Saltar al contenido
Relatos Ardientes

El juego que despertó a mi mujer en vacaciones

Me llamo Darío y, para ser honesto, nunca pensé que tendría una historia así que contar. Rondo los cincuenta, trabajo en seguridad, hago deporte y disfruto de las cosas simples: una buena cena, una copa de vino, una tarde sin prisas. Llevo quince años casado con Marina, mi segunda mujer. Ella tiene cuarenta, es fisioterapeuta, menuda, rubia, con un cuerpo que el yoga ha mantenido firme y unos pechos pequeños que siempre me han vuelto loco.

Éramos una pareja corriente. Demasiado corriente, quizá. La rutina nos había ido apagando sin que ninguno lo dijera en voz alta.

Las Navidades anteriores había pedido por internet un par de juguetes y un juego de cartas para adultos, con la idea de recuperar algo de chispa. Lo desenvolvimos, nos reímos, bromeamos sobre cómo usarlo y acabó todo en un cajón. Ahí siguió hasta Semana Santa, cuando los encontré buscando otra cosa.

—¿Te atreverías a probar esto en el centro comercial? —le pregunté, mostrándole un pequeño vibrador con mando a distancia.

Marina se resistió al principio. La convencí. Dejó que se lo colocara yo mismo, y aquello nos excitó tanto que estuvimos a punto de no salir de casa.

***

Recorrimos las tiendas entre compras y miradas cómplices. De vez en cuando yo pulsaba el botón y la veía tensarse, morderse el labio, fingir que estudiaba un escaparate mientras una corriente la recorría por dentro. Siempre lo hacía cuando nadie miraba, y ella se vengaba con los ojos cada vez que recuperaba el aliento. Llevaba una blusa negra casi transparente y una falda corta, y yo sabía que debajo no quedaba mucho que descubrir. Cada respingo suyo me ponía más, y empezaba a entender que el juego se nos iba a ir de las manos.

En la zona de restaurantes apreté el mando justo cuando pagaba en la barra, y el chico que la atendía no entendía por qué aquella mujer se sujetaba al mostrador con los ojos cerrados. Cuando volvió a la mesa me miró con una mezcla de rabia y deseo que no le conocía.

—Te voy a matar —susurró—. Casi me corro ahí mismo.

—¿Y por qué no lo arreglamos? —respondí.

Diez minutos después estábamos encerrados en el baño del local. Ella apoyó las manos en la pared, yo me coloqué detrás, le subí la falda y entré sin encontrar resistencia. Lo hicimos rápido, en silencio, conteniendo la respiración cada vez que alguien pasaba al otro lado de la puerta. ¿Quién era esta mujer?, pensé mientras volvíamos al coche abrazados, vivos por primera vez en mucho tiempo.

—Esto solo es el principio —me dijo, acariciándome la pierna—. Espera a las vacaciones.

***

Habíamos reservado una semana en un complejo solo para adultos en la costa, lejos del frío de nuestro pueblo de Asturias. Queríamos tranquilidad, piscinas sin niños corriendo, días enteros para nosotros. Llegamos al mediodía, deshicimos las maletas y bajamos al agua. Marina estrenó un biquini diminuto, de un rosa casi fluorescente, que dejaba muy poco a la imaginación. No fui el único que la miró.

En la piscina se nos acercó una chica joven, pelirroja, de piel clara y curvas generosas, que no pasaría de los veintitrés.

—Hola, soy Yaiza. ¿Acabáis de llegar?

Tenía una desenvoltura que contagiaba. Nos habló de una piscina escondida tras el gimnasio, más tranquila, y de una pequeña cala nudista a veinte minutos a pie. Se despidió contoneándose, dejando una invitación flotando en el aire.

Esa noche, en un pub del pueblo, tres chavales algo borrachos rondaron a Marina mientras yo estaba en el baño. Cuando volví, en lugar de incomodarse, ella tenía la situación dominada. Les soltó, con una sonrisa helada, que si de verdad se creían capaces de aguantarle el ritmo. Salieron huyendo. No reconocía a mi mujer, y me encantaba.

De vuelta al hotel nos cruzamos con Yaiza y sus amigas. Marina la invitó a tomar una copa en nuestro bungaló y la chica aceptó sin dudarlo. Entre el ron y la conversación, lo que empezó como un juego se convirtió en otra cosa. Marina la besó delante de mí, despacio, sin apartar los ojos de los míos.

—¿Te gusta mirar? —me preguntó—. Pues vas a mirar bien.

Me sentó en una silla y, antes de que entendiera lo que pasaba, las dos me ataron las muñecas al respaldo con un par de pañuelos. Lo que vino después lo viví como un espectador atado a su propio deseo: las dos mujeres desnudándose con calma, Marina jugando con los pechos enormes de Yaiza, las dos turnándose para llevarse al límite mientras yo tiraba inútilmente de las ataduras. Cuando por fin me soltaron, Yaiza se vistió, me besó en los labios y susurró un «gracias, lo necesitaba» que entonces no entendí. Esa noche Marina me montó hasta dejarme sin fuerzas.

***

Al día siguiente fuimos a la cala nudista. Apenas había gente, dispersa entre las rocas. Nos desnudamos del todo y nos metimos al agua, donde Marina se enredó a mi cintura con las piernas hasta que la penetré allí mismo, medio escondidos, medio expuestos. No oímos llegar a la pareja que se acercó por detrás.

—¡Vaya, vosotros sí que aprovecháis la playa! —rio la mujer.

Eran Octavio y Vera, algo más de cincuenta él y unos cuarenta y pocos ella, bronceados y desinhibidos. Octavio tenía un miembro descomunal, de esos que parecen sacados de una película. Vera, operada y con algún piercing brillándole en la piel, no le quitaba el ojo a mi cuerpo. Lo que pasó después ocurrió con una naturalidad que aún me cuesta explicar: Marina arrodillada en el agua frente a Octavio, Vera pegada a mi espalda con la mano firme alrededor de mi sexo, las dos riéndose, intercambiándose miradas como si llevaran años haciendo esto.

Cuando todo terminó, Octavio nos invitó a cenar esa misma noche. ¿En qué nos estábamos metiendo?, pensé. Pero la mirada de Marina ya había decidido por los dos.

Antes de volver, ella me pidió, detrás de unas rocas, que le devolviera el favor. Me arrodillé entre sus piernas y trabajé con la lengua y los dedos hasta que se deshizo con un grito ronco, salpicándome la cara con un chorro tibio. Era la primera vez que lo conseguía con ella. Al levantar la vista, un desconocido nos observaba a unos metros, terminando de masturbarse. Marina solo sonrió.

***

Cenamos con ellos en una marisquería del puerto y acabamos en su ático, un lujo imposible con piscina desbordante sobre la azotea, frente al mar. El alcohol soltó las lenguas. Octavio no disimulaba lo que quería, y Marina, lejos de ofenderse, marcó las reglas.

—No necesitas su permiso —le dijo señalándome—. Necesitas el mío.

Lo que siguió fue la noche más intensa de nuestra vida. En el jacuzzi primero, sobre el suelo de la terraza después. Vi a mi mujer entregarse a otro hombre a un metro de mí mientras yo me hundía en Vera, las cuatro respiraciones mezclándose en el aire tibio de la madrugada. Hubo un momento en que entre los cuatro construimos algo difícil de poner en palabras, manos y bocas por todas partes, Marina probando por fin aquel miembro descomunal que tanto la había intimidado en la playa.

Vera me lamió el cuello mientras me corría, y luego ayudó a Marina a incorporarse para besarla con una calma que me dejó sin palabras. Acabábamos de cruzar una línea de la que no había vuelta. Lo curioso es que, en lugar de remordimiento, lo que sentí fue una paz extraña, como si por fin fuéramos sinceros el uno con el otro.

Cuando nos quedamos solos en el cuarto de invitados, agotados y todavía encendidos, ella me pidió algo que nunca se había atrevido a pedir.

—Quiero probar yo también. Por detrás. Contigo, solo contigo.

Fue su primera vez de ese modo. Lo hicimos despacio, con paciencia, con mucho cuidado, hasta que su cuerpo cedió y se abandonó por completo. Se corrió de una forma que no le había visto nunca, mordiendo la almohada para no despertar a media planta.

—¿Cómo no probé esto antes? —murmuró antes de quedarse dormida sobre mi pecho.

***

Octavio y Vera se marcharon antes de tiempo por un viaje de trabajo a Milán, y Yaiza, que se despedía ese mismo día, nos dejó una dirección anotada en una servilleta.

—Si os habéis quedado con ganas, tenéis que ir a este sitio. Confiad en mí.

Era un club privado a las afueras, discreto, con salas temáticas y reservados. La última noche de vacaciones reunimos el valor con un par de copas y entramos. Marina lo recorrió todo con una calma nueva, como si llevara años esperando un lugar así. Pasó de largo de las cabinas y los cuartos oscuros y se detuvo frente a una puerta del sótano que había que reservar aparte.

—Esta —dijo—. Y hoy mando yo.

Por una vez, no me pidió permiso para nada.

—De rodillas —ordenó, y su voz no admitía discusión.

Obedecí sin pensarlo. Había descubierto en mí, durante esos días, un lado sumiso que jamás habría sospechado, y Marina lo manejaba con una seguridad que me desarmaba. Me ató a una cruz de madera, me vendó los ojos y me llevó al límite entre el placer y un dolor medido, calculando cada gesto, susurrándome al oído quién mandaba ahora. Sentía el frío de sus manos, el roce de algo que no podía ver, su risa baja cada vez que mi cuerpo se tensaba. Cuando por fin me dejó terminar, lo hice con una intensidad que me dejó temblando, agradecido y completamente suyo.

—Te dije que tuvieras cuidado con eso de que mis deseos eran órdenes —me dijo después, desatándome con una sonrisa—. Me lo tomé al pie de la letra.

—¿Y no piensas parar? —pregunté, frotándome las muñecas.

—Cuando uno de los dos quiera, esto se acaba. Pero todavía no quiero. —Me besó despacio—. Te quiero.

—Y yo a ti.

Al día siguiente volvimos a casa, al frío, a la rutina de siempre. Solo que ya nada era igual. Aquella semana no solo había despertado a la mujer que vivía dormida a mi lado: probablemente había salvado nuestro matrimonio. Y algo me decía, mientras la veía dormir en el asiento del copiloto, que lo mejor estaba aún por llegar.

Ver todos los relatos de Fantasías

Valora este relato

Comentarios (6)

lector77

Muy bueno! uno de los mejores que lei en lo que va del año. Seguí escribiendo

Marta_Cba

Por favor continualo, quede con ganas de saber como sigue la historia entre ellos. Muy bien contado.

PatricioR

Me recordo a las primeras semanas con mi pareja, esa sensacion de descubrirse de nuevo es unica. Buen relato.

SusanaBA

Tremendo!!! me encanto cada parte 🔥🔥

GabrielRMZ

Me gusta como lo escribiste, sin apurarte, dejando que la tension vaya creciendo de a poco. Eso es lo que hace enganchar de verdad.

FrancoTK

excelente, segui asi!!

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.