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Relatos Ardientes

Lo que mi mujer descubrió en el ambiente swinger

Lorena era pura intuición. Se dejaba llevar por el instinto y eso, tarde o temprano, la había llevado hasta mi mujer. Había olfateado su potencial antes que nadie, incluso antes que yo, y se había propuesto sacarle el lado más salvaje. Yo no me quejaba: cada cosa que despertaba en Carla terminaba beneficiándome a mí.

Su marido, Diego, era poco más que una sombra agradable a su lado. Se dejaba conducir sin oponer resistencia. Con una mujer como Lorena resulta imposible llevar las riendas; es demasiado avasalladora para intentar domarla.

—¿Qué día quedaste con ella? —pregunté mientras recogía la cocina.

—Este finde tenemos que ir a buscar a los chicos al campamento. El siguiente nos toca la playa. Así que dentro de dos sábados iremos a comer a su casa.

—Tienen un chalet de revista. Piscina privada, jardín, todo.

—Eso me dijiste. Por fin lo voy a conocer. Yo todavía no estuve —añadió Carla, apoyada en el marco de la puerta.

La semana pasó sin sobresaltos, aunque «sin sobresaltos» había dejado de significar lo mismo en nuestra casa. Desde que los chicos no estaban, vivíamos desnudos de puertas para adentro. Cualquier roce se volvía sexual, cualquier momento era bueno para buscarnos la boca o las manos. Carla se me arrodillaba en la cocina sin previo aviso y me sacaba la polla del pantalón para chupármela mientras yo intentaba lavar los platos, tragándose mi corrida entre risas antes de volver a lo suyo. Yo la agarraba de las caderas en el pasillo, la doblaba sobre cualquier mueble y le metía la verga hasta el fondo del coño empapado, follándola de pie hasta que se venía apretándome con esos espasmos suyos que me dejaban temblando. Lo mismo daba que terminara en la cama, en el sofá o de pie contra la encimera. Carla estaba desatada y yo me limitaba a seguirle el ritmo.

***

Una de esas noches bajó al salón con la mano escondida en la espalda y una sonrisa de niña traviesa.

—Adivina qué traigo.

—Ni idea. Contigo puede ser cualquier cosa.

—Es algo sexual. Y es para ti —respondió, mordiéndose el labio.

No me dejó contestar. Se arrodilló entre mis piernas, me bajó el pantalón de un tirón y se metió mi polla en la boca sin previo aviso, tragándola entera hasta que la punta le chocó contra la garganta. La sacó despacio, con un hilo de saliva colgándole del labio, y volvió a hundirse, esta vez ayudándose con la mano, apretando la base mientras la lengua me recorría el glande en círculos. Me lubricó despacio, con esa paciencia nueva que antes no tenía, chupándome los huevos uno a uno, lamiéndome desde el perineo hasta la punta, y solo cuando me tuvo empalmado como ella quería me mostró lo que escondía: un juguete de silicona con forma de coño realista, con labios rosados y un canal interior de nervaduras, el último capricho que se había comprado a mis espaldas.

—Te traje compañía. Para que te dé placer mientras miras.

Sujetó mi verga por la base y acercó el molde hasta que la silicona rozó la punta empapada de saliva. Entonces empujó. Lo hizo muy lento, centímetro a centímetro, observando cómo mi polla desaparecía dentro de aquel coño de goma, cómo los labios de silicona se estiraban al recibirla. Cuando estuvo del todo, empezó un vaivén suave, retorciendo la muñeca en cada bajada para que las nervaduras me arañaran el tronco. Yo veía mi glande hinchado asomar y volver a hundirse, brillante de lubricante, y Carla se relamía sin apartar la vista. Con la mano libre me masajeaba los testículos con una delicadeza casi cruel, apretando y soltando, tirando muy suave de la piel, demorándose en el punto exacto que ella sabía perfectamente que me hacía perder la cabeza. Diez minutos así, sin acelerar, hasta que sentí subir la corrida desde muy abajo. Se dio cuenta, sacó el juguete de un tirón y me metió la polla en la boca justo a tiempo para tragárselo todo. La vi cerrar los ojos y pasar la lengua por la punta después, exprimiendo la última gota.

Me encantaba esta Carla. Libre, descarada, dueña de lo que quería. Nada que ver con la mujer apagada de un par de años atrás, la que se acostaba de espaldas y sin ganas, esperando a que terminara. Siempre había tenido buen cuerpo, pero desde que iba al gimnasio el cambio era notable: las piernas firmes, la cintura más estrecha, las tetas más altas, el culo respingón. Se había propuesto ser su mejor versión y estaba trabajando para conseguirlo.

La está cambiando entera, pensé. Y la culpable tenía nombre y apellido. La amistad con Lorena y la entrada en aquel ambiente la habían encendido por dentro. Carla quería ser deseada. Quería ser la presa más codiciada de una cacería en la que todos éramos, a la vez, presas y cazadores.

***

El viernes era nuestra noche de cine y copa. Cuando llegué al salón se oían los gritos de una mujer a la que parecía que estuvieran asesinando.

—¿Pusiste una de terror? Madre mía cómo chilla.

—Parece que la están matando, ¿no? Mira bien.

Me senté y entendí lo que había elegido para esa noche. No era terror. Era una de esas películas donde una rubia menuda quedaba a merced de un hombre con una polla descomunal que se la metía hasta el fondo mientras ella aullaba.

—¿Te gustaría algo así? —le pregunté, señalando la pantalla.

—Me gustaría que te sentaras en una silla, delante de la cama, a mirar cómo me lo mete otro. Un tío con una verga así, gorda, larga, partiéndome en dos. Y tú quieto, con la polla en la mano, mirando cómo me folla tu mujer.

—Mira cómo me dejas con solo decirlo.

Ya se me marcaba la erección contra la tela, dura y palpitando. Pero antes de tocarla quería prepararla. Frené la película, subí al dormitorio y bajé con el juguete más grande que teníamos —un consolador negro, grueso como mi muñeca— y un bote de lubricante.

Carla me esperaba con las piernas abiertas sobre el sofá, la falda subida hasta la cintura, sin bragas, acariciándose el coño despacio con dos dedos, hundiéndolos hasta los nudillos y sacándolos brillantes. Se los llevó a la boca y los chupó sin dejar de mirarme.

—Mira lo que traje.

Le enseñé el consolador. Ella se incorporó, lo untó de lubricante con las dos manos, masajeando la silicona de arriba a abajo como si fuera una polla de verdad, y fijó la ventosa en la mesita baja. Se colocó de espaldas a mí, en cuclillas encima, guió la punta hasta la entrada del coño y, mientras en la pantalla seguían los gritos, se fue dejando caer poco a poco. La vi abrirse, los labios estirándose alrededor de aquella cosa, tragándosela centímetro a centímetro hasta engullirla entera. Se quedó quieta un segundo, sentada del todo, respirando por la boca.

—¿Así te gustaría verme? ¿Empalada así, delante tuyo?

—Yo estaría con la polla en la mano en la silla. Como te vea así, me corro en un minuto.

—Te correrás cuando yo te lo diga —jadeó—. Porque después de mirar, me vas a follar tú.

Empezó a subir y bajar. Yo solo veía su espalda, la curva de la cintura, el modo en que aquella verga negra desaparecía entre sus nalgas y volvía a asomar brillante de sus flujos. Cada bajada le arrancaba un gemido más ronco, y el sonido húmedo del coño tragándose el juguete llenaba el salón por encima de la película. No tardó en llegar al primer orgasmo: se aplastó contra la ventosa y se quedó temblando, apretando los muslos, con un grito ahogado que le nació del vientre. Ni siquiera entonces se detuvo. Despegó la ventosa, se tumbó de costado apoyando la cabeza en mis muslos, se metió el consolador ella misma y siguió empujándolo dentro y fuera, mirándome a los ojos mientras yo me sacaba la polla y me la agarraba.

—¿Te gustaría que me lo metieran apoyada en ti? Así sentirías cada empujón, cómo me sacude entera.

—Me encantaría. Sentirte temblar agarrada a mí. Oírte gritar pegada a mi cuello cuando te llegue al fondo.

—Pues si lo quieres así, así será —dijo, con la voz quebrada por otra ola que ya le subía.

El segundo orgasmo la pilló con el consolador metido hasta el mango. Se arqueó, se le escaparon un par de chorros que le mojaron el muslo y el sofá, y se quedó jadeando con los ojos vidriosos.

***

Cuando por fin se sacó el juguete, me hizo arrodillarme delante para que viera cómo había quedado: el coño abierto, dilatado, los labios hinchados y rojos, chorreando, esperándome.

—Ahora tú. Y fuerte. Métemela hasta el fondo.

La puse a cuatro patas sobre el sofá, le agarré las caderas y le clavé la verga de una sola embestida. Entré sin la menor resistencia, hasta los huevos, y apenas sentí el roce. Estaba tan abierta y tan mojada que la polla resbalaba dentro casi sin fricción.

—Dios, casi no te siento. ¿Así quieres que te dejen? ¿Reventada?

—Si no me sientes, fóllame más fuerte. Rómpeme.

Empujé con todo lo que tenía, agarrándola del pelo, dándole en el culo con las palmas cada vez que la embestía, y aun así notaba el espacio de más, el coño rendido después del consolador. Entonces hizo algo que no había hecho nunca: me apartó.

—Espera. Me masturbo y se vuelve a cerrar. Es cosa del suelo pélvico, un truco que nos enseñó la profesora de las clases.

Me quedé quieto, arrodillado a un palmo de su coño abierto, con la polla húmeda de ella colgando entre las piernas, mirándola. Ella se tumbó de espaldas, se abrió de piernas y empezó a frotarse el clítoris con dos dedos en círculos rápidos, con la respiración entrecortada. La imité a su mismo ritmo, agarrándome la verga con la mano, meneándomela sin dejar de mirarla. Cuando alcanzó el clímax y empezó a temblar, vi cómo el coño se le abría y se cerraba a cada espasmo, los labios apretándose sobre sí mismos, y aquello fue demasiado. Me incliné sobre ella y me corrí en chorros gruesos sobre sus tetas, sobre el vientre, sobre la barbilla. Carla, al sentir el calor del semen cayéndole encima, aceleró los dedos y enlazó con otro orgasmo que le sacudió las caderas sin control, arqueándose entera, como si algo la poseyera. Cuando se calmó, se pasó los dedos por el pecho recogiendo mi corrida, se los llevó a la boca y los chupó uno a uno. Después acercó la boca a mi polla y limpió lo que quedaba con una lentitud deliberada, lamiéndome el glande, chupándome las últimas gotas, sin dejar de mirarme.

—Buf. Me encanta la nueva Carla. Esto de juntarte con Lorena te está cambiando entera. Para bien.

—Me está abriendo un mundo. Cosas que jamás se me habrían ocurrido. Y la verdad, lo estoy disfrutando como nunca.

—Yo también, créeme.

Nos quedamos dormidos abrazados, todavía pegajosos del semen y del sudor, sin ganas de soltarnos.

***

El sábado por la mañana nos vestimos para ir a buscar a los chicos. El campamento quedaba a poco más de media hora. En cuanto bajamos del coche, los dos vinieron corriendo a colgarse de nuestro cuello.

En lugar de volver directos a casa, di un rodeo. Tenía preparada una sorpresa: un parque temático de dinosaurios que les volvía locos. Ni Carla lo sabía.

—Me encantan las sorpresas —me abrazó mi mujer y me besó delante de los niños.

Pasamos el día entero entre réplicas gigantes y atracciones, y volvimos a casa para cenar. Mientras los chicos se duchaban, preparamos la mesa en la terraza.

—¿Te gustó la semana de andar desnudos por casa? —preguntó Carla, picando algo.

—Me sabe a poco. Verte así todo el día, con las tetas al aire y el coño a la vista, me tuvo empalmado sin parar. Y poder follarte cuando me daba la gana, todavía más.

—Pues si queremos, los amigos de Lorena y Diego, esos con los que comemos el sábado, tienen una casa en la costa. Nos la pueden alquilar un finde. Dice Lorena que está aislada, con playa propia, que nadie te ve. Allí podríamos estar como quisiéramos.

—Podríamos escaparnos unos días. Hablándolo con tus padres o con los míos para los niños. Y de paso buscamos algún club por la zona; allí no nos conoce nadie.

—Buena idea. Lo hablamos en la comida. Y también podemos mirar en la app, a ver si encontramos a alguien.

Bajaron los chicos y la conversación murió ahí, aunque tuve que disimular un bulto que tensaba el pantalón más de la cuenta. Cenamos en la terraza escuchándolos contar, atropellados, todo lo que habían hecho en el campamento: los amigos nuevos, los monitores, las excursiones. Lo habían pasado en grande. Y nosotros, a nuestra manera, también.

***

La siguiente semana, Carla volvió de su clase con un nombre apuntado en el móvil. Una pareja de la aplicación, con un usuario imposible de recordar. Esa misma noche, cuando los chicos cayeron rendidos, nos metimos en la cama no a dormir, sino a estudiar el perfil con la luz del teléfono iluminándonos la cara.

—Mira el poderío de ella —comenté al ver la primera foto. Tetas grandes y firmes, pezones oscuros marcados bajo una camiseta mojada, y una boca hecha para chupar pollas.

Deslizó y apareció él. Un tipo grande, de pecho ancho y brazos que llenaban la pantalla, sin demasiada definición pero con presencia. En la siguiente foto se le veía la polla en la mano, gruesa, larga, con el glande hinchado y una vena marcada recorriéndola.

—Este sí que está potente. Mira qué verga tiene. Me parte —Carla abrió los ojos y se relamió—. Creo que vamos a disfrutar bastante. Buena pareja.

—¿Te liarías con ella? ¿Te comerías ese coño?

—Si ella quiere, sí. Ya veremos cómo se da. Nunca lo hice, pero por probar…

Mi mano bajó por su vientre y la encontró empapada, chorreando, lista desde hacía rato. Metí dos dedos y los saqué brillantes de flujo.

—Estás empapada. Esto te lo arreglo yo ahora mismo.

Me deslicé bajo las sábanas mientras ella seguía mirando las fotos con el teléfono en alto. Le separé las piernas y hundí la lengua entre los labios de su coño, chupándole el clítoris con ganas, metiéndole la lengua hasta donde llegaba, mientras ella se retorcía y me apretaba la cabeza contra su sexo con la mano libre. La hice correrse así, con la boca, antes de subir y metérsela hasta el fondo. La follé despacio, susurrándole al oído todo lo que le harían el sábado, cómo la iban a poner a cuatro patas, cómo se iba a chupar dos pollas a la vez, cómo aquel tipo grande la iba a partir mientras yo miraba y me tocaba. Se corrió dos veces más antes de que yo me vaciara dentro de ella, apretándola contra el colchón. Aquello fue solo el principio de una noche larga, de las de susurrarnos al oído todo lo que pensábamos hacer, todo lo que imaginábamos que podía pasar el sábado, en aquella casa de lujo, con dos parejas esperándonos a comer y el resto de la tarde por escribir.

Apagué la luz mucho después, con Carla dormida sobre mi brazo, con mi semen todavía escurriéndole entre los muslos, y la certeza de que ya no había marcha atrás. Ni la queríamos.

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Comentarios(9)

FiesteroNoc

tremendo relato!!! de los mejores que lei en mucho tiempo, sigan subiendo cosas asi

MirandaRd_lec

Por favor una segunda parte, quede con mil preguntas despues de ese final jaja

Lara_Capital

Me encanto como esta narrado, se siente tension desde el primer parrafo. Muy bien logrado

Marcos_ar

excelente!!!

Noctambula78

El ambiente swinger siempre da para historias con mucha carga emotiva. Esta la captura muy bien, sin caer en lo burdo. Muy recomendable.

Julieta_Cba

Me quede pensando en ese personaje. Seguiras escribiendo sobre ellos?

Fercho_GBA

jajaja "adivina que traigo" me mato esa parte. Buenisimo

ValentinaRM

Que bien escrito, te metes en la historia sin darte cuenta. La transformacion del personaje es sutil pero se nota desde el inicio. Espero la continuacion!

PabloBA_ok

Se hizo corto, queria mas :) pero muy bueno igual

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