El juguete que encendí en el ascensor
El día que decidí probar el juguete en el trayecto de vuelta a casa había sido un lunes muerto en la oficina, uno de esos en los que mirás el reloj cada quince minutos y cada quince minutos te faltan tres horas. A las siete en punto cerré el portátil, guardé el móvil en el bolso y me metí al baño del piso veinte a colocármelo antes de bajar.
Era pequeño, con forma de guijarro, y llevaba una antenita de silicona que me quedaba justo al ras del clítoris cuando lo tenía dentro. Diez patrones distintos y veinte niveles de intensidad, todo comandado desde el móvil. Yo lo llevaba en aleatorio, que es como más disfruto: el juguete decide, mi cuerpo obedece. Yo solo modulo la fuerza; el resto son sorpresas.
Con la braga vuelta a poner y la falda estirada, sonreí a mi reflejo en el espejo. Estaba impecable de cintura para arriba. Ni yo hubiera dicho que llevaba nada dentro. Y sin embargo, con solo caminar hasta el ascensor, notaba cómo la cosa gordita se me apretaba dentro del coño y me hacía escurrir de golpe. Fui hasta el ascensor con la piel tirante y la boca seca.
El edificio es nuevo, de vidrio, con un ascensor rápido pero educado. Esa noche lo puse en manual y me inventé un juego privado: cada planta que descendía, un punto más de intensidad. Casualmente son veinte, así que la matemática cerraba sola.
Las cinco primeras no las sentí demasiado. Un cosquilleo cómodo, casi rutinario. De la seis a la nueve la respiración se me cortó y empecé a suspirar bajito, apoyada contra la pared del fondo. Con la diez llegó el problema serio: una vibración firme, constante, que ya no me daba tiempo de recuperarme entre planta y planta.
Once, doce, trece: me agarré a la barra de metal como si me fuera la vida. Catorce, quince, dieciséis: mis piernas ya no eran mis piernas, y la maldita antenita del clítoris me pegaba pinchazos eléctricos que me subían por la espalda. En el diecisiete se me abrió la boca sola en un gemido ronco. Dieciocho, y cerré los ojos rezando para que nadie apretara el botón desde otra planta.
Diecinueve, veinte. Nivel máximo. Y el ascensor tardando lo suyo en abrir las putas puertas. Me mordí el labio hasta probar el sabor del hierro, con una mano agarrada a la barra y la otra apretada contra la pared para no caerme redonda. Cuando el clink del timbre sonó, con el pulgar tembloroso lo bajé al cinco, respiré por la nariz como si fuera a saltar en paracaídas y salí como pude al hall.
Estuve a nada de correrme dentro de ese ascensor. Nada.
Salí al aire fresco de la calle con el pulso en las orejas y una humedad tan densa entre las piernas que sentía cómo se me pegaba la braga. Cada cinco pasos, la vibración me daba un latigazo caprichoso y yo daba un traspié disimulado. Cualquiera que me viera de lejos hubiera pensado que salía borracha del trabajo. Perfecto: nadie iba a imaginar que iba con un juguete metido hasta la mitad del coño, chorreando por dentro del bolso.
El metro es mi santuario. La línea que cojo baja casi vacía a esa hora y a mí me toca el fondo del vagón. Esta vez, para mi suerte, la última fila estaba libre. Me acomodé de lado, me dejé escurrir un poco en el asiento y estiré las piernas apoyando los tacones en el respaldo de delante. Con ese ángulo, la falda subía sola y yo tenía todo el control.
Saqué el móvil como si estuviera contestando un mail y me subí la falda hasta el ombligo. Nadie me veía de cintura para abajo: las pocas cabezas del vagón asomaban por encima de los asientos, absortas en sus pantallas. Yo, sin embargo, tenía las bragas empapadas y la antenita del juguete asomando por el borde del encaje. Se me marcaba la humedad como una mancha oscura sobre la tela clara.
Bajé un nivel, subí dos, cambié de patrón. Pulso corto, largo, corto. Me temblaban los muslos. Con dos dedos me acaricié por encima de las bragas y sentí cómo el juguete se movía dentro de mí, cómo el coño se lo comía a lametones. Me estaba poniendo tan mojada que me chorreaba por debajo hasta empapar el asiento.
Decidí quitármelas. Con mucho cuidado, la mano bajo la falda, tironeé del encaje y me las bajé por las piernas. Las guardé hechas una bola en el bolso y volví a acomodarme, con el coño al aire, el juguete vibrando y la falda cubriéndome solo lo justo para no quedar exhibida del todo. Nunca me había atrevido a tanto en un vagón. Me sentí tan puta que se me escapó una risita.
El líquido me chorreaba por el pliegue del muslo hasta el asiento. La antena del juguete, empapada en mis jugos, salpicaba con cada vibración gotitas contra la falda. Estaba tan cachonda que solo de imaginarme lo que estaba pasando ahí abajo, escondido bajo la tela, me daba otro latigazo. Cerré los ojos, apoyé la cabeza en el respaldo y me di permiso.
Me bajé la mano al clítoris, por debajo de la falda, y empecé a acariciármelo con la yema del dedo mayor. Estaba tan hinchado que apenas hacía falta rozarlo. Con la otra mano, cambiaba niveles de intensidad como si estuviera afinando un instrumento: veinte, cinco, dieciocho, dos, veinte. Estaba jugando conmigo misma, prolongando el filo del orgasmo sin dejar que llegara.
Sentía la corriente en el estómago, esa avisadora que me sube desde el bajo vientre hasta el pecho. Me faltaba nada. Me quedaban cuatro paradas. Podía llegar a casa con las piernas temblando, o me podía dejar ir ahí mismo, en el fondo del vagón, con el coño chorreando de mí sobre el asiento sintético. Elegí lo segundo. Siempre elijo lo segundo.
Nivel quince, patrón lineal. Y el dedo apretándome el clítoris muy rápido, con la palma de la mano ahuecada como una copa para recoger todo lo que me caía. El orgasmo me abrió por dentro con un golpe seco. Me mordí la manga de la blusa para no gritar, apreté los dientes, apreté el coño, apreté todo lo que tenía para apretar.
La antena del juguete me salió disparada, como una bala. Y detrás vino un chorro que me sorprendió a mí primera: caliente, denso, contundente. Me salpicó los muslos, la falda, el respaldo del asiento de enfrente, y una segunda descarga cayó directamente sobre el suelo del vagón. No pude parar. Me temblaba todo el cuerpo, el coño se me contraía y contraía y volvía a expulsar líquido a cada contracción. Me chorreaba por la barbilla, por la blusa, por el pelo cuando eché la cabeza hacia atrás.
Cuando por fin conseguí abrir los ojos, tenía el asiento de enfrente empapado, la falda pegada a la piel y el juguete vibrando como un loco sobre el suelo, girando en círculos como un escarabajo boca arriba. Lo recogí como pude, con la mano temblorosa, y en un impulso de cachonda sin freno, me lo llevé al culo por debajo de la falda. Nunca lo había hecho. Nunca me había atrevido. Pero mi cuerpo estaba en modo abierto y no protestó lo más mínimo. Entró redondo, húmedo por lo que me había caído por detrás. Se me perdió dentro, entero.
Sonó mi parada. Me quedé mirando la puerta como si me acabaran de despertar. Bajé el nivel al diez, patrón lineal, para que me fuera torturando de a poco, y me levanté con las piernas dobladas y el pelo pegado a la sien. La blusa blanca empapada dejaba ver el sujetador de encaje y las tetas debajo, marcadas, con los pezones duros como piedras. El rímel me chorreaba a los pómulos.
El aire de la calle me golpeó como una bofetada. Mi edificio está justo enfrente, cruzando un parque pequeño. Podía llegar. Solo tenía que llegar. Y no correrme por el camino, porque el juguete seguía moviéndose en el culo con esa vibración lineal insoportable que no cedía ni un segundo.
Crucé el parque despacio, apoyándome en cada banco, cada farola, cada árbol. Con cada paso la vibración me subía por dentro y me hacía apretar los dientes. Cuando llegué al portal, alguien salió justo en ese momento y me sostuvo la puerta. Ni miré. Susurré un «gracias» pastoso y me metí como pude en el hall. La cara del que salía debió ser un poema; yo esa noche estaba más allá de dar explicaciones.
Esperé el ascensor apoyada en los buzones. En el minuto que tardó en bajar, tomé la decisión: nivel veinte, ahí dentro del culo, y que fuera lo que Dios quisiera. Le di al botón antes de entrar. El calambrazo me llegó de golpe. Casi grito.
Ya en el ascensor cerré los ojos, me agarré a la barra con las dos manos, abrí las piernas y solté un gemido largo que rebotó en las paredes de metal. Diez plantas. Diez plantas de pie con el máximo dentro del culo. Los jugos me caían por los muslos hasta los tacones y después goteaban al suelo del ascensor con un ruidito seco. Si me tocaba, me corría. Y no quería. Todavía no.
Siete, ocho, nueve. Las rodillas me flaqueaban de verdad. Me estaba meando de placer, literalmente, no podía distinguir una cosa de la otra. Diez, clink. Salí a mi rellano, di dos pasos y me caí de rodillas contra la puerta. La puta llave se me resbaló dos veces. Al final, sin fuerzas siquiera para levantarme, me tiré de espaldas en el suelo del rellano.
Por suerte no tengo vecinos en la planta. Podría haber gritado y no me hubiera oído nadie. Me arrastré hasta apoyar la nuca en la puerta, subí las piernas contra la pared de enfrente y me abrí. Con una mano solté los dos botones de la blusa que aguantaban y saqué las tetas del sujetador de un tirón. Se me marcaban los pezones como dos aceitunas duras.
Con la otra mano alcancé el rabito del juguete y empecé a moverlo, adentro y afuera del culo, sin sacarlo del todo, mientras la primera bajaba al clítoris. Nivel veinte por primera vez dentro del culo, con el clítoris trabajado a base de círculos rápidos, dos manos moviéndose a ritmo salvaje: el orgasmo me tomó por asalto.
Grité. Grité con la cabeza echada hacia atrás y la boca abierta. Y por la boca abierta me cayó parte del chorro que salí a lanzar contra la pared del rellano. Salpicó el techo, el borde superior del marco, el suelo. Yo tragaba lo que me caía en los labios y escupía lo que me sobraba, para volver a tragar. Me encanta. Me encanta saborearme cuando estoy así.
Y no paraba. Cada contracción del coño era otro chorro, y con el juguete moviéndose dentro del culo, cada contracción llegaba con otra encima. Me convulsionaba. Se me caía el pelo empapado sobre la cara y se me pegaba a los ojos. Estaba tirada en el rellano de mi propia casa, con las tetas fuera, sin bragas, la blusa mojada, el juguete resbalándoseme del culo por la fuerza del apretón, chorreando en olas.
Cuando por fin el cuerpo me dejó, exhausta, no supe cuánto tiempo llevaba ahí. Con lo poco que me quedaba, apagué el juguete. El silencio del rellano me golpeó como un puñetazo. Bajé las piernas, me deslicé por la puerta hasta quedar sentada y solo entonces abrí los ojos.
El desastre era épico. Parecía que alguien hubiera volcado un cubo de agua en el suelo, otro contra la pared y otro sobre mí. Me quedé mirando el techo del rellano —había manchas hasta arriba— y me reí sola, ronca, feliz. Después conseguí meter la llave en la cerradura, me arrastré adentro y cerré la puerta de una patada floja.
Nunca entendí de dónde saca mi cuerpo tanto líquido. Es minúsculo, no debería. Pero desde hace años sé que tengo esa habilidad y sé también que no la voy a dejar de usar. Nadie me ha visto correrme como me corrí esa noche, sola, en mi propio rellano, con un juguete comprado por internet vibrando dentro del culo.
Y todavía me faltaba la ducha.
¿Vivís en Buenos Aires o vas de visita? Hay escorts en Belgrano esperando tu mensaje.