Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Mi prima tocó a mi novio y yo me lo cobré después

Con Damián, mi novio de entonces, teníamos una costumbre que más de uno consideraría una falta de respeto al cine: nos sentábamos en las últimas filas y nos tocábamos a oscuras mientras la película avanzaba sin que ninguno de los dos le prestara atención. Era nuestro juego. La sala llena, las luces apagadas, el riesgo de que alguien volteara y nos descubriera. Esa adrenalina valía más que cualquier estreno.

Por eso esa noche me arreglé con intención. Elegí una falda que me quedaba un par de dedos por encima de la rodilla, lo justo para que, en la oscuridad, su mano encontrara el camino sin obstáculos. Me maquillé despacio, me perfumé el cuello y me miré al espejo sabiendo exactamente qué esperaba de la velada. Tenía todo planeado.

Lo que no tenía planeado era cruzarme con mi prima.

Estábamos en la fila de los boletos cuando escuché esa voz aguda que reconocería en cualquier parte.

—¡No lo puedo creer! ¿Ustedes también vienen al cine?

Carla apareció colgada del brazo de su novio, un tipo callado llamado Andrés que siempre parecía estar pidiendo permiso para existir. Mi prima tenía ese don de invadir cualquier espacio en segundos. Antes de que yo pudiera inventar una excusa, ya estaba decidido: veríamos la película los cuatro juntos.

—Será divertidísimo —dijo ella, apretándome la mano con una sonrisa que conocía demasiado bien.

Adiós a mis planes.

Entramos a la sala y nos acomodamos de izquierda a derecha: Andrés, Carla, Damián y yo. Resignada, decidí al menos disfrutar de la trama, que prometía más de lo que esperaba. Durante la primera media hora todo transcurrió con normalidad. Risas bajas, comentarios al oído, el ruido de las palomitas. Hasta parecía que la noche no estaba del todo perdida.

Entonces Carla, en uno de sus aspavientos, volcó su refresco entero sobre el pantalón de Andrés.

—¡Ay, no, perdón! —exclamó, y el pobre tipo se levantó empapado y mascullando, camino al baño para limpiarse y, de paso, comprarle otro vaso a mi prima.

No habían pasado ni dos minutos cuando sentí a Damián tensarse a mi lado. Todo su cuerpo se puso rígido de golpe, como si lo hubieran sorprendido haciendo algo. Volteé por instinto.

Y la vi.

Carla retiraba la mano del muslo de mi novio con la rapidez de quien sabe que la pillaron. No fue mi imaginación. No fue un roce casual en la oscuridad. Mi prima tenía la mano sobre el pantalón de Damián, justo ahí, y la apartó solo porque yo giré la cabeza un segundo antes de tiempo.

Sentí el calor subirme por el cuello hasta las orejas. No dije nada. No le grité, no armé un escándalo en plena sala. Simplemente me levanté, le pedí a Damián que cambiáramos de asiento y me senté del otro lado, lejos de mi prima, con la mandíbula apretada y los ojos clavados en una pantalla que ya no veía.

Terminamos la película así, en silencio. Cuando se encendieron las luces, me despedí de Carla con un beso al aire y una sonrisa de plástico. Andrés ni se había enterado de nada. Mejor para él.

***

El estacionamiento era uno de esos subterráneos enormes, mal iluminados, donde a esa hora ya quedaban apenas un puñado de autos dispersos. Nuestros pasos resonaban contra el concreto. Damián caminaba media zancada por detrás de mí, prudente, sabiendo que algo se venía.

Llegamos al auto. Él se sentó al volante y metió la llave en el contacto, pero antes de que la girara le puse la mano sobre el brazo.

—Espera —dije—. Quiero que me cuentes qué pasó.

Damián soltó el aire despacio. Sabía que no había escapatoria.

—Carla me puso la mano en la pierna —admitió sin mirarme—. Empezó a subir, a acariciarme. Yo no hice nada, te lo juro. En eso volteaste tú y se acabó.

—¿No hiciste nada? —repetí.

—Nada.

Lo observé en la penumbra. Tenía la respiración un poco agitada, las manos quietas sobre sus piernas, y algo en su expresión me dijo que el desgraciado lo había disfrutado más de lo que estaba dispuesto a confesar. Y en lugar de enfurecerme todavía más, esa idea me prendió por dentro de una manera que no esperaba.

Porque si algo no iba a permitir era que mi prima se quedara con la última palabra.

—A ver —dije, deslizando la mano por su pecho, por encima de la camisa—. ¿Qué manos te gustan más? ¿Las de ella? —bajé hasta su brazo, lo apreté— ¿O las mías?

Damián tragó saliva. Lo vi moverse en el asiento.

—Las tuyas —respondió con la voz ronca—. Siempre las tuyas.

—Buena respuesta.

Lo besé. No fue un beso dulce ni de reconciliación. Fue un beso de reclamo, de quien marca territorio. Al principio él respondió con cautela, todavía midiendo mi humor, pero bastaron unos segundos para que el beso se volviera otra cosa. Su lengua buscaba la mía con desesperación, sus manos empezaron a recorrerme la espalda, los costados, los muslos por debajo de la falda que precisamente había elegido para esto.

—Echa el asiento para atrás —le ordené contra los labios.

Obedeció. Tiró de la palanca y el respaldo cedió hacia atrás con un golpe seco. Yo me pasé al otro lado del freno de mano con torpeza, riéndome a medias del espacio imposible, hasta que conseguí acomodarme a horcajadas sobre él. La adrenalina ya me corría por las venas igual que en la última fila del cine, solo que multiplicada por diez.

Seguimos besándonos así, yo encima de él, sintiendo cuánto lo afectaba la situación a través de la tela del pantalón. Le mordí el labio inferior, le pasé los dedos por el pelo de la nuca y tiré apenas, lo justo para que supiera quién mandaba esa noche.

—Bájate el pantalón —le susurré al oído.

Batalló un poco con el espacio reducido, levantando las caderas a duras penas, pero al final lo logró. Estiró el brazo hacia la guantera y sacó un preservativo de entre el manual del auto y un montón de servilletas arrugadas. Mientras él se lo ponía, yo me corrí la tanga a un lado, sin quitármela siquiera. No había tiempo ni ganas de protocolos.

No sé si fue la rabia acumulada contra mi prima, la situación dentro del auto o que llegué a la noche preparada para que algo así sucediera. Pero en el instante en que lo sentí entrar en mí, un espasmo delicioso me recorrió de arriba abajo y tuve que hundir el gemido en la boca de Damián para no llenar el estacionamiento vacío con mi voz.

Él lo notó. Me tomó de las caderas con las dos manos y empezó a marcar el ritmo, guiándome, hundiéndose más con cada movimiento. Yo apoyé las palmas contra el techo del auto para tener equilibrio y me dejé llevar, subiendo y bajando, sintiéndolo cada vez más adentro.

El cristal empezó a empañarse. Afuera, el eco de un motor lejano me recordó que en cualquier momento podía aparecer alguien, que un guardia podía pasar con su linterna, que cualquiera al cruzar hacia su auto podía vernos. Esa posibilidad, lejos de detenerme, me estaba volviendo loca.

Fue ahí, en medio de todo, que descubrí algo sobre mí misma que no había querido admitir antes: me encantaba el riesgo, me encantaba ser observada, me encantaba sentirme un poco descarada. Y se lo dije al oído, con la voz entrecortada, sin filtro ninguno.

—¿Ves cómo soy solo tuya? —le murmuré—. Que ni se te ocurra olvidarlo.

—No me olvido —jadeó él, apretándome más fuerte—. Nunca.

Sus palabras, su respiración pegada a mi cuello, la sensación de tenerlo entero para mí en ese espacio mínimo: todo se acumuló de golpe. Lo sentí tensarse debajo de mí, sus dedos clavándose en mis caderas, y supe que estaba acabando justo cuando yo misma me deshacía sobre él en una última oleada que me dejó sin aire.

Me quedé recostada sobre su pecho un par de minutos, recuperando el aliento, con el corazón golpeándome las costillas. Él me acariciaba la espalda en silencio, todavía dentro de mí, los dos sudados y un poco ridículos en aquel asiento estrecho. Me reí bajito contra su hombro.

—Mi prima va a tener que conformarse con mirar —dije.

Damián soltó una carcajada y me besó la frente.

***

Nos acomodamos la ropa como pudimos, entre risas y manotazos torpes en aquel espacio diminuto. Yo me bajé la falda, él se subió el pantalón, ambos con el pelo hecho un desastre y las mejillas encendidas. El cristal seguía empañado y tuve que pasar la mano para limpiar un círculo y poder ver afuera.

Cuando por fin arrancó el auto y avanzamos hacia la salida, descubrimos que nos habíamos demorado tanto que el ticket del estacionamiento había caducado. Damián tuvo que volver a pagar en la máquina, refunfuñando por el dinero extra, mientras yo me reía en el asiento del copiloto, todavía con el cuerpo flojo y una sonrisa imposible de borrar.

Esa noche aprendí dos cosas. La primera, que la rabia y el deseo viven mucho más cerca de lo que creemos, y que a veces lo que empieza como un enojo termina siendo lo mejor de la velada. La segunda, que jamás volvería a subestimar el poder de un estacionamiento subterráneo a las dos de la mañana.

A Carla nunca le conté lo que pasó después del cine. No hacía falta. Yo sabía perfectamente quién se había llevado el premio esa noche, y no era ella.

Y, créanme, valió cada segundo.

Ver todos los relatos de Confesiones

Valora este relato

Comentarios(1)

Niko77

tremenda confesion!!! me encantó, sigue subiendo mas así

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.