La carretera secundaria donde nadie podía verme
Todo empezó por una temporada extraña de mi vida, una de esas en las que el espacio propio se vuelve un lujo. Por circunstancias que no vienen al caso, pasé de vivir solo a compartir mi piso con unos familiares, y no por unos días: la cosa iba para largo. De un mes a otro perdí lo que más valoraba sin haberme dado cuenta de cuánto lo necesitaba: la intimidad.
Hasta entonces, cuando me subía la calentura y no tenía con quién compartirla, todo terminaba en una buena sesión a solas. No me avergüenza decirlo. Disfrutaba de esos ratos, me los tomaba con calma, y a veces me lo pasaba mejor que en muchas citas que no llevaban a ninguna parte. El problema era que, con la casa siempre llena, esos momentos se habían vuelto imposibles. Paredes finas, pasillos que crujían, alguien levantándose a beber agua a cualquier hora. Estaba permanentemente en alerta, y la tensión acumulada no encontraba salida.
Por suerte, el trabajo me daba una rendija. Una o dos veces al mes tenía que viajar a otra ciudad para resolver asuntos de la empresa, y siempre volvía de noche por una autovía larga y monótona. Una tarde, mientras conducía de vuelta y miraba los carteles pasar, se me ocurrió la idea. ¿Y si convierto estos viajes en algo más? El coche era mío, las horas eran mías, y a nadie le importaba a qué hora llegara.
La idea se me metió en la cabeza y ya no salió. Pero si iba a hacerlo, quería hacerlo bien. Necesitaba tres cosas: un lugar, un momento y, quizás, algo que hiciera de aquel rato algo más memorable que mis sesiones de siempre.
El lugar lo encontré sin buscarlo demasiado. En uno de los trayectos había salido por error de la autovía y me había metido en una carretera secundaria flanqueada de pinos. Recordaba que, a mitad de camino, había una curva donde la arboleda se cerraba y un camino de tierra se perdía entre los troncos. Apenas pasaban coches por allí. Era perfecto, y además me quedaba justo en el itinerario, sin desviarme apenas.
El momento era sencillo: la vuelta, ya entrada la noche, cuando la carretera quedaba desierta y la oscuridad lo cubría todo.
Lo del juguete fue lo que más me costó decidir. Hoy en día es fácil pedir cualquier cosa por internet y que te llegue en una caja anónima sin que nadie sospeche nada. Pasé varias noches comparando, leyendo, dudando. Al final me decanté por un dildo realista, de tamaño algo menor que el mío, que ronda los dieciocho centímetros, grueso y ligeramente curvado. Pedí también un bote de lubricante normal y un paquete de toallas y toallitas para no manchar nada. Pagué, cerré el portátil y empecé a contar los días.
***
El pedido tardó una semana en llegar. Lo escondí en el fondo del armario, debajo de unas mantas, y tuve que esperar otra semana más a que cuadrara un viaje de trabajo. Aquellos días fueron una tortura dulce. Fantaseaba constantemente con cómo lo haría, en qué postura, cuánto aguantaría antes de correrme. Llegaba a la cama cada noche con las ganas a flor de piel y la casa demasiado llena como para hacer nada al respecto.
Cuando por fin llegó el día del viaje, casi no pude concentrarme en la reunión. La jornada se me hizo eterna. Resolví lo que tenía que resolver, estreché las manos que tenía que estrechar y, en cuanto pude, me metí en el coche con el corazón ya acelerado.
Serían alrededor de las ocho de la tarde cuando salí de la autovía. El cielo tenía ese azul oscuro de los últimos minutos antes de la noche cerrada. Cogí la carretera secundaria y conduje despacio, atento a la curva. La reconocí enseguida. Reduje, puse el intermitente por pura costumbre aunque no había nadie detrás, y metí el coche por el camino de tierra hasta quedar oculto entre los pinos.
Apagué el motor y, con él, las luces. El silencio se me vino encima de golpe. Solo se oía el tictac del motor enfriándose y, a lo lejos, el rumor amortiguado de algún coche que pasaba por la carretera sin saber que yo estaba allí. La intimidad era total. Nadie podía verme. Esa sola idea ya me había puesto la piel de gallina.
Bajé del coche y abrí el maletero. Saqué la bolsa con todo lo que había preparado y lo llevé a la parte trasera. Abrí la puerta, extendí una toalla sobre los asientos, dejé el lubricante y el dildo al alcance de la mano, y me senté un momento a recuperar el aliento. Me quité los pantalones, los doblé sobre el asiento del copiloto y cogí el móvil para buscar algo que me sirviera de chispa inicial.
No me hizo falta mucho. Echaba de menos esa sensación, la de tener tiempo y espacio para mí, y mi cuerpo respondió antes de que pudiera proponérmelo. Empecé a notar el calzoncillo tirante. Me toqué por encima de la tela, despacio, sintiendo cómo se endurecía con cada caricia. Pronto la tela empezó a molestarme de verdad, así que tiré del elástico y me liberé. Mi polla saltó hacia el vientre como un resorte. Estaba más cachondo de lo que recordaba haber estado en mucho tiempo.
***
Cogí el dildo y lo comparé con lo mío, casi por curiosidad. Era algo más pequeño, un centímetro o dos como mucho. Sonreí en la penumbra. Empecé a masturbarme despacio mientras pasaba el dildo por encima, como si tuviera otra polla rozándose contra la mía. Aquel juego absurdo me calentó todavía más. Cada vez que rozaba el glande, una gota de líquido transparente brotaba y resbalaba, lubricándolo todo, incluido el extremo del juguete, que quedó húmedo y brillante.
Me entraron ganas de probarlo de otra forma. Me incliné, agaché la cabeza y me lo llevé a la boca mientras seguía tocándome con la otra mano. Joder, qué difícil. Era imposible tragarlo entero; me detuve a la mitad, salivando, dándome cuenta de que aquello pedía algo de ayuda que yo no tenía. La idea de que alguien me la prestara me cruzó la mente y me arrancó un escalofrío.
Sin cambiar de postura, me llevé el dedo corazón a la boca y bajé la mano hasta mi culo. Entró sin demasiada resistencia, aunque se quedó seco enseguida, así que repetí la operación con más saliva. Esa vez resbaló mejor. Me había olvidado por completo del juguete; estaba concentrado en el dedo, en la sensación, en respirar hondo. Entonces me acordé del lubricante. Lo cogí, eché una buena cantidad y volví a empezar. Un dedo entraba bien. Dos costaban más, así que me tomé mi tiempo, abriéndome poco a poco, sabiendo que lo que venía después sería bastante más grande.
Cambié de postura y me tumbé de lado sobre la toalla. Durante todo aquel rato había estado durísimo, y procuraba no tocarme demasiado la polla para no terminar antes de tiempo. Los dos dedos entraban ya con soltura; llegué a hacer un movimiento de vaivén rápido, jadeando, moviendo las caderas al mismo ritmo mientras la polla se me rozaba contra el muslo. Supe que había llegado el momento de estrenar el juguete.
***
Me arrodillé mirando hacia el fondo del coche y apoyé el pecho contra el respaldo del asiento. Con la mano izquierda me abrí una nalga y con la derecha coloqué la punta del dildo en el sitio. Empecé a empujar. Ufff. Costaba mucho más que dos dedos. Por un momento desistí; me estaba doliendo y no quería arruinar la noche. Volví a ponerme a cuatro patas y me metí otra vez los dedos, esta vez con más decisión, entrando y saliendo con firmeza, hasta sentir que volvía a abrirme.
Vi un hilo de líquido colgando de la punta de mi polla. Estaba empapado. Lo aproveché para untar el dildo todavía más y, sin moverme de la postura, lo intenté de nuevo. Esa vez la punta entró bien. Pero cada centímetro me costaba lo suyo: notaba cómo se abría paso, cómo me ensanchaba, una mezcla de molestia y placer que me hacía contener la respiración. Lo saqué, volví a meterlo hasta la mitad, lo saqué otra vez. Cuando pasé de la mitad, una oleada de calor me recorrió por dentro, intensa, casi eléctrica. Empecé a tiritar. Y entonces ya no pude parar.
Lo metía y lo sacaba cada vez más rápido, más fuerte, moviendo las caderas para seguir el ritmo. Me estaba gustando demasiado. Pero por la postura no conseguía pasar de la mitad por más que lo intentara. Necesitaba otra idea.
El dildo tenía base, así que lo apoyé sobre el asiento y comprobé que se mantenía de pie por sí solo. Me coloqué de rodillas encima, mirando hacia el fondo del coche, con las dos manos libres para abrirme. Bajé despacio. En cuanto la punta entró, todo fue mucho más fácil. Seguí descendiendo, sintiéndome cada vez más lleno, hasta que lo tuve dentro entero. Joder. Fue una sensación de explosión contenida, como si todo el cuerpo me pidiera quedarme quieto un segundo para asimilarlo.
Empecé a subir y a bajar. El primer movimiento me trajo un alivio breve seguido de un placer profundo, y a partir de ahí ya no hubo descanso. La polla me botaba contra el vientre, embadurnada de lubricante y de mi propio líquido, una mezcla brillante que goteaba sobre la toalla. Subía, bajaba, encontraba el ritmo, lo perdía, lo volvía a encontrar. El coche entero parecía contener la respiración conmigo.
***
En una de las bajadas llegué hasta el fondo y noté una presión interna brutal, distinta a todo lo anterior. La repetí en la siguiente embestida. Y en la siguiente. Y en la siguiente. Cada una me sacudía entera la espalda. No aguanté más. Empecé a temblar de verdad, sentí que me corría sin haberme tocado apenas, y me agarré la polla por puro instinto, como si fuera a estallar. Salí del juguete y me dejé caer de lado, terminando de vaciarme sobre la toalla con espasmos que me dejaron sin aire.
Me quedé un rato así, tumbado, con el corazón golpeándome el pecho y una sonrisa idiota en la cara. Había sido brutal. Mejor de lo que había imaginado durante todas aquellas noches de espera.
Cuando recuperé el aliento, no tardé en recoger. Limpié lo que había manchado con las toallitas, guardé el dildo y el lubricante en la bolsa, doblé la toalla y volví a meterlo todo en el maletero. Me vestí, me pasé las manos por el pelo y me senté al volante todavía aturdido, con esa sensación de calma absoluta que solo llega después.
Arranqué. Todo seguía a oscuras, tan negro que apenas distinguía el camino de tierra. Encendí los faros.
Y entonces lo vi.
A unos veinte metros, medio escondido entre los pinos, había otro coche aparcado. No lo había oído llegar. No tenía ni idea de cuánto tiempo llevaba allí ni de si las luces estaban apagadas desde antes de que yo empezara. Me quedé inmóvil, con las manos en el volante, mirando aquella silueta oscura entre los árboles.
¿Habrá visto algo?
No supe qué pensar. Una parte de mí sintió un pinchazo de pánico, las ganas de salir de allí cuanto antes. Pero hubo otra parte, una que no esperaba, a la que la idea de haber tenido público sin saberlo le aceleró el pulso de un modo muy distinto al miedo.
Metí la marcha y salí despacio a la carretera. Por el espejo retrovisor, el otro coche seguía allí, quieto, sin encender las luces. Conduje el resto del camino con una pregunta dándome vueltas en la cabeza, una pregunta que, lejos de incomodarme, ya estaba deseando volver a responder en el siguiente viaje.