La fantasía que cumplí cuando la casa quedó vacía
Me llamo Damián, y quiero contar una experiencia que, aunque vista desde afuera no parezca gran cosa, para mí marcó un antes y un después. Cambió la forma en que vivo mi deseo, mi cuerpo y el placer. Fue como abrir una puerta sin saber qué había detrás y encontrarme con una versión mía que llevaba años esperando que la dejara salir.
En esa época todavía vivía con mis viejos, así que no tenía la libertad de prender la computadora cuando se me antojara, bajar las luces y entregarme tranquilo a lo que sentía. Tenía que esperar esos ratos extraños en los que la casa quedaba en silencio, sin nadie cerca. Y aun así, muchas veces el impulso era más fuerte que la prudencia.
Había noches en las que no podía resistirme. Me encerraba, me ponía los auriculares para no hacer ruido y navegaba con una mano en el mouse y la otra más abajo, siempre con un ojo en la pantalla y el otro clavado en la puerta, atento a cualquier paso en el pasillo. A veces no pasaba de mirar, con la tensión latiéndome en todo el cuerpo. Otras terminaba rápido, en silencio, con el corazón en la garganta.
Pero también existían esas pocas veces casi milagrosas en las que me quedaba completamente solo. Esos momentos eran otra cosa. Ahí sí podía soltar todo el deseo acumulado, bajarle el volumen al mundo de afuera y subírselo a mi propio placer. Me preparaba, elegía con calma lo que iba a mirar, y me entregaba sin apuro, disfrutando cada segundo como si fuera un regalo.
***
Todo empezó la noche en que descubrí una página dedicada al contenido erótico. No era una más del montón. Tenía algo adictivo, con secciones y categorías que despertaban curiosidades que ni sabía que cargaba adentro. Al principio solo quería mirar. Me creé una cuenta sin pensarlo demasiado, nada más que para abrir algunos posteos que pedían estar registrado. Completé los datos con desgano, sin imaginar que estaba abriendo la puerta a algo mucho más profundo.
Los días siguientes los pasé enganchado, explorando cada rincón de esa web que tenía algo difícil de explicar. Los posteos eran variados: fotos, videos, textos, algunos durísimos, otros más sugerentes, pero todos compartían la misma intención de provocar. Cada publicación recibía puntos de los usuarios, y eso hacía que quienes subían contenido se esforzaran por mostrar lo mejor.
Descubrí que había un ranking con lo más valorado, y me perdía entre esas listas: los favoritos del año, del mes, de la semana, hasta que terminaba revisando los más vistos del día. Se volvió un ritual. Entraba, elegía una categoría según lo que me calentara en ese momento, y me dejaba llevar. Horas mirando, deseando, explorando. A veces me alcanzaba con eso. Otras descargaba toda la tensión con un gemido contenido y la pantalla todavía encendida.
Al día siguiente, lo mismo. Como si algo adentro mío pidiera volver, una y otra vez.
***
Como ya había recorrido todas las secciones varias veces, siempre encontraba algo nuevo que me llevaba, casi sin remedio, a terminar como cada día. Pero había una categoría que siempre había salteado. Las pocas veces que me aparecía algo de ahí eran fotos de hombres mostrándose, y eso, sinceramente, no me calentaba. Así como existía una zona donde las mujeres subían imágenes y videos de sí mismas, desde lo más suave hasta lo más explícito, había otra para hombres. Cada uno enseñaba lo que quería, hasta donde quería. Yo nunca le había prestado atención.
Hasta que un día, sin buscarlo, todo cambió.
Estaba aburrido frente a la computadora, con toda mi familia dando vueltas por la casa. Una de esas situaciones imposibles: cuatro personas alrededor y, encima, tenía que salir en un rato a hacer un trámite. Igual entré a la página, más por costumbre que por otra cosa. Y lo primero que me apareció fue el posteo de un tipo mostrando el cuerpo.
Estaba de pie, en una habitación con luz tenue, y se lo veía seguro, relajado. El cuerpo desnudo, firme, con ese gesto entre provocador y natural que tienen los que se saben deseables. No me detuve a mirarlo demasiado. Pero algo de esa imagen me quedó dando vueltas. No porque me excitara verlo a él, sino porque de golpe se me cruzó una idea.
¿Y si fuera yo el que sube una foto así?
¿Qué pasaría si mostrara mi cuerpo? ¿Si alguien, del otro lado, se excitara con una imagen mía? ¿Si una mujer, real, desconocida, curiosa, entrara a mi posteo, se detuviera unos segundos y se tocara pensando en mí?
Me gustó la idea. La fantasía de ser deseado me prendía más que cualquier video. Que alguien se calentara mirando mi piel, mi forma. Que fantaseara conmigo, que se masturbara con mis fotos, que tuviera un orgasmo deseándome. Que le temblaran las piernas mientras escribía un comentario anónimo contándome lo que me haría. La sola idea me puso duro. Y todavía no había hecho nada.
***
Los días que siguieron fueron una mezcla rara. Cuando estaba en casa y encontraba un rato a solas, seguía con lo de siempre: sentarme frente a la pantalla, recorrer las secciones, dejarme llevar hasta terminar. Pero algo había cambiado. Cuando no estaba frente a la computadora, la idea de ese posteo mío volvía sin parar. Aparecía mientras caminaba por la calle, mientras viajaba en el colectivo, mientras cenaba con mi familia. Incluso en la cama, antes de dormirme, cuando el cuerpo empezaba a aflojarse, esa fantasía se volvía cada vez más nítida y más fuerte.
Imaginaba todo: qué fotos sacaría, qué parte de mi cuerpo mostraría primero, si algo sugerente o directamente explícito. Pensaba en los ángulos, en la luz, en la pose. Me preguntaba cuánta gente lo vería, cuántas personas se excitarían conmigo, cuántas se tocarían. Cuántas cerrarían los ojos después de acabar, con mi imagen todavía encendida en sus pantallas.
Se había vuelto una obsesión.
No era solo por terminar. Era algo más hondo, algo que tenía que ver con ser visto, con ser deseado, con provocar placer del otro lado de la pantalla. La sola idea me generaba una mezcla extraña: un cosquilleo en el pecho, una electricidad en todo el cuerpo, y una tensión imposible de ignorar cada vez que la fantaseaba.
Pasaron tres o cuatro días así, con la idea dándome vueltas todo el tiempo, calentándome más que cualquier imagen. Hasta que, de pronto, el destino me guiñó un ojo. Estábamos almorzando en familia, una escena de lo más común, cuando mi hermana, entre bocado y bocado, pidió permiso para salir esa noche al cine con unas amigas y quedarse a dormir en la casa de una de ellas.
Yo estaba en mi mundo, fantaseando con las fotos que iba a sacarme, hasta que escuché su voz. Me incorporé un poco en la silla, giré la cabeza despacio hacia mi viejo y esperé la respuesta. Pero no era la respuesta que esperaba mi hermana. Era la que esperaba yo, con una ansiedad casi infantil. Solo que lo que yo quería no era una salida. Era algo mucho más íntimo. Más morboso.
Porque si mi hermana se iba, y mis padres —como ya sabíamos desde hacía semanas— se iban también a esa fiesta pactada hacía rato, entonces esa noche la casa quedaría vacía. Vacía y solo para mí.
Ese «sí», cuando por fin llegó, no fue apenas un permiso familiar. Fue una señal. La confirmación de que esa noche, finalmente, llegaba el momento tan esperado.
Esa noche iba a ser la noche. La de mi primera sesión de fotos. Mi primer posteo. Mi primera vez exhibiéndome al mundo.
***
Esa tarde, después de comer, tenía clases. No recuerdo de qué materia, pero sí recuerdo que no escuché una sola palabra de la profesora ni de mis compañeros. Tenía la cabeza en otro lado. Solo podía pensar en lo que iba a pasar esa noche, en mí, en mi cuerpo, en cómo iba a mostrarlo.
Cuando llegué a casa todavía faltaban varias horas para que se fueran todos. Los minutos pasaban lentos, desesperantemente lentos, como si el tiempo se estirara a propósito para jugar conmigo. Cada sonido, cada movimiento, cada minuto que pasaba me acercaba un poco más y me dejaba un poco más caliente.
Por fin, las amigas de mi hermana pasaron a buscarla. Mientras mis padres terminaban de arreglarse, yo me movía por la casa con una mezcla de ansiedad y excitación. Cuando los vi subirse al auto y alejarse por la calle, supe que no había vuelta atrás. Estaba solo. Completamente solo.
Ya tenía lista la ropa que iba a usar. Había elegido el rincón de la casa, pensado los ángulos, la luz, todo. Me había armado el escenario en la cabeza una y otra vez en los últimos días, y ahora iba a hacerlo real. Cerré la puerta con llave, y fue como apretar un interruptor dentro mío. Sentí cómo empezaba a endurecerme al instante, como si el cuerpo hubiera estado esperando justo esa señal. Me atravesó una ola de deseo de pies a cabeza, intensa, eléctrica. Estaba a punto de desnudarme y mostrarme.
Entré a mi habitación y busqué el slip que tenía pensado. Me saqué el pantalón y la ropa interior. Seguía duro, tenso, como si también supiera que era el momento de salir a escena. Me puse el slip: negro, de una tela finita, tan suave como delgada, casi traslúcida, que dejaba ver bastante de lo que había debajo.
Encima me puse un jean medio gastado y nada más. Con eso empecé a sacarme las primeras fotos. Me temblaban un poco las manos, pero el cuerpo me pedía avanzar.
***
Arranqué frente al espejo, de cuerpo entero, descalzo, con el jean puesto y el torso al aire. Mido un metro setenta y ocho, y en esa época entrenaba bastante, así que estaba marcado: los abdominales se notaban y los brazos se veían firmes. No dejé que se vieran mis ojos marrones ni mi pelo corto y oscuro. Mostré apenas hasta la nariz, la boca y una barba de un par de días.
Había algo en esa imagen parcial, en mostrar sin mostrar del todo, que me prendía todavía más. Saqué algunas de frente y otras de perfil. Después me desabroché los botones de la bragueta, despacio, como si me hiciera un striptease a mí mismo, y registré el slip apretado, ese que dejaba adivinar mi forma marcada, como queriendo salirse de la tela.
Luego me bajé el pantalón por completo y seguí. Solo con el slip, casi transparente, pegado al cuerpo, marcando cada relieve. El deseo se mezclaba con la adrenalina y me costaba quedarme quieto entre foto y foto.
Seguía tan duro como al principio, latiendo, imposible de ignorar. Había llegado el momento de mostrar lo que quería mostrar. Me bajé un poco el slip y dejé asomar la punta. Me saqué algunas así, con la tela todavía apretándome la base, como si luchara por contener lo que ya no aguantaba más.
Después bajé el slip un poco más, hasta dejarme libre. La luz del cuarto le daba un brillo cálido, y cada ángulo parecía resaltar algo distinto. Estaba tan excitado que casi no necesitaba tocarme para mantener la tensión. Saqué tomas de lejos, en planos generales frente al espejo, y después me acerqué: primeros planos, detalles, sombras. El deseo convertido en imagen.
Y entonces vino el paso final. Me saqué el slip por completo y quedé totalmente desnudo frente al espejo. Me miré. Me deseé un poco a mí mismo también. Y disparé varias fotos más.
Ahí estaba yo, desnudo, excitado, con el cuerpo latiendo y la cámara llena de imágenes que, hasta hacía unos días, solo existían en mi cabeza.
Mi primer posteo estaba a punto de nacer.
Pero eso, y lo que vino después, que fue todavía más intenso, lo voy a contar en otro capítulo.