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Relatos Ardientes

La noche en que dejamos de fingir el deseo

Todo empezó por un descuido. Un día cualquiera, en el pasillo estrecho entre la cocina y el balcón, Tomás se acercó más de la cuenta para dejar pasar a alguien y su pecho rozó la espalda de Lucía. Fue apenas un instante, el tiempo justo para que ella sintiera el calor de su cuerpo a través de la tela. Ese calor que llevaba semanas imaginando sin atreverse a nombrar.

Él retrocedió de golpe, como si se hubiera quemado.

—Perdón —murmuró, sin mirarla del todo.

Lucía se sonrojó y bajó la vista hacia su copa. No dijo nada. No hacía falta. Los dos sabían que ese roce no había tenido nada de accidental, aunque ninguno lo admitiría jamás.

Se miraron de reojo el resto de la noche, separados por la distancia prudente de quienes apenas se conocen. Cada vez que sus ojos se cruzaban, uno de los dos giraba la cabeza fingiendo interés en cualquier otra cosa. Si no lo miro, no está pasando, se repetía ella. Pero estaba pasando, y los dos lo sabían.

Se alejaron poco a poco a lo largo de la velada, buscando siempre el extremo opuesto de la habitación, como dos imanes que se repelen porque temen lo que ocurriría si se dejaran atraer. En realidad querían lo contrario. Querían sentirse. Y se arrepentían en silencio de seguir fingiendo una indiferencia que no engañaba a nadie.

***

Esa madrugada Lucía soñó con él. No fue un sueño nítido, sino una sensación: unas manos grandes recorriéndole la espalda, una boca cerca del cuello, el peso de un cuerpo sobre el suyo. Despertó con el corazón acelerado y la piel demasiado sensible, y supo, por el modo en que Tomás la evitó a la mañana siguiente, que él había soñado algo parecido.

No se dijeron nada en todo el día. Pero la tensión se había instalado entre ellos como una tercera presencia, espesa y eléctrica, imposible de ignorar.

La oportunidad llegó cuando los demás se marcharon y se quedaron a solas. La puerta se cerró tras el último invitado y de pronto el silencio del piso se volvió tan denso que costaba respirar. Lucía recogía copas que no hacía falta recoger. Tomás guardaba sillas que podían quedarse donde estaban. Cualquier cosa con tal de no quedarse quietos, de no mirarse, de no tener que decidir.

—Hace frío —dijo ella al fin, abrazándose los brazos.

No hacía frío. Era una excusa, y los dos lo sabían.

—Sí —contestó él, con la voz más ronca de lo que pretendía—. Bastante.

La noche apenas empezaba y, sin embargo, presentían que se les iba a quedar corta.

***

Nunca supieron del todo cómo ocurrió, ni cuál de los dos dio el primer paso. Quizás fueron ambos al mismo tiempo, incapaces de soportar un segundo más esa distancia. Quizás fue él, que por impulso cruzó el salón y la abrazó muy fuerte, hundiendo la cara en su pelo. O quizás fue ella, que se giró antes de que él llegara y lo recibió con un beso demasiado rápido, demasiado hambriento, un beso que llevaba meses guardando.

Fuera quien fuese, ya no importó. La boca de Lucía encontró la de Tomás y todo lo demás dejó de existir. No fue un beso suave. Fue la clase de beso que se da cuando se ha esperado demasiado, con los dientes rozando los labios y las respiraciones mezclándose entre jadeos.

Siguieron. Puede que no fueran capaces de parar aunque hubieran querido.

El olor de él era cálido, a piel limpia y algo más, algo que a ella le aflojaba las rodillas. Las manos de Lucía subieron por la espalda de Tomás, húmedas, ansiosas, agarrándose a la tela de la camisa como si temiera caerse. Quería más. Quería tocar más allá de lo que la ropa le permitía.

Y así fue. Solo para ellos, sin testigos, sin ruido más allá de sus propios suspiros. Dos bocas y mil deseos que habían permanecido ocultos hasta ese instante, floreciendo de golpe en mitad de la penumbra.

La ropa empezó a sobrar. Desaparecía poco a poco, prenda a prenda, entre besos que bajaban del cuello al hombro y del hombro a la clavícula. El vello de los dos se erizaba con cada caricia, como si la piel reconociera por fin lo que tanto había anhelado.

Se separaron un momento, jadeando, frente con frente, y se miraron a los ojos. En esa mirada cabía todo: la sorpresa, el deseo, y la certeza absurda de haber perdido demasiado tiempo fingiendo.

—No deberíamos —susurró ella, sin convicción alguna.

—Lo sé —respondió él, y la besó de nuevo.

***

Tomás la empujó contra la pared con suavidad, atrapándola entre su cuerpo y el muro frío. Recorrió cada centímetro de ella con las manos, despacio y a la vez con urgencia, de arriba abajo, sin dejar un solo rincón sin explorar. Los costados, la curva de la cintura, el interior de los muslos. Lucía echó la cabeza hacia atrás y cerró los ojos, dejándose tocar, dejándose descubrir.

De pronto soltó un suspiro largo y profundo, un sonido que rompió el silencio del piso. Pero ella no era de las que se quedaban quietas. Con un movimiento decidido apoyó las manos en el pecho de Tomás y lo empujó hacia atrás, hasta que él cayó sentado sobre la cama del cuarto contiguo.

Tumbado, sin poder moverse del asombro, Tomás la miró desde abajo. Así, dueña de la situación, ella le pareció aún más excitante.

Lucía se irguió frente a él y, sin prisa, dejó al descubierto sus pechos. Quizás no son perfectos, pensó por un segundo. Pero confiaba en él, a pesar de apenas conocerlo, y esa confianza le bastó para no taparse.

Tomás la observó con detenimiento, casi con devoción. Había soñado con esto: con tocarla, con pasar la lengua sobre su piel, con descubrir si la realidad estaba a la altura de lo que había imaginado tantas noches. Lo estaba. La superaba.

***

Antes de que ella pudiera deshacerse de la última prenda, los dedos de Lucía se detuvieron al notar, bajo la ropa interior de él, algo firme, caliente, que reclamaba atención. Levantó la vista, sorprendida, y él enrojeció al sentirse descubierto.

Pero no apartó la mirada. Al contrario: se incorporó un poco, tomó la mano de ella y la guió hasta dejarla sobre su sexo, por encima de la tela. Lucía sintió el bulto duro contra la palma y un escalofrío la recorrió de arriba abajo.

—Te deseo desde la primera vez que te vi —confesó él, con la voz quebrada.

Ella no contestó con palabras. Antes de que pudiera reaccionar del todo, Tomás se inclinó y le bajó la ropa interior por las piernas, deslizándola con cuidado hasta dejarla caer al suelo. Su boca ansiaba probarla, desde el primer roce hasta lo más íntimo.

La acostó con delicadeza sobre la cama y comenzó su recorrido. Sus labios bajaron desde el ombligo a la pelvis, despacio, dibujando un camino de besos húmedos que le arrancaban temblores. Cuando llegó a la entrepierna, encontró los pliegues cálidos y mojados esperándolo. Pasó la lengua por ellos, con paciencia, midiendo cada reacción de ella.

Lucía se aferró a las sábanas. Tomás añadió los dedos, hundiéndolos despacio mientras seguía con la boca, buscando ese punto que la hacía arquearse. Ella soltó un gemido que volvió a romper el silencio, un sonido que ya no intentó contener.

—No pares —pidió entre jadeos—. Por favor, no pares.

Él no tenía ninguna intención de hacerlo.

***

Cuando ella ya no aguantaba más, tiró de él hacia arriba. Las manos de Tomás, sudorosas, se posaron en sus glúteos y los apretaron con fuerza, atrayéndola hasta que no quedó espacio entre los dos cuerpos. Se sintieron piel contra piel, calor contra calor, y por un instante se quedaron quietos, frente con frente, asimilando lo que estaba a punto de ocurrir.

Creyeron que, por fin, después de tanto tiempo, calmarían el deseo. Se equivocaron. En cuanto se unieron, el deseo no se apagó: se intensificó, ardió en ambos, se incendió hasta dejarlos sin aire.

Lucía rodeó la cintura de Tomás con las piernas y lo guió hacia su interior. Él entró despacio al principio, atento a cada gesto de ella, y luego, cuando la sintió rendida y deseosa, empezó a moverse con un ritmo que los hacía perder la cabeza a los dos.

Lo que más habían anhelado durante meses se estaba cumpliendo, y en ese momento ninguno pensó en nada más que en sentirse el uno dentro del otro, lo más adentro posible. En las excusas absurdas del frío, en las miradas esquivas, en los roces fingidos como accidentes. Todo eso quedó atrás, ridículo y lejano.

Se movieron juntos, buscándose, encontrándose, perdiéndose otra vez. Ella le mordió el hombro para ahogar un grito; él le susurró su nombre contra el oído como si fuera lo único que recordaba decir. La cama crujía y ninguno de los dos hacía nada por disimularlo. Ya no quedaba a quién engañar.

Cuando llegaron, llegaron casi a la vez, agarrados con fuerza, temblando, con las respiraciones rotas. Sus cuerpos se quedaron unidos un largo rato después, sin querer separarse, como si temieran que al hacerlo el hechizo se rompiera y volvieran a ser dos extraños que se evitaban la mirada.

***

Tomás se dejó caer a su lado y le apartó un mechón de pelo de la frente húmeda. Lucía abrió los ojos y lo encontró observándola con una sonrisa lenta, esa sonrisa de quien acaba de descubrir algo que sospechaba desde hacía tiempo.

—Perdimos mucho tiempo —dijo ella, todavía sin aire.

—Lo recuperaremos —contestó él.

Fuera, la noche seguía su curso, ajena a todo. Dentro, dos casi desconocidos acababan de dejar de fingir, y por primera vez en meses ninguno de los dos tenía la menor intención de disculparse.

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Comentarios (4)

SombrasDeNoche

increible, de verdad. me quede pegado hasta el final sin darme cuenta

Miriam_lect

Por favor que haya segunda parte, quede con ganas de saber como sigue entre ellos dos!

RomanticoPerdido

Me recordo a algo que vivi hace años, esa tension acumulada que no se puede decir... lo describís perfecto. Muy buen relato.

LuciaMar22

buenísimo!!! que bien narrado todo

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