El círculo en la playa despertó mi mayor fantasía
Nadie había planeado lo que pasó en la cala de Punta Almena aquel sábado de junio. Empezó como cualquier otra tarde en la parte salvaje de la playa, esa franja de arena que quedaba después de las rocas, donde no llegaban las familias ni los chiringuitos. Allí el sol pegaba distinto y la gente se soltaba el pelo, en sentido literal y en todos los demás.
Lucía llevaba un rato observando cómo se formaba algo en el centro de la arena. Un grupo de bañistas se había ido juntando casi sin darse cuenta, atraídos por una energía que costaba nombrar. Risas bajas, miradas que duraban un segundo de más, manos que rozaban espaldas. Ella estaba sentada al borde, con las rodillas contra el pecho, sintiendo cómo el corazón le latía más fuerte de lo que el calor justificaba.
A su lado, una desconocida de melena rubia y piel dorada se acercó sin pedir permiso.
—¿Lo sientes? —preguntó la mujer, señalando con la barbilla hacia el círculo.
—Lo siento desde hace media hora —admitió Lucía.
—Me llamo Renata. —La rubia le tendió la mano con una sonrisa que no tenía nada de tímida—. Y creo que las dos vinimos a lo mismo, aunque no lo dijéramos en voz alta.
Lucía le estrechó la mano. Renata tenía los dedos cálidos y la mirada firme. Algo en ese contacto bastó para que la última excusa se le cayera de las manos como arena entre los dedos.
***
Cuando se pusieron de pie, el círculo pareció reconocerlas. No hubo presentaciones ni discursos. Simplemente se abrió un hueco, una invitación silenciosa, y las dos mujeres caminaron hacia el centro como si llevaran toda la vida ensayando ese paso. La arena estaba caliente bajo las plantas de los pies, y el aire olía a sal, a aceite bronceador y a deseo contenido.
Eran seis o siete hombres y un puñado de mujeres más, todos desconocidos entre sí. Lo único que compartían era la certeza de estar a punto de cruzar una línea. Renata se desató el lazo del bikini con una lentitud calculada, dejando que la tela cayera sobre la arena. Lucía la imitó, y por un instante las dos se quedaron mirándose, desnudas frente a todos, midiéndose con una mezcla de pudor y descaro.
—No te separes de mí —murmuró Renata.
—No pensaba hacerlo —respondió Lucía.
El primer roce vino de atrás. Unas manos grandes se apoyaron en las caderas de Lucía, sin apretar, esperando un permiso que ella concedió arqueando la espalda. Frente a ella, otro hombre le recorrió el cuello con los labios. No había prisa. Era como si todos entendieran que lo importante no era llegar a ninguna parte, sino estirar cada segundo hasta que doliera.
Renata, a un par de pasos, ya tenía a dos hombres pendientes de ella. Uno le besaba los hombros mientras el otro le acariciaba los pechos con una devoción casi reverente. Ella echó la cabeza hacia atrás y soltó una risa ronca que se mezcló con el rumor de las olas.
***
Lo que ocurrió después Lucía lo recordaría durante años como una secuencia de imágenes inconexas, brillantes, imposibles de ordenar del todo.
Recordaría el momento en que cuatro manos la levantaron del suelo. Dos hombres se colocaron a cada lado, entrelazaron los brazos bajo sus muslos y la alzaron como si no pesara nada. Quedó suspendida sobre el círculo, con los brazos abiertos hacia los costados, sintiendo el aire fresco del atardecer en cada centímetro de la piel. Desde arriba veía el mar entero, la línea del horizonte partiendo el cielo en dos, y abajo los rostros vueltos hacia ella.
—Mírate —dijo alguien, y Lucía cerró los ojos porque no se atrevía a mirarse.
Sostenida en el aire, perdió toda noción del pudor. Una boca encontró el interior de su muslo. Una lengua trazó un camino lento hacia donde más lo necesitaba, y ella gritó algo que no era una palabra. Las manos que la sujetaban la mantenían firme, segura, y esa seguridad fue lo que le permitió abandonarse por completo. No tenía que sostenerse a sí misma. Solo tenía que sentir.
A su lado, Renata fue alzada del mismo modo. Las dos quedaron suspendidas casi a la misma altura, como dos figuras de proa enfrentadas. Renata abrió los ojos y buscó los de Lucía, y al encontrarlos sonrió. Fue una sonrisa de cómplices, de dos mujeres que habían llegado solas a una playa cualquiera y se habían encontrado en mitad de un sueño compartido.
—¿Sigues conmigo? —articuló Renata sin apenas voz.
—Sigo —contestó Lucía.
***
Mientras la sostenían, Lucía descubrió que el deseo tenía una textura nueva cuando se compartía sin pudor. No era el placer privado de su dormitorio, medido y silencioso. Era algo expuesto, generoso, que crecía con cada mirada ajena posada sobre su piel. Sentía el calor del sol en el vientre, la sal seca tensándole la espalda, el roce áspero de manos desconocidas que sin embargo la trataban como si fuera valiosa. Cada uno de aquellos hombres parecía empeñado en darle más de lo que pedía, y ella, por primera vez en mucho tiempo, se permitió recibir sin devolver nada a cambio.
—No te contengas —le susurró uno al oído, con la voz quebrada—. Aquí nadie te mira mal.
Y era verdad. Allí, en mitad de aquella arena, lo único prohibido habría sido fingir. Lucía abrió los ojos y se obligó a mirar. Vio los cuerpos brillando de sudor y aceite, las bocas entreabiertas, el mar reventando contra las rocas en un ritmo que parecía marcar el de todos ellos. Y se vio a sí misma desde fuera, como si flotara por encima de la escena, asombrada de ser ese cuerpo entregado, esa mujer capaz de tanto.
El ritmo lo marcaban ellas, aunque pareciera lo contrario. Cuando Lucía levantaba la cadera, los hombres respondían. Cuando Renata frenaba con una mano en un pecho, todo el círculo frenaba con ella. Había una coreografía invisible en la que las dos mujeres eran el centro de gravedad, el eje alrededor del cual giraba el resto.
Las bajaron al suelo con el mismo cuidado con que las habían levantado. La arena recibió a Lucía y enseguida sintió un cuerpo encima, otro detrás, manos por todas partes que ya no sabía contar. Buscó a Renata con la mirada y la encontró a un metro escaso, tumbada de lado, con una mujer morena entre las piernas y un hombre besándole la nuca.
Sin pensarlo, Lucía estiró el brazo. Renata estiró el suyo. Sus dedos se engancharon sobre la arena, y esa cadena improvisada cerró el círculo de verdad. Ya no eran dos extrañas rodeadas de extraños. Eran el corazón de algo que latía al unísono.
Lucía sintió que el placer se le acumulaba en la base de la espalda como una ola que se forma lejos de la orilla y crece, y crece, hasta que ya no hay forma de pararla. Apretó la mano de Renata. Renata se la apretó de vuelta, y por la expresión de su cara Lucía supo que estaban a punto de romper las dos a la vez.
—Ahora —dijo Renata, o quizá solo lo pensó, porque las palabras ya sobraban.
La ola rompió. Lucía arqueó todo el cuerpo, los talones clavados en la arena, y dejó salir un sonido largo y sin vergüenza que nadie en aquel círculo juzgó. A su lado, Renata temblaba con la misma intensidad, sin soltarle la mano en ningún momento. Durante unos segundos eternos las dos se sostuvieron mutuamente en el filo, suspendidas de nuevo, esta vez sin que nadie las levantara.
***
Después llegó el silencio. No el silencio incómodo del final, sino uno espeso y cálido, de cuerpos que se desenredan despacio. El sol tocaba ya el horizonte y teñía la cala de un naranja líquido que se metía entre las rocas. Alguien repartió agua de una nevera portátil. Otro recogió las prendas dispersas y las fue devolviendo sin mirar de quién eran.
Lucía seguía tumbada, recuperando el aliento, con el pelo lleno de arena y una sonrisa que no se le borraba. Renata se acercó rodando sobre el costado hasta quedar pegada a ella.
—¿Y ahora qué? —preguntó Lucía.
—Ahora nada —dijo Renata—. Ahora nos quedamos a ver cómo se apaga.
Se quedaron las dos mirando el mar mientras el resto del círculo se disolvía con la misma naturalidad con que se había formado. Algunos se despedían con un gesto, otros simplemente recogían su toalla y se iban hacia las rocas. Nadie intercambió teléfonos. Nadie prometió repetir. Y precisamente esa falta de promesas era lo que hacía que el momento se sintiera intocable, como algo que solo podía existir una vez y en ese lugar exacto.
Renata apoyó la cabeza en el hombro de Lucía.
—Vine sola pensando que iba a aburrirme —confesó.
—Yo vine huyendo de una semana de mierda —dijo Lucía, y se rio—. Creo que las dos encontramos algo mejor de lo que buscábamos.
El último filo de sol desapareció bajo el agua. La cala quedó en penumbra azul, con la espuma todavía brillando un poco en cada ola que llegaba. Lucía pensó que al día siguiente volvería a su vida de siempre, a su despertador y a su oficina, y que nadie de allí sabría jamás lo que había pasado en aquella arena. Y le pareció bien que fuera así.
Algunas fantasías solo sobreviven si no las cuentas.
Se quedaron hasta que la marea empezó a subir y el agua casi les tocaba los pies. Entonces se levantaron, se sacudieron la arena y caminaron juntas hacia las rocas, sin prisa, con los dedos rozándose una última vez antes de que cada una tomara su camino. El mar borró las huellas detrás de ellas, como si la playa también supiera guardar secretos.