonces les llegaría el acceso a la transmisión.
Le respondí enseguida, ansiosa, sin terminar de creérmelo. Su mensaje llegó al instante, corto y travieso, como ella.
—Alístate. Tenemos que ir de compras para tu nuevo emprendimiento.
Cerré el teléfono y me reí sola, todavía encendida, con el coño ya mojado otra vez de solo pensarlo, sabiendo que esto apenas empezaba.