El fantasma que lo visitó la noche de Halloween
Rubén tenía veinte años, aunque cualquiera le habría echado menos. Tenía cara de no haber roto un plato en su vida: flaco, con gafas de montura ancha que le resbalaban por la nariz, y un pelo castaño que se peinaba solo a fuerza de no peinarlo nunca. En su pueblo, a media hora de Cuenca, había sido el típico empollón, el que sacaba sobresalientes mientras el resto se emborrachaba en los botellones del río. Sus padres, dos currantes que apenas llegaban a fin de mes, habían ahorrado moneda a moneda para mandarlo a Valencia a estudiar Informática.
—Vas a ser alguien, hijo —le repetía su madre en cada llamada.
Lo que su madre no sabía era que en Valencia tampoco era nadie. Sus compañeros lo trataban como a un mueble. Nunca caía una invitación, ni a una fiesta ni a una cerveza. Rubén se pasaba los días enterrado en la biblioteca y las noches en una habitación de alquiler con las paredes tan finas que oía follar a los vecinos a través del tabique.
La noche de Halloween, la ciudad entera se había convertido en un carnaval. Por la calle desfilaban zombis con litronas, enfermeras de disfraz minúsculo, vampiros que se besaban contra las farolas. Rubén oía la música y las risas subir hasta su ventana, pero él seguía donde siempre: solo, con un manual de algoritmos abierto sobre el escritorio. A las once, con los ojos ardiendo, mandó el libro a la mierda y se metió en la cama.
El sueño no llegaba. Su mente, libre por fin, aterrizó donde aterrizaba siempre: en Daniela. La rubia de su grupo de prácticas. Una cara de no haber pecado nunca, ojos claros, melena ondulada hasta la cintura. Nunca llevaba sujetador, y Rubén se pasaba las clases fingiendo mirar la pizarra mientras se le iban los ojos a esos pezones marcados bajo la camiseta. Daniela lo sabía. Por eso sonreía de medio lado cada vez que lo pillaba, y por eso lo llamaba «el rarito» cuando creía que no la oía.
Esa noche el aburrimiento pudo más que la vergüenza. Rubén se bajó la ropa interior y empezó a tocarse despacio, imaginando a Daniela de rodillas, esa boca de niña buena haciendo cosas de las que ella jamás presumiría.
Chúpamela, anda. Por una vez en tu vida, mírame.
Aceleró la mano. El cuarto olía a sudor y a deseo contenido. Y entonces, sin previo aviso, la temperatura cayó en picado.
***
Rubén pensó en una corriente de aire, pero el aire no se materializa. En el centro de la habitación se estaba dibujando una figura, hecha de una niebla que se espesaba por momentos. Una mujer. O lo que el frío y la oscuridad habían decidido recordar de una. Melena negra revuelta, ojos sin pupila que brillaban como dos lunas, y un cuerpo de curvas imposibles que se adivinaba bajo la bruma.
—¿Qué cojones...? —balbuceó él, con la mano todavía donde no debía.
La aparición flotó hacia la cama, y al hacerlo sonrió.
—Pobrecito —dijo, y su voz sonó como viento colándose por una rendija—. Solo, la noche de los muertos, pensando en una rubia que ni te mira. Das pena. Y, sin embargo, me pones.
Rubén quiso gritar, taparse, salir corriendo. No hizo nada de eso. El miedo se le había mezclado con algo turbio en la boca del estómago. La figura extendió una mano translúcida y le tocó el pecho. Estaba helada, tanto que dolía, pero bajo aquel frío había otra cosa, una brasa que le subió por las venas y le puso el cuerpo en tensión.
—¿Quién eres? —jadeó, sin apartarse.
—Lamia —ronroneó ella, y su mano bajó por el abdomen hasta cerrarse alrededor de él—. He venido a darte lo que esa cría nunca te dará. Déjame enseñarte cómo se hace de verdad.
La mano empezó a moverse, y Rubén arqueó la espalda. Era un contraste imposible: el frío del tacto le quemaba la piel mientras un calor espeso le hervía por dentro. Cada subida y cada bajada parecían tirar de algo más profundo que la carne, como si lo vaciaran despacio por donde más placer sentía.
—¿Te gusta? —susurró Lamia, su rostro a un palmo del suyo—. Esa rubia no sabría ni por dónde empezar.
Él solo acertó a gemir. Las caderas se le movían solas contra aquella mano que no era de este mundo, mientras la habitación giraba a su alrededor y todos sus miedos se diluían en un único punto de fuego entre las piernas.
Lamia se rió, hueca, y descendió. Sus labios negros se cerraron sobre la punta, fríos como mármol de cementerio, pero la lengua que lo recorrió era pura llama. Lo tragó entero, sin prisa, sin arcadas, hasta una garganta que no parecía tener fondo. Rubén agarró las sábanas con los dos puños.
—Hostia... —fue lo único que pudo decir.
Ella subía hasta dejar solo la cabeza entre los labios, jugaba con él un instante eterno, y volvía a bajar de golpe. El placer se le acumulaba en las pelotas, una presión a punto de reventar. Justo entonces, cuando ya no quedaba marcha atrás, se apartó con un chasquido húmedo.
—Todavía no —siseó, apretando la base para cortarle el orgasmo en seco. Rubén aulló de pura frustración—. Primero vas a hacerme un favor a mí.
***
Lamia se giró sobre la cama, ofreciéndole una espalda que se perdía en una cintura imposible y un culo redondo que palpitaba como si tuviera vida propia.
—Métemela —ordenó—. Fóllame como te gustaría follártela a ella. Pero acuérdate de una cosa: yo soy mucho mejor, y yo no me acabo nunca.
Rubén no se lo pensó. Se arrodilló detrás, la agarró de unas caderas frías y firmes a la vez, y empujó. Lo que encontró dentro no tenía sentido: una entrada de hielo y, más adentro, un fuego apretado que lo succionaba hacia el fondo. Embistió, primero con torpeza, luego con una rabia que no se conocía.
—Más fuerte —jadeaba ella, con la voz multiplicada, como si hablaran varias gargantas a la vez—. Por una vez en tu vida, hazlo como un hombre.
Y por primera vez en su vida, Rubén lo hizo. Se olvidó de las gafas, del pueblo, de Daniela. Le clavó los dedos en aquella carne que se sentía como gelatina helada, le dio una palmada en una nalga y el sonido restalló como un trueno pequeño. Se sentía, por fin, poderoso, como si toda la frustración de años se le saliera por las caderas en cada embestida.
Lamia lo dejó al borde otra vez, y otra vez le negó el final. Con un chasquido de dedos, unas cadenas de niebla se enroscaron en las muñecas de Rubén y lo amarraron al cabecero.
—Ahora eres mío —dijo, y se sentó sobre su cara—. Demuéstrame que sirves para algo.
Él sacó la lengua y lamió. Sabía a sal, a tierra mojada, a algo antiguo que no supo nombrar. Lamió hasta que ella se retorció, hasta que un grito que hizo temblar los cristales recorrió la habitación y un escalofrío final la atravesó entera. Por un instante se deshizo en humo. Al siguiente ya estaba de vuelta, completa, mirándolo con un hambre nueva.
—Buen chico —ronroneó, soltando las cadenas con otro gesto—. Te has ganado el premio.
Se montó sobre él y se dejó caer de golpe, engulléndolo entero. Cabalgó sin tregua, los pechos meciéndose a un palmo de su cara, las uñas clavadas en su pecho, hasta que Rubén sintió que no podía aguantar ni un segundo más.
—Esta vez sí —le concedió ella, acelerando—. Dámelo todo. Dentro.
Rubén estalló con un rugido. Se vació dentro de ella hasta la última gota, y mientras lo hacía juraría que algo más que placer se le escapaba del cuerpo, una corriente tibia que abandonaba el pecho y se perdía en ella. Lamia dejó escapar un sonido grave, satisfecha, y se relamió los labios.
—Esto es solo el principio —susurró, desvaneciéndose hacia el techo—. Mañana volveré. Y pasado, te llevaré a una fiesta de verdad.
La habitación recuperó su temperatura de golpe. Rubén se quedó tumbado, temblando, incapaz de dormir. Por primera vez, la imagen de Daniela le pareció borrosa, lejana, sin la menor importancia.
***
Se despertó dolorido pero vibrante, como si hubiera vivido más en una noche que en sus veinte años juntos. En el espejo rajado del armario seguía siendo el mismo flaco con gafas, pero había algo distinto en su mirada, un brillo torcido que no se reconocía.
—Lamia —murmuró, y solo con decir el nombre el cuerpo le respondió al instante.
Pasó el día en la facultad como otra persona. Ignoró las muecas de Daniela, que esa mañana llevaba una camiseta ajustada que cualquier otro día lo habría tenido babeando. Respondió en clase sin tartamudear. Miró a la gente a los ojos.
—¿Qué te ha pasado, tío? —le soltó un compañero, entre el respeto y la sospecha—. Tienes otra cara.
—Cosas mías —contestó Rubén, y sonrió por dentro.
Lo que no sabía era que ese aplomo nuevo tenía un precio. Con cada descarga, Lamia se llevaba un pedazo de él, una astilla de vida que cruzaba de su cuerpo al de ella a través del semen caliente, el único alimento capaz de devolverla al mundo de los vivos.
***
Al anochecer, en cuanto la habitación se enfrió, Rubén ya estaba desnudo y duro, llamándola en voz baja. Lamia se materializó más sólida que la víspera, como si su semilla la hubiera alimentado. Los pechos le pesaban ya de verdad, el sexo le relucía húmedo entre los muslos.
—Mi enamoradito —ronroneó, flotando hacia él.
Se montó sin preámbulos y cabalgó despacio, torturándolo, subiendo hasta dejarlo casi fuera y dejándose caer hasta el fondo. Rubén le agarró los pechos, le pellizcó los pezones oscuros, embistió desde abajo con todas sus fuerzas. No notó cómo su propia piel iba palideciendo, ni el cosquilleo en el esternón cada vez que ella lo apretaba por dentro y lo ordeñaba sin prisa; lo achacó todo al éxtasis.
—Solo a ti —gruñó, fuera de sí—. Que le den a Daniela. Solo te quiero a ti.
Era justo lo que Lamia quería oír. Se dejó llenar de nuevo, y de nuevo un trozo de Rubén cruzó al otro lado sin que él se diera cuenta. Cuando ella se desvaneció con una risa baja, él durmió como un muerto, soñando con más, sin sospechar que cavaba su propia tumba.
***
El tercer día amaneció con la piel grisácea y los ojos velados por una película blanquecina. «Resaca», pensó, pero no era resaca: era Lamia bebiéndoselo a tragos.
Esa noche apareció casi humana. Pechos de carne, caderas de carne, una boca caliente que ya no helaba al tocarlo. Se arrodilló y lo tragó hasta el fondo, y su garganta era la de una mujer viva, húmeda y apretada.
—Tu leche me está haciendo real —murmuró entre lametones, con saliva de verdad resbalándole por la barbilla.
Rubén, ciego de deseo, la tumbó y se la clavó de un solo empujón. Esta vez el sexo de Lamia era cálido, apretado, vivo, con unas uñas reales que le arañaron la espalda y le dejaron surcos que ardían.
—Córrete dentro —le suplicó, enredándole las piernas en la cintura—. Dame la última. Dámelo todo.
Él obedeció, como había obedecido siempre. Y en el instante en que se vació por completo, lo notó: el cuerpo se le quedó hueco. La piel se le volvió transparente, las venas se le borraron, un frío definitivo le ocupó el pecho. Lamia, debajo, se encendió de color. La carne se le asentó, el corazón le empezó a latir, los muslos le quedaron mojados de una semilla bien humana.
Rubén se vio a sí mismo desde fuera, flotando, gris y hambriento, contemplando su propio cuerpo tendido en la cama.
—Gracias, amor —dijo Lamia, y lo dijo con la voz de él, acariciándose unos pechos por fin firmes—. Tu semilla me ha devuelto la vida. Ahora el fantasma eres tú.
Él intentó gritar. Solo le salió un gemido hueco, sin garganta que lo sostuviera.
Lamia se levantó, se vistió con la ropa de Rubén, se miró al espejo con aquellos ojos que ya no velaba ninguna película y sonrió.
—Primera parada, la fiesta de Halloween —dijo, ajustándose unas gafas que ya no necesitaba—. Le toca a Daniela conocer al hombre nuevo en que te has convertido.
Y salió por la puerta con el cuerpo de Rubén, dejándolo atrás convertido en lo que ella había sido: un espectro condenado a rondar los cuartos de los vivos, buscando un placer que ya no tenía carne con que sentir, esperando la noche en que alguien, solo y caliente, lo invocara sin querer para empezar otra vez el juego.