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Relatos Ardientes

Invité a una lectora al cine y aceptó mi juego

No escribo tan a menudo como otros. No soy de los que publican un relato cada semana; necesito que la idea me queme por dentro hasta que soltarla sea la única forma de quedarme en paz. Casi todo lo que cuento es real, salvo cuando aviso de lo contrario. Esta vez no lo es. Y sin embargo, desde ayer no consigo pensar en otra cosa.

Lo mejor de publicar no es el relato en sí. Es lo que llega después: los comentarios, los correos de quienes me leen a solas, en la cama, con una mano ocupada. Son esas palabras las que me hacen volver a escribir. Uno de esos mensajes, recibido hace unos días, decía algo que se me quedó clavado.

«Buenas. Soy una lectora muy fan tuya. Te descubrí esta mañana y no he podido parar de tocarme leyéndote. Soy de Granada, igual que tú, por lo que veo. Qué casualidad, ¿no?»

Siendo tan calenturiento como soy, mi cabeza no tardó en construir escenarios. De todos ellos, hay uno que vuelve una y otra vez. Una forma concreta de conocer a esa lectora a la que, para no exponerla, voy a llamar Lúa.

Entro en la web de una de las multisalas del centro y busco una película que, aunque tenga cierto nombre, no vaya a llenar la sala un martes por la tarde. Algo discreto, que nos deje tranquilos. Encuentro una que parece perfecta para el plan. Pido dos entradas y el sistema me muestra el mapa de butacas para elegir. Como imaginaba, hay pocas reservas y casi nadie en las filas del fondo. Elijo dos asientos pegados, en una esquina apartada, y descargo los dos justificantes.

Le escribo a Lúa.

«Hola, Lúa. Hay algo que no conté en el último relato: cuando quedé con aquella chica por primera vez, los nervios me comían vivo. Es posible que a ti te pase lo mismo, y a mí seguro que me vuelve a pasar. Así que se me ocurre una cosa. Te regalo esta entrada de cine. Si te apetece, vienes, te sientas a mi lado en un sitio neutro y dejamos que las cosas fluyan a su ritmo. Sin prisa. Nos vamos conociendo.»

Adjunto la entrada gemela a la mía. No recibo respuesta.

El día señalado llego al cine hecho un manojo de nervios. No sé si vendrá, ni siquiera si ha leído el correo. Las dudas me revuelven el estómago y no tengo claro que esto sea buena idea. En el peor de los casos, me digo, habré perdido una tarde viendo una mala película solo. Entro en la sala. Hay más gente de la que esperaba, aunque queda media platea vacía, sobre todo en los laterales y cerca de mi butaca. El tiempo corre y la hora de empezar se acerca. Cada mujer que entra lo hace acompañada o en grupo, y nadie se acerca a mi fila. Empiezo a asumir que Lúa no va a aparecer.

Arrancan los tráileres, uno tras otro, mientras entran los últimos rezagados. Ya he dejado de esperar, así que me reclino dispuesto a ver la película. Y entonces aparece ella.

Joven, de curvas generosas, con una melena castaña, rizada y larga que le cae sobre un vestido de falda amplia. Lleva un jersey doblado en los brazos y un bolsito negro colgado del hombro. Mira el móvil, luego los números de la fila, luego de nuevo el móvil. Y me ve. Sé que me ha visto, porque aparta la mirada al instante. Creo que tiene tanta vergüenza como yo, y aun así sigue avanzando.

No sé qué pensará de mi barba entrecana, ni del pelo largo que llevo recogido en una coleta. Quizá ni se ha fijado, porque viene casi directa hacia mí esquivando mis ojos. Con un montón de nervios, y casi sin abrir la boca, se sienta a mi lado. Escucho un «hola» suave que se esconde entre los ruidos que hace al dejar el bolso y el jersey en el asiento libre de su otro costado. Me llega un aroma maravilloso a champú. Lúa está nerviosa, pero me mira, sonríe y vuelve a apartar la vista.

Nos quedamos en silencio, mirando al frente. Le susurro al oído que estoy muy nervioso y que gracias por venir. Sonríe y contesta «de nada» sin girarse del todo. Me doy cuenta de que me repasa de arriba abajo con disimulo, hasta donde la penumbra se lo permite. Yo hago lo mismo cuando ella no mira: unos ojos que parecen verdes, unos labios inquietos que se muerde sin parar y unas manos nerviosas que se entrelazan sobre el regazo. También me fijo en sus pechos, enormes, imposibles de no mirar.

Empiezo a tener calor justo cuando arranca la película. Ninguno se atreve a dar el primer paso. Pasan unos minutos eternos hasta que muevo la pierna y junto mi rodilla con la suya. Ella responde apretándola contra la mía. Acerco mi mano a la suya y ella la gira, dejándola con la palma hacia arriba.

Esa postura me invita a recorrerle la palma con un solo dedo, desde las falanges hasta la muñeca, en trazos largos y lentos. Los dos suspiramos. No es deseo todavía, es alivio: ese gesto mínimo descarga toda la tensión acumulada. Ella pone su otra mano sobre la mía y la acaricia mientras yo mantengo el ritmo pausado, deslizándome más allá de la muñeca, unos centímetros por el antebrazo, y volviendo en sentido contrario con la yema de los dedos hasta rozarle la rodilla.

Lúa se adapta al juego. Retira la mano de su pierna y empieza a acariciarme el brazo, sube hasta el hombro y baja por la cara interna hasta la muñeca. Son movimientos suaves, los suyos y los míos, los que poco a poco nos van encendiendo. Mis dedos ya viajan de su rodilla a la ingle y tantean por encima del vestido. Ella me roza el pecho cuando puede, encuentra mi pezón erizado bajo la camiseta y juega con él.

Le devuelvo el gesto recorriendo de una rodilla a la otra, pasando por el centro. Al hacerlo, mi muñeca roza sus pechos: sentada como está, el contacto resulta casi inevitable. No tardo en girar la mano para notar su peso. La primera vez ella deja escapar un gemido apenas audible; la segunda me aprieta la mano contra ellos por encima de la tela. Apenas lleva sujetador con copa, así que la sensación de su piel es nítida. Ella baja la mano por mi vientre, hacia las piernas, y aprieta. Estoy tan duro que duele, necesito recolocarme, pero me siento demasiado caliente para moverme.

Sigo acariciándole los muslos y, cuando llego al centro, noto cómo separa un poco las piernas. Eso me permite bajar y sentir el calor húmedo que late bajo el vestido. Ella lleva la mano hasta mi entrepierna y, al notarme, aprieta con suavidad. Empiezo a presionarla con la palma y ella cubre mi mano con la suya para que apriete más fuerte. Yo hago lo mismo, sujetando la mano que tiene sobre mí. La excitación de los dos está cruzando un punto sin retorno.

Aparto la mano de su entrepierna y la llevo a la rodilla para recoger la falda con los dedos, despacio, hasta alcanzar la piel desnuda. Ella busca el botón de mi pantalón e intenta desabrocharlo sin demasiado éxito. Respiro hondo, le doy algo de holgura, y al fin cede. Yo ya he subido su falda lo suficiente para notar su muslo bajo mis dedos. Está ardiendo. Está mojada. Siento cómo me baja la cremallera y mete la mano por el hueco del bóxer, hasta encontrar lo que busca, caliente y goteante.

Dejo escapar un suspiro casi mudo, porque sus dedos son suaves, curiosos, recorren cada centímetro y juegan sin prisa. Lúa también suspira: mis dedos ya han llegado al final del recorrido, encuentran el vello y, tras él, el clítoris hinchado, pidiendo atención. Los dos adelantamos un poco las caderas para facilitarnos el acceso. Yo acaricio sus labios, juego para que se humedezcan con el manantial que nace de ella, jugoso y de aroma embriagador, y me llevo los dedos a la boca una y otra vez para volver a por más de su sabor.

Ella me trabaja a su manera. A veces solo gira los dedos en círculos lentos alrededor de la punta; otras me recorre entero, de arriba abajo; otras me masturba despacio, con una paciencia que me vuelve loco. Entro en su interior con dos dedos y noto su calor envolverme, mientras ella abre las piernas tanto que casi resbala de la butaca. Con la mano libre se libera un pecho, lo aprieta y se pellizca el pezón, que sobresale en el centro de una aureola amplia.

Los movimientos se vuelven más bruscos con cada minuto que pasa, y ella empieza a gemir más alto de la cuenta. Le tapo la boca con la mano libre mientras sigue jadeando contra mi palma. Ya no la acaricio solo con los dedos: presiono con toda la mano, desde el vello hasta el final, y entonces llega el primer espasmo, y otro, y otro. Cierra los muslos con fuerza y aprisiona mi mano en una tortura deliciosa, sin dejarme salir pero sin querer del todo el contacto que la hace estremecerse. Cuando se calma, le llevo los dedos a la boca y los lame, mezclando su sabor con su saliva.

Esa lengua promete cosas que prefiero no imaginar ahora mismo. Y es justo esa imagen la que, sumada a la aceleración de sus dedos, me empuja al borde. Llego apretando los dientes, sintiendo cómo me derramo entre sus manos mientras ella observa mi temblor con una sonrisa de placer y sigue moviéndose hasta vaciarme del todo.

Respiramos. Nos concedemos unos segundos de descanso. Nadie a nuestro alrededor parece haberse dado cuenta de nada. Ella me pasa un pañuelo de papel para limpiarme, pero no coge otro para ella: se lame la mano hasta dejarla limpia, sin apartar los ojos de los míos. Me enciende otra vez. Si no estuviéramos aquí, le arrancaría el vestido para devorarla entera. Pero solo la miro, con una cara que lo dice todo.

Se recompone. Se acerca a mi oído.

—La película, una porquería —susurra—. Pero la volvería a ver sin pensarlo.

Se prepara para levantarse y, antes de hacerlo, se despide con un beso en el que se mezclan las lenguas, las salivas y el sabor de lo que acabamos de hacer.

—La próxima vez quedamos en tu coche —me dice.

Se levanta y se va. Unos minutos después, dándole su espacio, salgo yo también. Es verdad que la película era malísima. Pero no dudaría ni un segundo en volver a verla.

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Comentarios (5)

MateoBA_ok

Excelente!!! me enganche desde el arranque. El suspenso de si iba a aparecer o no lo senti de verdad.

Cinefilo_mdz

Que planteo tan original, nunca hubiera pensado algo asi. Se necesita mas de esto porfavor.

Nocturno_87

La sala casi vacia, la penumbra... eso lo imaginas solo con leer las primeras lineas. Muy buen clima.

PamelaRosario

Me hizo acordar a cosas que uno fantasea pero nunca hace. Lindo relato, se lee rapido y te deja pensando.

JuanmaRdz

Y bueno?? como termino esto?? necesito la segunda parte jajaja me dejo colgado

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