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Relatos Ardientes

Nunca conté lo que pasó esa tarde de estudio

Me llamo Noelia y esto ocurrió en mi primer año de universidad, cuando todavía creía que era capaz de controlar lo que sentía. Tenía diecinueve años y una idea bastante ingenua de hasta dónde podían llegar las cosas cuando se juntan las personas equivocadas en la tarde equivocada.

Era una tarde de mayo, de esas en las que el calor empieza a insinuarse y cuesta creer que aún quedan exámenes por delante. Habíamos quedado un grupo de compañeros para preparar los finales. Al menos, esa era la intención inicial. Nadie dudaba —o eso creíamos— de lo que íbamos a hacer: repasar apuntes, resolver problemas y fingir que el verano todavía estaba lejos.

Llegué a casa de Diego y nos instalamos en la salita con los libros abiertos sobre la mesa. Cinco minutos después apareció Pablo, dejando la mochila en el suelo con un suspiro. A los diez minutos llegó Adrián, preguntando si alguien tenía un bolígrafo que escribiera. Un cuarto de hora más tarde, Marcos cerró la puerta tras de sí con una sonrisa que ya anunciaba que la concentración no iba a durar demasiado.

Durante un rato intentamos estudiar. O, al menos, eso parecía: hojas pasadas sin atención, explicaciones a medias y alguna risa que se escapaba sin permiso. El reloj avanzaba despacio, pero inevitablemente.

A las seis de la tarde, aquel grupo de estudio dejó oficialmente de serlo. Los libros se cerraron, las sillas se movieron y el ambiente cambió por completo. Sin darnos cuenta, habíamos pasado de preparar exámenes a fabricar uno de esos recuerdos que, con el tiempo, pesan mucho más que cualquier nota final.

Entonces Diego comentó que unos días atrás había encontrado una película escondida entre las cosas de su padre y que quería enseñárnosla. Sus padres se habían marchado el fin de semana fuera y nos habían dejado la casa para nosotros, confiados en que un grupo de universitarios sabría comportarse. Menuda confianza, pensé después.

Diego bajó la persiana a medias, se sentó y puso la película.

Al principio todos nos quedamos expectantes. Nadie preguntó nada, pero todos intuíamos, más o menos, de qué tipo de película se trataba. Alguno habría visto algo parecido alguna vez, a solas y en su cuarto. Aun así, aquello era distinto.

Lo que hizo la experiencia diferente no fue la película en sí, sino que estábamos juntos. Sentados demasiado cerca unos de otros, compartiendo silencios incómodos, risas nerviosas y miradas que se cruzaban más de lo normal. La habitación parecía encogerse, el aire se volvía más denso y el tiempo avanzaba de una forma extraña.

Ahora, con los años, entiendo mejor lo que pasó aquella tarde. No fue la película, ni siquiera lo que mostraba, sino todo lo que se despertó dentro de nosotros sin que supiéramos cómo manejarlo.

Recuerdo a Diego intentando aparentar seguridad, como si haber puesto la película le otorgara un papel que no sabía sostener del todo. Movía las manos más de lo habitual, evitaba mirarnos directamente y sonreía con una mezcla rara de orgullo y nerviosismo.

Pablo, en cambio, se quedó rígido, casi inmóvil, como si el sofá lo hubiera atrapado. Apenas parpadeaba, y de vez en cuando soltaba una risa breve, fuera de lugar, solo para romper el silencio.

Adrián reaccionó hablando más de la cuenta. Comentarios absurdos, frases sin importancia, cualquier cosa con tal de no quedarse callado.

Marcos miraba la pantalla y luego al suelo, una y otra vez, como si no supiera dónde colocar los ojos ni el cuerpo.

Y yo… yo sentía el peso de estar allí. Una mezcla de curiosidad y vergüenza, de querer formar parte del momento y, al mismo tiempo, desaparecer. Notaba el calor en las mejillas, el corazón acelerado sin motivo claro, esa sensación incómoda de estar cruzando un límite invisible. No era deseo todavía, era conciencia: de mi cuerpo, del de los demás, de que algo estaba cambiando sin permiso.

Allí seguíamos, sentados unos al lado de otros, hipnotizados por la pantalla. Viendo cómo, escena tras escena, el contenido se volvía más explícito.

Se respiraba un ambiente distinto. Los chicos empezaron a removerse, a acomodarse con disimulo dentro de la ropa. Se oía algún suspiro contenido, alguna respiración que se entrecortaba. Estaban nerviosos, expectantes, con unas ganas evidentes de explorar lo que sentían.

Si soy sincera, no recuerdo la película. Los recuerdo a ellos. Yo estaba sentada en mitad del grupo, junto a Diego, el anfitrión. Quizá por eso fue el primero. Se desabrochó el pantalón y empezó a acomodarse, o eso fingió al principio.

Dos sitios a su derecha estaba Marcos, y siguió su ejemplo. Al estar más apartado de todos y más cerca de la pantalla, pude ver cómo sus movimientos eran más explícitos, más decididos, y cómo poco a poco se liberaba de la ropa interior.

A mi derecha tenía a Adrián, el mejor amigo de Diego y el más guapo del grupo. Nos quedamos mirándonos, como intentando asimilar lo que estaba ocurriendo. Era una situación de lo más inusual, pero extrañamente excitante. Él miraba la pantalla, observaba a sus amigos y luego me miraba a mí. Una trinidad de miradas que lo único que conseguía era alterarme la respiración. Notaba cómo mi cuerpo respondía a lo que pasaba alrededor y cómo, en el fondo, deseaba que la escena continuara.

Pablo, sentado junto a Adrián, seguía pendiente de la película. Ajeno a todo lo demás, al menos de momento.

Yo podía observar y, a la vez, participar. Era fascinante ver cómo el deseo crecía entre nosotros, cómo se intensificaban las respiraciones, cómo cada uno encontraba su ritmo. Los jadeos se volvían atropellados, alimentados por las imágenes de la pantalla y por el morbo de sabernos vistos.

Me excitó muchísimo lo que sucedía a mi alrededor. Oírlos respirar y jadear bajito. Escuchar ese sonido inconfundible de varias personas perdiéndose a la vez. Piel y movimiento se convirtieron en una melodía difícil de ignorar. Casi sin darme cuenta, me había subido la camiseta y empezado a acariciarme los pechos. Primero con timidez, luego prestando especial atención a los pezones.

Adrián y Diego me observaron, sonrieron y, casi al mismo tiempo, empezaron a acariciarme un pecho cada uno, dejándome las manos libres. Eran caricias torpes, pero placenteras. Ellos disfrutaban y yo también. Desde ese instante, la película pasó a un segundísimo plano.

Me sentí intensamente deseada. Era el centro de la excitación de mis compañeros, y eso me encendía más que cualquier imagen. Me bajé un poco el pantalón y hundí la mano dentro de la ropa interior, explorando mi propio placer. Sentía sus miradas sobre mí, cargadas de curiosidad y de deseo.

Sus caricias, sus respiraciones, el olor que iba llenando la salita, todo hizo que mi excitación creciera rápido, casi sin avisar. Mis pezones, erectos y sensibles, respondían a las manos de Adrián y de Diego, que con sus dedos aún algo inexpertos jugaban y los pellizcaban.

El primero en dejarse llevar y terminar fue Marcos. Dejó de mirar la pantalla para observarnos a nosotros, como si entendiera que lo que pasaba en la salita era más real e íntimo que cualquier cosa que mostrara la película.

Pablo y Diego fueron los siguientes en llegar al final. A Pablo lo delató un pequeño grito ahogado, casi a la vez que el actor de la película. Fue entonces cuando, después de haber estado tan concentrado en la pantalla, por fin se dio cuenta de la escena que tenía al lado. Vio cómo Marcos ya se acomodaba la ropa con toda la naturalidad del mundo y, sin decir nada, le acercó un paquete de pañuelos para que hiciera lo mismo. Esos pañuelos que la madre de Diego, previsora, tenía siempre a mano en la salita.

Diego fue el siguiente. Noté sus espasmos cuando terminó. Darse placer, acariciarme y observar la escena al mismo tiempo precipitó su orgasmo hasta un punto que, por su cara, nunca había conocido.

Verlo terminar sobre su propia mano hizo que yo misma le imprimiera un ritmo nuevo a mis dedos. Adrián y yo nos mirábamos sin poder apartar los ojos el uno del otro. Nuestras respiraciones parecían responderse, llenando el silencio que se había instalado en la salita. Él entregado por completo a su placer, yo alternando las caricias con la penetración de mis propios dedos.

Me sentía al límite, extasiada, con ese placer que se resiste a alcanzar su punto más alto. La mano de Diego se posó entonces sobre mi sexo húmedo y deslizó un dedo, primero con timidez, explorando, disfrutando del momento. Se detuvo y buscó aprobación en mi rostro. Yo solo podía sentir; mis jadeos se oían por encima de los de Adrián y de la respiración entrecortada de Diego. Pablo y Marcos, ya recuperados, se habían convertido en simples espectadores, y eso le añadía un morbo distinto a todo.

Estaba al borde del clímax cuando Adrián se desbordó a mi lado. Oírlo gemir, notarlo temblar mientras no soltaba mi pecho, fue lo que terminó por arrastrarme. Junto con los dedos rápidos de Diego y mi propia presión, me sobrevino el mejor orgasmo de toda aquella época. Mi mano y la suya quedaron completamente empapadas, igual que mi ropa interior.

***

Tardamos unos minutos en recuperar la respiración. A medida que nos íbamos limpiando y calmando, asimilábamos lo que acababa de pasar. Pablo se levantó, sacó la película y la guardó exactamente donde la había encontrado Diego. Marcos subió la persiana del todo y abrió el pequeño balcón de la salita para que entrara el aire.

Adrián fue a la cocina; conocía esa casa casi como la suya. Se llevó los pañuelos usados y volvió con vasos y agua para todos. En pocos minutos ya no quedaba rastro de lo que había sucedido allí.

Cuando los padres de Diego regresaron de su escapada, fuimos saliendo de la casa uno a uno, de la misma forma tranquila en la que habíamos llegado, como si solo hubiéramos pasado la tarde repasando apuntes.

Para mí fue una especie de orgía para los sentidos. Aquella tarde compartida nos acercó de una manera tan natural que jamás volvimos a mencionarla, ni siquiera entre nosotros. Un pacto silencioso, sellado sin palabras.

El tiempo se detuvo en esa salita, adquirió una forma elástica que nos atrapó y nos regaló un recuerdo muy especial. Una fantasía cumplida mucho antes de que ninguno supiera ponerle nombre al deseo. Y, aunque nunca lo conté hasta hoy, sigue siendo el secreto que mejor he guardado.

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Comentarios (6)

KarenMDP

Que buena confesion!! me tenia pegada a la pantalla desde la primera linea. Esas tardes que empiezan normales y terminan asi son las que uno no olvida nunca jaja

Juanma_78

Por favor seguí contando, quede con muchas ganas de saber como termino todo. Muy bien narrado

Elena_lect

Me trajo un recuerdo de mis tiempos de facultad, ese momento en que el ambiente cambia y ya nadie habla de los libros... lo capturaste perfecto

LoboSur_mx

jajaja los finales son lo de menos en esas situaciones

romina_baires

Se siente autentico, como una confesion de verdad. Me encanta cuando el relato no fuerza nada y fluye solo. Sigue escribiendo!

Leti_BA

Increible!! lo lei de un tiron

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