La tarde en el parque que nunca le conté a nadie
Antes de empezar, dejá que me presente, porque creo que es lo justo. Me llamo Noelia, tengo veintitrés años y siempre me dicen que se me nota todo en la cara. Soy de ojos claros, pelo castaño largo que casi nunca me suelto, delgada y bajita. De carácter soy alegre, de las que andan riéndose por cualquier cosa, y en lo que tiene que ver con el sexo me considero bastante abierta. Curiosa, atrevida según el momento, y muy de dejarme llevar cuando algo me prende. Hace tiempo que paso por estas páginas leyendo lo que cuentan otros, y al final me animé a escribir yo también, a ver si valgo para esto.
La idea es contar algunas cosas que me pasaron de verdad y, de vez en cuando, alguna fantasía que se me cruza por la cabeza. No pienso aclarar cuál es cuál, así que les dejo con la duda. Y para arrancar elegí una tarde que tengo grabada como si fuera ayer, aunque pasó hace ya unos años.
Era un domingo de finales de primavera. Por aquel entonces yo tenía veintiuno y unas amigas y yo habíamos agarrado el auto para irnos a un parque enorme que queda como a una hora de la ciudad. De esos con un lago artificial lleno de patos, arboledas que no se terminan nunca y unos merenderos al fondo con un puesto de comida. La idea era pasar una tarde tranquila, llevarnos algo para picar, un par de bebidas, alcohol y gaseosa, y armar un picnic improvisado.
Nos instalamos en uno de los costados, donde hay unos árboles altos que dan sombra. Sacamos la comida, desplegamos unas mantas, sacamos también unos juegos de cartas que habíamos llevado y nos pusimos a matar las horas entre charla y charla.
A eso de las ocho y media ya estábamos las cuatro un poco achispadas. Achispadas, así le decimos nosotras a ese momento en que el alcohol ya te puso contenta pero todavía estás lejos de borracha. Un rato antes se había instalado cerca un grupo de chicos de más o menos nuestra edad, quizá un poco mayores, con su parlante, sus cervezas, lo de siempre.
En un momento uno de ellos se acercó y nos preguntó si alguna fumaba, que se les habían terminado los cigarrillos. Una de mis amigas, Camila, fuma, así que le pasó unos cuantos. El chico le dio las gracias y se volvió con su grupo. Estábamos lo bastante cerca como para escuchar cuando uno de ellos le dijo al otro, bajito pero no tanto:
—Ya sabés lo que dicen. Si fuma, la chupa.
Nos miramos entre nosotras y nos largamos a reír por lo bajo, sobre todo porque, bueno, en el caso de Camila no andaban tan errados. Pasó un rato y volvió a acercarse el mismo de antes, esta vez para preguntar si podían sumarse a jugar con nosotras. Después de mirarnos un segundo les dijimos que sí, pero que iban a tener que armar parejas. Aceptaron. Eran tres, así que por más que lo intentaron terminaron dos de ellos formando una pareja y el tercero le tocó con una de mis amigas.
Al principio fue medio raro, como siempre que se mezcla gente que no se conoce. No sabíamos por dónde tirar las bromas, medíamos un poco las palabras. Pero a eso de las nueve y pico la cosa ya fluía sola. Nos reíamos más de lo que jugábamos, había mucho chiste cruzado y bastante coqueteo de parte de ellos. Y de parte nuestra, alguna que otra indirecta también se escapaba, para qué mentir.
En una de las rondas a mí me eliminaron, así que aproveché para ir al baño, que quedaba a unos minutos caminando de donde estábamos. Fui, me mojé un poco la cara que la tenía colorada de tanto reírme, y al salir me crucé con uno de los chicos saliendo de la puerta de enfrente. Era el más callado de los tres, uno alto de pelo oscuro al que en el grupo le decían Mati.
—A mí también me eliminaron —me dijo, sonriendo—. Te copié la idea de aprovechar para venir.
Nos volvimos los dos juntos, caminando despacio. Íbamos hablando de lo bien que nos caían los demás, del buen rato que estábamos pasando, y entre frase y frase él soltaba alguna indirecta que se hacía cada vez menos disimulada.
***
En eso, mientras volvíamos por el sendero entre los árboles, me tiró un par de cosas más directas. Algunas eran de las normalitas, pero hubo una que fue mucho más al grano de lo que esperaba. Me quedé un poco sorprendida, no lo voy a negar. Pero cuando se paró frente a mí le vi un bulto bastante evidente marcado en el pantalón, y entre que yo iba achispada y lo que me acababa de decir, algo se me prendió por dentro.
Se acercó más, me puso la mano en la mejilla, acariciándome, y empezó a besarme. Primero suave, sin lengua, tanteando. Después fue metiéndola de a poco, sin apuro pero sin disimulo. No me quejé. Me gusta así, que un beso se tome su tiempo y después no tenga vergüenza.
Nos enganchamos ahí mismo. Yo le pasé la mano por encima del pantalón, sobándole el bulto, y él no podía dejar de agarrarme el culo con las dos manos. Hasta que se separó un segundo y me dijo al oído:
—Estamos justo en medio del camino. ¿Por qué no nos corremos un poco y seguimos?
—Por mí, encantada —le contesté.
Nos alejamos hacia la arboleda, hasta un lugar donde a primera vista no nos veía nadie. Tampoco es que mirásemos demasiado cómo estaba la zona, la verdad. La calentura iba por delante de cualquier precaución.
Mientras nos besábamos de nuevo, le volví a buscar la mano por el pantalón.
—Mmm, parece que tu amigo está bastante contento —le dije—. ¿Tanto te gusté?
—No te imaginás cuánto —murmuró, y volvió a besarme.
—Creo que a él también le gustaría conocer mi boca. ¿Vos qué pensás?
—Uf, por favor.
No dudé ni un segundo. Él ya tenía la mano apoyada en mi cabeza, bajándome despacio, sin forzar pero dejándome sentir la presión. Cuando quedé a la altura justa, le desabroché el pantalón y se lo bajé junto con el calzoncillo de un solo tirón.
Lo tenía duro, ya un poco húmedo en la punta. No era el más grande que había probado, pero estaba muy bien, de buen tamaño y con una punta rosada que daba ganas de comérselo. Lo primero que me llegó fue su olor. Me encanta cómo huele un hombre ahí, así que me acerqué y, como quien no quiere la cosa, respiré hondo antes de darle las primeras lamidas.
Lo miré mientras se la recorría con la lengua, de abajo hacia arriba, lento. Él se mordía el labio sin sacarme los ojos de encima. Volví a la punta con la lengua afuera y empecé a chuparla de a poco, disfrutando del momento. Del morbo de estárselo haciendo a alguien que acababa de conocer, en un parque, a unos metros de donde mis amigas seguían jugando sin tener idea de nada.
—Uf, qué bien lo hacés, madre mía —dijo con la voz quebrada.
No le contesté. Estaba demasiado ocupada como para hablar, pero por dentro me alegré de que le gustara. Me la metí más adentro y empecé a mover la cabeza, tranquila, mientras él seguía con la mano enredada en mi pelo, marcándome el ritmo apenas.
—Qué boca tenés —jadeó—. Se nota que te gusta lo que hacés.
Me la saqué un segundo, la sostuve contra mi cara con la lengua afuera y lo miré desde abajo.
—Y encima sabés bien —le dije.
Abrió los ojos, sorprendido, y me empujó la cabeza de vuelta para que siguiera. Esta vez me la dejé más adentro que antes y él empezó a mover la cadera. No con brusquedad, pero sí con ganas, como si se muriera por hacerlo de verdad. Lo único que se escuchaba era el ruido húmedo de mi boca y los gemidos que ya no podía aguantar.
—Como sigas así me voy a correr —me avisó.
Seguí a lo mío. Si les soy sincera, casi ni lo escuché.
Empezó a gemir cada vez más fuerte y, en un punto, sentí que se tensaba entero e intentaba retirarse para sacármela de la boca. No lo dejé. Le mantuve la punta entre los labios y él, con los ojos abiertos como platos, terminó ahí mismo, gimiendo más alto y soltando bastante. Yo me quedé quieta, esperando a que dejara de salir, y recién después empecé a mover la lengua, probando despacio. Me lo tragué todo, sin dejar nada, y al terminar me relamí los labios sin dejar de mirarlo.
—¿En serio te lo tragaste? —dijo, todavía agitado—. Es lo mejor que me pasó en mucho tiempo.
Me reí y le sonreí.
—Entonces poca suerte habrás tenido hasta ahora —le contesté.
Mientras me iba levantando, me frenó con la mano.
—Esperá, que no se me olvida. Vos todavía no terminaste.
Me dio vuelta despacio, me inclinó contra el tronco de un árbol y yo, con unas ganas que me moría, me dejé hacer. Se agachó detrás de mí y empezó a bajarme el pantalón muy lento, mientras yo apoyaba la frente contra la corteza fría y trataba de no hacer ruido.
***
Y hasta acá llego, por ahora. Sé que es un poco tramposo cortar justo en ese momento, pero decidí parar para no hacerlo demasiado largo y, de paso, ver qué les parece. Si les gustó esta primera parte y quieren saber cómo terminó esa tarde detrás de los árboles, díganmelo y me animo a contarles el resto.
Quedó pendiente, entonces. Lo dejo así, con la intriga, que a mí también me gusta hacerme la interesante. Espero que les haya entretenido y espero volver a verlos por acá. Besos.





