El sueño en que mi cuerpo se volvió el de una mujer
Era otra tarde de octubre, de esas en que el viento empuja a la gente hacia sus casas y el sol se rinde temprano por el oeste. Adrián caminaba a paso rápido contra el frío, con las manos hundidas en los bolsillos y la cabeza baja, como si así pesara menos todo lo que llevaba encima.
Su pensión quedaba en el último piso de un edificio viejo del barrio de San Telmo. Una habitación estrecha, con un ventanal enorme que no servía para nada salvo dejar entrar el frío, un baño minúsculo y una cama que crujía con solo mirarla. El desorden que se acumula cuando un hombre vive solo y deja de importarle quién pueda verlo.
Al entrar, la pieza lo recibió oscura y helada. Antes de que cayera sobre él todo el peso de la soledad, se dejó caer en la cama sin cambiarse, con el agotamiento del día entero todavía pegado a la espalda. Destapó una cerveza que llevaba días abierta sobre la mesa de luz, tibia y sin gas, y la bebió a sorbos lentos.
Pensaba en lo de siempre. En los años que se le habían ido. En el amor que había tenido cerca y se le había escapado entre los dedos, en los pocos cuerpos que había conocido y que recordaba con una mezcla de cariño y de rabia. Eran pocos, pero valían más que toda la vida que estaba viviendo ahora.
Recordaba a una chica de la facultad que le había enseñado a besar sin prisa, y a una vecina más grande que él que lo había buscado dos veranos seguidos y después había desaparecido sin una explicación. Cada vez que cerraba los ojos volvían esos cuerpos, esos olores, esa sensación de ser deseado que ahora le parecía tan lejana como otra vida. La cerveza tibia no ayudaba, pero al menos le calentaba un poco el pecho.
Esa noche, sin embargo, había algo distinto en el aire. Una quietud densa, como la que precede a una tormenta que nunca termina de llegar. Adrián la atribuyó al cansancio y cerró los ojos pensando que mañana sería otro día idéntico a todos los demás. Se equivocaba.
La luna entró por el ventanal y fue la única luz de la habitación cuando apagó la lámpara. Adrián se hundió en esa claridad fría y, sin darse cuenta, su mente se desconectó del mundo. Lo último que registró fue el frío de la sábana contra la mejilla. Después, ya no hubo nada.
El primer sueño fue erótico.
Estaba sobre una mujer tendida boca arriba, sin rostro, sin nombre, solo cuerpo y calor. Él se balanceaba con cada embestida y los pechos de ella subían y bajaban al ritmo que él imponía. La sentía húmeda, abierta, dispuesta. En el sueño todo era simple: el deseo no tenía pasado ni culpa, solo el vaivén de la carne contra la carne.
Lo que Adrián no sabía, dormido, era que su cuerpo real estaba respondiendo. Lentamente, una marea de sensaciones lo fue invadiendo. Su sexo cobró dureza bajo la ropa, apretado, incómodo, buscando espacio que no encontraba.
Y entonces, sin que pudiera explicarlo ni siquiera dentro del sueño, su cuerpo empezó a cambiar.
Mientras el sueño se volvía más caliente y más vívido, mientras sentía la piel suave de su amante imaginaria y el choque sordo de los dos cuerpos, un calor distinto le recorrió por debajo de la piel. No era el calor del deseo. Era algo más profundo, como si una corriente lo estuviera rehaciendo desde adentro.
El vello le retrocedió por los brazos, por el pecho, por las piernas, dejándole la piel limpia y tersa. Oleadas de ese calor extraño le subían y bajaban por la espalda. Su masa muscular se aflojó, se fue, lo dejó más liviano. Empezó a gemir dormido, a quejarse sin despertarse, y poco a poco su voz se volvió más aguda, más femenina.
La nuez de la garganta se le hundió hasta desaparecer. El cráneo se le afinó, los pómulos se le marcaron delicados, el mentón perdió su línea dura y la nariz se hizo más fina. Las cejas se le adelgazaron solas, las pestañas se le curvaron hacia arriba. Todo en su rostro se reescribía mientras él seguía atrapado en el sueño, ajeno a lo que ocurría.
A pesar del tono cada vez más alto de sus gemidos, no se despertó. Las orejas se le volvieron pequeñas y delicadas. La piel le adquirió una suavidad extrema, casi irreal. Perdió altura, perdió volumen. Las manos, antes anchas y fuertes, se le estilizaron hasta quedar finas y frágiles, con dedos largos y uñas que se alargaron solas.
Los brazos se le afinaron, los pies se le encogieron dentro de unas medias que de pronto le quedaban grandes. Y los gemidos seguían, más intensos, con ese registro sensual y femenino que lo arrastraba sin remedio hacia el borde del placer.
Los muslos se le redondearon, ganaron carne, se volvieron suaves. En el pecho sintió una presión que ardía. Los pezones se le pusieron erectos, las venas se le marcaron apenas bajo la piel, y la grasa fue acumulándose debajo hasta darle forma, hasta levantarle dos senos donde antes no había nada.
La columna se le reacomodó con un crujido apagado. La cadera se le ensanchó, las nalgas se le redondearon, y sintió cómo los muslos se le separaban un poco, dándole una silueta de curvas que su cuerpo nunca había tenido. En el sueño era una mujer entregada; en la cama, sin saberlo, se estaba convirtiendo en una.
La camiseta, antes ajustada, ahora le colgaba floja sobre el pecho, y bajo la tela los senos libres se movían al compás de su respiración entrecortada. El pantalón se le tensó a la altura de las caderas hasta que la costura cedió en silencio, vencida por una forma nueva.
Después llegó un vacío en el estómago, tan fuerte que casi lo despierta. Fue como si algo le licuara el abdomen por dentro. La cintura se le estrechó, se le hundió a los lados, terminando de dibujar una figura de reloj de arena que su sueño parecía celebrar con cada embestida.
Y eso fue lo que lo empujó al final. En el sueño, su amante sin rostro lo apretó contra ella; en la realidad, su cuerpo se contrajo en un espasmo largo. Acabó con un gemido agudo que ya no reconocía como suyo, mientras un calor pegajoso le inundaba la entrepierna.
Pero incluso en ese instante, mientras el orgasmo lo recorría, su sexo perdía tamaño, se ablandaba, se replegaba. Lo que le quedaba de hombre se fue retirando hacia adentro. La cadera se le sacudía en pequeños temblores que solo hacían más sensual cada movimiento, y entre las piernas la forma cambiaba: lo que había sido se hundía para dar lugar a un pliegue suave, a unos labios carnosos, a una hendidura tibia y nueva.
En lo más hondo, en un nivel que ningún ojo podía ver, algo terminaba de reordenarse. Una marea de hormonas se soltó por dentro, recorriéndolo entero, sellando el cambio. El cuerpo de Adrián exhaló largo y quedó en calma, respirando despacio, mientras la luna seguía vigilándolo desde el ventanal.
***
Despertó con la primera luz de la mañana, esa claridad gris y dudosa que entra antes de que salga el sol del todo. Lo primero que notó fue el pelo. Una melena larga, ondulada, le caía sobre la cara y desprendía un aroma dulce, femenino, que no le pertenecía. Lo segundo fue el peso. Una presión nueva en el pecho, dos pesos blandos que se movían cuando respiraba.
Se incorporó de golpe, con el corazón disparado. La camiseta le resbaló por un hombro liso y sin vello. Esto no es un sueño. Sigo soñando. Tiene que ser eso.
Pero la sábana arrugada era real, el frío del cuarto era real, y la voz con la que respiraba, agitada, era aguda y suave. Se llevó las manos a la cara y se palpó los pómulos finos, la mandíbula delicada, los labios más llenos. Bajó las manos al cuello, al pecho, y al rozarse los pezones un escalofrío le subió por la espalda que no supo cómo nombrar.
Fue ahí cuando reparó en el detalle. El pequeño, el imposible. Entre las piernas no había nada de lo que se había acostado a dormir. Conteniendo la respiración, con los dedos temblando, llevó la mano hacia abajo, esperando sentir lo de siempre.
No encontró su hombría. Encontró suavidad. Encontró un calor húmedo que emanaba de un cuerpo que ahora era suyo y que apenas empezaba a conocer. Los dedos resbalaron sobre un pliegue tibio y un estremecimiento le recorrió entero, distinto a todo lo que había sentido antes, más profundo, más extendido, como si el placer ya no naciera de un punto sino de todas partes a la vez.
Debería haber gritado. Debería haber salido corriendo. Y sin embargo se quedó quieto, con la mano entre las piernas, descubriéndose. Apretó apenas, exploró el lugar donde los dedos se hundían con facilidad, y un gemido bajo se le escapó de los labios nuevos. No quiero apartarla. Eso es lo que más me asusta.
El sol terminó de salir y le tiñó de oro el cuerpo desnudo. Adrián —si todavía podía llamarse así— se recostó despacio contra la almohada, con la respiración entrecortada y los ojos cerrados, dejando que esa mano siguiera aprendiendo lo que ahora era. Afuera, la ciudad empezaba a despertar; adentro, él apenas comenzaba.
Muy lejos de cualquier mirada, en lo más íntimo de ese cuerpo recién estrenado, un ovario soltó su primer óvulo. El ciclo había comenzado. Pero esa, todavía, era una historia para otra noche.