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Relatos Ardientes

El masaje que se nos fue de las manos en la oficina

La entrega del informe vencía a las siete y media de la mañana y nosotros seguíamos encerrados en su despacho del piso 25 de la Torre Diagonal. Afuera, Barcelona era un campo de luces apagándose una a una, pero dentro de aquella sala de cristal el tiempo se había detenido sobre una pila de balances y carpetas. Yo redactaba el dictamen del experto independiente sobre la compra de la sociedad; ella me iba pasando los números de los tres últimos ejercicios, uno por uno, con esa paciencia tensa de quien sabe que no hay margen de error.

Llevábamos así desde las nueve de la mañana, parando solo cada tres horas para un café que ya nadie disfrutaba. Selene era la jefa de análisis financiero, y era de esas mujeres que uno no termina de mirar del todo porque mirarla bien es peligroso. Morena, de ojos verdes, con una manera de moverse que ocupaba más espacio del que medía su cuerpo. Alguna vez la había visto a contraluz, con la blusa transparentándose apenas, y había curvas exactamente donde tenían que estar. No era espectacular en el sentido de revista; era mejor que eso, era real. Tetas grandes, firmes, de esas que se marcan bajo la tela cuando toma aire. Culo redondo, apretado dentro del pantalón de traje, tan bien puesto que llevaba semanas peleándome yo solo para no mirárselo cuando se agachaba a buscar un dossier.

—Joder, llevo toda la semana enterrada en esta empresa —dijo, dejando caer el bolígrafo sobre la mesa—. Sentada, leyendo informes, repasando contabilidades. Tengo la espalda hecha un nudo y los hombros como piedras.

Lo hice sin pensar. Me levanté, me coloqué detrás de su silla y le di unos golpecitos firmes en los hombros con las dos manos, como quien afloja un mecanismo oxidado. En cuanto la toqué supe que me había pasado de la raya, y me quedé un segundo congelado.

—Perdona, Selene —retiré las manos—. Lo he hecho sin darme cuenta.

—Mmmm… No, no le des vueltas —su voz salió más grave, más perezosa—. No me molesta. Al contrario. Me sienta de maravilla. Sigue.

Dudé. Esto no es buena idea, pensé, y volví a apoyar las manos sobre sus hombros.

—¿No estás casada? —solté, mientras hundía los pulgares en la base de su cuello.

—Sí —contestó sin abrir los ojos—. Pero nos va mal. Hace tiempo que me da bastante igual estar casada.

No había nada que responder a eso, así que seguí. Pasé de los golpecitos a un masaje de verdad, amasando los músculos tensos del trapecio, subiendo hacia la nuca, bajando hacia los omóplatos. Ella dejó escapar un sonido largo y abandonado.

—Síiii. La parada de cuarenta minutos para desconectar acaba de empezar oficialmente —murmuró—. Bueno, quien dice cuarenta dice cincuenta, ¿no?

Nos reímos los dos, y esa risa rompió algo. Selene se relajó tanto que se dejó caer hacia atrás, apoyando la espalda contra mi pecho. De pronto ya no tenía margen para masajearle los hombros; tenía sus manos al alcance, su respiración subiendo y bajando bajo mis dedos. Sin proponérmelo, sin decidirlo del todo, mis manos resbalaron hacia delante y se posaron sobre sus pechos. Esperé el rechazo, el sobresalto, el «qué haces». No llegó. Llegaron sus manos, que se posaron encima de las mías y me enseñaron, despacio, el ritmo que quería. Le apreté las tetas por encima de la blusa, sintiendo cómo los pezones se le ponían duros al primer roce, dos puntas clavándose contra la palma a través de la tela fina del sujetador.

—Cierra la puerta —dijo, y ya no había broma en su voz—. Hay un pestillo, se bloquea desde dentro. Tú quieres, y a mí me apetece.

***

Crucé la sala y eché el cierre. El clic del pestillo sonó absurdamente fuerte en aquel silencio de oficina vacía. Cuando me di la vuelta, Selene ya se había movido. Estaba sentada en el alféizar de la ventana, descalza, con dos botones de la blusa abiertos y la espalda recortada contra todo Barcelona a sus pies. Me hizo una seña con el dedo índice, curvándolo despacio. Ven.

Detrás de ella había una vista que cualquiera pagaría por tener. Las luces de la ciudad, la línea oscura del mar al fondo, los aviones bajando lejísimos. Y, sin embargo, lo único que yo podía mirar era a ella ahí sentada, esperándome, como si fuera el final de un pensamiento que llevaba meses sin atreverme a terminar.

Me acerqué sin saber muy bien por dónde empezar. Tranquilo, me dije. Deja que el instinto haga el trabajo. Me pegué a ella y lo que me salió, lo más natural del mundo, fue besarla mientras le acariciaba el costado de los muslos. Primero un beso corto, casi de prueba. Luego otro. Teníamos los dos la sensación de estarnos explorando, de comprobar hasta dónde nos dejaba llegar el otro.

Entonces nos acoplamos y el beso se hizo largo, con las bocas abiertas y las lenguas buscándose sin prisa. Notaba cómo se inclinaba más hacia mí con cada segundo, y yo me inclinaba contra ella. Me rodeó las caderas con las piernas y la sujeté con los brazos, apretándola, sintiendo sus pechos aplastarse contra mi pecho. Estaba empezando a excitarme y ya no había forma de disimularlo. La polla se me había puesto dura dentro del pantalón y le rozaba el interior del muslo cada vez que me apretaba contra ella. La sujeté con más fuerza y empujé las caderas hacia ella, buscando su pubis con el mío a través de la ropa. Ella dio un respingo cuando notó el bulto, se apartó un dedo, sonrió, y volvió a apretarse aún más.

—Mi marido hace dos años que no me toca así —dijo contra mi oído, con la voz quebrada—. Haces que me sienta deseada. No sabes lo que eso me levanta.

Le terminé de desabrochar la blusa, botón a botón, y ella me bajó la cremallera de un tirón impaciente. Le abrí también el sujetador por detrás con una mano, torpe, y le salieron las tetas de golpe, más grandes de lo que había imaginado, con los pezones oscuros y erizados. Le agaché la cara y le mamé uno, tirando con los labios, dándole vueltas con la lengua, mordiéndole apenas la punta, y ella me clavó los dedos en la nuca y arqueó la espalda para ofrecerme el otro. Se los chupé por turnos, despacio, escuchando cómo se le entrecortaba la respiración cada vez que le rascaba un pezón con los dientes.

Volvimos a besarnos, ahora con mordiscos en el labio, con la lengua entregada, con esa urgencia que se contiene a propósito para que dure más. Bajé una mano hasta su vientre y, por encima del pantalón, presioné su pubis con la palma. Ella metió la suya dentro de mis calzoncillos y me la agarró directamente. Cerró los dedos alrededor de la polla y la meneó despacio, midiéndomela.

—La tienes bien dura —murmuró, sonriendo apenas—. Y bien gorda. Habrá que verla. Y probarla.

Le abrí el botón del pantalón y le bajé la cremallera lo justo para colar la mano. Encontré el vello, la curva tibia, y más abajo la humedad que la delataba. Estaba lista, o casi. Le pasé el dedo del medio entre los labios del coño, arriba y abajo, y me lo saqué chorreando. Se lo enseñé entre los dos, se lo pasé por la boca y ella me chupó el dedo con los ojos cerrados, saboreándose a sí misma.

—Eso me ha gustado —jadeó cuando volví a hundir los dedos, ahora dos, dentro de ella—. Eso me ha puesto cachonda. Sigue metiéndomelos así.

La sujeté contra el cristal con el cuerpo mientras le tiraba del pantalón hacia abajo, firme, y ella levantaba un poco las caderas para ayudarme. Cayeron el pantalón y la ropa interior al suelo de la oficina, junto a sus zapatos olvidados. Quedó desnuda del todo, sentada en el alféizar, con las piernas abiertas y el coño mojado brillando bajo la luz baja del despacho. Le miré ese punto entre los muslos, depilado casi entero salvo una franja fina, los labios hinchados, el clítoris ya asomando. Se me hizo agua la boca. Me arrodillé.

—¿Me vas a comer ahí? —preguntó, y había algo de incredulidad en su voz, como si llevara mucho tiempo sin que nadie se tomara la molestia—. ¿De verdad?

No le contesté con palabras. Le levanté una pierna y se la apoyé sobre mi hombro, la sujeté por la cadera, y primero soplé suavemente sobre su pubis, solo para verla estremecerse. Le di un beso ahí, despacio, y después me entregué a ella con la boca sin ninguna prisa. Le pasé la lengua entera de abajo arriba, plana, ancha, recogiendo todo el flujo, y ella soltó un gemido largo que retumbó en el cristal. Le abrí los labios con dos dedos y le busqué el clítoris con la punta de la lengua, dándole vueltas en círculo, chupándoselo entre los labios, tirando de él con cuidado. Bajé después a la entrada del coño y le metí la lengua todo lo hondo que pude, follándosela así un rato mientras le sujetaba el vientre para tenerla quieta.

—Mmmm… No lo haces nada mal —dijo, y se le escapó la voz hacia arriba—. Síiii, justo ahí. Chupamelo así. No pares, no pares…

Volví al clítoris y le metí a la vez dos dedos, buscando por dentro ese punto rugoso, y noté cómo empezaba a temblarle el vientre. Me agarró el pelo con una mano, me sujetó la cabeza, me marcó el ritmo unos minutos y después, cuando ya no aguantaba más quieta, tiró hacia arriba para que me levantara. Quería tenerme de frente. O, más bien, quería otra cosa antes.

Se bajó del alféizar, me empujó del pecho hasta que retrocedí, y me terminó de bajar el pantalón y el calzoncillo de un tirón. La polla saltó dura, hinchada, con la punta ya brillando de tanto aguantar. Se arrodilló ella ahora, sin decir nada, me miró desde abajo con esos ojos verdes clavados en los míos, y se la metió entera en la boca de un solo empujón. Sentí el fondo tibio de su garganta rozándome el glande y tuve que apoyarme en el cristal para no perder el equilibrio.

—Joder, Selene —se me escapó.

Me la chupó despacio primero, sacándola casi entera y volviéndosela a tragar, con los labios apretados alrededor y la lengua trabajándome por debajo. Después cogió ritmo, agarrándomela por la base con la mano y meneándomela contra su boca, cada vez más rápido, sacando saliva, dejándola caer por los huevos, chupándomelos también uno a uno con delicadeza. La miré ahí abajo, arrodillada en su propio despacho con mi polla en la boca, las tetas colgando libres, la melena revuelta, y estuve a punto de correrme sin más. Le tiré del pelo para apartarla antes de que fuera tarde.

—Para —le dije—. Que me corro. Y todavía no.

Se rió, pasándose la lengua por los labios, y se dejó levantar. La cogí en brazos, la volví a subir al alféizar de un empujón, le abrí las piernas de par en par y me coloqué entre ellas.

Nos quedamos así, cara a cara, mirándonos a un palmo de distancia, las dos respiraciones entrecortadas. Ella bajó la mano, me tomó, me guió. Frotó la punta contra ella, despacio, orientándome, pasándomela arriba y abajo entre los labios mojados del coño, mojándola bien de sus jugos, y después me la clavó ella misma en la entrada. Empujé y entré poco a poco, ganando un poco de terreno con cada embestida, dándole tiempo a acostumbrarse a la anchura. Selene cerró los ojos y echó la cabeza hacia atrás contra el cristal. Se le escapó un gemido corto cuando le llegué hasta el fondo.

—Ay… la tienes gorda, joder —jadeó—. Despacio. Así, despacio… y luego no tan despacio.

Le hice caso. Empecé a metérsela y sacársela con embestidas lentas, saliendo casi entera y volviendo a hundírsela hasta el tope, sintiendo cómo el coño se le apretaba alrededor de la polla cada vez que se la clavaba. El ritmo fue subiendo solo, como sube todo cuando dos cuerpos dejan de pensar. Le cogí las tetas con las dos manos y se las apreté, pellizcándole los pezones, mientras la empujaba contra el cristal cada vez más fuerte. Ella me clavaba los talones en el culo para meterse la polla más adentro todavía.

—Así… Fóllame así —me pidió al oído—. Más fuerte. Más. No te cortes, que estoy salidísima.

Sus pechos temblaban con cada sacudida, la ventana vibraba apenas a nuestra espalda, y de vez en cuando abríamos los ojos al mismo tiempo y nos sosteníamos la mirada, como confirmando que aquello estaba pasando de verdad, que no era ninguno de los dos imaginándoselo en mitad de una reunión aburrida. La saqué un momento, la hice bajarse del alféizar, la giré y la doblé sobre la mesa de reuniones, con la mejilla apoyada en las carpetas del informe y el culo levantado, ofrecido. Le abrí las nalgas con las dos manos y le volví a hundir la polla desde atrás de un solo empujón.

—Aaah, así —gritó bajito, mordiendo la carpeta para no hacer ruido—. Rómpeme el coño así.

La embestí de pie, agarrándola por las caderas, mirándole el culo respingón sacudirse cada vez que chocaba contra mi pelvis. El ruido húmedo del coño chapoteando, el golpe de mis huevos contra sus muslos, sus gemidos ahogados contra el papel del dictamen que estábamos redactando media hora antes. Le mojé un dedo en la boca, se lo pasé por el ojete del culo, y ella se estremeció entera cuando se lo metí despacio hasta el nudillo mientras la seguía follando por el coño.

—No pares —me dijo, clavándome las uñas en el brazo por encima del hombro—. No se te ocurra parar ahora. Que me voy a correr.

No paré. Le solté una nalgada seca, la agarré del pelo, tiré hacia atrás y le metí embestidas cortas, seguidas, martilleándole el fondo. La sentí tensarse entera, contener el aire, apretar el coño alrededor de mi polla como un puño, y después soltarlo en un temblor largo y ahogado, con las piernas fallándole, gimiendo contra la mesa palabras que ya no eran palabras. Ese apretón fue el que me arrastró a mí. Se la saqué a tiempo, la giré otra vez, se dejó caer de rodillas al suelo enmoquetado y abrió la boca, mirándome desde abajo. Le acabé encima meneándomela dos veces, y le cayó un chorro en la lengua, otro en los labios, otro en el pecho, entre las tetas. Se recogió la corrida con dos dedos y se la chupó despacio, mirándome, sin apartar los ojos.

***

Después nos quedamos un rato así, pegados, recuperando el aliento, sin soltarnos. Ella sonreía con los ojos todavía cerrados, todavía arrodillada, con la piel del pecho brillándole. Le di la mano y la ayudé a levantarse. Le limpié la corrida del cuello con la yema del pulgar y ella me lo mordió, riéndose.

—La parada eran cuarenta minutos —dije al fin.

—Cincuenta —corrigió ella, riéndose bajito—. Te lo avisé.

Recogimos la ropa del suelo, nos vestimos sin prisa y volvimos a sentarnos cada uno en su sitio, frente a la pila de balances que seguía esperando. El plazo no había cambiado: las siete y media seguía acercándose. Pero algo en aquella sala ya no era lo mismo, y los dos lo sabíamos. Sobre la carpeta del dictamen quedó, disimulada bajo el segundo balance, la marca húmeda de su mejilla y de mi corrida.

—Por dónde íbamos —dijo, abriendo otra carpeta, mordiéndose el labio para no sonreír.

—Por el resultado del segundo ejercicio —contesté.

Y seguimos trabajando hasta el amanecer, como si nada, mientras Barcelona empezaba a encenderse otra vez del otro lado del cristal.

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Comentarios(9)

Juanchi_Cba

tremendo relato!!! me engancho desde la primera linea, no pude parar de leer

LectoraClandestina

Por favor seguí, quede con muchas ganas de saber si hubo consecuencias después jaja. Muy bien narrado.

NocheDeViernes

Me recordo a cuando yo tambien me quedé hasta tarde en la oficina una vez... aunque nada tan interesante me paso a mi, ja. Muy bien contado todo.

Dani_online

El ambiente del piso 25 a las dos de la mañana lo describiste genial, se siente la soledad y la tensión al mismo tiempo. De los mejores que lei en mucho tiempo por aca.

Nico_curioso

¿va a haber continuación? porque si no me voy a quedar pensando en esto toda la semana jajaja

SolFer_78

me parece que no voy a poder concentrarme en el trabajo nunca mas despues de leer esto jaja

ValeRios_lit

Lo que más me gustó es cómo manejás la tensión antes de que pase algo. Eso es lo que te engancha, no cualquiera lo logra. Seguí así!

Gordox77

Muy bueno. Se hizo cortísimo, de esos relatos que queres que no terminen. Esperando mas pronto.

MarianaCba_lit

excelente!! muy original el arranque con el horario y el detalle del piso 25, le da mucha credibilidad a la historia

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