Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Aquella noche me toqué frente al balcón abierto

Llegué a Zacatecas casi a la medianoche, con novecientos cincuenta kilómetros de carretera pegados a la espalda y las manos entumidas del volante. Venía a la boda de mi sobrino, hijo del mayor de mis hermanos, y me había adelantado una semana para descansar y encontrarme con la familia que iría bajando de todos lados. Craso error pensar que en esa casa iba a descansar: estaba a reventar de tíos, primos y suegras, con la boda a medio armar y mi cuñada Roxana corriendo entre listas.

Cuando le dije que me iba a un hotel, me atajó en el zaguán. Me puso en la mano una llave larga, de las de antes, y me dio la dirección de una finca vieja que ellos tenían en el Barrio de San Rafael, a dos cuadras de la Plaza de Toros y del jardín donde en abril se arma la Feria del Real. La rentaban carísima en temporada, me dijo, pero esa noche era mía.

La finca era de dos plantas, construcción de los cuarenta, con techos altísimos y tres recámaras arriba. La principal tenía baño de tina y balcón a la calle. Abajo, patio central, cocina enorme y un segundo patio con asador. Silencio total. Ni el perro del vecino ladraba.

Solo quería un baño largo y dormir hasta las diez. Abrí las llaves de la tina, eché unas sales que encontré en una repisa y me metí cuando el agua todavía quemaba un poco. Cerré los ojos.

Y mi cuerpo, que hace años se manda solo, tomó el volante.

Los dedos empezaron por el cuello, muy lento, como si me tantearan. Bajaron por el hombro, por el esternón, y me di cuenta tarde de que la respiración se me había cortado. Los pezones se me pusieron duros bajo el agua tibia antes de que las yemas los tocaran. Yo quería dormir, pero la piel quería otra cosa. Cuarenta y tantos años de aprenderme el cuerpo hacen que una mano vaya sola a donde tiene que ir.

Me evité el coño a propósito. Rodeé el ombligo, la cara interna del muslo, la ingle. Cuando por fin bajé dos dedos entre los labios ya estaba empapada de algo que no era el agua de la tina. Se me enfrió el agua alrededor y no me importó. Empecé con el clítoris, dando vueltas chicas y firmes, y con la otra mano me apreté una teta. Se me abrió la boca sola, jalé aire y solté un quejido bajo que rebotó en los azulejos.

El primer orgasmo llegó como un latigazo. Corto, seco, cegador. Me arqueé dentro de la tina, salpiqué agua, y me quedé un rato temblando con los dedos todavía adentro. Todavía no había desempacado y ya me estaba viniendo en la casa de mi cuñada.

Me levanté con las piernas flojas y me sequé frente al espejo de cuerpo entero que ocupaba la puerta del baño. Un espejo antiguo, con el azogue picado en las esquinas. Lo que devolvía era, todavía, un cuerpo en su punto. Nalgas grandes y firmes —siempre he sido culona, y a esta edad más—, tetas buenas peleando contra la gravedad, coño depilado casi al ras. Las piernas seguían siendo las piernas de vedette que me había regalado la genética. Marlene, mi comadre, me lo diría con esa manera suya: «Renata, todavía estás para mirarte y, sobre todo, para cogerte».

Pensar en Marlene me cambió el ritmo. Empecé a untarme una crema perfumada que encontré en la repisa, con las palmas abiertas, y las manos volvieron solas al recorrido. Me subí una a la teta y la otra bajó, sin trámite, entre las piernas. Abrí los muslos frente al espejo y me metí dos dedos hasta los nudillos. Estaba tan mojada que se oía el chapoteo entre las yemas. El espejo me devolvía la cara de una mujer que no se estaba portando bien y que lo sabía.

Con la mano libre me pasé un dedo por el culo, apenas, apretando. La imagen fue demasiado: yo, de pie, cogiéndome a dos manos frente al reflejo, con la boca abierta como una puta. Me solté de las buenas costumbres. Empujé más adentro, con más fuerza, con las rodillas separadas. Cerré los ojos, los abrí, busqué mi propia mirada en el reflejo y me insulté por lo bajo. «Zorra. Cachonda. Puta.» Cada palabra me apretaba algo por dentro.

Vino el segundo. Este ya no fue corto. Me clavé los dedos hasta el fondo y me quedé ahí, jadeando contra el espejo empañado, hasta que las piernas dijeron basta y me tuve que sentar en el mármol frío del lavabo. Todavía me temblaba el vientre.

Me metí a la regadera, ahora, con el agua muy fría. Esperaba enfriarme por dentro. No pasó nada. Seguía en modo comadre encendida.

Entonces me acordé de la maleta.

Marlene me la había dejado en la cajuela el día anterior, «para el camino», sin decirme qué era. La había bajado con el resto del equipaje y la había dejado tirada a un lado del sillón. Me puse una toalla y bajé por ella. Adentro había un albornoz de seda que me abrazó como si me conociera, un par de zapatillas de tacón bajo, de esas que usaban las divas del cine mexicano en los cincuenta, y tres cajas cerradas.

Me calcé el albornoz, los tacones, y abrí la primera caja sentada en el borde de la cama. Dos huevos vibradores alargados, uno del tamaño de una nuez y el otro más grande, unidos por un cordón fino y con un control inalámbrico. La segunda caja tenía un consolador grueso, curvo, con una lengüita al extremo que no supe para qué era. La tercera, un frasco de lubricante que no iba a necesitar y una nota escrita a mano: «Renata, no manches el sillón. Besos, Marlene.»

Solté una carcajada sola en la habitación. Esa cabrona me conocía demasiado.

No me fui a la cama. Fui al balcón. Corrí las cortinas gruesas de terciopelo y dejé solo las gasas transparentes. Abrí de par en par las puertas de madera añeja. Afuera, la luz naranja de los faroles del jardín entraba filtrada por la tela y hacía dibujos en el piso. Se oían voces lejanas de una cantina de la esquina, risas, algún carro que pasaba muy despacio. Arrastré un sillón bajito hasta pegarlo casi al marco del balcón y me eché ahí, con el albornoz abierto y los tacones puestos.

Me pasé un dedo por los labios del coño. Seguían empapados. Tomé el más chico de los huevos y me lo empujé adentro despacio. Se metió solo, chupado, hasta el fondo. El segundo, más grande, se quedó apenas asomado, rozándome el clítoris con la parte más ancha. Le di al control. Nivel uno.

Un cosquilleo, apenas. Me dejé unos minutos, respirando por la boca. Con la mano libre me abrí el albornoz del todo y empecé a jugar con los pezones. Los pellizqué, los estiré, los mojé con saliva y volví a apretarlos entre el pulgar y el índice. Nivel dos. La vibración se hizo un latido y el huevo de afuera me pegaba justo en el punto. Cerré los ojos.

Empecé a imaginar. No una escena precisa, sino voces. Una boca contra la oreja. «¿Quieres que te siga cogiendo, cabrona?» Me contesté yo misma, moviendo los labios sin hacer ruido: «Sí, sigue, sigue, no te pares.» Otra voz, más grave: «Entonces muévete, zorra.» Me arqueé en el sillón y empujé la cadera contra el huevo de afuera. Nivel tres. La cosa vibraba como una avispa entre las piernas, y yo me contorsionaba con los tacones clavados en la madera para no resbalarme.

Con dos dedos me abrí los labios y expuse el clítoris al huevo. Nivel máximo. La descarga me subió por la espina, se me metió en la nuca, me hizo abrir la boca en un aullido que ahogué mordiendo el cuello del albornoz. Me vine. Fuerte. El huevo de adentro me golpeaba las paredes como si fuera un puño chiquito, y el de afuera no me daba tregua.

Me puse de pie con los vibradores todavía puestos. Caminé hasta la ventana del balcón, di dos pasos, con los tacones sonando contra la madera. Aparté la cortina de gasa con el dorso de la mano y me quedé ahí, medio cuerpo desnudo asomado a la calle, con el otro brazo apoyado en el marco. Cualquiera que levantara la vista me vería. La luz naranja me iluminaba las tetas y el vientre. Pensé en las historias que se cuentan en los cuartos de esta ciudad, en la Llorona y esas cosas, y en la nueva leyenda de barrio que iba a nacer esa noche: los aullidos de la comadre culona del balcón de San Rafael.

Me reí sola, y con la risa vino otro temblor. Volví al sillón, jalé el cordón de los huevos y los saqué uno a uno. El grande salió con un ruido de destape, chapoteante, que me hizo cerrar los ojos de gusto. El coño no quería soltarlos. Me quedó un hilo de flujo colgando de la mano y una vibración residual que no se iba.

Abrí la segunda caja. El consolador era pesado, de un material que se sentía como piel de verdad. No tenía ganas de leer instrucciones. Le pegué un lametón a la punta para probar el sabor —a nada— y me lo metí de un empujón, sentada, con las piernas abiertas al aire de la calle. Se me escapó un «¡ay, hijos de la chingada!» que rebotó en las paredes del cuarto. Empecé a meter y sacar, con ritmo, apoyando el codo en el reposabrazos para no cansarme.

La lengüita del extremo, esa que no había entendido, buscó sola el clítoris. Cuando lo encontró, se pegó como una ventosa. No vibraba: chupaba. Un tirón chiquito, rítmico, como si me estuvieran comiendo despacio. Solté el consolador con la mano y él se quedó ahí, adentro, y me quedé mirando el techo con la boca abierta. Todo se puso confuso. La ventosa chupaba, el interior seguía lleno, y yo no sabía qué me iba a matar primero.

Me vine otra vez. Tres veces seguidas, en oleadas cortas y encimadas. Y cuando pensé que ya, el aparato soltó por sorpresa dos chorros de aire comprimido —uno contra el clítoris y otro más adentro, contra un punto blando que me hizo saltar en el sillón. Grité. Grité de verdad, sin taparme la boca. Que la ciudad se enterara.

Marlene era el diablo. ¿Cómo se le ocurría regalarme algo así? Y, sobre todo, ¿cómo sabía que yo iba a llegar a esa casa vacía muriéndome por meterme mano?

Me quedé un rato larguísimo tirada en el sillón, con el consolador todavía adentro, escuchándome respirar. Afuera, la calle siguió con sus voces y sus carros como si nada. Cuando por fin junté fuerzas para levantarme, cerré las puertas del balcón, dejé los juguetes envueltos en una toalla y me metí a la cama con el albornoz puesto. Los tacones se me cayeron solos al piso.

Dormí como no dormía en años.

A la mañana siguiente, mientras me hacía un café en la cocina enorme de la finca, le mandé un mensaje a Marlene. Tres palabras: «Te odio, cabrona.» Vi los tres puntitos aparecer y desaparecer un rato. Contestó: «¿Cuántas veces?» Le puse: «Cinco.» Y agregué: «Necesito la boda ya, para irme.»

Me contestó con un solo emoji, y con la promesa de que en la casa de ella, en la próxima visita, la maleta iba a ser todavía más grande.

¿Estás en Buenos Aires? Pasá por Chicas Elite Recoleta: perfiles verificados y contacto directo.

Ver todos los relatos de Fantasías

Valora este relato

Comentarios(7)

Florencia_92

Que rico!!! me encanto, la idea de Marlene es un personaje en si mismo jajaja

Lucia_mdq

Por favor necesito una segunda parte, no puede quedar asi!! me dejaste con ganas de mas

Daniela_Gral

Increible... me senti completamente identificada. Esas noches solitarias que terminan siendo las mejores siempre son las que menos esperabas.

Noctambulo44

Muy bueno, tenés un estilo muy natural que engancha desde el principio. Segui escribiendo!

CuriosaEnLaNoche

jajaja la sorpresa de la valija... que amiga tenés eh

MarcelaBaires

Me encanto el ritmo, empieza tranquilo y de repente ya estas completamente dentro de la historia. Se nota que sabes escribir, no es solo el contenido sino como lo contas. Espero que haya mas.

ElPibe_leo

Se hizo cortisimo!! queremos mas

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.