El amante sin rostro que me visita cada noche
Me llamo Carolina, tengo treinta y siete años y vivo sola desde el divorcio. Aquella madrugada me despertó una sensación rara, ese estado de duermevela donde no terminás de saber si estás soñando o si el sueño ya se te escurrió entre las sábanas. Miré el reloj de la mesa de luz: tres y cuatro minutos. Afuera se escuchaba la lluvia contra el vidrio.
El cuerpo entero me pedía algo, y lo pedía a gritos aunque yo todavía no supiera qué. Tenía las piernas abiertas debajo del edredón, la piel caliente, los pezones erguidos contra la tela fina del camisón. En la boca me quedaba el gusto raro de un beso que no había dado. Entre los muslos, una humedad espesa que ya me había mojado la ropa interior.
Cerré los ojos y busqué la imagen que se estaba borrando. Un hombre. Solo eso: un hombre sin cara, alto, con las manos grandes, apoyado contra mi espalda. Y su boca en mi cuello, mordiéndome despacio, subiendo hasta la oreja para susurrarme algo que no llegué a escuchar antes de despertar.
Bajé la mano por debajo del elástico de la bombacha sin pensarlo. Encontré el clítoris antes que nada. Estaba hinchado y palpitando, como si llevara horas esperando en la oscuridad. Apoyé el dedo del medio ahí y presioné en círculos lentos, sintiendo cómo el flujo me chorreaba hasta la raya del culo.
Mierda. Estoy empapada. Y ni siquiera lo he tocado todavía.
Me metí dos dedos hasta el fondo, de golpe, sin ceremonia. El coño me apretó los nudillos con un espasmo tan fuerte que solté un gemido ronco contra la almohada, más largo del que quería. Menos mal que vivía sola. Menos mal que no tenía que fingir nada, ni bajar la voz, ni disimular ninguna cara.
Volví a cerrar los ojos y el hombre volvió, más nítido esta vez. Estaba detrás de mí en la oscuridad del sueño, pegado a mi espalda, con los vaqueros todavía puestos y una polla enorme apretada contra mi culo. Su mano derecha me subió por el vientre y me tomó una teta entera, abarcándola, apretándome el pezón entre el pulgar y el índice hasta hacerme doler. Por encima del hombro me dejó caer un hilo de saliva sobre la otra teta y la restregó con la palma, girándomela, apretándola. Yo saqué el culo hacia atrás y me froté contra su bulto, sintiendo cómo su polla se ponía todavía más dura, cada vez más ansiosa por escapar del vaquero.
—Sácala —susurré al aire de mi habitación vacía, aunque en el sueño se lo decía a él.
Con la mano libre agarré el consolador del cajón de la mesa de luz. Es de silicona, del color exacto de una polla real, con las venas marcadas y una base gruesa que se pega a lo que sea. Me lo llevé a la boca antes de nada. Quería empezar por ahí, quería probárselo a mi amante imaginario como se lo probaría en carne y hueso.
En mi cabeza, lo estaba tumbando yo sobre la cama. Le arrancaba el vaquero y los boxers de un tirón, le abría las piernas y me arrodillaba entre ellas. Le lamía la punta primero, dando vueltas alrededor del glande con la lengua, jugando con el piercing de metal que llevo hace años. Lo golpeaba suavecito contra la polla, tap tap tap, y él soltaba un gemido entre dientes. Después me la metía entera, hasta atragantarme, hasta sentir cómo la punta me tocaba la garganta. Chupaba, subía, bajaba, con una mano rodeándole la base y la otra apretándole los cojones, tirándoselos con cuidado, escuchándolo respirar cada vez más ronco.
Mientras tanto, en la cama de verdad, me la metía a mí. Despacio, con la lengua, chupando la silicona con la misma hambre. La saqué llena de baba, brillante, y me la pasé por los labios de abajo, resbalándola de arriba abajo, empapándola en mi propio flujo hasta que quedó tan mojada como yo.
—Necesito que me la metas —dije en voz alta, y me la metí yo.
De un golpe hasta la mitad. Un segundo golpe, hasta la mitad otra vez. Al tercero la hundí hasta la base, hasta sentir el silicón de la base pegándome al pubis. El grito que solté fue tan brutal que me tapé la boca con la mano libre. El coño me palpitaba entero alrededor del consolador, apretándolo, tragándoselo. Empecé a moverlo, saliendo casi entero y volviendo a entrar, follándome sola con el ritmo que le hubiera pedido a él si hubiera existido.
Apreté el botón de la base y el consolador arrancó a vibrar dentro de mí. La sensación es indescriptible. La extensión entera de silicona vibrándome contra las paredes del coño, contra el punto ese que se me hincha cuando estoy muy salida, mientras con la otra mano me machacaba el clítoris en círculos rápidos. Sudaba. El pelo se me pegaba a la frente. Las sábanas debajo de mí ya estaban empapadas y no me importaba nada.
Y él, en mi cabeza, me estaba mirando. Sentado en el borde de la cama, la polla en la mano, pajeándose despacio mientras me veía coger sola. Córrete para mí, me decía sin voz. Córrete ahora, delante de mí, quiero verte.
Me corrí. Fue un orgasmo largo, sucio, de esos que te tiran la cabeza para atrás y te hacen apretar los muslos contra el juguete. Grité contra la almohada. Sentí cómo el flujo me chorreaba por la raya del culo y manchaba las sábanas. Los dedos del clítoris no paraban, no podía parar, cada vez que dejaba de tocarme un espasmo me sacudía otra vez.
***
No me lo saqué. Me quedé un rato así, con el consolador todavía dentro, jadeando, sudada, la mano libre paseándose por el cuerpo como si no fuera mía. Los pezones seguían durísimos. Me los pellizqué uno a uno, tirando fuerte, disfrutando ese pinchazo agudo que me manda una descarga directa al coño. Me pasé la mano por el vientre, por las caderas, hasta el culo. Sin pensarlo mucho me chupé el dedo del medio y me lo apoyé en el ano, apenas empujando, apenas metiéndolo la primera falange.
El coño me apretó el consolador con otra oleada tibia. Estaba lejos de haber terminado.
Cerré los ojos otra vez. El hombre sin cara ya no estaba detrás de mí. Ahora yo estaba en cuatro patas sobre la cama, con la cara aplastada contra la almohada y el culo bien en pompa, y él estaba de rodillas atrás, agarrándome de las caderas. Me daba una nalgada seca que me hacía saltar. Otra. Otra más, esta vez con más fuerza, hasta dejarme la marca de la mano ardiéndome en la piel. Con la mano abierta me abría las nalgas y me miraba entera: el coño hinchado, el ano fruncido, todo brillando de tanto flujo.
—Vas a portarte bien —me decía. Yo asentía contra la almohada, sin aliento.
Y entonces me penetraba. Despacio primero, dejándome sentir cada centímetro que entraba, y después con un ritmo bestial, agarrándome del pelo, hundiéndose hasta chocar con el fondo del coño una y otra vez. Con el pulgar de la otra mano me tanteaba el culo, empujaba apenas, sin llegar a meterlo del todo. Con eso ya me alcanzaba para volverme loca, para gemir sin tapujos, para pedirle que no parara nunca.
En la cama real yo me estaba follando otra vez con el consolador, ahora de costado, con las piernas cerradas y los muslos apretándolo, follándomelo con movimientos cortos y bruscos. La vibración me llegaba hasta los huesos. Me chupé el índice y me lo metí en el ano, apenas la puntita, y solté un gemido largo que salió de un lugar del pecho al que no llego con facilidad.
—Así, dame así, más fuerte —le pedí a nadie.
El segundo orgasmo me pilló casi sin aviso. Se me instalaron los espasmos en la panza, subieron hasta la garganta, me dejaron con la boca abierta y sin aire durante un segundo eterno. Apreté los muslos contra el consolador vibrando y me arqueé entera, mordiendo la almohada para no despertar al edificio. Me faltaba respiración. Me temblaban las piernas de un modo que no había sentido en meses, quizás en años.
Cuando por fin apagué el vibrador y saqué la silicona con cuidado, tenía el brazo dormido, la almohada mojada de sudor y saliva, y el corazón latiéndome en las sienes. Miré el reloj: cuatro y treinta y siete. Me había estado tocando una hora y media larga sin darme cuenta.
***
Dejé el consolador al lado, encima de la mesa de luz, sin lavarlo, sin tapa, expuesto como una prueba de mi noche. Me quedé mirando el techo unos minutos, todavía respirando fuerte. El hombre sin cara ya se estaba disolviendo. Empezaba a olvidar los detalles del sueño: la mano en la teta, el bulto en el vaquero, la voz sin voz diciéndome cosas al oído.
Pero me llevaba una cosa clara: quería volver a verlo esa noche. Al día siguiente, mientras preparaba café en la cocina y respondía correos del trabajo, iba a estar todo el tiempo repasando esa imagen. En cada reunión iba a mirar a un compañero y preguntarme si el sueño se le parecía. El de contabilidad tenía las manos grandes. El de sistemas era alto y callado. Cualquiera de ellos podía haber sido el que volvió sin rostro. Cualquiera de ellos podía prestarle la cara a mi amante imaginario a la noche siguiente, y ninguno se iba a enterar jamás.
Me di vuelta contra la almohada, todavía desnuda, todavía pegajosa, y me dormí con una sonrisa que no había tenido en semanas. Dos horas después me despertó el sol filtrándose por la persiana mal cerrada. Volví a mirar el consolador sobre la mesa de luz y me reí sola, ronca, con la garganta seca de tanto gemir.
Esa noche, me prometí mientras me estiraba entre las sábanas manchadas, iba a llegar más lejos. Iba a bajarle una cara al amante. Iba a elegirle un nombre, un olor, una voz. Iba a hacerle cosas que ni yo sabía todavía que sabía hacer.
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