Le vendí mis fotos y terminé tocándome para él
La mañana en la oficina avanzó con la misma rutina de siempre: correos sin responder, café tibio y reuniones que podrían haber sido un mensaje de dos líneas. Pero mi cabeza no estaba ahí. Llevaba días volviendo, una y otra vez, a la última conversación con Adrián.
No éramos pareja. No buscábamos serlo. Lo nuestro había empezado de la forma más inesperada, casi como un juego, y desde entonces yo no podía sacarme de encima esa sensación nueva, una mezcla de vergüenza y poder que me dejaba caliente sin tocarme.
Todo comenzó semanas atrás, cuando le confesé, medio en broma, que me daba curiosidad eso de vender fotos. Él se ofreció a ser mi primer comprador. Y para mi sorpresa, lo que más me excitó no fue el dinero: fue saber que alguien iba a mirar mi cuerpo despacio, una y otra vez, deteniéndose en cada detalle que yo había elegido mostrar. El morbo no estaba en el final. Estaba en preparar la trampa.
Esa tarde, mientras revisaba unos documentos que no leía de verdad, mi teléfono vibró sobre el escritorio.
—¿Te animarías a repetir lo de la última vez? —escribió, seguido de un guiño.
El corazón me dio un salto. Miré alrededor, como si alguien en la oficina pudiera leer la pantalla desde su silla. Nadie me prestaba atención. Apreté el teléfono contra el muslo.
—Depende —respondí, mordiéndome el labio—. ¿Qué tienes en mente?
—Algunas fotos más. Me quedé pensando en las anteriores todo el fin de semana.
Leí esa frase tres veces. Todo el fin de semana. Imaginármelo así, mirando mis fotos en su casa, solo, me apretó algo por dentro. Le contesté que lo pensaría, aunque ya sabía que esa noche no iba a pensar en otra cosa.
***
Llegué a casa con la decisión tomada antes de cruzar la puerta. Me metí en la ducha y dejé que el agua caliente me bajara por la espalda mientras planeaba cada toma como si fuera una sesión profesional. No era la primera vez, pero cada vez me costaba menos y me gustaba más.
Me sequé, me solté el pelo y me senté frente al espejo a maquillarme apenas: los ojos un poco marcados, los labios húmedos. Después abrí el cajón donde guardaba la lencería nueva. Era un conjunto que había comprado pensando exactamente en esto, en este momento. Negro, de encaje, con un tanga finísimo que dejaba poco a la imaginación y un sujetador que más que cubrir, señalaba.
Me lo puse despacio, observándome. La mujer del espejo me devolvió una mirada que no reconocía del todo. Más segura. Más descarada. Me gustó.
La primera foto fue sencilla, casi inocente comparada con lo que vendría. Me senté en el borde de la cama y enfoqué la parte baja del cuerpo, las piernas un poco abiertas, el encaje tensándose sobre la cadera. La revisé, la borré, la repetí. Quería que estuviera bien.
En la segunda, cubrí un pecho con la mano y dejé que asomara apenas el borde del otro, lo justo para sugerir sin mostrar todo. La tercera la tomé de espaldas, mirando por encima del hombro, con el hilo del tanga perdiéndose entre las nalgas. La luz de la lámpara me marcaba la curva de la espalda como yo quería.
Para la cuarta me incliné hacia adelante frente al espejo, y dejé que se viera el costado del pecho y la sombra entre las piernas. Estuve un buen rato eligiendo. Borré el doble de las que mandé.
Cuando por fin tuve las cuatro, las miré juntas en la pantalla, el pulgar quieto sobre el botón de enviar. El estómago se me encogió de esa forma deliciosa, esa mezcla de no debería y por favor que sí. Las mandé de golpe, antes de arrepentirme.
Y esperé.
***
Los puntos suspensivos de «escribiendo» aparecieron casi enseguida, y desaparecieron, y volvieron. Me lo imaginé del otro lado, sin saber qué decir primero. La respuesta llegó con una urgencia que me hizo sonreír.
—No puedo creerlo. Son increíbles. Llevo dos minutos sin poder escribir nada.
Sus palabras me llenaron de una satisfacción tibia que me bajó directo al vientre. No era solo que le gustaran. Era saber el efecto exacto que tenían, cómo lo había dejado sin aire desde la distancia, sin tocarlo.
—Me alegra que te gusten —escribí, y me animé a más—. ¿Hay algo que te gustaría ver y que no te mostré?
La respuesta tardó lo suficiente como para que yo contuviera la respiración.
—Me encantaría verte sin nada. Solo tú, sin el encaje de por medio.
La audacia de la petición me agarró desprevenida, y sin embargo era justo lo que había estado esperando que dijera. Dejé el teléfono sobre la cama un instante, me llevé las manos a la espalda y solté el sujetador. El encaje cayó al suelo. Después bajé el tanga por las piernas, despacio, mirándome todo el tiempo en el espejo.
Desnuda, la habitación se sentía distinta. El aire fresco me rozó la piel y los pezones se me pusieron duros de inmediato. Esta vez no traté de disimular nada. No quería esconder lo encendida que estaba.
Me coloqué frente al espejo con una mano en la cintura, la cadera ligeramente quebrada, en una pose que era pura provocación. Levanté el teléfono y disparé. La revisé una sola vez: salía exactamente como me sentía. Se la mandé sin pensarlo.
—No puedo dejar de mirarte —contestó casi de inmediato—. Eres lo más caliente que he visto en mi vida.
***
Leí ese mensaje una vez. Y otra. Y otra más. Algo se me había soltado por dentro y ya no había forma de volver atrás. Seguía de pie frente al espejo, desnuda, con el teléfono temblando levemente en la mano, y sentí cómo el deseo se acumulaba entre mis piernas hasta volverse imposible de ignorar.
Sin dejar de leer sus palabras, bajé una mano por el vientre. No fue una decisión consciente. Fue el cuerpo el que se adelantó. Mis dedos encontraron la humedad enseguida, más de la que esperaba, y un escalofrío me recorrió de arriba abajo.
—Me estás poniendo a mil —le escribí, con el pulso latiéndome en la garganta—. No te imaginas lo que estoy haciendo ahora mismo.
—Cuéntame. No te calles nada.
Y se lo conté. Le escribí lo que sentía mientras me tocaba, palabra por palabra, sin filtro. Cada respuesta suya alimentaba lo siguiente, como si nos turnáramos para subir la temperatura. Yo movía los dedos en círculos lentos y miraba mi propio reflejo, fascinada por la mujer que me devolvía la mirada con los labios entreabiertos.
Dejé el teléfono apoyado contra el espejo, en un ángulo donde podía leer y mirarme al mismo tiempo. Las dos manos quedaron libres. Una me recorría el pecho, jugando con el pezón duro; la otra se hundía entre mis piernas con una confianza que pocas veces me permitía a solas.
La respiración se me volvió pesada. El silencio de la habitación lo llenaban solo mis propios sonidos, cada vez menos contenidos. Pensaba en él del otro lado de la pantalla, leyendo, imaginándome, igual de encendido que yo. Saber que estaba ahí, mirando con la mente lo que mis palabras dibujaban, lo hacía mil veces más intenso.
—No pares —escribió—. Quiero saber cuándo llegas.
Ya casi no podía teclear. Apoyé la frente contra el cristal frío del espejo, los dedos moviéndose más rápido, el placer subiendo en oleadas que me cortaban el aliento. Las piernas me temblaban. Una tensión me apretó el bajo vientre, se acumuló, se volvió insoportable.
Y entonces me solté.
El orgasmo me atravesó con una fuerza que me dobló las rodillas. Me sujeté del borde de la cómoda para no caer, un gemido largo escapándose de mis labios, el cuerpo entero sacudiéndose mientras la ola me arrastraba y me devolvía, despacio, a la habitación.
***
Me quedé un rato así, apoyada contra la pared, recuperando el aliento, con la piel todavía caliente y el reflejo del espejo empañado por mi propia respiración. Tomé el teléfono. Tenía un mensaje sin leer.
—Eres increíble. Gracias por compartir esto conmigo.
Sonreí, todavía agitada.
—Gracias a ti —escribí—. Hacía mucho que no me sentía así.
Sabía que había cruzado una línea, y no me arrepentía ni un poco. Lo que había empezado como un juego, como una curiosidad inofensiva sobre vender unas fotos, se había convertido en algo que me costaba nombrar. No era amor. No era solo sexo. Era una libertad que no sabía que tenía dentro y que él, sin tocarme una sola vez, había sabido despertar.
Dejé el teléfono sobre la mesita y me metí bajo las sábanas, todavía desnuda, con el cuerpo tibio y la cabeza dándome vueltas. Afuera la ciudad seguía igual de gris, igual de rutinaria. Pero yo ya no era la misma mujer que había salido de la oficina esa tarde.
Cerré los ojos pensando en la próxima vez. Porque, de algo estaba segura, iba a haber una próxima vez. Y ya empezaba a imaginar hasta dónde sería capaz de llegar.