Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Las compañeras de mi mujer subieron a casa esa noche

Era un viernes igual a tantos otros. Habíamos decidido salir a cenar sin un plan claro, más por escapar del sofá que por otra cosa, y la noche prometía morir temprano entre bostezos. Tú llevabas ese vestido oscuro que casi nunca te ponías, y yo me había puesto la camisa que dijiste que me hacía parecer menos cansado.

—¿Y si vamos a tomar algo antes de volver? —propusiste, ya en la calle.

—Lo que tú quieras —contesté, sin imaginar adónde nos llevaría esa pregunta.

El bar al que entramos tenía música baja y luces de un ámbar perezoso. Y allí, en una mesa del fondo, estaban Marina y Carla, dos compañeras de tu oficina. Te alegraste de verlas con esa sorpresa genuina que pones cuando algo bueno aparece sin avisar. Nos sentamos con ellas y la conversación arrancó sola.

Lo que iba a ser una copa rápida se convirtió en tres. La timidez se fue diluyendo con cada brindis. Marina reía echando la cabeza hacia atrás, Carla hablaba bajito, como si todo lo que decía fuera un secreto. Y poco a poco, sin que nadie lo decidiera, empezamos a bailar los cuatro en el pequeño hueco junto a la barra.

El alcohol fue tejiendo su efecto despacio. Los bailes se volvieron más cercanos, más lentos. Nos juntábamos cada vez más, y sobre todo se juntaban ellas dos. Yo te observaba mirarlas, y noté algo en tu cara que no había visto antes.

Había una corriente nueva entre nosotros cuatro, algo que nadie nombraba pero que todos sentíamos. Carla apoyó una mano en tu hombro al pasar a tu lado, y la dejó ahí un segundo de más. Marina me sostuvo la mirada mientras bebía, sin parpadear, con una media sonrisa que era una pregunta. Yo te buscaba a ti para saber qué pensabas, y tú solo te mordías el labio.

—Nunca te lo conté —me dijiste al oído—, pero las dos se han follado a tías antes. Dicen.

Dicen. Esa palabra se me quedó dando vueltas en la cabeza el resto de la noche, y con ella la imagen de Marina y Carla desnudas, comiéndose el coño la una a la otra.

***

De ahí nos arrastramos a una discoteca cercana, y allí la cosa subió de temperatura. Entre el bullicio y la oscuridad, Marina y Carla se buscaron en un beso breve, casi un roce, como quien prueba si el agua está fría. Tú y yo nos miramos, y nos besamos también, pero esta vez con los ojos abiertos, vigilando lo que ellas hacían.

Cuando la madrugada ya pesaba en los pies, propusiste la penúltima en nuestra casa. No esperaba que dijeran que sí tan rápido.

—Vivimos en el centro, a dos calles —dijo Carla, ya poniéndose el abrigo.

Salimos los cuatro a la noche fría. Nuestro edificio era de esos antiguos con ascensor estrecho, y vivíamos en el último piso. En el portal tuvimos que esperar a que bajara la cabina, y en ese silencio, de pronto, escuché cómo se agitaban las respiraciones. La de Marina. La tuya. La mía.

Entramos los cuatro al ascensor y las puertas se cerraron con un golpe suave. Fue como si esa caja de metal nos diera permiso para todo lo que no nos habíamos atrevido a hacer abajo. La luz amarillenta parpadeaba, el motor zumbaba sobre nuestras cabezas, y los cuatro nos quedamos demasiado cerca para fingir que no pasaba nada.

Marina y Carla volvieron a besarse, ahora sin pudor, con una urgencia que llenó el espacio diminuto. Vi cómo Marina le metía la lengua hasta la garganta y cómo la mano de Carla se colaba dentro del escote de Marina y le apretaba una teta por encima del sujetador. Tú me agarraste de la camisa y me besaste con fuerza, y noté enseguida cómo se te endurecían los pezones bajo el vestido cuando te apreté contra mi polla ya dura.

Mi mano quedó cerca de la minifalda de Marina, casi por accidente, y entonces ella hizo algo que no esperaba: buscó mi muñeca, se levantó un poco la falda y guió mis dedos hacia su ropa interior.

Llevaba un tanga de raso negro empapado. Primero me asusté, no por ella, sino por ti, por cómo reaccionarías. Pero al apartarme un instante vi tu mirada, y respirabas más rápido, y me apretaste contra ti para que no dejara de hacerlo. Es más, me susurraste al oído, con la voz rota:

—Métele los dedos. Ábrele el coño. Quiero verte hacerlo.

Nunca te había oído hablar así. Mis dedos acariciaban a Marina por encima de la tela al mismo ritmo en que tu lengua jugaba con la mía. Ella misma echó el tanga a un lado, y la toqué directamente: un coño depilado, hinchado, chorreando. Dos dedos entraron sin ninguna resistencia, hasta el fondo, y Marina soltó un gemido ahogado contra la boca de Carla. Los saqué relucientes, brillando bajo la luz amarilla, y volví a metérselos, moviéndolos dentro con el pulgar apretándole el clítoris. Cada movimiento de tu boca lo repetía con mis dedos en ella, y Marina se mordía el labio para no hacer ruido, apoyada contra la pared del ascensor con las piernas abiertas y la falda por la cintura.

La polla me estaba reventando el pantalón, y Carla se dio cuenta. Sentí cómo unos dedos ajenos bajaban la cremallera y me la sacaban, dura, apuntando hacia arriba. Tú seguías besándome, cada vez más lasciva, mientras notaba la boca tibia y húmeda de Carla cerrarse sobre el glande. Se la tragó entera de una sola vez, hasta que noté la garganta apretándome la punta, y luego empezó a mamármela despacio, con la lengua envolviéndome la corona, todavía sabiendo a Marina en su boca. Yo no dejaba de meter y sacar los dedos del coño de tu compañera con la otra mano, y tú, sin dejar de besarme, bajaste la mirada para verlo todo: la cabeza de Carla subiendo y bajando sobre mi verga, los dedos de mi mano brillando dentro de Marina. Me mordiste el cuello y susurraste:

—Joder, cómo te la chupa.

El ascensor se detuvo en nuestro piso y las puertas se abrieron al pasillo vacío. Por suerte no había nadie. Salimos tropezando, riéndonos en voz baja, colocándonos la ropa a medias mientras buscaba las llaves con manos torpes, la polla todavía fuera, empapada de la saliva de Carla.

***

Entramos al piso y, sin que nadie dijera nada, los cuatro empezamos a desnudarnos en el recibidor. No hubo plan, ni propuesta, ni vergüenza. Solo ropa cayendo al suelo y respiraciones cortas. El vestido oscuro cayó a tus pies y te quedaste sin bragas, con los pezones erectos y el coño ya brillando de lo mojada que estabas. Marina se sacó la camiseta por la cabeza y le vi las tetas por primera vez, pequeñas y firmes, con los pezones oscuros. Carla se bajó la falda y no llevaba nada debajo: coño rasurado, culo redondo, muslos apretados.

Marina te tomó de la cintura y empezó a besarte el cuello mientras te apretaba una teta con la mano y con la otra te bajaba directamente al coño. Te vi abrirle las piernas a otra mujer, dejarte tocar, y gemir con la boca abierta contra su hombro. Carla se giró hacia mí, se puso de rodillas allí mismo, en el recibidor, y volvió a metérsela en la boca. Esta vez me la chupó a fondo, con las manos agarrándome el culo, empujándome contra su cara hasta que le golpeé la garganta. Por un segundo nos quedamos los cuatro así, mirándonos: tú con dos dedos de Marina dentro y una teta en la boca de ella, yo con la polla hasta el fondo de la garganta de Carla. Yo te miraba a ti, follada por los dedos de otra mujer, y nunca te había deseado tanto.

—Ven —dijiste, con la voz rota, apartando a Marina—. A la cama. Ya.

Fuimos a la habitación. Las tres os colocasteis en fila sobre la cama, de espaldas a mí, apoyadas en las rodillas y las manos, con los tres coños ofrecidos y los tres culos en pompa. Verlas así, a ti en el centro de todo, con los labios del coño hinchados y goteando entre los muslos, me dejó sin aire un momento. Terminé de quitarme la ropa y me acerqué con la polla tan dura que dolía.

Recorrí muy despacio la piel de las tres, rozándolas, pasando los dedos entre los pliegues empapados, sintiendo cómo no podíais parar de tocaros entre vosotras, las manos buscándose los pezones, los labios encontrándose de lado con las lenguas fuera. La habitación olía a perfume mezclado con sudor y a coño, y la única luz era la de la calle colándose por la persiana, dibujando líneas sobre vuestras espaldas y sobre los culos levantados.

Tú estabas en el medio, y empecé por ti. Me agarré la polla y la froté contra tus labios empapados antes de metértela de golpe, hasta el fondo. Soltaste un grito ahogado y arqueaste la espalda, y ya no paré. Mientras te embestía, mis dedos buscaban a Marina y a Carla, una a cada lado, dos dedos en cada coño, hundidos hasta los nudillos. Sentía cómo cerrabas las paredes alrededor de mi verga, cómo girabas la cabeza para chuparle la lengua a Carla mientras yo te follaba, perdida en algo que no sabía que necesitabas tanto.

Todo se movía al mismo compás. Cuanto más fuerte te embestía a ti —dando ya con las caderas contra tus nalgas, haciendo sonar la carne— más hondo hundía los dedos en ellas, buscándoles el punto por dentro con la yema. Las oía gemir contra la almohada, las sentía empujar el culo contra mi mano, apretándome los dedos con los coños. Marina alargó la mano y te agarró una teta que colgaba, apretándotela mientras yo te la clavaba. Cuando te corriste, con un temblor largo que reconocí enseguida, gritando contra la sábana y apretándome la polla en espasmos, salí despacio de ti, chorreando de tus jugos.

—Cambia —murmuró Marina, con la voz ronca—. Métemela ahora.

Os reorganizasteis. Te pasaste a la derecha y Marina ocupó el centro. Le abrí las nalgas con las manos y le metí la polla en el coño de un solo empujón. Estaba tan mojada que entré hasta el fondo sin encontrar resistencia, y ella soltó un jadeo largo mientras te enterraba la cara entre los muslos y empezaba a comerte el coño. Empecé a follármela con embestidas duras, agarrándola de las caderas, mientras seguía acariciándote a ti y a Carla con los dedos húmedos de tu propia corrida. El mismo ritmo, la misma corriente recorriéndonos a los cuatro. Veía cómo la lengua de Marina te lamía el clítoris entre gemido y gemido, cómo tú le agarrabas la cabeza y le apretabas la cara contra tu coño. Marina se corrió gritando contra tus labios, apretándome la verga con espasmos que casi me hacen soltarme dentro, casi a la vez que tú volvías a hacerlo bajo mis dedos y contra su boca.

Por último cambió Carla al centro. Se puso a cuatro patas y sacudió el culo hacia mí, provocándome. Le escupí en el coño, le froté la polla entre los labios y se la metí lento, para hacerla esperar, hasta que ella misma echó el culo atrás y me la tragó entera. Empecé a movérmela dentro, sintiendo cómo su coño era el más apretado de las tres, y no dejé de tocaros a ti y a Marina con las dos manos, un dedo en el coño de cada una, el pulgar rozándoos el clítoris. Tú te giraste debajo de Carla, boca arriba, y le pusiste su coño encima de tu cara para lamérselo mientras yo se la clavaba por detrás. Sentí tu lengua en mis huevos cada vez que salía. Y al final os corristeis las tres a la vez, las tres apretadas contra mí, conmigo, que ya no aguantaba más. Saqué la polla del coño de Carla justo a tiempo y me corrí a chorros, larga y espesa, sobre las tres espaldas, sobre los tres culos, sobre la mano de Marina que me la había agarrado en el último segundo para dirigir el chorro. Caí desfallecido sobre la cama, vacío y mareado, entre tres cuerpos brillantes de sudor y semen.

Durante un rato largo nadie habló. Solo el sonido de la respiración volviendo a su sitio, el peso tibio de tres cuerpos buscándose en la oscuridad. Alguien rio bajito, no sé quién, y esa risa nos contagió a los cuatro, una risa floja de incredulidad y cansancio. Poco a poco fuimos cayendo dormidos, enredados, sin distinguir dónde empezaba uno y terminaba otro.

Antes de dormirme del todo, te busqué con la mano en la penumbra y encontré la tuya. Me la apretaste sin abrir los ojos, como diciéndome que seguíamos siendo nosotros, que nada de aquello nos rompía. Esa fue la última imagen de la noche: tu mano en la mía y las otras dos respirando tranquilas a nuestro lado.

***

A la mañana siguiente desperté rodeado de las tres, las sábanas revueltas, la luz entrando por la rendija de la persiana. Me levanté con cuidado para no despertaros y fui a ducharme, todavía sin creer del todo lo que había pasado.

Cuando volví, la sorpresa me dejó clavado en la puerta. Las tres os habíais despertado y os buscabais de nuevo, esta vez solas, sin necesidad de mí. Tú estabas tumbada, con Carla sentada a horcajadas sobre tu boca, restregándote el coño en la cara y arqueada de placer mientras se apretaba las tetas con las dos manos. Marina, encima de ti, te separaba los muslos y te comía el coño con la lengua entera, chupándote el clítoris con los labios y metiéndote dos dedos a la vez. Yo veía tu lengua salir y entrar en el coño de Carla, y a Carla inclinarse hacia adelante para devolverle la caricia a Marina, mamándole las tetas y bajando después a su coño depilado. Un círculo perfecto de lenguas, dedos y coños empapados, del que yo había quedado, de pronto, fuera.

No me molestó. Al contrario. Se me estaba volviendo a poner dura solo de miraros. Me apoyé en el marco de la puerta, me agarré la polla y empecé a pajearme despacio, sintiendo que volvía a despertar el deseo con cada gemido que salía de la cama. Vi cómo Carla se corría primero, apretándote la cara contra su coño y frotándose contra tu boca hasta que se derrumbó. Vi cómo tú te corrías después bajo la lengua de Marina, con las piernas temblando abiertas de par en par. Y vi cómo Marina se acababa a sí misma con la mano, sin dejar de lamerte, hasta que las tres gritasteis a la vez, con un gemido que se mezcló en uno solo. Yo también me corrí en mi mano, en silencio, apoyado en la puerta.

Tuve que ducharme otra vez. Y mientras el agua caía, mi cabeza no paraba de repetir cada escena, preguntándose si esa noche había sido el principio de algo o solo una fantasía que habíamos dejado escapar de su jaula por una vez. Ninguno lo dijo en voz alta esa mañana. Pero cuando te despediste de ellas en la puerta, con un beso que duró un poco más de la cuenta y una mano de Carla apretándote el culo por encima de la falda, supe que las tres ya estabais pensando en la próxima.

Ver todos los relatos de Fantasías

Valora este relato

Comentarios(8)

GabrielMty

madre mia que relato... me dejo con la boca abierta jajaja

MelenaCba

Por favor que haya una segunda parte!!! Quede con muchas ganas de saber como termino esa noche

Noctambulo_45

Me recordo a una situacion similar que vivi hace tiempo. Esas cosas pasan mas seguido de lo que la gente cree. Muy bien narrado, de verdad.

RicardoBA_78

Excelente, de los mejores que lei en mucho tiempo. El ritmo te atrapa desde la primera linea y no te suelta

Tini_mx

Esto te paso en realidad o es ficcion? Se siente muy real, casi cinematografico

LeandroMdz

Lo que mas me gusto es la forma en que lo contaste, sin apresurarte. Eso es lo que falta en muchos relatos, el suspenso y la tension antes de todo. Felicitaciones, sigue escribiendo

Palmero_cx

tremendo!!! ojala suban mas relatos asi

GusGar77

No pude parar hasta el final, y eso que ya era muy tarde. Vale totalmente la pena

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.