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Relatos Ardientes

La videollamada de mi amiga me dejó ardiendo esa noche

Hacía falta más que una ducha fría para apagar lo que llevaba dentro esa noche. La imagen de Renata seguía clavada detrás de mis ojos, y el agua tibia no lograba arrastrarla. Me quedé bajo la regadera más tiempo del necesario, con una mano apoyada en los azulejos y la otra entre las piernas, moviéndome despacio mientras el calor me bajaba por los muslos.

No era la primera vez que terminaba así por culpa de mi amiga, pero esa noche había algo distinto. Llevábamos meses tonteando con mensajes, con miradas que duraban un segundo de más, con bromas que ninguna de las dos terminaba de aclarar. Yo me decía que era curiosidad, nada más. Esa madrugada empecé a entender que era bastante más que eso.

Me pellizcaba los pezones hasta que ardían, pero ese ardor no era nada al lado de la urgencia que me crecía adentro. Salí, me miré al espejo empañado y me hice la pregunta de siempre. ¿Por qué ando así, tan encendida, tan deseosa de cualquier cosa? Sé que atraigo miradas, sé que a Andrés le gusta lo que ve cuando me desnuda con los ojos. Pero esa noche el deseo era otra cosa, algo que no se calmaba con lo de siempre.

Tomé el celular y le mandé un par de fotos a Andrés. Él respondió al instante con una suya, a oscuras en su cama, lejos, en otra ciudad por trabajo. Yo quería juego, quería que me dijera cosas sucias como solía hacerlo. Sin darme cuenta estaba frotándome contra la almohada, montada sobre ella como si fuera algo más, mirando de reojo mi propio cuerpo en el espejo del armario.

Pero Andrés estaba cansado y a mí no me alcanzaba un teléfono apagado. Abrí el chat con Renata. Habíamos quedado en ir temprano al gimnasio al día siguiente, y ella me había escrito un rato antes. Sin pensarlo demasiado le lancé una videollamada.

Contestó recostada en su cama, con el pecho al aire y una sonrisa perezosa.

—¿Y ese milagro, llamando tan noche? —dijo, acomodándose el pelo.

—La ausencia de Andrés —confesé—. Y tus mensajes de antes. Me dejaste imposible.

Se rió bajito.

—No es para tanto, bandida.

Y entonces giró la cámara.

A su lado dormía un hombre. Boca arriba, desnudo, con un brazo cruzado sobre la frente. Era Damián. Lo reconocí enseguida porque Renata me había hablado de él, aunque nunca lo había visto así. Mi amiga volvió a enfocarse a sí misma, divertida con mi cara.

—Se ve que te gusta —dijo.

No le contesté. No hizo falta. Ella, para empeorarlo todo, bajó la mano y empezó a acariciarlo, despacio, mirándome a los ojos por la pantalla. Él seguía dormido, pero su cuerpo no. Vi cómo reaccionaba al tacto, cómo Renata se humedecía los dedos y volvía a recorrerlo de arriba abajo.

Yo ya tenía un charco entre las piernas.

—Muéstrame —pidió ella.

Y obedecí. En ese instante habría hecho cualquier cosa con tal de seguir viéndolos. Bajé el celular hasta mi vientre, abrí las piernas, dejé que viera lo mojada que estaba.

Renata se inclinó sobre él y se lo llevó a la boca. Hacía acercamientos lentos, lamía la punta, jugaba con la lengua mientras me sostenía la mirada. Damián despertó en algún momento; sentí que sus ojos buscaban la cámara, que me veía. No me importó. Me vine ahí mismo, fuerte, con la respiración entrecortada y la mano temblando.

Ella se subió encima de él y los dos quedaron de frente a la pantalla. Yo miraba, atenta, sin parpadear, cómo entraba y salía, cómo Renata echaba la cabeza hacia atrás. No me molestaba mirar; al contrario, descubrir que me gustaba mirar me encendía todavía más. Era como estar en la habitación con ellos sin que nadie me pudiera tocar, y esa distancia hacía que cada detalle se sintiera más nítido: el brillo en su piel, el sonido que se colaba por el micrófono, la manera en que ella mordía la almohada para no gritar demasiado.

Después él la dio vuelta, la acomodó de rodillas y la tomó con más fuerza. Cuando estuvo por terminar, ella se giró rápido y lo recibió en la boca. Apagamos la llamada riéndonos, las dos agitadas, y quedamos en vernos a las nueve. Me quedé un rato mirando el techo, con el celular apagado sobre el pecho, repitiendo la escena una y otra vez.

Dormí poco y mal, pero dormí.

***

Llegué al gimnasio con una licra corta tipo falda y un top de escote generoso. No lo elegí inocente. Renata me esperaba en la entrada y, al verme subir las escaleras delante de ella, me dio una palmada en el muslo que fue más caricia que broma.

Entrenamos apenas cuarenta minutos. Ninguna de las dos tenía la cabeza ahí. Salimos a buscar algo ligero a una cafetería de la esquina, un lugar pequeño y tranquilo donde el dueño parecía conocerla bien. Nos sentamos en el rincón del fondo.

—Antes de que preguntes —dijo ella, removiendo el café—, lo de Damián es trabajo. Y placer. Pero arrancó por trabajo.

—¿Trabajo? —la corté—. ¿Cómo que trabajo?

—¿Te acuerdas que te conté que hacía audiolibros?

Me acordaba. Renata tiene una voz grave, aterciopelada, de esas que se te quedan pegadas. Lo que no sabía era su especialidad: relatos eróticos. Grababa bajo un seudónimo, Luna1994, y tenía oyentes que la seguían sin saber quién era.

—Un día —siguió— Damián se me acercó en la oficina y me preguntó si yo era Luna. Así, de la nada. Me había reconocido por la voz.

—No.

—Te lo juro. Me agarró tan de sorpresa que lo admití. Y él me confesó que escuchaba todo lo que yo grababa. Que le encantaba.

Bajó la voz y se inclinó sobre la mesa.

—Y me dijo que él también tenía un trabajo aparte. Los fines de semana hacía shows. Despedidas de soltera, clubes nocturnos, ese tipo de cosas.

Yo de solo imaginarlo ya estaba otra vez encendida. Renata se dio cuenta, claro que se dio cuenta, y debajo de la mesa estiró la pierna hasta apoyarla sobre mi muslo. Llevaba una falda suelta y, cuando deslicé la mano por debajo, descubrí que no tenía nada más. La toqué despacio, sin dejar de mirarla, mientras ella seguía hablando como si nada.

—Después de conocernos un poco —dijo, con la respiración un poco más corta—, le propuse grabar audios juntos. Y él me devolvió otra idea: por qué solo audio, por qué no transmitir en video. En vivo, para suscriptores.

—¿Y por qué me cuentas todo esto? —pregunté, aunque ya intuía la respuesta.

—Porque en ti veo potencial —contestó, y me sostuvo la muñeca para que no parara—. Siempre estás encendida. Tienes una figura preciosa. Y prefiero tenerte de aliada que de competencia.

No pude resistirme. La besé ahí mismo, en el rincón de la cafetería, y ese beso fue todo el sí que necesitaba. Después la llené de preguntas y ella las respondió una por una. Que me recomendaría. Que le diera un correo privado y una cuenta para los pagos. Que íbamos a empezar de a poco.

La novedad, la excitación, todo junto me carcomía por dentro. Y ella no ayudaba, frotándose contra mi pierna por debajo del mantel. De pronto se puso de pie, traviesa, y dijo que iba «a pagar en la caja». La vi caminar hacia los baños y, antes de entrar, me guiñó un ojo.

Fui detrás de ella.

***

El baño era pequeño, de azulejos blancos y una luz demasiado clara, pero a ninguna de las dos le importó. La encontré de pie, con la falda remangada y un juguete en la mano. Me hizo arrodillarme primero, llevármelo a la boca, y luego me sentó sobre el lavabo y me lo metió entero, despacio y después de golpe, hasta hacerme gritar contra su hombro. Me tapó la boca con la otra mano, riéndose, mientras yo me aferraba a su nuca.

—Esto —me susurró al oído— es un regalo del que está por entrar.

No entendí hasta que la puerta se abrió. Era el dueño del café. Resultó que él también escuchaba a Renata, que era de sus oyentes más fieles, y que aquella atención esmerada con la mesa del fondo no había sido casualidad. Ahora me quedaba claro por qué nos había dejado el rincón.

No nos pidió nada. No hizo falta. Renata se arrodilló a mi lado y entre las dos lo recibimos, turnándonos, mientras él se sujetaba del marco de la puerta. Había algo en compartirlo con ella, en cruzar la mirada por encima de su cuerpo y reírnos en silencio, que me gustaba incluso más que el resto. No era solo el hombre; era la complicidad, saber que las dos estábamos en lo mismo.

Él aguantó poco. Terminó sobre el pecho de ella con un gemido ahogado, pero no se ablandó; al contrario. Me tomó de las caderas, firme, y me llenó de una sola embestida. Tenía los muslos tan apretados alrededor de él que, cuando me vine, mis fluidos escurrieron hasta el piso. Él volvió a acabar, esta vez en mi boca, y se despidió sin más, prometiendo que mandaría a alguien a limpiar y pidiéndonos que nos vistiéramos.

Salimos del baño como si nada, acomodándonos el pelo. Nos subimos a su auto y me dejó en mi casa. En el trayecto no hablamos mucho; las dos sonreíamos por la ventanilla.

***

Al día siguiente Renata me mandó un enlace. Era uno de sus relatos, leído con esa voz suya, y al final mencionaba la cuenta que yo le había pasado, miaruiz1995, como contacto para «una nueva narradora» que pronto transmitiría en vivo. Los interesados debían inscribirse y abonar por adelantado; recién entonces les llegaría el acceso a la transmisión.

Le respondí enseguida, ansiosa, sin terminar de creérmelo. Su mensaje llegó al instante, corto y travieso, como ella.

—Alístate. Tenemos que ir de compras para tu nuevo emprendimiento.

Cerré el teléfono y me reí sola, todavía encendida, sabiendo que esto apenas empezaba.

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Comentarios (5)

CarlitosBaires

increible. Corto pero contundente

marcos_r

tremendo!! me dejó pegado a la pantalla hasta el final

Romina_fdz

Dios como lo escribiste, tan detallado y tan real... espero que haya segunda parte porque quede con ganas de mas

SantoCba

Me recordo a algo que me paso con una amiga hace años, esas situaciones te cambian la cabeza para siempre jaja

ValenRío

¿Y despues que paso? No nos podés dejar así jaja

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