El mensaje que despertó una fantasía que escondía
La oficina es tan gris y monótona como siempre. Reviso correos, completo planillas y contesto llamadas que no llevan a ningún lado. La rutina se ha vuelto el único paisaje fijo de mi vida. Tengo un título universitario y un puesto estable, y aunque mi trabajo no tiene nada de emocionante, me siento realizada en otras cosas.
Voy al gimnasio casi todos los días. No por obligación, sino porque me gusta lo que veo cuando me miro al espejo después de una buena rutina. Cada músculo me costó esfuerzo, disciplina y muchas mañanas de levantarme antes del amanecer. Me siento atractiva, con un toque de picardía que disfruto mostrar de a poco, aunque nunca me he considerado del todo una exhibicionista.
Desde hace un tiempo, una idea me ronda la cabeza con más frecuencia de la que me gustaría admitir: vender contenido para adultos. Me da curiosidad y, al mismo tiempo, un poco de miedo. No creo que sea capaz de mostrar fotos o videos demasiado explícitos. Pero la curiosidad pica, y pica fuerte.
Todo empezó una tarde cualquiera, mientras fingía trabajar. Me escribió Damián, un amigo de la facultad con el que no hablaba hacía años. Su nombre apareció en la pantalla y me sacó una sonrisa boba antes de leer siquiera el mensaje.
—Tanto tiempo, desaparecida. Te vi en una foto el otro día y casi no te reconozco. ¿Qué hiciste para ponerte así? —escribió, con un par de emojis que no dejaban dudas.
Me reí sola frente al monitor. Empezamos a tirarnos bromas, a recordar viejas anécdotas, y en algún punto la charla se desvió hacia mi figura. Damián elogiaba mi cuerpo sin filtro, con esa mezcla de confianza y descaro que siempre tuvo.
—En serio, deberías abrir un OnlyFans. Te forrarías —insistió.
—¡No sería tan mala idea! —le respondí, siguiéndole el juego.
Lo dije en broma. O eso quise creer.
Lo que no esperaba era que se lo tomara en serio. Me pidió mi número de cuenta, también como chiste, o eso pensé, y se lo pasé sin imaginar que haría algo con él. Ese fue mi primer error.
Para mi sorpresa, un par de minutos después el teléfono vibró sobre el escritorio. Una notificación del banco: depósito recibido, treinta dólares.
El corazón se me disparó. Miré alrededor, como si alguien en la oficina pudiera leer la pantalla y descubrir lo que estaba pasando. Nadie me prestaba atención. Todos seguían enterrados en sus propias planillas grises.
—¿Estás loco? —le escribí, aunque una sonrisa me tiraba de la comisura de los labios.
—Es una inversión. Quiero ver el producto antes de seguir invirtiendo —contestó, con una carita guiñando el ojo.
Me quedé mirando esas palabras un buen rato. ¿De verdad iba a hacer esto? La idea me emocionaba mucho más de lo que estaba dispuesta a reconocer. Sentí un calor subiéndome por el cuello, un cosquilleo bajo la ropa que no tenía nada que ver con la temperatura de la oficina.
—Tengo que terminar algo acá. Después vemos —respondí, intentando sonar tranquila.
Pero ya no pude concentrarme en nada. El resto de la tarde fue un borrón de correos sin leer y llamadas que dejé sonar. La cabeza la tenía en otra parte, en una fantasía que llevaba años guardando en algún rincón y que de pronto golpeaba la puerta.
***
Apenas crucé la puerta de mi departamento, dejé caer el bolso en el sillón y me quedé parada en medio del living, indecisa. El silencio del lugar me devolvió el sonido de mi propia respiración, más acelerada de lo normal.
Solo unas fotos. Nada que no haya pensado mil veces.
Fui hasta el dormitorio y abrí el cajón de la cómoda donde guardaba la lencería que casi nunca usaba. Elegí un baby doll de encaje negro, uno que había comprado en un arranque de impulso y que jamás me había animado a estrenar. La tela era suave y fresca contra la piel todavía caliente del día.
Me solté el pelo frente al espejo. Me miré. La mujer que me devolvía la mirada no era la chica seria de la oficina. Tenía algo distinto en los ojos, una determinación que me hizo sonreír.
Acomodé la luz de la lámpara para que cayera de costado, busqué un par de ángulos y empecé a tomarme fotos. Algunas me daban risa, otras me parecían torpes. Pero entre todas había cuatro que me gustaron de verdad: el encaje insinuando más de lo que mostraba, la curva de la cadera, la sombra del escote. Respiré hondo y se las mandé sin pensarlo demasiado.
La respuesta fue inmediata.
—Guau. Sos un espectáculo. Mejor de lo que me imaginaba, y eso que me imaginaba bastante —escribió Damián.
Sus palabras me encendieron de una forma que no esperaba. Sentirme deseada, así, a la distancia, era un combustible nuevo. Mientras seguía elogiándome, mi excitación crecía sin que pudiera controlarla.
—Me alegra que te gusten —le contesté, intentando mantener la compostura—. Confío en vos, ¿eh? Esto queda entre nosotros.
Ese fue mi segundo error.
—No te creo —respondió.
—¿Qué cosa?
—No creo que confíes en mí de verdad. Si confiaras, no te esconderías detrás del encaje.
Me quedé mirando el mensaje, mordiéndome el labio. Tenía razón, y eso me molestaba y me excitaba en partes iguales. Sentía los pezones endurecidos contra la tela del baby doll, rozándola con cada respiración. El pulso me latía en lugares donde no debería latir un pulso.
***
Me senté en el borde de la cama y dejé el teléfono boca abajo un momento, como para darme una última oportunidad de frenar. No la aproveché.
Me bajé los breteles despacio, sintiendo cómo el encaje resbalaba por los hombros. La prenda cayó hasta la cintura y el aire fresco del cuarto me erizó la piel. Volví a levantar el teléfono.
Esta vez no busqué ángulos favorecedores ni luces estratégicas. Me tomé varias fotos con los pechos al descubierto, sin más adorno que mi propia respiración agitada. Elegí la que menos delataba lo mojada que estaba con solo pensar en su reacción y se la envié sin escribir una sola palabra. Que el silencio hablara por mí.
Los segundos que tardó en responder se me hicieron eternos. Vi el «escribiendo…» aparecer y desaparecer dos veces.
—Vaya —llegó al fin—. Me dejaste sin palabras. Sos preciosa. No sabés lo que provocás.
Solté el aire que ni sabía que estaba conteniendo.
—Gracias —escribí, simple, porque cualquier otra cosa me habría delatado del todo.
Seguimos un rato más. Él describiendo lo que veía, yo respondiendo cada vez con menos defensas. En algún momento la conversación se volvió tan intensa que tuve que dejar el teléfono sobre la almohada para tomar aire.
Y entonces, casi sin darme cuenta, mi mano empezó a bajar.
***
Los dedos se deslizaron por el vientre, despacio, dibujando el camino que llevaban toda la tarde queriendo recorrer. Me encontré empapada, mucho más de lo que había imaginado. Una simple conversación, unas pocas fotos, y mi cuerpo respondía como si llevara años esperando este permiso.
Con la otra mano me acaricié los pechos, presionando los pezones duros entre los dedos, sintiendo cómo cada caricia mandaba una descarga directa hacia abajo. Cerré los ojos. Volví a leer mentalmente sus palabras: «no sabés lo que provocás». Las repetí en mi cabeza como un mantra mientras los dedos encontraban el ritmo.
Pensé en él del otro lado de la pantalla, mirando mis fotos, deseándome sin poder tocarme. Pensé en la distancia, en lo prohibido de la situación, en que esa misma mañana yo era una mujer aburrida contestando llamadas. La fantasía y la realidad se confundían y eso lo volvía todo más eléctrico.
El placer subió en oleadas, cada una más alta que la anterior. Apreté los muslos, arqueé la espalda contra el colchón. Mi respiración llenaba el cuarto vacío, entrecortada, descarada. Ya no me importaba el silencio del departamento ni la chica seria del espejo. Solo existía esto.
El orgasmo llegó intenso, liberador, distinto a todo lo que recordaba. Me sacudió de pies a cabeza y me dejó temblando sobre las sábanas, con el corazón golpeándome el pecho y una sonrisa tonta en la cara. No podía creer que una charla por mensajes hubiera desatado semejante deseo dormido.
***
Me quedé un largo rato así, desparramada en la cama, recuperando el aliento y mirando el techo. El teléfono volvió a vibrar a mi lado.
—¿Sigue ahí mi inversión? —preguntó Damián, con un emoji travieso.
Me reí, todavía agitada.
—Sigue acá. Y creo que pide más capital —le respondí, sorprendida de mi propio descaro.
—Eso se puede arreglar —escribió.
Dejé el teléfono sobre el pecho y respiré hondo. Algo había cambiado esa tarde, algo que no tenía vuelta atrás. La idea que tanto me asustaba ya no me parecía tan lejana. Quizás no se trataba del dinero, ni siquiera de Damián. Se trataba de esa mujer nueva que había descubierto frente al espejo, la que se animaba a soltar el control.
Nuestras conversaciones siguieron desde entonces, cada vez más intensas, cada vez con menos límites. Pero eso ya es una historia para otra noche.