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Relatos Ardientes

Me toqué bajo la ducha pensando en ti toda la noche

Fue uno de esos días en los que nada termina de arrancar. La luz entraba gris por la ventana, el teléfono no sonaba y las horas se arrastraban una detrás de otra como si llevaran plomo en los pies. Sentía el cansancio metido en los huesos, esa pesadez espesa que no viene de haber hecho mucho, sino de no haber sentido nada. Cerré el portátil sin guardar nada importante, me quité los zapatos y caminé descalza por el pasillo hacia el cuarto de baño, decidida a sacarme de encima toda esa modorra que me tenía atrapada.

El baño estaba en silencio. Un silencio raro, denso, de esos que parecen tener peso propio. Lo rompí yo misma al correr la cortina, y los anillos de plástico chirriaron contra la barra metálica. Los grifos brillaban en su quietud, esperando. Me desabroché la blusa despacio, sin prisa, y dejé que la ropa cayera al suelo en un montón blando. De reojo me miré en el espejo, que todavía no se había empañado. Ahí estaba yo: el pelo recogido, los hombros un poco caídos, la piel pálida pidiendo a gritos algo que la despertara.

Abrí la llave. El agua tosió primero en las cañerías, como aclarándose la garganta, y enseguida salió un chorro generoso. Lo probé con los dedos hasta encontrar el punto justo, ni tan caliente que quemara ni tan tibio que no sirviera. Metí un pie, luego el otro, y por fin todo el cuerpo bajo la cascada. El primer golpe del agua sobre mi espalda me arrancó un suspiro largo. Fue como si alguien me soltara un nudo que llevaba apretado todo el día.

Me quedé así un buen rato, inmóvil, dejando que el calor me trepara por la nuca y me bajara por la columna. El vapor empezó a ganarle a las paredes, las superficies se volvieron lechosas, y el espejo desapareció detrás de una nube blanca. Entendí entonces que no había entrado solo a limpiarme. Había entrado a buscar algo. Algo que extrañaba demasiado y que el agua, con su insistencia tibia, empezaba a despertar sin pedirme permiso.

Porque pasar la ducha por cada rincón de mi cuerpo siempre me devuelve lo mismo. Me devuelve esos sueños que finjo no tener, esas ganas que me callo, esa sed que vivo negándome en la soledad de mi cama. Y me devuelve tu cara, Adrián. Eres tú a quien extraño cuando el agua me recorre los hombros. Eres tú a quien quiero aquí, ahora, conmigo, llenando este baño que se me hace enorme cuando estás lejos.

Tal vez pensarte no alcanza. Tal vez desearte tampoco.

Me fui resbalando despacio por los azulejos hasta quedar sentada en el plato de la ducha, con las rodillas dobladas y la espalda apoyada en la pared fría. El agua seguía cayendo sobre mí, ahora sobre el pecho y el vientre, partiéndose en hilos que me bajaban por la piel. Cerré los ojos. Si los apretaba lo suficiente, casi podía sentirte. Casi.

Imaginarte cerca no llena el hueco. Lo sé, y aun así lo intento. Llevé una mano entre mis piernas abiertas, despacio, tanteando, y el primer roce de mis propios dedos me hizo arquear la espalda contra el azulejo. No era suficiente. Nunca lo es cuando la cabeza está puesta en otro lado, en otra boca, en otras manos. El deseo se me hacía más grande, más urgente, y no entendía por qué no se dejaba calmar.

Entonces solté el grifo de mano de su soporte. Lo bajé entre mis piernas y dejé que la presión del agua cayera directa sobre mi sexo descubierto. El golpe tibio me arrancó un gemido que rebotó contra los azulejos. Apreté los dientes, moví la mano, busqué el ángulo exacto. La fuerza del chorro me empujaba contra una orilla a la que no terminaba de llegar, como una ola que sube y no rompe nunca. Sentía las ansias creciendo, implacables, y el agua, por más que insistía, no lograba saciarlas.

Y me dieron ganas de llamarte. De marcar tu número con los dedos mojados y pedirte que vinieras, que abrieras la puerta, que te metieras conmigo en este vapor a terminar lo que el recuerdo empieza. Pero sé que no vendrías. Sé que no puedes. Y precisamente por eso te dejé entrar en mi cabeza sin resistencia, para que la mentira de tenerte aquí se volviera más nítida, más viva.

***

Te imaginé apareciendo entre el vapor, completamente vestido, mirándome desde la puerta con esa media sonrisa tuya que siempre me desarma. No decías nada al principio. Solo me mirabas ahí, sentada, vulnerable, con el agua resbalándome por la cara y los muslos abiertos sin pudor. Yo tampoco hablaba. Te sostenía la mirada y dejaba que vieras todo, que entendieras para qué te había llamado en silencio.

—Sabía que me ibas a estar esperando así —decías, y tu voz me recorría la espalda como otra mano más.

Te quitabas la camisa sin apuro, peldaño a peldaño, igual que yo me había desnudado antes. La tela se te pegaba al cruzar el chorro y la dejabas caer empapada al suelo. Cuando por fin te metías conmigo bajo el agua, el primer contacto de tu pecho contra el mío me hacía temblar entero. Estabas caliente, real, sólido de un modo que mi imaginación rara vez consigue, y yo me agarraba a esa sensación con todas mis fuerzas para que durara.

Me ayudabas a levantarme. Me tomabas la cara entre las manos y me besabas despacio, tomándote tu tiempo, como si tuviéramos toda la noche y ninguna prisa en el mundo. El agua nos caía a los dos, nos unía, nos resbalaba por los labios pegados. Sentía tu lengua, tu aliento entibiando el mío, y todo el cansancio del día se me iba escurriendo por el desagüe junto con el agua.

Y entonces tu boca empezaba a viajar. Me besabas la mandíbula, el cuello, el hueco detrás de la oreja que solo tú conoces. Bajabas por la clavícula, por el pecho, te demorabas en mis senos tensos hasta hacerme suspirar más fuerte. Seguías por el vientre, por las caderas, dejando un rastro caliente que el agua no alcanzaba a borrar. Yo te hundía los dedos en el pelo mojado y echaba la cabeza hacia atrás, dejándome ir.

—No pares —te pedía, aunque sabía que no pensabas hacerlo.

Cuando llegabas al sendero entre mis piernas, yo ya no era dueña de mí. Apoyaba una mano contra la pared para no resbalar, separaba más los muslos y me entregaba a tu boca como me entrego a estos recuerdos: sin culpa, sin miedo, lamentando una sola cosa, que estás demasiado lejos. El agua seguía cayendo, los azulejos devolvían el eco de mis gemidos, y por un instante la frontera entre lo que imaginaba y lo que mi mano hacía de verdad se borraba por completo.

***

Abrí los ojos un segundo. El grifo de mano seguía ahí, entre mis dedos, latiendo su chorro tibio contra mi piel más sensible. La habitación entera era una nube. Yo estaba otra vez sentada en el suelo, sola, con las rodillas temblándome y la respiración entrecortada, pero en mi cabeza todavía estabas tú, encima de mí, dentro de mí, llenándome del modo en que solo tú sabes.

Te imaginé erguido frente a mí, sin ninguna inhibición, invitándome a sentirte. Te imaginé empujando despacio, abriéndome paso adentro, y los dos soltando al mismo tiempo el aire que habíamos estado conteniendo. Cada movimiento tuyo lo seguía yo con la mano y con el chorro de agua, fingiendo que la presión eras tú, que el calor eras tú, que el vaivén lo marcabas tú y no mi propia desesperación.

Nos abrazábamos bajo el torrente caliente, espejo de ese otro torrente que se me escapaba brioso entre las piernas. Nos besábamos con el agua entrándonos en la boca, riéndonos a medias, jadeando. Y yo me dejaba arrastrar, porque el deseo no entiende de distancias ni de fronteras, y cuando alguien te las impone, lo que sentís se niega a morir y se vuelve más terco, más hambriento.

Sentí que por fin empezaba a subir esa ola que toda la tarde se me había negado. Apreté los párpados, te llamé en voz baja, dije tu nombre contra el ruido del agua una y otra vez. Mis caderas se movían solas, buscando el último empujón. Me imaginé tu voz en mi oído diciéndome que me soltara, que no me aguantara, que era tuya, y esa sola idea me terminó de empujar al borde.

El orgasmo me sacudió entera, de los talones a la nuca, un temblor largo que me dobló sobre mí misma. Solté un gemido ronco que se perdió entre el vapor y el repiqueteo del agua. Me quedé encogida en el plato de la ducha, abrazándome las rodillas, sintiendo cómo las réplicas me recorrían en oleadas cada vez más suaves, hasta que solo quedó el latido tranquilo del agua cayendo y mi respiración volviendo despacio a la normalidad.

Pasaron varios minutos antes de que me animara a moverme. El agua ya empezaba a entibiarse de menos, anunciando que el calor se acababa. Volví a colgar el grifo de mano en su soporte, dejé que la cascada me cayera limpia sobre la cabeza un rato más y sentí el cuerpo distinto, aflojado, vivo otra vez. La pesadez del día se había ido. En su lugar quedaba esa mezcla agridulce que tan bien conozco: el alivio del cuerpo y el vacío de saber que lo conseguí sola.

Cerré la llave. El silencio volvió de golpe, ese silencio denso que me había recibido al entrar, solo que ahora goteaba. Me envolví en la toalla y me senté en el borde de la bañera, todavía con el pelo chorreando, mirando las paredes empañadas donde mi dedo, sin darme cuenta, había dibujado una línea torcida en el vaho.

Hoy otra vez me tocó estar sola. Otra vez me tocó resignarme a extrañarte, a desearte, a inventarte entre el vapor para que el cuerpo aguantara la espera. Sé que mañana volverás a meterte en mi cabeza, en mis manos, en el agua, cada vez que necesite escaparme un rato de la rutina. Y sé que algún día, espero que pronto, no tendré que imaginarte. Mientras tanto, sigo siendo solo yo, mis ganas, y estas aguas mías que se desbordan en tu ausencia.

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Comentarios (5)

Sole_BA

Diosss... tremendo. Me dejo sin palabras, en serio.

curiosa_del_sur

Por favor una segunda parte, quede con ganas de mas. Que bueno que encontre este relato!

Valentina_78

Me recordo a una situacion mia hace un tiempo... digamos que entiendo muy bien a la protagonista jajaja. Muy bien escrito.

EscritorNoc

Lo que mas me gusto es como transmitiste esa mezcla de soledad y deseo. Se siente tan real sin ser burdo. De los mejores relatos de la categoria, sin exagerar.

TatoMDQ

Corto pero intenso!! Sigue publicando

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