La clase virtual que aproveché de la peor manera
Quienes ya me conocen por otros relatos saben que tengo una debilidad muy concreta: disfruto como nadie de darme placer a mí misma. El sexo acompañada me gusta, claro, pero hay algo en la intimidad de tocarme sin testigos que ningún cuerpo ajeno me da. Y, curiosamente, me pasa lo mismo al escribir: me sale más fácil, más natural y mucho más excitante narrar una de mis sesiones a solas que cualquier otra historia.
A veces lo hago dos o tres veces en un mismo día. Otras semanas, en cambio, ni me acuerdo de que existe esa parte de mí. Depende del humor, del clima, de la cantidad de tiempo libre que tenga entre el trabajo y la facultad.
Lo que sí venía notando esos últimos meses era cierta rutina. Las últimas veces habían sido tan iguales, tan predecibles, que casi no valían la pena. Por eso andaba buscando maneras nuevas de provocarme, escenarios distintos, pequeños riesgos que me devolvieran esa urgencia que tenía cuando era más joven y todo era prohibido.
Hace un par de semanas me desperté acalorada, encendida sin ningún motivo. No había soñado nada en particular, pero el cuerpo me pedía atención desde el primer segundo del día. Pasé toda la mañana en la oficina pensando en el momento de volver a casa, cerrar la puerta y dedicarme un rato largo. Y a ese pensamiento se le sumaba otro, más travieso: inventar una forma diferente de hacerlo.
Para cuando por fin salí de trabajar, ya tenía la ropa interior pegada a la piel. Caminé las cuatro cuadras hasta mi departamento con las piernas apretadas, sintiendo cada paso.
En cuanto crucé la puerta me saqué la ropa del trabajo y me planté frente al espejo del pasillo, en conjunto de encaje. Me gusté. Los pezones marcaban la tela fina del corpiño y, casi sin decidirlo, empecé a recorrerme con las manos. El cuello, los pechos, el vientre, la cadera. Cada centímetro de piel reaccionaba con un escalofrío, se me erizaba todo, y esa anticipación me ponía más de lo que esperaba.
Justo entonces sonó el teléfono.
Lo dejé pasar. Volvió a sonar a los pocos minutos y lo ignoré de nuevo. A la tercera, resignada y de mal humor, atendí.
—¿Hola? —dije, con la voz más entera de lo que me sentía.
—Mariela, ¿viste el mail? —era Romina, una compañera de la cursada—. Cambiaron el horario de la clase. Empieza en quince minutos.
—¿Qué? No, no lo vi —contesté, mirando la pantalla del celular como si tuviera la culpa de algo.
—Te aviso por las dudas. Sé que faltaste la semana pasada, mejor no te ausentes hoy también.
Tenía razón. No podía darme el lujo de saltearme otra clase. Colgué con un fastidio que me subía por la garganta, me vestí de nuevo casi a los manotazos y fui a preparar la notebook en el escritorio. Y fue ahí, mientras acomodaba el cable del cargador, que se me ocurrió la idea más perfecta y más sucia que había tenido en mucho tiempo.
Si no puedo terminar lo que empecé, al menos voy a torturarme un rato.
Estaba empapada. No iba a desperdiciar todo ese deseo en una clase aburrida sobre derecho procesal. Así que fui hasta el cajón, saqué mi consolador con base de ventosa y lo pegué firme sobre el asiento de la silla. Me bajé el pantalón que recién me había puesto y la bombacha negra también. Quedé de la cintura para abajo completamente desnuda frente a la pantalla apagada.
Solo para hacerme esperar, llevé los dedos entre las piernas y los paseé despacio, de arriba abajo, un par de veces. Dios. Llevaba horas deseando esto y todavía tenía que aguantar casi una hora entera. ¿Cómo iba a soportarlo?
Repetí el movimiento, lento, sintiendo lo resbaladiza que estaba, hasta que el reloj de la barra de tareas me avisó que ya era hora. Sin pensarlo demasiado, me monté en la silla con cuidado, bajando milímetro a milímetro. El juguete entró sin esfuerzo porque estaba más que lista, aunque al principio se sintió raro, demasiado profundo, demasiado quieto. A los pocos minutos el cuerpo se acostumbró a tenerlo dentro y la sensación pasó de extraña a deliciosa.
Y así, sentada y completamente llena, encendí la cámara y dije «presente» con la sonrisa más inocente que pude fingir.
***
Los primeros minutos fueron casi soportables. El profesor compartía pantalla, hablaba de plazos y notificaciones, y yo asentía con la cabeza apoyada en una mano. Pero cada vez que me reacomodaba aunque fuera un poco, una corriente tibia me recorría desde el centro hasta la punta de los dedos. Bastaba con respirar hondo para que el juguete me recordara que estaba ahí.
En el recuadro de la videollamada veía las caras de mis ocho compañeros y la del profesor, todos serios, tomando apuntes. Ninguno tenía la menor idea de lo que pasaba del otro lado de mi cámara, justo debajo del borde inferior de la pantalla. Esa certeza, la de estar haciendo algo tan indecente delante de tanta gente sin que nadie lo notara, me prendía fuego.
—¿Alguna duda sobre el último punto? —preguntó el profesor.
Tuve que morderme el labio antes de contestar. Por un segundo me imaginé lo que pasaría si se me escapaba un gemido, si alguno de ellos descubría por qué tenía la cara tan colorada, y en lugar de espantarme la idea me encendió todavía más.
—No, ninguna —dije, y la voz me salió un tono más grave de lo normal.
Bajé la vista hacia el teclado fingiendo tomar notas, aunque lo único que escribí fueron letras sueltas, sin sentido. Mientras tanto apretaba los muslos contra los costados de la silla, conteniendo el impulso de subir y bajar, de ceder de una vez a lo que el cuerpo me venía exigiendo desde la mañana.
Me quedé inmóvil un buen rato, peleando contra las ganas de moverme. Tenía las manos cerradas sobre el escritorio, los nudillos blancos. A la media hora la quietud se había vuelto una tortura. Necesitaba moverme sobre esa silla con desesperación, cabalgarla, hacer algo, pero todavía faltaba tiempo y cualquier sacudida brusca se vería en cámara.
Empecé entonces a mecerme apenas, hacia adelante y hacia atrás, un balanceo mínimo que cualquiera habría confundido con nervios o con una mala conexión. Era lo único que podía permitirme sin levantar sospechas, y pensé que con eso bastaría para calmar la urgencia.
Me equivoqué por completo.
En cuanto el cuerpo entendió el ritmo, todo se volvió peor. Cada vaivén me hundía un poco más, me rozaba justo donde necesitaba, y la excitación crecía en lugar de ceder. Clavé las uñas en la palma de mi propia mano para no gemir. Tenía la frente perlada de sudor, las mejillas encendidas, y por dentro la sensación de estar a punto de estallar sin poder hacer nada al respecto.
No te muevas. No hagas ruido. Falta poco.
Me detuve un segundo, creyendo que la pausa me ayudaría. Fue al revés: la tensión acumulada se volvió insoportable, como si el cuerpo me reclamara el movimiento que le había quitado. Volví a balancearme, esta vez sin tanto control. Para los últimos minutos de la clase ya no me importaba si el vaivén se notaba en la pantalla. No registré una sola palabra de lo que se dijo. Estaba entera concentrada en aguantar, en no derrumbarme delante de todos.
—Bueno, lo dejamos acá por hoy. Nos vemos la semana que viene —dijo el profesor.
No esperé a que terminara la frase. Cerré la videollamada de un manotazo, apagué la cámara y dejé salir todo lo que había estado conteniendo. El primer gemido me raspó la garganta de tan reprimido.
***
Por fin podía soltarme. Por fin podía llegar hasta el final sin frenos.
Me arranqué la blusa y fui directo a mis pechos, los apreté con fuerza mientras aceleraba el balanceo sobre la silla. Ya no había nada que disimular, nadie que pudiera escucharme. Me dejé ir en voz alta, repitiendo que sí, que por fin, que así era como lo necesitaba desde la mañana.
Tenía los pezones tan duros que dolían, la piel encendida de la cintura para arriba. Cada movimiento entraba y salía sin la menor resistencia, y seguí montándome con una rudeza que no me permitía en otras ocasiones, sin la paciencia de siempre, buscando el final como quien busca aire. Cuando llegó, llegó de golpe.
Grité, aliviada, y me quedé sentada con el juguete adentro mientras sentía cómo todo el cuerpo se me contraía en oleadas, una detrás de otra, hasta dejarme sin fuerzas. Tardé un par de minutos en recuperar la respiración, con la cabeza colgando hacia atrás y la silla todavía húmeda debajo de mí.
Cuando por fin me incorporé y me levanté, miré el desastre que había dejado: el consolador brillante, el asiento marcado por mi deseo. Y en lugar de avergonzarme, sentí que el cuerpo me pedía más. Soy golosa, qué le voy a hacer. Me arrodillé frente a la silla, despacio, dispuesta a no desperdiciar ni una sola gota de lo que esa clase me había hecho sentir.
Pero esa parte, la de lo que pasó cuando me arrodillé, prefiero dejarla para otro relato. No me gustan las historias demasiado largas. Si quieren saber cómo siguió esa tarde, ya saben dónde encontrarme.