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Relatos Ardientes

La mujer de mi exjefe me buscó en la cena de empresa

Llevaba casi un mes sin saber nada de Lucía. Me había repetido a mí mismo, como quien recita una oración en la que no cree del todo, que lo nuestro no podía seguir. Tenía una vida cómoda, una mujer con la que todavía me entendía bien en la cama, y la suficiente cabeza como para entender que acostarme con la esposa de mi antiguo jefe era jugar con fuego. Durante esas semanas me convencí de que la había olvidado. Me convencí de muchas cosas, en realidad.

Entonces sonó el teléfono. Reconocí el prefijo de mi vieja empresa y supe enseguida de qué iba: la comida de Navidad, el evento anual de siempre. Lo que no esperaba era escuchar su voz al otro lado.

—Hola —dijo, como si no hubieran pasado semanas—. Queríamos que vinieras este año.

Con esas dos frases mi cuerpo respondió antes que mi cabeza. Algo se tensó por debajo del cinturón y maldije lo poco que había cambiado en mí. Me dio el lugar, el día y la hora con una naturalidad que dolía, como si hablara con un proveedor cualquiera.

Hacía poco que me habían jubilado, y querían reconocer mis años de trabajo con un detalle delante de todos. Lo primero que pensé fue en su marido, mi exjefe, un imbécil al que nunca soporté. Lo segundo fue que volvería a verla. Acepté sin dudar.

—Si hay líos, que sea con discreción —me dijo mi mujer cuando se lo conté, medio en broma.

Me reí y le aseguré que no era ni el momento ni el lugar. Le mentí con una facilidad que después me sorprendió.

***

El evento se celebraba en un hotel restaurante a las afueras, uno de esos sitios con jardines cuidados y demasiados camareros. Un autobús nos recogió a casi todos. Lucía, su marido, su suegra, su cuñada y su hija pequeña llegaron aparte, en taxi, como correspondía a la familia del dueño.

Hubo cóctel de bienvenida y luego pasamos al salón. Los sitios estaban asignados, y cuando vi mi nombre en la tarjeta junto al suyo no supe si maldecir o agradecer a quien hubiera hecho el plano de las mesas. Enfrente, su marido. Al lado, la suegra entretenida con la nieta, y la cuñada pinchando a su hermano por cualquier tontería.

Lucía llevaba sus treinta y cinco años con una elegancia que desarmaba. Vestido negro de tirantes, ajustado, por encima de la rodilla. El escote era una invitación que yo no dejaba de aceptar con la mirada cada vez que creía que nadie miraba. Medias oscuras, tacones, siempre tacones. El pelo rubio recogido a un lado y un maquillaje suave que le encendía los ojos. Me costaba entender cómo su marido podía tener eso en casa y aun así perderse con desconocidas de poca monta.

Si supiera que yo me la había llevado a la cama dos veces —una en un viaje de trabajo, otra en el aparcamiento de un supermercado como dos adolescentes—, no sé qué cara pondría. La idea me divertía y me ponía nervioso a partes iguales.

Durante toda la comida apenas hablé con nadie más. Su marido vivía pegado al móvil, ajeno a todo. La conversación entre ella y yo no se cortó ni un instante. Lucía se daba cuenta de que no podía quitarle los ojos de encima, y en lugar de incomodarse, decidió ponérmelo difícil de otra manera. Una mano que rozaba mi pierna por debajo del mantel. Un comentario en voz baja, dicho de lado, mientras sonreía a su suegra al otro extremo de la mesa. Cada gesto medido para que nadie lo notara y yo lo notara todo.

—Estás más callado que de costumbre —me dijo, fingiendo preocupación.

—Estoy pensando —contesté.

—¿En qué?

No respondí. No hacía falta. Su mano volvió a apretarme la rodilla un segundo antes de retirarse.

***

Terminada la comida vino el discurso, el regalo de recuerdo, los aplausos. Después empezó la fiesta de verdad: las copas, la música, la gente soltándose conforme caía la tarde. Todo dentro de lo previsible, hasta que dejó de serlo.

Salí de los servicios y me la encontré esperándome en el pasillo, apoyada en la pared con los brazos cruzados. No dijo nada. Me cogió de la mano y tiró de mí hacia las escaleras. Subimos a la planta de arriba, donde el ruido de la fiesta llegaba apagado, como desde otro mundo.

Entramos en lo que parecía una sala de reuniones. Una mesa larga, sillas alineadas, la única luz la que entraba de las farolas de la calle. Echó el pestillo y me llevó hasta el fondo sin soltarme.

Esto es una locura, pensé. No me detuve.

Se arrodilló y me desabrochó el pantalón con dedos rápidos. Me lo bajó hasta los tobillos, la ropa interior con él, y antes de que pudiera decir nada me tenía en su boca. Una mano en la base, la otra acariciándome despacio, sin prisa, como si tuviéramos toda la noche y no a cien personas bebiendo justo debajo de nuestros pies.

Cuando ya no podía estar más duro, se levantó. Se subió el vestido lo justo, se quitó la ropa interior de un tirón y se inclinó sobre la mesa, apoyando el pecho en la madera fría.

—Hazlo —murmuró, mirándome por encima del hombro—. Llevo toda la comida pensando en esto.

No lo pensé dos veces. Le separé las piernas, me apreté contra ella y entré despacio. Estaba ardiendo, lista, y aun así fui centímetro a centímetro, con entradas cortas, dejándola acostumbrarse. Me clavé las uñas de la impaciencia en las palmas para no ir más rápido de la cuenta. Cuando por fin la tuve del todo, me quedé un instante quieto, sintiéndola apretada a mi alrededor, y empecé a moverme en serio.

La mesa estaba bien anclada al suelo, ni siquiera crujía. El único sonido en la sala eran su respiración entrecortada y el golpe de mis caderas contra ella, un ritmo que intentábamos mantener en silencio y que cada vez nos costaba más. Saber que su marido estaba justo debajo, copa en mano, sin sospechar nada, me empujaba a un punto de excitación que rozaba lo absurdo.

—Más fuerte —pidió contra la madera, tapándose la boca con la mano.

El primer orgasmo le llegó pronto, como las otras veces. Tensó la espalda, contuvo un grito mordiéndose el dorso de la mano y la sentí cerrarse en torno a mí con una fuerza que casi me arrastra. Me hundí del todo y aguanté inmóvil unos segundos, hasta que su cuerpo se aflojó y volvió a buscar mi ritmo.

Quise subirle más el vestido para llegar a sus pechos, pero lo entallado de la tela me lo impedía. Me conformé con apretarlos por encima, con sentir sus pezones duros bajo la palma mientras ella se mordía los labios para no hacer ruido. Cada vez que los rozaba, perdía un poco más la cabeza.

—Me vas a romper —dijo entre dientes—. No pares, por favor.

No sé qué me llevó a hacerlo. Solté uno de sus pechos, llevé la mano atrás y empecé a jugar con la otra entrada, suave, despacio. Se giró un instante, como diciendo que no, pero cuando empujé de nuevo con fuerza dejó escapar un sonido largo y rendido y no volvió a protestar. Acompasé las dos cosas, un ritmo dentro de otro, y aquello la deshizo. El segundo orgasmo la sacudió entera; tuvo que apretar la frente contra la mesa para ahogar lo que salía de su garganta.

—No pares —repetía, ya sin apenas voz—. Soy tuya, hazme lo que quieras.

Estaba en otro sitio, balbuceando frases que apenas entendía, el cuerpo temblando contra el mío. Yo llevaba rato aguantando y ya no podía más. La sujeté por los hombros, la atraje hacia mí en cada embestida y dejé de contenerme. Cuando llegué, lo hice en silencio, con los dientes apretados, una descarga tan intensa que me tuve que sostener en la mesa para no perder el equilibrio. Sentirme terminar dentro la empujó una vez más al límite, y volvió a temblar repitiendo mi nombre en un susurro roto.

***

Lucía cayó sobre la mesa, inmóvil, callada al fin. Me separé despacio. Con la poca luz que había busqué algo para limpiarnos y encontré un paquete de servilletas en un aparador. Me arreglé como pude, me vestí y la ayudé a ella, que seguía sin moverse, recuperando el aire.

Cuando por fin se incorporó, se recompuso el vestido y se pasó las manos por el pelo. Repetía en voz baja, casi para sí misma:

—Estoy loca. Estoy loca de remate.

Me dio un beso largo, intenso, de los que se recuerdan, y sin decir una palabra más abrió el pestillo y desapareció por la puerta. Me quedé solo en aquella sala a oscuras, con el corazón todavía golpeando, pensando que había vuelto a pasar, que había vuelto a dejar que pasara.

Recogí lo que pude, salí con cuidado de no cruzarme con nadie y bajé a los servicios a refrescarme la cara. Cuando volví al salón, todo seguía igual. La música, las risas, las copas. Nadie nos había echado de menos. La vi al fondo, sentada junto a su hija, charlando con su suegra, con una cara de calma absoluta, como si la mujer de aquella sala hubiera sido otra.

Poco después el autobús nos recogió para volver. Desde entonces no he sabido nada de ella. Y, sin embargo, cada vez que suena el teléfono y no reconozco el número, algo en mí se queda esperando.

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Comentarios (5)

Sebas_lector

tremendo relato!!! de lo mejor que lei en mucho tiempo

MarinaK

Que tension desde el primer parrafo, no pude dejar de leer. Se siente vivido, no inventado

Clarita_sur

por favor seguí con esto, quede con ganas de mas. muy buena historia

Rodrigo_LP

clasico conflicto jaja pero bien narrado. seguí así

Soledad_BA

Hay algo en lo prohibido que siempre termina ganando, y eso lo captura perfecto este relato. Me encantó la honestidad con la que está contado

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