Saltar al contenido
Relatos Ardientes

La fiesta de máscaras donde nadie supo quiénes éramos

La invitación llegó por mensaje un martes cualquiera, con una sola condición escrita en mayúsculas: nadie entraba sin máscara. Unos amigos celebraban algo en una casa enorme a las afueras, una de esas con jardín, piscina y demasiadas habitaciones para una sola familia. No le dimos importancia hasta que llegó el sábado y te vi salir del cuarto vestida para la ocasión.

Llevabas un vestido de raso negro que se ajustaba a cada curva como si te lo hubieran cosido encima. Debajo, la lencería que solo me dejabas ver en ocasiones contadas: encaje oscuro, casi transparente, pensado para mirarse antes que para usarse. Yo me había puesto un traje italiano que llevaba años esperando una excusa. Nos miramos en el espejo del recibidor y ninguno de los dos dijo nada. No hacía falta.

—¿Lista? —pregunté, ajustándome el antifaz.

—Más de lo que crees —respondiste.

***

La casa ya hervía cuando llegamos. Música baja pero insistente, luces cálidas, copas que pasaban de mano en mano sin que nadie supiera muy bien de quién eran. Y máscaras por todas partes. Antifaces de plumas, caretas venecianas, máscaras lisas que solo dejaban ver la boca. Costaba reconocer a los anfitriones, y esa era precisamente la gracia. Allí dentro nadie era nadie. O podía ser quien quisiera.

Empezamos bebiendo a un lado del salón, observando. La temperatura de la fiesta subía por minutos. Las parejas que al principio bailaban con educación pronto se pegaban más de lo que la cortesía permitía. Había manos donde no debería haberlas, miradas que se sostenían demasiado, risas que terminaban en susurros al oído. El alcohol hacía su trabajo y el anonimato hacía el resto.

Tú me arrastraste al centro. Al principio bailábamos separados, marcando el ritmo con cierta distancia, hasta que diste media vuelta y apoyaste la espalda contra mi pecho. Tu cuerpo empezó a moverse contra el mío, lento, deliberado, buscando el punto exacto donde notaras lo que provocabas. Lo encontraste enseguida.

Esto no va a quedar en un baile.

Las telas parecían sobrar. Cada vez que te apretabas contra mí, sentía el calor de tu piel a través del raso. Me giré hacia ti y nos besamos en mitad de la pista, sin importarnos quién miraba. Y miraban, eso era lo de menos. Aquí todos miraban a todos, y la sensación de tener ojos clavados en nosotros nos encendía más de lo que jamás habríamos admitido a la luz del día.

Cuando ya no podías más, me clavaste las uñas en la solapa y señalaste con la barbilla hacia las escaleras. No hizo falta decirlo.

***

Subimos despacio, aunque la respiración nos delataba. A mitad de la escalera te frené, te empujé contra la pared y empecé a besarte el cuello, bajando hacia la clavícula, mientras mi mano se colaba bajo el borde del vestido. El encaje estaba húmedo antes de que llegara siquiera a rozarlo. Jadeaste contra mi oído y ese sonido fue suficiente para nublarme el juicio del todo.

El pasillo de arriba estaba en penumbra. Probamos un par de puertas cerradas hasta que la última, al fondo, cedió. La habitación estaba a oscuras y en silencio. Dos camas grandes, una junto a la ventana por la que se filtraba la luz de la luna. Fuimos directos a esa.

Nos desnudamos con prisa y con hambre, como si fuera la primera noche o como si supiéramos que no habría otra igual. Te recosté sobre el edredón y bajé recorriendo cada centímetro con la boca, sin saltarme nada, hasta llegar entre tus piernas. Te besé despacio, escuchando cómo tu respiración se quebraba, sintiendo la humedad y el sabor que siempre me volvía incapaz de pensar.

—Ya —pediste, tirándome del pelo—. No aguanto más.

Entré despacio al principio, marcando un ritmo que enseguida se volvió imposible de sostener. Te di la vuelta y te tomé desde atrás, agarrándote, empujando más fuerte con cada embestida hasta el borde mismo del dolor. Ninguno de los dos quería parar. Llegamos casi a la vez, ahogando los gemidos contra la almohada, y nos quedamos dormidos enredados, todavía con las máscaras puestas.

***

Me despertó la luz. Entraba tenue por las rendijas de la persiana, dibujando líneas finas sobre las sábanas revueltas. Tardé unos segundos en recordar dónde estaba. Luego giré la cabeza hacia la otra cama y me quedé inmóvil.

No estábamos solos. En la cama de al lado había una pareja que debía de haber llegado en algún momento de la madrugada, mientras dormíamos. Jóvenes, los cuerpos esbeltos, sin nada que los cubriera. Él boca abajo, ella de costado, ambos profundamente dormidos. Ninguno se había dado cuenta de nuestra presencia.

Te toqué el brazo y abriste los ojos. Te pusiste un dedo en los labios, esos dedos que todavía olían a la noche anterior, y señalaste con la mirada hacia la otra cama. No dijiste nada. Yo tampoco.

El chico empezó a despertarse primero. Se estiró, y al hacerlo quedó a la vista una erección que no pasaba desapercibida. La chica abrió los ojos poco después, lo miró con una sonrisa somnolienta y deslizó la mano hacia él sin mediar palabra. Empezó a acariciarlo despacio, con una pereza deliciosa, mientras él permanecía boca arriba dejándose hacer.

Nosotros mirábamos en silencio, conteniendo hasta la respiración. Sentí tu mano buscar la mía bajo la sábana y apretarla. Estabas tan excitada como yo, lo notaba en cómo se te aceleraba el pulso.

La chica se inclinó y lo besó hacia abajo, recorriéndolo con la lengua antes de subirse encima. Se movió adelante y atrás, despacio, buscando el ángulo. Él la sujetaba de las caderas, marcando un ritmo perezoso de quien todavía no termina de despertar. La escena tenía algo hipnótico, prohibido, irresistible. Yo me había quedado sin saliva.

Entonces me miraste. Y supe lo que ibas a hacer antes de que lo pensaras del todo.

***

No me pediste permiso. Me lo dijiste con los ojos y con una sonrisa que conocía demasiado bien, la misma que ponías cuando algo te apetecía tanto que ya no había marcha atrás. Nunca lo habíamos hecho. Nunca habíamos cruzado esa línea con nadie delante, mucho menos con extraños cuyos rostros jamás veríamos.

Te levantaste sin hacer ruido y caminaste desnuda hacia la otra cama. La chica te vio acercarte y, lejos de sobresaltarse, te recibió con una mirada cómplice, como si te hubiera estado esperando. Te inclinaste y empezaste a besar la parte de él que ella no alcanzaba a cubrir. El chico abrió los ojos de golpe, te miró, miró a su pareja, y al ver que ella sonreía se dejó llevar.

Yo me quedé en nuestra cama, incapaz de moverme, con la mano recorriéndome a un ritmo cada vez más rápido. Veía tu lengua subir lentamente hasta encontrarse con la de ella, las dos compartiendo el mismo punto, los cuerpos cada vez más cerca. El olor, los sonidos, la imagen entera me tenían al límite y apenas llevaba unos minutos mirando.

La chica no aguantó mucho. Se bajó de él, agitada, y te cedió el sitio sin decir palabra. Era tu turno y no quisiste esperar. Te subiste encima, lo tomaste entero, y echaste la cabeza atrás con un gemido que reconocí al instante porque lo había provocado mil veces. Verlo causado por otro debería haberme molestado. En cambio, me incendió.

Ella se sentó a tu lado y empezó a besarte los pechos, mordisqueándolos con suavidad, mientras tú te movías sobre él cada vez más rápido. Cuando parecías a punto de derrumbarte, él te tomó de las caderas, te tumbó boca abajo sobre el colchón y te sujetó con una fuerza que no te dejaba escapar. Empezó a empujar desde atrás, hundiéndose más con cada movimiento.

La chica se acomodó contra el cabecero, abrió las piernas y guio tu cabeza hacia ella. La besaste con hambre, sin pausa, hasta que se estremeció entera y se dejó ir contra tu boca en el mismo instante en que tú llegabas al límite y él soltaba un grito ronco de placer. Los tres a la vez, en una habitación que ninguno de nosotros había reservado, entre desconocidos a los que nunca pondríamos cara.

Yo terminé desde nuestra cama, sin que nadie me tocara, con todo el cuerpo tenso y la mirada clavada en ti. Había corrido con vosotros tres sin formar parte y, al mismo tiempo, formando parte de todo.

***

El silencio que vino después fue extraño. Nadie habló. La luz crecía despacio detrás de la persiana y, con ella, volvía algo parecido a la vergüenza, aunque no del todo. La pareja se vistió primero, en silencio, sin quitarse las máscaras. Tú y yo hicimos lo mismo. Nos cruzamos una última mirada con ellos, un gesto mínimo de cabeza, una despedida sin nombres ni palabras.

Bajamos las escaleras de aquella casa cuando los últimos invitados todavía dormían tirados por los sofás. Salimos al jardín, donde el aire fresco de la mañana nos golpeó la cara como una pregunta sin respuesta. En el coche, ya con los antifaces en el regazo, nos miramos de verdad por primera vez en toda la noche.

—¿Pasó? —preguntaste, medio sonriendo, como si necesitaras confirmarlo.

—Pasó —dije.

No volvimos a hablar de ello en mucho tiempo. Pero algunas noches, cuando apagamos la luz, sé que los dos pensamos en lo mismo. En una casa a las afueras, en una habitación a oscuras, y en una fantasía que dejamos de imaginar para vivirla, escondidos detrás de una máscara que nos dio el valor de ser, por una vez, exactamente lo que queríamos ser.

Ver todos los relatos de Fantasías

Valora este relato

Comentarios (5)

ValentinaRos

Que relato!!! me llevo directo a esa noche imaginaria, hermosooo

Dante_BA

El antifaz como excusa perfecta para lo que nadie se anima a decir en voz alta. Muy bien logrado

LunaRosada_03

siiiiii necesito la segunda parte ya jajaja no puedo quedarme con el final asi

Fede_86

Me gusto mucho el juego del anonimato, eso de no saber quien es el otro tiene algo muy especial. Segui escribiendo!

Marisol_noc

Me recordo a una fiesta a la que fui hace años, no paro de pensar en lo que hubiera podido pasar si me hubiera animado jajaja

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.