Mi hermano me descubrió masturbándome en el sofá
Hola otra vez. Decidí que, mientras termino de escribir las historias largas que me llevan semanas, les iba a contar anécdotas más cortas, de esas que todavía me hacen sonrojar cuando las recuerdo. Y hoy me toca confesarles una de las tres veces que me descubrieron masturbándome. Espero que la disfruten tanto como me da vergüenza contarla.
Para las que no me conocen, me presento de nuevo. Mido apenas un metro y medio, tengo el pelo castaño claro y los ojos verdes, la piel blanca, soy delgada y de cintura estrecha. No tengo mucho pecho, pero lo compenso con un buen culo y, sobre todo, con una personalidad que enamora. Al menos eso me digo yo.
Esto pasó cuando todavía vivía en casa de mis padres. En esa época iba a entrenar natación por las mañanas, era mi rutina sagrada antes de empezar el día. Ese día me levanté como siempre, medio dormida, me puse una tanga rosa, las calzas deportivas negras y un top ajustado, y salí con el bolso al hombro hacia el club.
Cuando llegué, me encontré con un cartel en la puerta: la pileta estaba cerrada por mantenimiento. Solté un suspiro de fastidio y me devolví a casa, pensando que al menos podría dormir un rato más. Lo que no imaginaba era cómo iba a terminar esa mañana.
Entré, dejé el bolso en la entrada y grité preguntando si había alguien. Nada. Silencio absoluto. Volví a llamar, esta vez por el nombre de mi madre, y de nuevo el eco de la casa vacía fue mi única respuesta. Estaba sola, completamente sola, y eso siempre me ponía de buen humor.
Antes de tirarme en el sofá, pasé por la cocina y me serví un vaso de jugo, todavía con la ropa deportiva puesta. La casa tenía esa quietud rara de las mañanas en que todos se van temprano: la luz entrando de costado por las cortinas, el reloj de la pared marcando los segundos, el zumbido lejano de la heladera. Me gustaba ese silencio. Me hacía sentir dueña de cada rincón.
Me tiré en el sofá de la sala con el control remoto y empecé a pasar canales sin ganas de nada en particular. Me quedé en una película que ya iba por la mitad, una de esas de adultos que ponen a media mañana cuando creen que nadie mira. Y justo cayó en una escena subida de tono.
Fue cuestión de minutos. Sentí cómo se me alborotaban las hormonas, cómo un calor empezaba a subirme desde el vientre. Mis piernas se movían inquietas, no podía quedarme quieta. Me puse sensible de golpe, de esa manera en la que cualquier roce de la ropa se siente distinto.
Noté mis pezones endurecerse bajo el top. Metí una mano por debajo de la tela, casi sin pensarlo, y al rozarme se me escapó un gemido. Tengo que masturbarme o voy a explotar, pensé, y la idea me hizo sonreír sola en medio de la sala.
Entonces se me ocurrió algo que me caldeó todavía más: hacerlo ahí mismo, en el sofá de la sala, con la televisión a buen volumen y un video porno de verdad puesto en la pantalla grande. La sola fantasía de aprovechar la casa vacía a mi antojo me encendía como nunca.
Para estar más cómoda, me desvestí ahí mismo. Me bajé las calzas, me saqué el top y los dejé tirados en el suelo. Quedé solo con la tanga rosa y los pechos al aire, los pezones duros pidiendo atención. Hacía un poco de frío, pero el calor que tenía por dentro lo compensaba de sobra.
Tomé el control, busqué una de esas páginas que todas conocemos pero nadie admite, y le di al primer video que apareció. Ni siquiera lo elegí con cuidado: estaba demasiado caliente para fijarme en el título. Lo dejé sonando fuerte, me senté en el borde del sofá y abrí las piernas.
Mis dedos bajaron despacio, por encima de la tanga, y empezaron a hacer presión justo sobre el clítoris. Gemí bajito, mordiéndome el labio. Subí la otra mano al pecho, jugando con el pezón, pellizcándomelo suave mientras seguía moviendo los dedos sobre la tela, que ya empezaba a humedecerse.
En la pantalla, la actriz se había puesto en cuatro y yo la miraba con una mezcla de envidia y deseo. Tenía ganas de sentir algo dentro de mí, algo más que la presión de mis dedos sobre el algodón. Así que me quité la tanga de un tirón y la lancé lejos. Quedé completamente desnuda sobre el sofá.
***
Mis dedos volvieron a su lugar, pero esta vez sin barreras. Hacía círculos lentos sobre el clítoris, alternando con caricias hacia la entrada, donde apenas presionaba para sentir lo mojada que estaba. Cada movimiento circular me arrancaba un escalofrío que me subía por la espalda.
Antes de penetrarme, hice algo que ni yo me esperaba: me llevé los dedos a la boca y los chupé unos segundos, imaginando que era otra cosa, algo más grueso y caliente. Cuando los saqué, los bajé directos a mi entrada y, al estar tan empapada, se deslizaron dentro casi solos.
Empecé a moverlos, metiéndolos y sacándolos, subiendo poco a poco el ritmo. Mi cuerpo respondía con un placer que me nublaba la cabeza. Se oían esos ruidos húmedos, descarados, que me daban vergüenza y morbo al mismo tiempo, y que se mezclaban con los gemidos del video a todo volumen.
Tenía las plantas de los pies apoyadas en el borde del sofá, las rodillas abiertas, la espalda arqueada. Cada vez que curvaba los dedos hacia adelante encontraba ese punto que me hacía contener la respiración. Me ardía la piel, tenía la frente perlada de sudor y el pelo pegado a la nuca. Por un instante abrí los ojos y me vi reflejada en el vidrio de la mesa baja, y hasta esa imagen me encendió más.
A esa altura ya no controlaba nada. Ni el volumen de mi voz, ni los gemidos que se me escapaban cada vez más fuertes. Casi gritaba de placer, con los dedos entrando más rápido y con más fuerza, mientras con la otra mano me apretaba un pezón y volvía a llevármela a la boca para chuparlo.
Estaba a punto. Sentía esa tensión deliciosa acumulándose, esa promesa de que en cualquier momento iba a estallar. Tenía los ojos medio cerrados, la cabeza echada hacia atrás contra el respaldo, perdida por completo en mi propio mundo.
Y entonces lo vi.
De reojo, en el reflejo oscuro de la pantalla del televisor, distinguí una sombra. Una silueta parada justo detrás del sofá. El corazón se me detuvo de golpe. Saqué los dedos, me incorporé de un salto y giré la cabeza con el alma en la garganta.
Era mi hermano.
Estaba ahí, de pie, completamente callado, mirándome con una expresión que no sabría describir. Y yo, desnuda en medio de la sala, con los gemidos del video todavía sonando a todo volumen, sentí que me moría de la vergüenza ahí mismo.
***
Fue el momento más largo y más incómodo de mi vida. Intentaba apagar la televisión y taparme al mismo tiempo, manoteando el control y un cojín a la vez, y por supuesto no lograba ninguna de las dos cosas. La pantalla seguía gimiendo por mí mientras yo no atinaba a nada.
—Sebastián, por favor… —alcancé a balbucear, con la cara ardiendo.
Él no se inmutó. Me miró un segundo más, con esa mezcla de incomodidad y resignación de quien preferiría estar en cualquier otro lado del planeta, y dijo lo único que se le ocurrió.
—La próxima vez hacelo en tu cuarto.
Y se fue. Así, sin más. Escuché sus pasos alejarse por el pasillo y el sonido de la puerta de su habitación al cerrarse. Yo me quedé congelada, abrazada al cojín, sin saber si reírme o esconderme bajo tierra para siempre.
Cuando por fin reaccioné, recogí mi ropa del suelo a las apuradas, agarré la tanga que había quedado tirada cerca de la mesa y corrí a encerrarme en mi cuarto. Ni siquiera pude terminar lo que había empezado. El susto me cortó la calentura de raíz, aunque el corazón me siguió latiendo a mil por hora un buen rato.
Pasé las semanas siguientes evitando cruzar la mirada con él. Si coincidíamos en la cocina, yo miraba el suelo. Si me hablaba, contestaba con monosílabos y me escapaba a la primera oportunidad. La vergüenza tardó en irse, y todavía hoy, cuando me acuerdo de la escena, no sé si reírme o taparme la cara.
Pero les confieso una cosa, y aquí entre nosotras: si esto hubiera sido una de esas películas que estaba mirando, la historia habría terminado de otra forma. Mi imaginación, que es muy mala, todavía juega a veces con ese «¿y si…?». En la realidad, fue solo un momento incómodo que me persiguió un mes entero.
Eso es todo por esta historia. Espero que la disfruten imaginándome ahí, tirada en el sofá, creyendo que estaba sola y descubriendo que no. La próxima vez les contaré otra de las tres veces que me pillaron, porque todavía me quedan dos para confesar.
Por cierto, estoy dudando entre escribir la historia de aquella vez en que dejé que dos policías me tocaran para que no nos pusieran una multa, o la del trío con una pareja de amigos casados. Si llegaron hasta acá, díganme cuál quieren leer primero. Me encanta saber qué les gusta.
Un beso enorme. Las quiero.