El deseo que guardé veinticinco años en mi tienda
Marisol llevaba la cuenta exacta. Veinticinco años desde que bajó del pueblo con una maleta y una idea fija en la cabeza: abrir su propia tienda de ropa en la capital. Tenía diecinueve y un descaro que no sabía de dónde le venía. La primera persona que cruzó la puerta de aquel local recién pintado, antes incluso de que colgara la primera prenda, fue Eduardo, el representante que le traía los géneros de temporada.
Él ya rozaba los cincuenta entonces. Marisol recuerda cómo se quedó mirándolo más de lo debido mientras él desplegaba catálogos sobre el mostrador, con esas manos grandes y esa voz que parecía contar un secreto aunque hablara de descuentos por volumen. Esa misma tarde supo dos cosas: que iba a vender mucha ropa, y que aquel hombre le gustaba de una manera que no tenía nada que ver con los negocios.
Pasaron los años y nunca ocurrió nada. Él tenía su vida, ella la suya. Marisol se casó con Andrés, otro comerciante del barrio, y juntos construyeron algo poco común para la época. Eran una pareja abierta antes de saber que eso tenía nombre. Los dos eran bisexuales, los dos disfrutaban de hombres y mujeres, y los dos habían entendido pronto que ocultarse el uno al otro solo les iba a hacer infelices. Se lo contaban todo. A veces hasta lo compartían.
Pero a Eduardo nunca lo había tocado. Era el único nombre que se había guardado para ella sola, como quien deja una botella sin abrir esperando una ocasión que tal vez no llegue.
Esa ocasión llegó un martes de marzo.
—Me jubilo a fin de mes —le dijo él esa mañana, dejando el último pedido sobre el mostrador—. Después de tantos años, se acabó. Ya no vendré más.
Marisol sintió el aviso como un tirón en el pecho. Veinticinco años de catálogos, de café compartido, de roces que ella había alimentado en su imaginación cada noche. Y ahora se le iba sin que ella hubiera dicho nunca lo que sentía.
Si no es ahora, no será nunca.
—Vuelve esta tarde, cuando cierre —dijo ella, sorprendida de su propia firmeza—. Quiero despedirme bien.
Eduardo la miró un instante más de la cuenta. Asintió. Los dos sabían que «despedirse bien» significaba otra cosa. Significaba que esa noche él iba a follársela por fin, después de veinticinco años de imaginárselo cada uno por su lado.
***
A las ocho bajó la persiana metálica hasta la mitad y apagó las luces del escaparate. Solo dejó encendida la lámpara cálida de la trastienda, ese rincón donde antes recibía a las clientas de confianza para los arreglos. Esa tarde lo había preparado distinto. Había despejado la mesa de cortar, había llevado unos cojines del sofá viejo, había dejado una botella de vino tinto respirando junto a dos copas. Debajo de la falda no llevaba braga. Se la había quitado en el baño media hora antes y la había dejado dentro de un cajón, como quien esconde una prueba.
Eduardo llegó puntual. Marisol descorrió el cerrojo, lo dejó pasar y volvió a cerrar con llave. El sonido del pestillo los dejó a los dos en silencio, solos por primera vez en veinticinco años sin un mostrador de por medio.
—No sé muy bien qué hago aquí —dijo él, pero no se movió hacia la puerta.
—Yo sí lo sé —respondió ella—. Vas a follarme sobre esa mesa. Y yo voy a dejarme.
Le tendió una copa. Sus dedos se rozaron al pasarla y ninguno apartó la mano. Marisol notó el pulso en la garganta, y también más abajo, entre los muslos, ese latido húmedo que llevaba media vida posponiendo. Bebieron mirándose, sin prisa, midiendo el terreno como dos personas que han esperado demasiado para equivocarse ahora.
—Te confieso una cosa —dijo ella al fin—. El día que abrí la tienda, tú fuiste el primero que entró. Y desde ese día he querido esto. Veinticinco años queriéndolo. Veinticinco años pensando en tu polla cuando me tocaba en la cama.
Eduardo dejó la copa sobre la mesa. Levantó una mano y le retiró un mechón de la cara con una delicadeza que no encajaba con su tamaño.
—Pensé que era cosa mía —murmuró—. Que me lo inventaba para no aburrirme en los viajes. Cuántas veces me he corrido pensando en tu boca, Marisol. En tu culo cuando te agachabas a coger cajas. No te haces una idea.
—Me la hago perfectamente.
Lo besó ella primero. Llevaba tanto tiempo imaginando ese beso que la realidad casi la desarma: él sabía a vino y a tabaco antiguo, y la besaba despacio, sin atropellarse, como si también él hubiera ensayado ese momento muchas veces a solas. Marisol le metió la lengua entera en la boca y sintió que él gemía bajito. Le buscó la entrepierna con la mano, por encima del pantalón, y se encontró un bulto duro, apretado contra la tela. Se lo apretó despacio, midiéndolo, y notó cómo Eduardo se le pegaba más.
—Joder —murmuró él contra su boca—. Llevo así desde que me has abierto la puerta.
—Yo llevo así desde marzo del noventa y nueve —contestó ella, y le mordió el labio.
***
—¿Y Andrés? —preguntó Eduardo cuando se separaron, con la voz ronca—. No quiero meterme donde no debo.
Marisol sonrió. Le gustaba que se preocupara. Decía mucho de él.
—Andrés lo sabe todo. Lo nuestro es así desde el principio. Cada uno tiene sus cosas y nos las contamos. Él también tiene las suyas, créeme. —Le pasó un dedo por el pecho, por encima de la camisa, y siguió bajando hasta la hebilla del cinturón—. Esta noche no le robo nada a nadie. Esto es mío. Me lo debo desde hace veinticinco años. Y quiero cobrarlo con intereses.
Vio cómo la tensión abandonaba los hombros de él. El último escrúpulo se disolvió en el aire tibio de la trastienda.
—Entonces no pienso desperdiciarlo —dijo Eduardo.
Le desabrochó la blusa botón a botón, sin prisa, deteniéndose en cada centímetro de piel que iba quedando al descubierto. Marisol cerró los ojos y se dejó hacer. Había algo embriagador en ser desnudada por aquellas manos que conocía de toda la vida pero que nunca la habían tocado así. La prenda cayó al suelo. Después el sujetador. El aire fresco de la tienda le erizó la piel y le puso los pezones duros como piedras.
Él la miró como se mira algo que se ha esperado mucho. No dijo nada cursi, no hizo falta. Le agarró un pecho con la mano entera, sopesándolo, y le pellizcó el pezón entre dos dedos hasta que ella soltó un jadeo. Después bajó la cabeza y le besó el cuello, el hueco de la clavícula, y fue descendiendo hasta cerrar los labios sobre uno de sus pezones. Se lo chupó fuerte, tirando de él con los dientes, mientras con la otra mano le apretaba el otro pecho. Marisol contuvo el aire. Le hundió los dedos en el pelo gris y lo sostuvo ahí, contra ella, mientras él jugaba con la lengua hasta que la sintió tensarse.
—Más despacio —pidió ella— o me corro sin que me toques abajo.
Eduardo se rio bajito contra su piel. Esa risa le recorrió toda la columna.
—Ya me encargaré yo de tocarte abajo —murmuró—. Un rato largo, además.
Le subió la falda de un tirón hasta la cintura y le metió la mano entre las piernas. Cuando descubrió que no llevaba nada debajo, se quedó quieto un segundo, mirándola.
—Cabrona —dijo—. Venías preparada.
—Vine mojada —corrigió ella—. Tócame y verás.
Él le pasó dos dedos por la raja del coño, despacio, de abajo arriba. Los sacó brillantes. Se los llevó a la boca y los chupó sin dejar de mirarla. Marisol se sintió arder entera.
—Sabes como imaginaba —dijo Eduardo.
La fue desnudando del todo, sin dejar de besarla, y Marisol terminó apoyada en el borde de la mesa de cortar, completamente expuesta bajo la luz cálida, con las tetas erguidas y las piernas ligeramente abiertas. Él se arrodilló. Le abrió los muslos con las manos, le colocó una pierna sobre su hombro y le besó por dentro, despacio, primero en la cara interna, después subiendo hasta encontrar el coño mojado. Le pasó la lengua entera de abajo arriba, plana, apretando, y terminó lamiéndole el clítoris con la punta.
—Ay, joder —gimió Marisol, echando la cabeza hacia atrás—. Ay, Eduardo.
Se mordió el labio para no gritar en un local con la persiana a medio bajar.
—Así… justo así —murmuró ella, aferrada al filo de la mesa—. Con la lengua. Métemela.
Él le clavó la lengua dentro y ella soltó un jadeo largo. La sacó, volvió a subir hasta el clítoris, se lo chupó como si le fuera la vida en ello y le metió dos dedos a la vez. Marisol sintió que se le doblaban las rodillas. Él la sujetaba por las caderas con la mano libre, sin dejarla escapar, mientras le trabajaba el coño con la boca y con los dedos al mismo tiempo. Le buscaba un punto por dentro, apretando hacia arriba con los dedos doblados, y cuando lo encontró Marisol pegó un tirón involuntario contra su cara.
—Ahí, ahí, ahí… no pares.
Él no tenía prisa. Tenía veinticinco años de paciencia acumulada y los gastó todos en ese momento, llevándola hasta el borde y dejándola descansar, una y otra vez, hasta que Marisol ya no pudo sostener nada. Cuando notaba que ella se iba a correr, le sacaba los dedos y le apartaba la boca, la dejaba temblando, jadeando, insultándolo entre dientes, y volvía a empezar. La tercera vez que le hizo el mismo truco, ella le agarró del pelo con las dos manos y le apretó la cara contra su coño.
—Como pares otra vez te mato. Chúpame hasta que me corra.
Eduardo se rio contra su vulva, y esa vez la obedeció. Le chupó el clítoris con la boca entera, succionando, mientras le follaba el coño con tres dedos, rápido, sin piedad. El placer se le acumuló en el vientre como una marea y rompió de golpe. Se estremeció entera, con los muslos cerrándose en torno a la cabeza de él, jadeando un nombre que llevaba media vida sin pronunciar en voz alta. Sintió que se corría a chorros contra la lengua de Eduardo, empapándole la barbilla, y a él no pareció importarle nada.
***
Tardó en recuperar el aliento. Cuando abrió los ojos, Eduardo se había puesto de pie y la miraba con una mezcla de deseo y asombro, como si tampoco él terminara de creerse que estuvieran ahí. Tenía la boca brillante y la mandíbula tensa. Un bulto grueso le levantaba la tela del pantalón.
—No hemos terminado —dijo ella—. Ahora quiero verla.
Se incorporó, le desabrochó la camisa y se la quitó. Le soltó el cinturón con dedos que ya no temblaban de nervios sino de pura urgencia. Le bajó el pantalón y el calzoncillo de un tirón, hasta las rodillas, y la polla saltó dura, gorda, más grande de lo que había imaginado veinticinco años. Marisol se quedó mirándola un instante, con la boca entreabierta.
—Dios mío —dijo—. Y esto lo has tenido en el pantalón todo este tiempo.
Se sentó en el borde de la mesa, le agarró la polla con la mano y se la acercó a la cara. La lamió despacio, de abajo arriba, siguiendo la vena gorda que le subía por debajo. Le besó el glande, se lo metió en la boca, primero solo la punta, chupándola como si fuera fruta. Eduardo soltó un gemido ronco que le retumbó en el pecho.
—Joder, Marisol.
Ella se la fue tragando poco a poco, cada vez más adentro, hasta que la sintió golpearle la garganta. Se retiró, tragó saliva, y volvió a metérsela entera. Con la mano le masajeaba los huevos, apretándoselos suavemente. Le miraba hacia arriba mientras se la chupaba, buscándole los ojos. A él se le tensaba la mandíbula cada vez que ella subía y bajaba la boca por su polla, dejándola brillante de saliva.
—Como sigas así me corro en tu boca —jadeó él.
Marisol se la sacó de golpe, respirando fuerte, sin soltarle la base con la mano.
—Todavía no. Te quiero dentro. Ahora.
Volvió a tumbarse sobre la mesa y lo atrajo hacia ella tirándole de las caderas.
—Veinticinco años, Eduardo. No me hagas esperar más. Métemela.
Él se colocó entre sus piernas, se agarró la polla con la mano y se la pasó por la raja del coño empapado, empujándose contra el clítoris. Marisol soltó un gemido de pura frustración.
—No juegues. Métela.
Entonces él la penetró despacio, apoyándose con las dos manos en la mesa, sosteniéndole la mirada todo el tiempo. Marisol soltó un suspiro largo, el suspiro de algo que por fin encaja en su sitio. Lo sintió abrirla, entrar hasta el fondo, tocarle un sitio que llevaba media vida esperando ser tocado. Él se quedó quieto un segundo dentro, apretando los dientes, para no correrse ahí mismo.
—Estás apretadísima —dijo—. Estás… joder.
—Fóllame —contestó ella, con las piernas ya rodeándole la cintura—. Fuerte. Que se rompa la mesa si hace falta.
El mundo de fuera —la calle, la persiana, los años— desapareció. Solo quedaban ellos dos y el crujido suave de la madera bajo sus cuerpos. Eduardo empezó a moverse, al principio con embestidas largas, hasta el fondo, y después más rápido, más corto, chocándole las caderas contra los muslos con un ruido húmedo que llenaba la trastienda. Marisol le clavó los talones en la espalda, le pidió más con el cuerpo y con la voz, y él respondió a cada exigencia. La mesa de cortar, donde había medido tantos metros de tela a lo largo de los años, aguantó el vaivén como si llevara toda la vida esperando ese uso.
—Más fuerte —jadeó ella—. Más adentro. Rómpeme.
—Vas a despertar al barrio.
—Me da igual el barrio.
Él la sacó de la mesa, la giró y la puso boca abajo, doblada sobre la madera, con el culo hacia arriba y los pies apenas rozando el suelo. Marisol se dejó colocar como una muñeca. Le sintió abrirle las nalgas con las manos, mirándola.
—Llevo veinticinco años queriendo ver este culo así —dijo Eduardo.
Le metió la polla de un solo empujón, hasta el fondo, y ella soltó un grito ahogado contra la mesa. La agarró de las caderas con las dos manos y empezó a follarla desde atrás, sin piedad, cada embestida haciéndole rebotar las tetas contra la madera. Le pasó una mano por la espalda, subió hasta el pelo y se lo agarró, tirándole la cabeza hacia atrás.
—Dime que llevas veinticinco años queriendo esto.
—Veinticinco años queriendo tu polla —jadeó ella—. Todas las noches, Eduardo. Todas.
Él la folló así un rato largo, hasta que Marisol volvió a notar el placer subiéndole otra vez desde muy adentro, más hondo y más lento que el primero. Le metió una mano por debajo, buscándole el clítoris, y le empezó a frotar mientras la seguía embistiendo. Marisol se agarró al borde opuesto de la mesa con las dos manos.
—Me voy —avisó ella—. Me voy otra vez.
—No voy a aguantar mucho —jadeó él contra su oído, inclinándose sobre ella—. ¿Dónde te corres?
—Dentro. Córrete dentro. Quiero sentirlo.
—Yo tampoco —contestó él, riendo entre jadeos—. No hace falta aguantar nada.
El segundo orgasmo la sorprendió a media frase, más hondo y más lento que el primero. Lo sintió subir desde muy adentro, apretándole el coño en torno a la polla de Eduardo con espasmos violentos, mientras él se vaciaba al mismo tiempo, embistiéndola hasta el fondo con dos, tres empujones finales, gimiendo contra su pelo. Marisol sintió la corrida caliente llenándola por dentro, notó cómo él temblaba encima de ella, cómo se le aflojaban los brazos. Los dos aferrados el uno al otro sobre la madera tibia. Se quedaron así un buen rato, sin separarse, escuchándose el corazón, con el semen empezando a chorrearle por dentro del muslo.
Cuando él se retiró por fin, despacio, Marisol soltó un pequeño quejido de vacío. Se giró sobre la mesa, se sentó, con las piernas todavía abiertas, y se pasó dos dedos por el coño empapado. Se los llevó a la boca sin dejar de mirarlo.
—Nos sabemos parecidos —dijo.
Eduardo soltó un gemido bajito, mirándola hacer eso, y se dejó caer sentado en el suelo, con la espalda contra la mesa, todavía respirando fuerte.
***
Después, vestidos a medias, terminaron la botella de vino sentados en el suelo, con la espalda apoyada en el mostrador. Eduardo le pasó un brazo por los hombros y Marisol se acomodó contra él como si lo hubieran hecho mil veces.
—Veinticinco años para esto —dijo él—. Qué tontos hemos sido.
—No tontos —corrigió ella—. Pacientes. Hay deseos que saben mejor cuando los guardas mucho tiempo.
Él la miró de reojo, con una media sonrisa.
—¿Y ahora? Me jubilo. Ya no voy a tener excusa para venir.
Marisol se encogió de hombros y bebió un sorbo.
—Las excusas se inventan. Ahora que sé a qué sabe tu polla, no pienso esperar otros veinticinco años. —Le rozó la mejilla con los labios—. Y a Andrés le va a encantar la historia. Puede que hasta quiera conocerte. Puede que hasta quiera mirar.
Eduardo soltó una carcajada, sorprendido, y por primera vez en toda la tarde Marisol vio en su cara algo parecido a un futuro. Brindaron en silencio, con la persiana a medio bajar y la ciudad zumbando ahí fuera, ajena a que en aquella pequeña tienda de ropa una mujer acababa de saldar la deuda más antigua que tenía consigo misma.





