Saltar al contenido
Relatos Ardientes

La clase virtual que aproveché de la peor manera

Quienes ya me conocen por otros relatos saben que tengo una debilidad muy concreta: disfruto como nadie de darme placer a mí misma. El sexo acompañada me gusta, claro, pero hay algo en la intimidad de meterme los dedos hasta el fondo sin testigos que ningún cuerpo ajeno me da. Y, curiosamente, me pasa lo mismo al escribir: me sale más fácil, más natural y mucho más excitante narrar una de mis sesiones a solas que cualquier otra historia.

A veces me hago correr dos o tres veces en un mismo día. Otras semanas, en cambio, ni me acuerdo de que tengo un coño ahí abajo pidiendo atención. Depende del humor, del clima, de la cantidad de tiempo libre que tenga entre el trabajo y la facultad.

Lo que sí venía notando esos últimos meses era cierta rutina. Las últimas pajas habían sido tan iguales, tan predecibles, que casi no valían la pena. Dos dedos, el clítoris, corrida rápida, a dormir. Por eso andaba buscando maneras nuevas de provocarme, escenarios distintos, pequeños riesgos que me devolvieran esa urgencia que tenía cuando era más joven y todo era prohibido.

Hace un par de semanas me desperté acalorada, encendida sin ningún motivo. No había soñado nada en particular, pero el cuerpo me pedía verga desde el primer segundo del día. Pasé toda la mañana en la oficina pensando en el momento de volver a casa, cerrar la puerta y clavarme algo bien adentro. Y a ese pensamiento se le sumaba otro, más travieso: inventar una forma diferente de hacerlo.

Para cuando por fin salí de trabajar, ya tenía la bombacha empapada, pegada al coño como una segunda piel. Caminé las cuatro cuadras hasta mi departamento con los muslos apretados, sintiendo cómo cada paso me rozaba justo donde no debía si quería llegar entera.

En cuanto crucé la puerta me saqué la ropa del trabajo y me planté frente al espejo del pasillo, en conjunto de encaje negro. Me gusté. Los pezones marcaban duros la tela fina del corpiño y, casi sin decidirlo, empecé a recorrerme con las manos. El cuello, los pechos, el vientre, la cadera. Me metí la mano dentro de la bombacha y separé los labios con dos dedos, sintiendo lo mojada que estaba: un hilo espeso me colgaba entre los dedos cuando los saqué. Me los llevé a la boca y los chupé despacio, mirándome en el espejo, saboreando mi propio flujo mientras con la otra mano me pellizcaba un pezón por encima del encaje.

Justo entonces sonó el teléfono.

Lo dejé pasar. Volvió a sonar a los pocos minutos y lo ignoré de nuevo. A la tercera, resignada y de mal humor, atendí con los dedos todavía metidos en el coño.

—¿Hola? —dije, con la voz más entera de lo que me sentía.

—Mariela, ¿viste el mail? —era Romina, una compañera de la cursada—. Cambiaron el horario de la clase. Empieza en quince minutos.

—¿Qué? No, no lo vi —contesté, mirando la pantalla del celular como si tuviera la culpa de algo.

—Te aviso por las dudas. Sé que faltaste la semana pasada, mejor no te ausentes hoy también.

Tenía razón. No podía darme el lujo de saltearme otra clase. Colgué con un fastidio que me subía por la garganta, me vestí de nuevo casi a los manotazos, con el coño todavía palpitando bajo la bombacha, y fui a preparar la notebook en el escritorio. Y fue ahí, mientras acomodaba el cable del cargador, que se me ocurrió la idea más perfecta y más sucia que había tenido en mucho tiempo.

Si no puedo terminar lo que empecé, al menos voy a torturarme un rato.

Estaba empapada. No iba a desperdiciar todo ese deseo en una clase aburrida sobre derecho procesal. Así que fui hasta el cajón, saqué mi consolador con base de ventosa —una polla gruesa, venosa, de las que me abren bien— y lo pegué firme sobre el asiento de madera de la silla. Me bajé el pantalón que recién me había puesto y la bombacha negra también. Quedé de la cintura para abajo completamente desnuda, con el coño brillante y los muslos manchados frente a la pantalla apagada.

Solo para hacerme esperar, llevé los dedos entre las piernas y los paseé despacio, de arriba abajo, un par de veces. Me abrí los labios con el índice y el anular, y con el dedo del medio dibujé círculos lentos sobre el clítoris hinchado. Dios. Llevaba horas deseando esto y todavía tenía que aguantar casi una hora entera con esa polla de silicona clavándome. ¿Cómo iba a soportarlo?

Antes de sentarme, me agaché frente a la silla y le pasé la lengua al consolador de arriba abajo, ensalivándolo bien, aunque sabía que no hacía falta —tenía el coño chorreando lo suficiente para que entrara solo. Me lo metí un rato en la boca, hasta la garganta, ensayando la mamada que le iba a dar más tarde. Escupí encima, un hilo grueso que resbaló por el fuste hasta la ventosa, y recién ahí me monté.

Me acuclillé encima con las piernas abiertas y bajé milímetro a milímetro. La punta encontró la entrada de mi coño y se hundió sin esfuerzo, pero al llegar a la mitad tuve que parar y respirar hondo: era gruesa, muy gruesa, y me llenaba entera. Terminé de bajar hasta que el culo me tocó el asiento y la sentí clavada hasta el fondo, empujando ahí donde solo llega cuando estoy muy caliente. Al principio se sintió raro, demasiado profundo, demasiado quieto. A los pocos minutos el coño se acostumbró a tenerla adentro y la sensación pasó de extraña a deliciosa. Me acomodé el vestido por encima para tapar lo que había abajo.

Y así, sentada y completamente empalada, encendí la cámara y dije «presente» con la sonrisa más inocente que pude fingir.

***

Los primeros minutos fueron casi soportables. El profesor compartía pantalla, hablaba de plazos y notificaciones, y yo asentía con la cabeza apoyada en una mano. Pero cada vez que me reacomodaba aunque fuera un poco, la polla de silicona me removía por dentro y una corriente tibia me recorría desde el coño hasta la punta de los dedos. Bastaba con respirar hondo para que me recordara que la tenía metida hasta el útero.

En el recuadro de la videollamada veía las caras de mis ocho compañeros y la del profesor, todos serios, tomando apuntes. Ninguno tenía la menor idea de que yo estaba con una verga clavada hasta la mitad del cuerpo, justo debajo del borde inferior de la pantalla. Esa certeza, la de estar dejándome coger por un juguete delante de tanta gente sin que nadie lo notara, me prendía fuego.

—¿Alguna duda sobre el último punto? —preguntó el profesor.

Tuve que morderme el labio antes de contestar. Por un segundo me imaginé lo que pasaría si se me escapaba un gemido, si alguno de ellos descubría por qué tenía la cara tan colorada y el escote tan agitado, y en lugar de espantarme la idea me chorreó todavía más el coño alrededor del consolador.

—No, ninguna —dije, y la voz me salió un tono más grave de lo normal.

Bajé la vista hacia el teclado fingiendo tomar notas, aunque lo único que escribí fueron letras sueltas, sin sentido. Mientras tanto apretaba los muslos contra los costados de la silla, conteniendo el impulso de subir y bajar, de cabalgar esa polla de una vez, de correrme delante del profesor y de todos.

Me quedé inmóvil un buen rato, peleando contra las ganas de moverme. Tenía las manos cerradas sobre el escritorio, los nudillos blancos, y sentía cómo el flujo me resbalaba entre las nalgas hasta la ventosa. A la media hora la quietud se había vuelto una tortura. Necesitaba montar esa polla con desesperación, saltarle encima, hacerla entrar y salir con fuerza, pero todavía faltaba tiempo y cualquier sacudida brusca se vería en cámara.

Empecé entonces a mecerme apenas, hacia adelante y hacia atrás, un balanceo mínimo que cualquiera habría confundido con nervios o con una mala conexión. Con cada empujoncito la polla me raspaba la pared de adentro, esa que cuando me la tocan bien me hace ver estrellas. Era lo único que podía permitirme sin levantar sospechas, y pensé que con eso bastaría para calmar la urgencia.

Me equivoqué por completo.

En cuanto el coño entendió el ritmo, todo se volvió peor. Cada vaivén me hundía un poco más, la punta me rozaba justo donde necesitaba, y la excitación crecía en lugar de ceder. Sentía el líquido caliente escurriéndose por la base del consolador, por el asiento, por mis muslos. Clavé las uñas en la palma de mi propia mano para no gemir. Tenía la frente perlada de sudor, las mejillas encendidas, los pezones marcados como piedras contra la tela del vestido, y por dentro la sensación de estar a punto de estallar sin poder soltarme.

No te muevas. No hagas ruido. No te corras. Falta poco.

Me detuve un segundo, creyendo que la pausa me ayudaría. Fue al revés: la tensión acumulada se volvió insoportable, como si el coño me reclamara la polla que le había quitado. Los músculos internos se apretaban solos alrededor del silicón, ordeñándolo, y a cada contracción me subía un espasmo por la espalda. Volví a balancearme, esta vez sin tanto control, subiendo un centímetro y dejándome caer, subiendo dos y dejándome caer. Para los últimos minutos de la clase ya no me importaba si el vaivén se notaba en la pantalla. No registré una sola palabra de lo que se dijo. Estaba entera concentrada en aguantar, en no correrme delante de todos.

—Bueno, lo dejamos acá por hoy. Nos vemos la semana que viene —dijo el profesor.

No esperé a que terminara la frase. Cerré la videollamada de un manotazo, apagué la cámara y dejé salir todo lo que había estado conteniendo. El primer gemido me raspó la garganta de tan reprimido.

***

Por fin podía soltarme. Por fin podía cogerme como venía necesitando desde la mañana.

Me arranqué la blusa y el corpiño de un tirón y fui directo a mis tetas: me las apreté con fuerza, me pellizqué los pezones hasta que dolieron, me los tironeé sin piedad mientras empezaba a saltar sobre la silla en serio. Ya no había nada que disimular, nadie que pudiera escucharme. Me dejé ir en voz alta, gritando guarradas al aire vacío.

—Sí, así, más adentro, hija de puta, cogeme, cogeme fuerte —me decía a mí misma, o a la polla, o a nadie, mientras subía y bajaba con el coño abierto de par en par.

Me levantaba casi entera hasta dejar solo la punta adentro y me dejaba caer de golpe, sintiendo el impacto contra el fondo del útero. La silla crujía debajo de mí y yo escuchaba, encima de mis gemidos, el sonido húmedo, obsceno, del coño chapoteando cada vez que bajaba. Salpicaba. Sentía el líquido volando en gotas contra mis muslos, contra el borde del asiento.

Bajé una mano y encontré el clítoris ya hinchado, latiendo, resbaladizo. Empecé a frotarlo en círculos rápidos con dos dedos mientras seguía cabalgando esa verga de silicona sin bajar el ritmo. Los pezones tan duros que dolían, la piel encendida de la cintura para arriba, el coño tragándose la polla entera una y otra vez. Cada movimiento entraba y salía sin la menor resistencia, y seguí montándola con una rudeza que no me permitía en otras ocasiones, sin la paciencia de siempre, buscando la corrida como quien busca aire.

—Me corro, me corro, me corro —repetía en voz alta, y cuando llegó, llegó de golpe.

Grité con todo lo que tenía. El coño se me cerró en un puño alrededor del consolador, apretándolo tan fuerte que casi lo expulsa, y las contracciones me sacudieron entera, oleada tras oleada. Sentí el chorro tibio bajándome por los muslos, empapando la ventosa, cayendo al piso. Me quedé sentada con la polla adentro, temblando, la cabeza colgando hacia atrás, mientras seguía viniéndome en espasmos que no terminaban. Tardé un par de minutos en recuperar la respiración, con la silla húmeda y pegajosa debajo de mí.

Cuando por fin me incorporé y me levanté, la polla salió de adentro con un sonido de succión que me hizo estremecer. Miré el desastre que había dejado: el consolador brillante de arriba abajo, cubierto de mi flujo espeso, el asiento encharcado, un hilo colgándome todavía del coño hasta la rodilla. Y en lugar de avergonzarme, sentí que el cuerpo me pedía más. Soy golosa, qué le voy a hacer. Me arrodillé frente a la silla, despacio, con la boca ya abierta, dispuesta a no desperdiciar ni una sola gota de lo que esa clase me había hecho sentir.

Pero esa parte, la de lo que pasó cuando envolví los labios alrededor de esa polla llena de mí, prefiero dejarla para otro relato. No me gustan las historias demasiado largas. Si quieren saber cómo seguí chupándome a mí misma esa tarde, ya saben dónde encontrarme.

Ver todos los relatos de Fantasías

Valora este relato

Comentarios(8)

Romi_Gdl

increible!!! me dejo sin palabras

LecturaClandestina

Por favor escribi la segunda parte, quede con muchisimas ganas de saber como termino todo

Marta_leyendo

Me encanto el concepto, algo tan cotidiano convertido en esto. Muy bien logrado

ElenaRivero

Me recordo a algo parecido que viví yo alguna vez... aunque no llegue tan lejos jajaja. Muy buen relato

NahuC22

jajaja imaginate mantener la cara seria en esa situacion... tremendo

MarcelaRN

Esta muy bien escrito, se siente real. De las mejores fantasias que lei en mucho tiempo, sigue asi!

RubenSur23

Buenisimo, esa tension de principio a fin te tiene pegado a la pantalla

Luna_de_noche

Me tuvo en suspenso todo el tiempo esperando que alguien se diera cuenta. Que adrenalina, excelente

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.