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Relatos Ardientes

Desperté sola y su recuerdo no me dejó en paz

Abro los ojos y lo primero que me alcanza es el olor de la habitación. Huele a piel, a sudor seco, a una noche que no tuvo tregua. Huele a nosotros dos.

Y aun así, no huele bien. Huele a algo que ya terminó.

La luz se cuela por las rendijas de la persiana en líneas finas que cruzan el techo. Me lo dice sin palabras: ya amaneció, ya se fue, lo mejor quedó del otro lado de la noche. Estiro la mano hacia el lado vacío de la cama y encuentro la sábana fría. Hace rato que no hay nadie ahí.

Miro las manchas oscuras sobre el algodón blanco, el mapa de todo lo que pasó. No se puede ignorar. Cada arruga de esa tela cuenta una parte de la historia que mi cuerpo todavía recuerda mejor que mi cabeza.

Me levanto y abro la ventana de par en par. Quiero que entre el aire limpio de la mañana, que se lleve este aire denso que anoche fue el centro de todo, el sitio donde se mezclaron nuestros gemidos hasta volverse uno solo. El sol me golpea de frente y entorno los ojos hasta que se acostumbran a tanta claridad.

Mis pechos siguen firmes, apuntando al día que empieza, pero hoy extrañan el peso de sus manos. Desnuda frente a la ciudad que ni siquiera me mira, me quedo un momento en el marco de la ventana, tratando de reconstruir la noche pedazo a pedazo.

En el suelo, a los pies de la cama, mi ropa interior arrugada y todavía húmeda. No puedo evitar un suspiro al agacharme a recogerla. Junto a ella, mi sostén favorito, una prenda suya olvidada con las prisas y el revoltijo de las sábanas que arrancamos del colchón en algún momento que ya no ubico.

Lamento su ausencia cuando bajo la mirada a mi propio cuerpo, ahora huérfano de caricias. Mi mano sube hasta mi vientre, como si pudiera invocarlo, pero se queda corta. No es lo mismo. No es él.

***

Bajo a la cocina envuelta solo en mi propia piel. El café que sale de la cafetera es amargo, sin azúcar, y me lo tomo así porque cualquier dulzura me parecería una mentira esta mañana. Trago despacio, intentando borrar sabores que se me quedaron pegados al paladar. No funciona. Algunos sabores no se van con café.

Me llamo Lucía, aunque a esta hora y en este estado el nombre me sobra. Lo que soy ahora mismo no tiene nombre: soy una mujer que pasó la noche con un hombre que ya no está y que descubrió, demasiado tarde, que el cuerpo se vuelve adicto en una sola noche.

Él se llama Tomás. O eso me dijo. Da igual. Lo conocí hace tres semanas en la inauguración de una galería a la que fui por aburrimiento y de la que salí con su número anotado en la palma de la mano, escrito con un bolígrafo que pedimos prestado al de la barra. Desde entonces nos vimos cuatro veces. Anoche fue la quinta, y fue distinta. Anoche algo se rompió, o se abrió, todavía no sé cuál de las dos cosas.

Me meto bajo la ducha y dejo que el agua tibia me caiga por la nuca. Quiero que me limpie, que me devuelva a la versión cuerda de mí misma. Pero el agua no borra lo que tengo grabado bajo la piel. Mis sienes todavía laten con el eco de la noche y siento caricias fantasma recorriéndome la espalda, los muslos, el cuello.

Me pregunto si él sentirá lo mismo en este momento, en donde sea que esté. Lo dudo. Quizá para él fui una más, una historia para contar entre risas y cervezas, un trofeo que sumar a su colección. O quizá no. Quizá también él esté pensando en mí y no se atreve a escribir. No lo sé. Solo invento explicaciones para no sentirme tan sola.

Pero por debajo de todos mis temores, de toda mi ignorancia sobre lo que él piensa, hay algo que no admite discusión: siento su ausencia en el vientre, en un sitio mucho más hondo que la piel.

***

Cierro la canilla y vuelvo al dormitorio goteando, sin molestarme en secarme del todo. La cama está deshecha, sin sábanas, apenas con el edredón hecho un nudo en una esquina. Me tiendo sobre el colchón desnudo y tiro de la tela arrugada hasta cubrirme a medias. Cierro los ojos.

Esta resaca no es de alcohol. Es de cuerpo, de deseo que quedó a medio camino, de una máquina que arrancó toda la noche y que ahora ruge en vacío. Necesito calma, aunque sea pasajera. Necesito llenar de alguna manera el hueco que dejó su cuerpo dentro del mío.

Mi mano resbala sola por mi vientre mientras muerdo la almohada para contener un sonido que todavía no es gemido. Si fuera él. Si fuera su mano y no la mía.

La piel se me despierta de a poco, como si la ducha hubiera sido apenas el preludio. Mis piernas se separan despacio, conscientes de lo que esconden, dándole paso a la imaginación y a dedos que conocen el camino de memoria. Un escalofrío me sube desde el bajo vientre hasta la nuca, uno que viví mil veces y que reconozco como a un viejo cómplice.

La fantasía toma el control. Sé hacia dónde voy, sé que voy a llegar. Me dejo ir entre mis propias caricias, rescatando imágenes de hace apenas unas horas: su boca en mi cuello, sus dientes en mi hombro, el momento exacto en que entró en mí y me hizo perder el hilo de todo.

Mis dedos saben cómo conseguir lo que busco. La piel se abre, húmeda, anunciando que el cuerpo ya decidió por mí. Profundizo y los latidos se me amontonan en la cabeza, todos al mismo tiempo, sin orden.

Abro la boca buscando algo que la llene, alguna parte de él contra mi lengua, ese peso tibio que me hacía sentir poderosa cuando lo tenía a mi merced. Me gustaba ser dueña de su placer, sentir cómo temblaba cuando yo decidía el ritmo. Pero hoy solo encuentro aire. Aire y la forma de su ausencia.

***

Me giro boca abajo buscando algo firme contra lo que frotarme, esa necesidad animal de saber que hay algo duro entre mis piernas, bajo mi peso. Solo está la almohada, blanda, un pobre sustituto. Aun así insisto, la aprieto entre los muslos y dejo caer las caderas sobre ella.

Mis caderas se mueven solas. Ondulan, suben y bajan, marcan un ritmo que yo no decidí conscientemente. Hace rato que perdí el control de mi mano: navega sola entre mis pliegues con una destreza que aprendí en demasiadas noches iguales a esta, noches de cama vacía y deseo sin destinatario.

Aprieto los glúteos uno contra otro, le doy sentido a cada gemido que se me escapa contra la tela. Casi no soy consciente de lo que hace mi cuerpo. Solo sigo la corriente, dejo que la fantasía me arrastre.

Mojo las yemas de los dedos con mi propia saliva y vuelvo sobre la zona más sensible, esa que ya pide a gritos. El cosquilleo familiar se acerca, ese aviso de que falta poco. Todo lo demás deja de existir. La habitación, la mañana, la incertidumbre sobre si Tomás volverá: nada importa. Solo estamos mi cuerpo y yo, frente a los recuerdos de anoche.

El pulso se me dispara, sincronizado con el movimiento de mi mano. Me deshago en gemidos ahogados contra la almohada, en mordidas a la tela, en el abandono total. Pierdo el control de mí misma. Ya no soy Lucía: soy un cuerpo que palpita y siente y nada más.

El recuerdo es el combustible que alimenta esta máquina a punto de descarrilar. Lo veo entrando en la habitación anoche, lo siento desnudándome con la paciencia justa para volverme loca, escucho su voz ronca diciéndome cosas al oído que ahora repito sola, en voz baja, contra el colchón.

Tiemblo, y en ese temblor estallan pequeños golpes de locura que me elevan a ese plano que conozco bien, el del orgasmo que parece infinito justo antes de romperse. Me derramo en un torrente de obscenidades aprendidas en noches de pasión, palabras que él me enseñó a decir sin vergüenza.

El caos se apodera de mí. Me desarmo en cada pulsación, se desata adentro un temblor esperado y conocido, un terremoto que arrasa con todo. El placer me consume entera, alimentado por imágenes que tienen apenas unas horas de antigüedad.

***

Y después, la calma. El silencio.

Me quedo quieta, boca abajo, con el corazón galopando y la respiración entrecortada. Abro los ojos despacio. El sol ya está alto, calentando la habitación, y la mancha de luz se corrió hasta la pared de enfrente. Pasó más tiempo del que creía.

Mi momento de gloria terminó. Solo quedan las huellas de la humedad en mis dedos, en mi sexo, en la almohada que todavía aprieto entre las piernas como si fuera a escaparse. Me río sola, un poco avergonzada, un poco aliviada.

El aire de la habitación volvió a oler raro. A mí, a deseo gastado, a una mañana que se me fue entera en perseguir un fantasma.

Me siento en el borde de la cama y miro el teléfono en la mesa de luz. Sigue oscuro, sin mensajes. Pienso en escribirle yo, en romper el orgullo y mandarle una sola línea. ¿Volvés esta noche? Dejo el dedo suspendido sobre la pantalla y al final no escribo nada. Que decida él. Que sea él quien venga a buscarme, si es que vuelve.

Me levanto, recojo las sábanas del suelo y las llevo al lavadero junto con la ropa interior arrugada. Voy a poner una carga, voy a abrir todas las ventanas, voy a dejar que la casa respire. Voy a vestirme y a seguir con el día como si no me hubiera pasado la mañana entera deshecha sobre un colchón desnudo, invocando a un hombre que tal vez ya me olvidó.

Retomo el día donde lo dejé. Falta mucho para la noche todavía. Y yo voy a esperarla impaciente, con la certeza incómoda de que, si él aparece, voy a abrirle la puerta sin pensarlo dos veces. Y con la sospecha, todavía peor, de que aunque no aparezca, esta noche volveré a tenderme en la cama y a buscarlo con mis propias manos, una vez más.

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Comentarios (6)

AnaSol72

Increible!! me quede pegada leyendo hasta el final. Sigue escribiendo asi!

Camila_Gtz

Por favor necesito una segunda parte, quede con ganas de mas...

LecturaPlena

Que manera de describir ese momento tan cargado de deseo. Me recordo a algo que vivi hace un tiempo y se siente igualito a lo que describe. Muy bien logrado, de verdad.

VoyeurCba

Se hizo cortisimo jaja, queria seguir leyendo. Quiero mas!

Escribano

Bien narrado. El tono intimo y personal funciona muy bien para este tipo de historia. Felicitaciones.

tere_22

Y despues que paso? me dejo con curiosidad el final jaja

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