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Relatos Ardientes

Le vendía fotos hasta que una llamada lo cambió todo

Antes de empezar, gracias a todos por sus mensajes. Recuerden que si tardo un poco en contestar es porque tengo que ser discreta y no puedo estar conectada a todas horas. Gracias también a quienes me han comprado fotos últimamente, en especial a uno que ya repitió tres veces y no necesito nombrar. Besos, y disfruten lo que viene.

Pasaron varias semanas sin que Damián me comprara una sola foto, y durante ese tiempo nuestra amistad siguió igual que siempre. Hablábamos casi a diario, nos mandábamos memes a deshoras, nos reíamos de las mismas tonterías. Me gustaba esa parte de lo nuestro, la que no costaba nada y no exigía nada. Me sentía cómoda con él, relajada, sin la sensación de estar pisando un terreno minado.

Una tarde, mientras ordenaba las fotos de mi último viaje, me di cuenta de que había capturado momentos preciosos. Subí algunas a mis redes, sin pensarlo demasiado. A los pocos minutos llegó un mensaje suyo elogiando una en particular. Lo escribió con tanto entusiasmo, tan sin filtro, que me sacó una sonrisa. Y ahí, en esa frase suya, vi la oportunidad de reavivar algo de la chispa que habíamos dejado dormir, sin poner en riesgo lo demás.

Sin pensarlo mucho le mandé una foto que me había sacado en una cascada. Tenía esa mezcla que a mí me gustaba: sensual pero natural, como si la hubiera tomado sin darme cuenta de lo que mostraba. Su reacción fue inmediata. Me respondió casi al instante, diciéndome lo mucho que le había gustado, lo descolocado que lo había dejado. Tanto, que sin mediar otra palabra me hizo una transferencia de cuarenta dólares.

Ese gesto inesperado me confirmó dos cosas a la vez. Una, que la atracción seguía ahí, intacta. Y dos, que tenía que manejarla con cuidado si no quería arruinar la amistad que tanto valoraba. Pero esa tarde me sentía inspirada, y la prudencia era lo último que me apetecía escuchar.

Decidí dedicarle un rato a tomar fotos nuevas. Preparé la habitación con calma, regulé la luz hasta dejarla suave pero favorecedora, esa que resalta cada curva sin delatar los defectos. Empecé con algo sugerente: me arrodillé sobre la cama con una bata abierta y nada más que un hilo dental debajo, la tela metida entre las nalgas y clavada en el coño, marcando los labios por encima de la tanga. Me sostuve las tetas desde abajo, empujándolas hacia arriba para que se vieran bien llenas, con los pezones ya tiesos apuntando a la cámara.

Para la siguiente mantuve la postura, pero junté las piernas y bajé un poco la tela hasta que asomó la mata de vello recortada. Dejé caer un mechón de pelo sobre uno de mis senos, ese desorden estudiado que hace que una imagen parezca espontánea cuando no lo es en absoluto. Lo intencional y lo accidental, mezclados, tenían un magnetismo que ninguna pose perfecta lograba.

Quise subir la intensidad. Separé las piernas apenas, deslicé la ropa interior un poco más abajo y dejé que se viera todo: los labios ya hinchados, la raya del coño brillando de humedad porque, para qué mentir, sacarme esas fotos también me estaba poniendo cachonda. El contraste entre lo que insinuaba y lo que revelaba me parecía eléctrico, y cada toma superaba a la anterior. Me tomé mi tiempo con cada detalle, ajustando, corrigiendo, buscando siempre el encuadre que mejor contara lo que yo quería contar.

Me quité la bata para otra foto y giré el cuerpo hacia un costado para capturar la curva de la espalda y algo más. La imagen mostraba el contorno de mis nalgas abiertas, un perfil de mi coño mojado y el lateral de una teta con el pezón duro asomando. Las sombras hacían el resto: marcaban cada línea, le daban relieve a una postura que sin esa luz habría sido apenas un cuerpo desnudo más.

Para la última bajé el hilo dental hasta el nacimiento de las nalgas y me incliné lo justo para que asomara un pezón y, entre las piernas, se viera el coño abierto de espaldas, con el culo bien arriba. Esa pose tenía algo distinto, una mezcla de vulnerabilidad y dominio que me hizo sentir poderosa. Era mi favorita, y estaba segura de que también sería la suya.

Con todas listas, se las envié y esperé su reacción con una impaciencia que me sorprendió a mí misma. No tardó nada. Como siempre, respondió rápido y desbordado de elogios. Podía sentir la confianza creciendo en sus palabras, el entusiasmo en cada línea. Pero yo tenía que salir y no podía quedarme atada al teléfono, así que dejé la conversación a medias, con la promesa silenciosa de retomarla.

***

Volví a casa entrada la noche. Revisé el teléfono y encontré un mensaje suyo: «He pensado en ti todo el día y no se me baja la temperatura, tengo la polla dura desde hace horas». No pude evitar sonreír ante la confesión. Le respondí con un emoji guiñando un ojo, manteniendo el tono de juego. Y como había sido generoso, decidí premiarlo con algo especial.

Grabé un video corto, de no más de diez segundos. Salía mostrando las tetas y la ropa interior, girando despacio mientras sostenía el teléfono con una mano, asegurándome de que no apartara la vista ni un segundo. En el último tramo me bajé la tanga hasta medio muslo y dejé ver el coño de frente, con dos dedos separándome los labios apenas lo justo para que se notara lo mojada que estaba. Lo envié antes de arrepentirme.

Su reacción fue inmediata y mucho más intensa que las anteriores. Sus mensajes destilaban una excitación que ya no se molestaba en disimular. Me dijo que estaba a mil, que se la estaba pelando desde que abrió el video, que no podía con lo que acababa de ver. Sentí una satisfacción tibia subiéndome por el pecho, esa mezcla de orgullo y deseo de seguir tirando del hilo.

—No te creo —le escribí, fingiendo una duda que no tenía, solo por jugar un poco más con él—. Demuéstrame que la tienes dura.

—Te mando una foto —respondió sin titubear.

—Que conste que por esa no te pago —bromeé.

Aceptó la broma con gusto, sin presión, sin exigir nada a cambio. Y cuando llegó la imagen, me sorprendí gratamente. La tenía en la mano, gruesa, con la vena bien marcada por debajo y el glande hinchado, brillante de líquido pre-seminal. Se le veía tensa, apretada contra la palma, como si de verdad llevara horas a punto. Me gustó de verdad. Su excitación tan evidente me halagaba, me hacía sentir deseada de una forma que hacía tiempo no sentía.

Le respondí elogiando lo que veía, sin rodeos. Le escribí que tenía una polla preciosa, que me encantaba lo gorda que se le ponía, que me estaba imaginando lamiéndole la punta despacio, sacándole cada gota con la lengua antes de metérmela entera hasta la garganta. Le dije que estaba impresionada, que la quería para mí, con un punto de picardía en cada palabra. La cosa había escalado rápido, demasiado rápido, y los dos lo estábamos disfrutando.

Su contestación llegó cargada de entusiasmo, casi sin puntuación, hablándome de todo lo que me haría si me tuviera delante: cómo me abriría de piernas, cómo me follaría el coño hasta dejarme sin voz, cómo me correría dentro. Esto se está saliendo de control, pensé, pero la idea de frenar ni me rozó. Sabía que mantener el equilibrio entre el juego y la realidad era lo prudente, lo sensato. Y en ese momento la prudencia me importaba un bledo.

***

Entonces me llamó.

La llamada me agarró desprevenida. Siempre nos habíamos comunicado por mensajes, jamás por voz. Atendí con el corazón un poco acelerado. Su voz, aunque familiar, sonaba distinta esa noche: más grave, más cargada. Empezó a decirme cosas, halagos llenos de deseo, pero noté enseguida que respiraba agitado y que las frases le salían entrecortadas, sin la fluidez de siempre. Se oía, apenas, el ruido húmedo de su mano yendo y viniendo por la polla, un chasquido rítmico de fondo que me erizó la piel.

Esa vulnerabilidad suya me encendió de golpe. Decidí acompañarlo en el juego en vez de cortarlo. Me tumbé bocarriba, apoyé el teléfono en la almohada y con la mano libre empecé a tocarme las tetas despacio, disfrutando el contraste entre la suavidad de la piel y la dureza de los pezones. Me los pellizqué, los tiré hacia arriba, los hice rodar entre los dedos hasta que se me escapó el primer suspiro claro. Sentía la excitación crecer con cada caricia, lenta, paciente, dejándola tomar fuerza por su cuenta.

—Estoy tocándome para ti —le dije, y oí cómo se le entrecortaba el aliento del otro lado—. Tengo los pezones durísimos, Damián. Ojalá me los estuvieras chupando ahora.

—Joder —murmuró—, sigue, cuéntame, no pares.

A medida que él hablaba, mi mano fue bajando. Cruzó el abdomen, se deslizó entre mis piernas, encontró el punto exacto. Estaba empapada, el coño resbaladizo, los labios hinchados de deseo. Empecé a acariciarme el clítoris con la yema del dedo corazón, dando vueltas suaves, y con la otra mano me abrí los labios para él, como si pudiera verme. Metí dos dedos y los saqué despacio, oyendo el sonido húmedo que hacían al entrar, dejando que él también lo oyera.

—¿Escuchas cómo suena? —le pregunté con la voz temblona—. Estoy chorreando por ti, cabrón. Tengo dos dedos metidos y no me alcanzan.

—Dios mío —soltó él con un gruñido—, me la estoy machacando pensando en ese coño, en cómo te lo follaría ahora mismo.

La sensación era eléctrica, y yo sabía que él percibía mi respiración cambiando al otro lado de la línea. Las dos respiraciones se volvieron pesadas, irregulares. Hablábamos, sí, pero las palabras empezaban a sobrar y se transformaban en gemidos, en jadeos entrecortados, en pequeños insultos cariñosos.

—Métetelos más adentro —me pidió—. Fóllate con los dedos como si fuera mi polla.

Le hice caso. Metí y saqué los dedos con más fuerza, curvándolos hacia dentro para tocarme ese punto que me hacía retorcerme. Con el pulgar seguía frotándome el clítoris en círculos, y sentía cómo el placer se me acumulaba en la boca del estómago, tirando hacia abajo, apretándome los muslos.

Hubo un silencio. Uno corto, tenso, roto solo por mi respiración y el sonido inconfundible de su mano trabajándose la polla al otro lado. Para que no se sintiera incómodo, tomé la iniciativa y volví a su foto, describiéndole en voz baja los detalles que más me habían gustado, lo que me había provocado verla.

—Estaba mirando tu foto mientras te esperaba —le confesé—. La tienes preciosa, gorda, con esa punta hinchada… se me hacía la boca agua. Me la imaginaba entrando en mi boca, empujándome contra el paladar, ahogándome un poco. Y después bajándote yo despacio hasta las bolas, chupándotelas mientras te la meneo.

—Puta, no me digas eso que me corro —jadeó.

—Aguanta —le ordené—. Aguanta hasta que me corra yo primero.

Mi voz reflejaba el placer que estaba sintiendo, y notaba cómo eso lo afectaba a él, cómo se le quebraba el aliento cada vez que yo bajaba el tono. Aceleré los dedos, me clavé un tercero, y el coño empezó a apretármelos sola, con esos espasmos que siempre me avisan de que estoy cerca.

—Estoy a punto —le anuncié entre jadeos—. Me estás poniendo cachondísima. Quiero que te corras conmigo, quiero oírte, quiero que me llenes de leche aunque sea por teléfono.

—Sí, joder, sí —jadeó él, y el ritmo de su mano se aceleró tanto que ya se oía con claridad al otro lado.

Cada palabra que pronunciaba parecía empujarme un poco más cerca del borde. La imagen suya se mezclaba con lo que sentían mis dedos, y ya no sabía si me excitaba el recuerdo o el sonido de su respiración o las dos cosas a la vez. El placer se acumulaba en una sola dirección, sin freno. Empecé a frotarme el clítoris con dos dedos a toda velocidad, mientras con los otros me seguía follando el coño, y noté cómo se me tensaban los muslos, las plantas de los pies, todo.

De repente llegó, y me dejó sin aire. Hundí la cara en la almohada para ahogar los gemidos, sacudida por un orgasmo de una intensidad que no esperaba. Sentí las paredes del coño apretándose alrededor de mis dedos con contracciones largas, empapando la sábana, y grité contra la almohada su nombre, sin poder disimularlo. Casi al mismo tiempo lo oí gruñir del otro lado, un gemido ronco, largo, seguido de un «me corro, me corro, joder», y después un silencio pesado, roto por su respiración destrozada y el ruido de la corrida cayéndole en la mano y el vientre.

La sensación de soltarlo todo fue brutal, liberadora, y en ese instante me sentí conectada con él de una manera que nunca antes había experimentado. Me quedé con los dedos aún dentro, sintiendo los últimos espasmos, escuchándolo recuperar el aire al otro lado de la línea. La distancia entre los dos pareció borrarse, y solo quedó el deseo y la satisfacción de haberlo compartido.

—Estás loca —susurró él con una risa cansada—. Me has dejado sin piernas.

—Tú tampoco te quedas corto —le contesté, todavía jadeando—. Tengo la cama hecha un desastre por tu culpa.

Nos despedimos poco después, con la voz baja y todavía temblorosa. Acordamos seguir en contacto, conscientes de que habíamos cruzado una frontera que ya no podríamos desandar. Me quedé tumbada en la cama, relajada, satisfecha hasta el último músculo, con los dedos aún pegajosos y el olor a sexo flotando en el aire. El aire de la habitación se sentía más liviano, y una sonrisa tonta se me quedó pegada en la cara.

No me preocupaba lo que ese nuevo nivel pudiera significar para nosotros. Por una vez no quise adelantarme, no quise calcular las consecuencias. Sabía que lo nuestro había ganado una dimensión distinta, una mezcla de amistad y deseo que era tan emocionante como peligrosa, y estaba dispuesta a averiguar hasta dónde nos llevaba.

Cerré los ojos con el teléfono todavía tibio en la mano, reviviendo cada segundo de esa noche, preguntándome cuál sería la próxima frontera. Y con esa pregunta flotando en la cabeza, me dejé llevar por el sueño.

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Comentarios(7)

NicolasD22

buenisimo!! uno de mis favoritos de esta semana sin dudas

Luciana_Rc

Por favor que haya continuacion!! quede con tantas ganas de saber como termina todo esto jaja

SentimientosMix

Me recordo a algo que me paso hace unos años con un amigo de siempre. Al final son siempre los de al lado los que te cambian todo sin que te des cuenta

Pablo_cba

y como termino lo de las fotos al final? me quede con la intriga jaja

MarisolPBA

Muy bien escrito. Me gusto como describe ese momento de darse cuenta de algo que ya estaba ahi desde el principio

FernandoPaz21

De esos relatos que te hacen pensar un poco. Tiene algo que va mas alla del morbo, hay sentimiento genuino ahi. Espero que sigan escribiendo!

LauMdq

se hizo cortisimo, quiero mas!!!

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