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Relatos Ardientes

La sesión de fotos que terminó en mi sofá

Hacía años que lo mío con Lucía había pasado de ser algo intenso a una amistad cómoda y sincera. Echaba de menos algunas cosas de aquellos comienzos, claro, pero con el tiempo aprendí a disfrutar de su otra versión: la de la amiga que se sienta en mi cocina, se sirve un café sin pedir permiso y me cuenta sus líos. Y aquella tarde de marzo vino a contarme el último.

Llevaba semanas escribiéndose con un hombre de otro país. Nada serio al principio, me dijo: cosas en común, conversaciones que se alargaban hasta la madrugada, alguna insinuación subida de tono por el chat y la promesa difusa de conocerse en persona algún día.

—El caso —dijo, dejando la taza sobre la mesa— es que me pidió una foto.

—¿Qué clase de foto?

—Ya sabes. De esas. —Se encogió de hombros—. No pienso mandarle nada comprometido, no soy tonta. Pero le prometí algo. Algo que insinúe sin que enseñe. Y vengo a pedirte ideas, que para eso eres el creativo.

El creativo. Si ella supiera lo poco creativo que me ponía verla morderse el labio cuando pensaba.

Me quedé mirándola un momento más de la cuenta. Tenía razón en lo de no exponerse; una imagen de ese tipo en internet acaba donde uno menos quiere. Pero la pregunta era buena: ¿qué se manda que caliente sin mostrar nada?

—¿Qué tal una foto de tu boca? —solté.

—¿De mi boca?

—Tus labios, tu lengua, la forma en que sonríes. Tienes una boca muy expresiva. Es más sugerente que cualquier otra cosa que se te ocurra enseñar.

—¿En serio? —preguntó, palpándose los labios con la yema de los dedos, casi incrédula.

Y así, sin proponérnoslo del todo, la idea se convirtió en un plan: una sesión de primeros planos con uno de esos caramelos de palo, jugando con la insinuación pura. Nada de desnudos, nada de riesgos. Solo una boca bien retratada, que ya de por sí desarma a cualquiera. Y la boca de Lucía no era una boca cualquiera.

—Me gusta —dijo, entusiasmada—. Pero tú haces de fotógrafo.

—Lo que tiene tener una buena cámara —contesté en tono burlón—. Que te encargan estos trabajos.

***

Quedamos para la semana siguiente. El día señalado, Lucía cruzó la puerta presumiendo de haberse cuidado «los morros», como ella decía, con auténtica dedicación. Venía tapada hasta el cuello con una chaqueta gris para que el frío no le estropeara su sesión estrella, y el pelo, rubio y liso, le caía sobre los hombros.

Lo teníamos todo listo. Ella, con el caramelo y los labios pintados de un rosa pálido que combinaba con sus ojos claros. Yo, con la cámara y el zoom preparado para captar cada detalle de cómo saboreaba aquella golosina. Coloqué una luz principal y otra de relleno para que resaltaran las texturas, y desde el instante en que enfoqué la lente en su boca, supe que aquello iba a ser difícil de aguantar.

Acercó el caramelo y pasó la lengua por encima por primera vez. Sentí un escalofrío que me bajó por la espalda. Lo chupaba despacio, dejando que sus labios resbalaran sobre la superficie, y luego se relamía para recoger el sabor. Se acomodaba las comisuras con los dedos, se humedecía, y la saliva le daba un brillo extra al pintalabios. De vez en cuando lo mordía con cuidado y le dejaba una pequeña marca con los dientes.

Solo con esos gestos mínimos ya me estaba poniendo de una forma que me costaba creer. Y en muy poco tiempo.

Hubo un momento glorioso en el que rodeó la golosina describiendo círculos con la lengua y, tras un lametón largo, recogió una gota que amenazaba con caer. Lo hizo girar entre los labios, de un lado a otro, con los ojos entrecerrados, como si de verdad disfrutara. Le dio un beso húmedo, cerró la boca con lentitud para que la cámara lo captara, y al final puso los labios en forma de «o» y lo succionó con un sonido tan sensual que me dejó sin aire. Hasta que, de pronto, se echó a reír.

—¡¿Pero qué te pasa?! ¿Has llegado a sacar alguna foto? —dijo, sin parar de reírse.

Y yo, entre excitado y descolocado por lo que acababa de ver en primerísimo plano a través de la lente, no supe ni qué contestar.

Es que no eran solo las imágenes. La voz y la risa de Lucía eran algo a lo que yo era secretamente adicto. Cuando hablaba relajada, cada vez que cogía aire sonaba como un suspiro contenido, y esa forma tranquila de vocalizar te masajeaba la mente con un erotismo difícil de explicar.

El caso es que ella se fijó entonces en que su provocación había hecho estragos. Se me notaba en el pantalón que me había distraído por completo de mi papel de fotógrafo profesional. Y, lista como era, ató cabos entre el gesto del caramelo y otra cosa bastante más carnal. Se acercó con una mirada peligrosa y risueña, me arrebató la cámara de las manos, la dejó sobre la mesa junto a la golosina y me empujó con suavidad hasta sentarme en el sofá.

Sus manos empezaron a moverse sobre el bulto de mi pantalón, haciéndolo más evidente con cada caricia. Me habían pillado con la guardia baja. Acercó la boca a mi oído y, sin dejar de tocarme, me susurró exactamente lo que había decidido que iba a pasar, como un spoiler tortuoso y delicioso.

Me habló de sexo oral. Pero de un modo, según dijo, que nunca le había hecho a nadie. La norma era sencilla: yo no podía terminar hasta que ella me lo permitiera. Tenía que aguantar todo lo que estaba a punto de hacerme, relajarme y resistir, hasta que se le antojara dejarme llegar. Y luego ella decidiría cómo y dónde.

No me salían las palabras. Ni siquiera sabía cómo reaccionar.

Creo que mi propio cuerpo intuyó que iba a disfrutar tanto de aquello que se quedó quieto, esperando, por miedo a estropear el momento con cualquier gesto torpe.

Al ver que no me negaba, empezó a besarme el cuello, a mordisquearme el lóbulo de la oreja, a darme besitos cortos en la boca mientras se acomodaba entre mis piernas y desabrochaba los botones con una calma exasperante. Me prohibió moverme con una sola mirada, profunda y penetrante. Se humedeció los labios y, de repente, deslizó la mano bajo mi ropa para liberarme. Aquella forma de mirarme desde abajo, mordiéndose el labio inferior, me hacía pensar que lo que venía iba a ser un placer infinito que no sabía si podría soportar.

Se besó el dedo índice, lo humedeció y lo paseó despacio por toda mi extensión, de arriba abajo, deteniéndose un instante para desabrocharse el primer botón de la camisa y dejar ver un poco de su escote.

Empezó a rozarme con la cara, a respirar sobre mí, acelerándome el pulso hasta el límite. Luego vinieron los besos suaves, los labios deslizándose, adaptándose a cada forma. Cerré los ojos cuando me recorrió con la lengua, milímetro a milímetro, hasta la punta, donde se detuvo para tomarme entre los labios y dejarme ir hasta el fondo de su boca. Húmedo, cálido, ardiente. Me dejó petrificado cuando empezó a moverse y a succionar con fuerza en cada retirada. En un destello de lucidez, le alcancé un cojín para que se acomodara sobre las rodillas.

Lucía y yo habíamos hablado muchas veces de cómo convertir nuestra atracción en una tarde de placer pausado, de esas que te hacen desear que el tiempo no exista. Ella, categórica, insistía siempre en lo mismo: activar todos los sentidos. Y vaya si lo estaba poniendo en práctica.

Su perfume y el aroma de su champú se mezclaban en una combinación que parecía calculada para relajarme. Una de sus manos me acariciaba el cuerpo entero por encima de la ropa, marcaba el ritmo de su boca, me recorría los muslos, el torso, los pezones. La otra guiaba mi sexo hacia su lengua, y de paso provocaba esos sonidos descuidados a propósito que me encendían todavía más. La succión, el roce, una mirada pícara antes de bajar de nuevo, un suspiro hondo por la nariz cuando la boca se le llenaba. Todo era una banda sonora perfecta, dirigida por ella para volverme loco.

Quedaban dos sentidos desatendidos. Por ahora. Lucía sabía que la vista lo había empezado todo, así que detuvo su juego, se levantó frente a mí y empezó a deshacerse de la ropa. Lenta pero segura, se quitó los zapatos de tacón, bajó la cremallera del vaquero y lo deslizó hasta abajo, quedándose con una prenda oscura y ajustada.

—Desnúdate tú también, vamos —dijo con una sonrisa traviesa.

Me ayudó a quitarme todo y me empujó otra vez al sofá para retomar su número. Tenía claro que no debía dejarme descansar, no fuera que contraatacase.

Cogió el caramelo, se lo llevó a la boca y, antes de que pudiera reaccionar, lo usó para extender la dulzura en círculos sobre mí, dándole un toque de sabor antes de volver a probarme. Y entonces se quitó el resto de la ropa, la camisa blanca, todo, hasta quedar desnuda frente a mí.

Tenía un cuerpo precioso. Curvas suaves, nada extremo, con dónde agarrar, y un pecho generoso que se mecía con cada movimiento. Mi única defensa contra aquella estampa era cerrar los ojos, cosa que me salía sola en cuanto volvía a sentir su boca.

Esta vez la técnica era distinta. Un combo entre el caramelo, que trazaba caminos, y su lengua, que los recorría después. Mordiscos suaves, miradas relamiéndose, pequeños besos que subían de abajo arriba.

Ella jugaba. Yo intentaba resistir, ni pensar en la posibilidad de terminar. Me puse a contar números para distraerme. Hasta que me di cuenta de que estaba contando las veces que su cabeza subía y bajaba. La admiraba desnuda, la escuchaba provocarme, la sentía acariciarme, hasta su aroma me estimulaba.

Cuando abrí los ojos, descubrí que mientras me hacía gozar también se tocaba. Gemía sin dejar de degustarme, con dos dedos entre sus piernas. Se apartó un instante, masticó el dulce y se llevó esos mismos dedos a mi boca para que la probara. Le faltaba el sentido del gusto, claro. Pero la verdadera sorpresa llegó cuando se inclinó sobre mí y me rozó con el pecho. Di un respingo.

—Vaya, vaya… así que esto también te gusta —susurró, moviendo el cuerpo para acariciarme con ellos—. Aguanta un poco más y quizá te deje terminar aquí.

Acto seguido, volvió a arrodillarse, se humedeció el escote con saliva y me colocó entre sus pechos, abrazándome con ellos y moviéndolos arriba y abajo con las manos. El contraste de su suavidad con mi dureza era increíble, y ya empezaba a sentir los avisos de que mi cuerpo suplicaba el final. Pero no contenta con eso, cada vez que asomaba la punta, su boca estaba esperándome. Siguió tocándose al mismo ritmo, decidida, buscando ya un desenlace.

Apretar el vientre, pensar en otra cosa, no mirar… nada funcionaba. Sus gemidos, ahogados, se aceleraban cuanto más se tocaba.

—Estoy lista —jadeó—. Termina cuando quieras, que lo hago contigo.

Me dejé llevar. Cuando sentí la corriente recorrerme entero, la avisé, esperando que dirigiera el momento hacia su pecho. Pero no se detuvo. La avisé otra vez, casi suplicando, y al ver que seguía, ya no pude aguantar. Me dejé ir mientras ella, en cuanto lo notó, estallaba también en un orgasmo que la hacía temblar de pies a cabeza, sincronizados los dos a la perfección. Después se desplomó, agotada, sobre mi cuerpo.

Aquello fue increíble.

***

Tras el éxtasis vino una pausa breve para limpiarnos. Y Lucía comprobó algo que tenía olvidado de cuando estábamos juntos: que si me estimulaba la mente además del cuerpo, yo podía repetir aun después de terminar.

—Escucha… —dijo, mirando el reloj de la pared con cierta timidez—. Tengo que irme y no quiero dejarte a medias. Pero necesito más… y veo que tú puedes. ¿Quieres?

Asentí con la cabeza, y no tardó ni dos segundos en colocarse a horcajadas sobre mí, guiarme y dejarse caer de golpe, mientras nos fundíamos en un beso profundo y desesperado. Había perdido el control. Me sujetaba la cabeza contra su pecho y movía las caderas con fuerza, jadeando, arqueando la espalda. Me pedía que la besara, que la recorriera con la boca, y yo obedecía con un ansia de siglos.

El reloj seguía marcando los segundos de fondo, recordándonos que se acababa el tiempo. Yo quería que se fuera satisfecha, así que metí la mano entre los dos y busqué el punto exacto con los dedos, en círculos, usando su respiración como guía. La sentía empapada, notaba sus contracciones, cómo le costaba seguir. La sujeté con fuerza, levanté las caderas para llegar más hondo, y al cabo de unos instantes acercó la boca a la mía para anunciarme que se corría. No terminó la frase: ya estaba gritando de placer, temblando entera otra vez.

Justo a tiempo para vestirnos sin agobios y despedirnos. O mejor, para decirnos «hasta la próxima». Lo mío, eso sí, no había manera de bajarlo.

Nos pusimos la ropa entre besos y alguna risa, aunque yo tuve mis dificultades para abrocharme el pantalón y aún más para caminar y acompañarla hasta la puerta. Ella se sentía un poco mal por dejarme así, pero las prisas no perdonan.

—Te doy permiso para que pienses en mí y hagas lo que tengas que hacer —insinuó, desabrochándose el primer botón de la camisa y mostrándome un poco el escote—. Yo solo te aconsejo un buen final.

Me guiñó el ojo, me besó hondo, me dio las gracias y cruzó la puerta con prisa.

Por supuesto que tendría que relajarme y… ¡un momento! ¿Y las fotos para su ligue extranjero? Bueno… ya se las mandaré. O, mejor, le digo que venga a buscarlas. Pero más me vale entregárselas a ciegas, sin abrir la cámara ni mirarlas, porque si las veo me acordaré de todo otra vez y, al final, tendré que seguir su consejo.

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Comentarios(1)

Karlita_88

Que buen relato!!! me quede sin palabras

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