Lo que hice con los mecánicos del taller
La primera vez que fui a ese taller acompañaba a mi padre, que quería revisar un ruido extraño del coche antes de salir de viaje. Yo me quedé a un lado, apoyada contra la puerta, mirando cómo tres hombres de manos ennegrecidas por la grasa levantaban el cofre y discutían entre ellos. No entendía nada de motores, pero sí entendí perfectamente la forma en que me miraban.
No era una mirada torpe ni inocente. Era hambre. Disimulaban por respeto a mi padre, claro, pero cada vez que él se giraba hacia el encargado o se distraía con una llamada, alguno de los tres se permitía repasarme las piernas, el escote o la boca con una lentitud descarada que me puso la piel de gallina.
Lo más raro fue que no me molestó. Al contrario. Me hizo gracia al principio, y después me calentó. Eran hombres maduros, curtidos, con esa seguridad de quien no necesita fingir nada. Uno llevaba barba de dos días, otro los brazos llenos de aceite y venas marcadas, y el tercero tenía una voz grave que me recorrió el cuerpo cuando me preguntó si quería sentarme a esperar adentro.
—Estoy bien aquí —le respondí, sonriendo un poco más de la cuenta.
Él sostuvo la sonrisa y asintió como si hubiera entendido un mensaje que ni yo misma había terminado de formular.
Al día siguiente, mi padre me pidió que pasara por el taller para preguntar cómo iba la reparación. Pude haber llamado. Pude haber inventado cualquier cosa. En cambio, me cambié con más cuidado del necesario, me puse una blusa ceñida, una falda corta y salí caminando bajo el sol de la tarde con la excusa en la boca y el deseo latiéndome entre las piernas.
Cuando entré, los tres estaban allí. El delgado, que después supe que se llamaba Bruno, fue el primero en levantar la cabeza. Luego me vio Darío, el de la barba, y al final Simón, el más callado. Los tres dejaron de hacer lo que estaban haciendo durante apenas un segundo, pero ese segundo me bastó para saber que me habían estado esperando.
—Vengo a preguntar por el coche de mi padre —dije, intentando parecer casual.
—Claro —contestó Darío, secándose las manos con un trapo—. Ven, te explico.
Me llevó hasta el coche y levantó el cofre. Yo me acerqué, fingiendo interés. Bruno se colocó a un lado de mí y Simón quedó detrás. Empezaron a señalar piezas, a hablarme de correas, de fugas, de cosas que no me importaban en lo más mínimo. Yo asentía mientras trataba de ignorar que Simón estaba demasiado cerca. Podía sentir el calor de su cuerpo en mi espalda.
Entonces ocurrió el primer roce. Apenas un contacto. Su pelvis contra mi culo, rápido, casi accidental. No me aparté. Seguí inclinada sobre el motor, respirando despacio. Un momento después volvió a hacerlo, esta vez más firme. Delante de mí, Bruno lo vio y no dijo nada. Solo apretó la mandíbula y bajó la mirada a mi escote.
—¿Entiendes? —preguntó Bruno.
—No mucho —admití, sin moverme.
—Podemos explicártelo otra vez si hace falta.
Su tono me hizo sonreír. Simón se pegó un poco más a mí. Noté con claridad el bulto duro marcándose a través del pantalón de trabajo, frotándose contra mi falda. Mi respiración cambió. Yo misma separé apenas los pies, lo justo para dejarle espacio. Nadie dijo nada durante varios segundos. Solo se oía el zumbido de una herramienta al fondo y nuestras respiraciones cada vez menos tranquilas.
Darío se acercó por delante, apoyó una mano en el borde del coche y otra junto a mi cintura. No me tocó del todo, pero me encerró. Yo tenía a uno rozándome por detrás, a otro mirándome la boca y al tercero tan cerca del pecho que si me enderezaba lo tocaría.
—Si esto te molesta, lo paras ahora —murmuró Darío, con la voz baja y ronca.
Giré la cara lo suficiente para mirarlo.
—Si me molestara, ya me habría ido.
Eso bastó. Simón me agarró de la cadera y me apretó contra él. Solté aire por la nariz, un gemido casi involuntario. Bruno cerró el cofre con un golpe seco y ese sonido me atravesó como una señal. Ya no había motor, ni explicación, ni excusa. Solo nosotros.
Darío me besó primero. Nada suave, nada tímido. Me sujetó la nuca y me metió la lengua en la boca como si llevara dos días imaginándolo. Yo le respondí igual de hambrienta. Sentí las manos de Bruno bajar por mis muslos, levantarme la falda y apretarme el culo por encima de la tela. Simón seguía pegado a mi espalda, duro, respirándome en el cuello.
—Joder —dijo Bruno—, venías buscándolo.
—Sí —respondí, sin dignidad ni ganas de fingir—. Vine por esto.
La confesión los encendió. Bruno apartó mi ropa interior a un lado y pasó dos dedos por mi coño por encima de la entrada, solo para comprobar lo mojada que estaba. Se rió entre dientes.
—Empapada.
Supe que me iba a dar vergüenza escuchar esa palabra en voz alta, pero lo único que sentí fue más calor. Darío me besó otra vez mientras Bruno me metía dos dedos de golpe. Se me doblaron las rodillas y Simón tuvo que agarrarme mejor de la cintura para que no cayera.
—Mírala —dijo Simón a mis espaldas—. No aguantó nada.
Bruno me folló con los dedos sin delicadeza, entrando y saliendo rápido, buscándome por dentro con movimientos sucios y precisos. Yo abría más las piernas sola, balanceando la cadera contra su mano. Gemí en la boca de Darío y él me mordió el labio.
—Vamos atrás —ordenó.
***
El fondo del taller tenía una bodega con una mesa metálica, un lavabo viejo y una cortina de plástico que separaba un cuarto de herramientas. No era bonito, no era romántico, y precisamente por eso me excitó más. Olía a aceite, a metal caliente y a sudor masculino. Ellos cerraron la puerta principal del taller, bajaron parcialmente la cortina exterior y volvieron hacia mí como si ya no tuvieran que fingir nada.
Darío me sentó sobre la mesa. Bruno se colocó entre mis piernas y Simón detrás de mí. Me abrieron la blusa, apartaron el sostén y se quedaron mirando mis tetas un segundo largo, como si disfrutaran de poder hacerlo al fin sin disimulo.
—Quiero ver cómo se las chupas —dijo Simón cerca de mi oído.
Asentí. Ya no me quedaba espacio para hacerme la tímida. Ni ganas.
Bruno se desabrochó primero. Sacó la polla gruesa, pesada, ya muy dura. Después Darío hizo lo mismo, y luego Simón. Tener a los tres delante me mareó un poco de puro morbo. Eran distintos, pero los tres estaban tiesos y tensos, mirándome como si yo fuera el premio y también la que venía a servirles.
Me deslicé de la mesa y me puse de rodillas sin que me lo pidieran. Darío soltó una risa corta.
—Buena chica.
Le lancé una mirada rápida, excitada por el tono, y abrí la boca sobre la polla de Bruno primero. La metí despacio, dejando que me pesara en la lengua, que me llenara la boca. Él soltó un jadeo y me agarró el pelo, no para forzarme todavía, sino para acompañar el ritmo. A un lado, empecé a masturbar a Darío con una mano y a Simón con la otra, subiendo y bajando al compás mientras mamaba.
—Mírala cómo trabaja —murmuró Simón.
Saqué la polla de Bruno con un hilo de saliva y giré hacia la de Darío. Esta vez fui más honda, más rápida. Quería oírlos perder la compostura. Quería verlos dejar de hacerse los dueños de la situación y empezar a temblar. Darío me empujó hasta el fondo y sentí cómo me golpeaba la garganta. Tosí apenas, los ojos húmedos, y eso lo puso peor.
—Así, joder, así.
Bruno me levantó la barbilla para meterme la punta de su polla en la boca mientras seguía masturbando a Simón. Durante varios minutos me usaron entre los tres, turnándose, empujando, dejándome respirar apenas lo suficiente para volver a abrir la boca. Yo estaba completamente excitada, con el coño latiéndome, escurriendo entre las piernas mientras me llenaba la boca de saliva y gemidos.
Simón pasó una mano entre mis muslos desde atrás. Encontró mi coño abierto y resbaloso y empezó a frotarme el clítoris mientras yo seguía chupando. Mi espalda se arqueó de inmediato. Gemí alrededor de la polla de Darío y él se rió al sentir la vibración.
—Se está corriendo solo de mamárnosla —dijo Bruno.
No se equivocaba. Simón me frotó con dos dedos firmes, rápidos, y mi orgasmo me llegó de golpe, ardiéndome desde el vientre hasta la garganta. Me corrí de rodillas, con la boca llena de polla y la mano apretando el muslo de Darío para no caerme. Los tres soltaron insultos bajos, roncos, excitados por verme temblar así.
Cuando pude respirar mejor, me incorporaron de nuevo sobre la mesa. Bruno me abrió las piernas y se agachó entre ellas sin pedir permiso. Su lengua me encontró enseguida, directa, húmeda, profunda. Lamió de abajo arriba y yo pegué un respingo tan fuerte que choqué con el pecho de Simón, que estaba detrás de mí.
—Quieta —me dijo Simón, sujetándome por los hombros mientras Bruno me comía el coño con una obscenidad deliciosa.
Darío se plantó delante de mí y me ofreció la polla. Esta vez no hubo preámbulos. Me la metió en la boca mientras Bruno seguía lamiéndome y chupándome el clítoris. Era demasiado. Mi cuerpo no sabía a qué sensación responder primero. Tenía la lengua de uno enterrándose entre mis labios hinchados y la polla de otro deslizándose dentro de mi boca mientras el tercero me manoseaba las tetas por detrás.
Babee sin remedio. Gemí. Me corrí una segunda vez con la cara ardiendo y el coño contrayéndose en la boca de Bruno, que me mantuvo abierta con las manos y no dejó de lamer hasta sacudirme entera.
—Ahora sí —dijo Darío, apartándose—. La quiero follar.
***
Me giraron sobre la mesa y me dejaron inclinada, con el pecho apoyado en el metal frío y el culo levantado. Bruno me separó las nalgas y soltó un silbido al verme chorreando. Escuché el sonido húmedo de alguien escupiendo en su mano, luego sentí cómo me acomodaban la punta en la entrada.
—Relájate —murmuró Darío—. Va a entrar toda.
Entró de una embestida fuerte, profunda, sin medias tintas. Grité. No de dolor, sino del impacto bruto de sentirlo tan adentro de golpe. Me agarré a los bordes de la mesa mientras él empezaba a embestirme con un ritmo duro, seco, de macho que no piensa pedir perdón. Cada golpe me hacía avanzar unos centímetros sobre el metal.
Bruno se colocó delante de mí y me ofreció otra vez la polla. La chupé mientras Darío me follaba por detrás. Simón me apretaba las tetas y me daba cachetadas suaves en la cara para que lo mirara.
—Mírame cuando te follan —me dijo.
Le obedecí. Tenía la boca ocupada y aun así lo miré. Ver su expresión, el deseo sin filtro en la cara de un hombre adulto, me excitó todavía más. Darío me agarró del pelo y tiró de mí hacia atrás para follarme más profundo. Sentí sus huevos golpeándome el coño una y otra vez.
—Qué apretada estás —gruñó—. Joder, cómo me aprietas la polla.
Yo solo pude gemir alrededor de la de Bruno. Me estaban usando entre los tres y me encantaba. No había ternura, no había palabras bonitas, solo manos, saliva, órdenes cortas y el sonido obsceno de la piel chocando.
Al cabo de un rato, Darío salió y fue Simón quien tomó su lugar. Tenía una polla algo más larga y me la fue metiendo despacio al principio, disfrutando de cómo se abría mi cuerpo para recibirlo. Cuando estuvo dentro hasta el fondo, se quedó quieto un segundo, respirando sobre mi espalda.
—Ahora sí —dijo, y empezó a follarme con un ritmo más constante, más largo, arrastrando la punta por dentro hasta hacerme ver borroso.
Bruno me levantó la barbilla.
—Quiero corrérmela en la boca.
Lo chupé con más hambre, más rápido. Simón me follaba detrás sin parar, Darío me metía dos dedos en la boca a ratos para ver cómo los ensalivaba, y yo me dejaba hacer, completamente entregada al juego sucio. Bruno duró poco. Se tensó, me agarró fuerte del pelo y se corrió dentro de mi boca con gemidos roncos, gruesos, descargando en varias sacudidas. Tragué una parte y el resto me escurrió por la comisura de los labios.
—Mírate —dijo Darío, pasándome el pulgar por la boca para recogerlo y metérmelo de nuevo—. Qué puta más rica.
Esa frase me hizo apretar a Simón por dentro. Él soltó una maldición y me golpeó las nalgas con la palma abierta. Después aceleró. Su pelvis empezó a chocar más fuerte contra mi culo, y yo supe que estaba cerca por cómo me agarró de la cintura.
—No te muevas.
Obedecí. Se corrió dentro de mí, clavado hasta el fondo, temblando mientras soltaba aire por los dientes. Sentí las contracciones de su polla y eso me arrastró a otro orgasmo. Me corrí con él aún dentro, apretándolo, gimiendo contra la mesa sin fuerza ya en las piernas.
Darío me incorporó y me sentó sobre el borde. Su polla seguía dura. Me agarró de los muslos y me acercó hasta que el coño me quedó justo a su altura. No esperó más. Me empaló de frente, levantándome apenas para meterme completa y luego bajándome otra vez con fuerza sobre él.
La nueva posición me arrancó un grito. Yo podía verlo entrar y salir, podía sentirlo abrirme y volver a llenarme una y otra vez. Bruno, ya corrido, se quedó a un lado besándome el cuello y chupándome una teta mientras Simón me apretaba el clítoris con dos dedos todavía húmedos de mí.
Darío me folló así durante varios minutos, levantándome y dejándome caer sobre su polla como si mi cuerpo pesara poco. Yo lo rodeé con las piernas y me agarré a sus hombros, completamente deshecha, repitiendo obscenidades que ni sabía que iba a decir. Él sonreía cada vez que me oía.
—Dilo otra vez.
—Fóllame más fuerte.
Y me hizo caso. Me embistió con una violencia controlada, firme, precisa. El metal de la mesa crujía debajo de nosotros. Yo tenía el coño hinchado, sensible, goteando mezcla de saliva y corrida, y aun así quería más. Cuando me corrí de nuevo, fue casi doloroso de tan intenso. Cerré los ojos, arqueé la espalda y me sacudió entera.
Darío no tardó mucho después. Me agarró la cara para obligarme a mirarlo mientras se corría, jadeando, clavado hasta el fondo. Su orgasmo le tensó todo el cuerpo y yo sentí el calor espeso llenándome por dentro.
Nos quedamos quietos unos segundos, respirando fuerte, con el ruido del taller apagado alrededor. Afuera pasó un coche, alguien gritó en la calle, pero dentro de esa bodega solo existíamos nosotros cuatro y el olor concentrado del sexo recién hecho.
***
Creí que ahí terminaría todo, que me limpiaría, me acomodaría la ropa y saldría con la cara roja y una mentira preparada para casa. Pero no fue así. Después de aquella tarde empecé a volver. Al principio con la excusa del coche, luego con cualquier pretexto ridículo y, al final, sin molestarnos en fingir demasiado.
Ya sabían cuándo podía pasar y yo sabía a qué hora cerraban. A veces me esperaban con una cerveza abierta en el banco del fondo. Otras, apenas entraba, Darío bajaba la cortina del taller y Bruno sonreía como si acabara de llegarles el mejor pedido del día. Simón casi siempre era el primero en tocarme, menos hablador que los otros, pero igual de hambriento.
En una de esas visitas me llevaron directo al baño del fondo para jugar antes de empezar. Yo entré, dejé la puerta entornada y me bajé la ropa interior delante de ellos. No dije nada. Me senté en el inodoro y oriné despacio mientras me miraban. El morbo de sentir sus ojos clavados en mí fue inmediato. Cuando terminé, los tres ya tenían la polla fuera, masturbándose sin pudor.
—Ven acá —ordenó Bruno.
Me puse de pie, me limpié sin prisa y fui hasta ellos. Me arrodillé sobre el piso y volví a mamárselas una por una, disfrutando de la facilidad obscena con la que habíamos llegado a entendernos. Ya no había tanteos. Ellos sabían cómo me gustaba chupar, dónde me gustaba que me tocaran, cómo tenía que agarrarme Darío del cuello para ponerme más caliente, cómo Simón podía meterme los dedos hasta hacerme chorrear en segundos.
Después me llevaron a un catre viejo que guardaban en el cuarto de descanso. Me pusieron a cuatro patas sobre la manta áspera, me abrieron las piernas y volvieron a usarme por turnos. Uno me follaba el coño mientras otro me daba la polla para chupar y el tercero me sobaba el culo, me abría más, me metía dedos húmedos y me decía guarradas al oído. Yo respondía a todo con gemidos y con el cuerpo, empujando hacia atrás cada vez que quería más.
Me gustaba, sobre todo, la forma en que me trataban cuando ya estaba perdida. No con desprecio, sino con esa mezcla de mando y deseo que me hacía sentir elegida y usada a la vez. Su puta del fin de semana. La que llegaba por su propia voluntad, se desnudaba sola y salía con las piernas temblando y una sonrisa idiota.
Con el tiempo dejé de contar cuántas veces me corrí allí dentro. Sobre la mesa, contra la pared, en el catre, inclinada sobre el asiento de un coche, con la falda subida y la braga en un tobillo. Ellos siempre encontraban una forma distinta de follarme y yo siempre volvía por otra. Lo que empezó como una curiosidad terminó convertida en mi fantasía favorita hecha costumbre.
No voy a fingir arrepentimiento. Cada vez que paso frente a un taller y huelo grasa caliente me acuerdo de esas tardes, de sus manos ásperas en mis muslos, de la cortina bajando, de las pollas saliendo una detrás de otra, de mi boca llena y mi coño chorreando antes incluso de que me tocaran. Y todavía se me humedecen las piernas con solo pensarlo.
Lo más excitante de todo fue descubrir que ellos también me esperaban de verdad. No como un chiste ni como una anécdota, sino con ganas reales. Cuando aparecía por la puerta, se les notaba en la cara. Y yo entraba sabiendo exactamente para qué iba: a dejar que tres hombres maduros me quitaran la ropa, me abrieran las piernas y me follaran hasta vaciarme.
Esa fue la fantasía. Y también la verdad de cada una de esas visitas: yo iba por un coche al principio, pero seguí volviendo por la verga.
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