El video olvidado que me hizo perder la cabeza sola
Todo empezó una tarde de martes cualquiera, mientras hacía limpieza en la laptop. Estaba borrando carpetas viejas del trabajo, fotos duplicadas, capturas de pantalla sin sentido, cuando tropecé con un archivo llamado «oficina_agosto» que no reconocí. Le di doble clic sin pensarlo, más por costumbre que por curiosidad, y me quedé petrificada frente a la pantalla.
Era yo.
Yo, desnuda, sobre una colcha tirada en el piso de mi antigua oficina de la calle Belgrano. Las medias oscuras y el liguero seguían puestos, como me gustaba usarlos aquel verano. La resolución era pobre, granulada, con esa luz amarillenta de una lámpara de escritorio que apuntaba mal. Encima de mí, montado con una fuerza brutal, estaba Damián. Damián, que había desaparecido de mi vida hacía más de dos años y de mi memoria hacía casi el mismo tiempo.
Se me secó la boca. Subí el volumen con el dedo tembloroso.
El video duraba dos minutos y medio, no más. Se escuchaba mi voz entre gemidos roncos, entre esos «papito, así, cógeme más fuerte» que yo repetía como un mantra sucio, y su respiración de perro cansado sobre mi cuello mientras me metía la verga hasta el fondo, una y otra vez. En un momento se apoyaba en las puntas de los dedos, como haciendo lagartijas encima de mí, y esa postura le permitía clavarla entera; se le veían los huevos chocando contra mi periné, pesados, y yo estiraba las piernas hasta pegarlas al pecho para dejarle el coño abierto de par en par.
Cerré la laptop de golpe. Me temblaban las manos. Rodrigo, mi marido, había salido de la ciudad esa misma mañana por un tema de trabajo y no volvía hasta el jueves. La casa estaba en silencio, un silencio pesado, con el sol de la tarde entrando de costado por las persianas del comedor.
Me di cuenta de dos cosas al mismo tiempo: primera, que no me acordaba en absoluto de haber grabado ese video, ni de esa tarde, ni de ninguna otra tarde con Damián de la que hubiera un registro. Mi cabeza había hecho una limpieza fina, quirúrgica, y lo había mandado todo al fondo. Segunda, que entre las piernas estaba mojada como una adolescente, ridículamente mojada, con las bragas ya pegadas a los labios.
Rodrigo y yo somos swingers desde hace años. No es un secreto entre nosotros: cada uno tiene su vida sexual paralela con la venia del otro, y hemos compartido cama con parejas y con desconocidos suficientes veces como para no ponernos moralistas. Damián, sin embargo, había sido otra cosa. Damián había sido mi amante privado, mi vicio, el único que Rodrigo nunca conoció y del que nunca le hablé. Por eso encontrar ese video me revolvió tanto: no era una escena de un intercambio consentido, era mi secreto guardado.
Me di una ducha larga, con la mano entre las piernas todo el tiempo, resistiendo terminar bajo el agua caliente para no gastar el orgasmo tan barato. Salí del baño desnuda, con el pelo mojado empapando la almohada, y me metí en la cama con la laptop encendida esperándome como una amante paciente. El vibrador pequeño, el que uso para el clítoris, lo tenía cargado en la mesa de noche.
Puse play.
La primera vez que lo vi entero fue casi de arqueología. Estudiaba cada gesto de mi cuerpo más joven, cada movimiento de Damián, escuchaba mis propios gemidos como si fueran de otra mujer. Se me marcaban las tetas rebotando en el pecho al ritmo de sus embestidas, se me abría la boca sin vergüenza, se me contorsionaban las piernas en el aire buscando el mejor ángulo para recibirlo. En un momento del video, yo lo agarraba de la nuca y le decía al oído «rómpeme, mi vida, rómpeme entera», y esa voz mía, ronca y suplicante, hizo que se me endurecieran los pezones al instante.
Encendí el vibrador. Lo apoyé sobre el clítoris hinchado y solté un quejido largo, animal. Me metí dos dedos de la mano libre en el coño, hasta el nudillo, y empecé a moverlos al mismo ritmo que las embestidas del video. Estaba tan mojada que se me escurría por la muñeca hasta el codo, y las sábanas debajo del culo se iban empapando en un charco cada vez más grande.
Rebobiné. Puse play otra vez. Y otra. A la tercera repetición, mientras el Damián de la pantalla me penetraba con esa saña que solo él tenía, me llegó una convulsión tan honda que arqueé la espalda hasta despegarme del colchón. El grito que solté rasgó el silencio de la casa vacía: un aullido puro, sin filtro, que reboté contra el techo alto de la habitación. Me quedé temblando un rato largo, con el vibrador todavía apoyado sin querer, escuchando cómo la piel de los muslos me seguía saltando sola en pequeñas descargas.
No paré ahí. Ni cerca.
Empecé a pensar en Rodrigo. En que si estuviera en casa, si volviera de golpe del viaje y me pillara así, no diría una palabra: se quedaría en el marco de la puerta, mirándome, con esa mirada que ponía cuando jugábamos al amo y la sumisa. No es un juego que hacemos con los otros amantes, es solo nuestro. Rodrigo sabe cómo mirarme. Sabe cómo decir «sigue» sin mover los labios. Y yo, tirada como estaba, con el pelo pegado a la cara, empecé a imaginarlo ahí parado, sin moverse, dejándome que me acabara sola una y otra vez mientras él decidía qué me hacía después.
Bajé a la cocina con las piernas temblando, sin ponerme nada encima. Todavía tenía el vibrador en la mano, apagado. Abrí el refrigerador con la otra y encontré lo que buscaba: un pepino grueso, casi obsceno, verde oscuro, largo como mi antebrazo. Lo lavé con agua fría mirando la ventana de la cocina, imaginando por un segundo que había alguien afuera, en la vereda, viendo cómo una mujer desnuda lavaba una verdura enorme a las nueve de la noche. La idea me subió otra ola de calor por el vientre.
Volví a subir agarrada del barandal. Casi me caigo en el último escalón por el temblor.
De vuelta en la cama, retomé el video. Ahora me miraba a mí misma como quien mira a otra: qué puta más caliente era yo entonces, cómo se me abría de piernas hasta tocar la pared del fondo con los dedos gordos de los pies, cómo le ofrecía todo el piso pélvico a Damián para que hiciera lo que quisiera. Me lamí el pepino de arriba a abajo, mojándolo bien con saliva, y empecé a metérmelo despacio. Estaba tan dilatada que entró sin resistencia hasta un tercio, pero luego el grosor empezó a estirarme por dentro y solté un lamento largo, con la boca torcida.
Lo empujé más adentro con la palma abierta. Se me llenó el coño hasta un lugar que ni Damián había alcanzado en la vida real. Encendí el vibrador otra vez y esta vez lo bajé hasta el ano: primero afuera, hormigueándolo en círculos, ablandándolo; después, con los dedos, ayudándolo a entrar. La punta se hundió con un chasquido húmedo y solté una carcajada rara, medio loca, medio llorando.
Estaba doblemente llena. Escuchaba los gritos míos del video y los gritos míos del presente mezclándose en un solo coro obsceno, y mientras movía el pepino hacia adentro y hacia afuera con una mano y ajustaba el vibrador con la otra, se me cruzó por la ventana medio abierta el ruido de unos hombres trabajando en la calle. Voces roncas, órdenes, martillazos. La cuadrilla que estaba arreglando el asfalto llevaba ahí tres días.
Se me heló y se me calentó todo al mismo tiempo.
¿Me estaban escuchando? Seguro que sí. Los gritos que se me escapaban no eran de esos que se disimulan. Los imaginé apoyados contra el muro del jardín, tres o cuatro tipos morenos, sudados, con los pantalones de trabajo bajados hasta los muslos, cascándosela en fila mientras me escuchaban chillar. Uno de ellos, el más alto, se pasaba la mano por la verga larga y venosa y le decía a los otros: «esa mina de arriba se está corriendo, la escuchan». Y los otros asentían, sin dejar de sacudírsela.
Me clavé el pepino de un empujón brutal y grité el nombre de Damián. Lo grité entero, con apellido, como si estuviera invocándolo. Rodrigo desapareció de mi cabeza por un segundo. Los albañiles de mi imaginación desaparecieron también. Quedamos Damián y yo solos en la habitación oscura, él encima del video, yo debajo, y la venida me atravesó de arriba a abajo como un tren descarrilado.
Fue tan fuerte que expulsé el pepino y el vibrador al mismo tiempo. Salieron disparados como proyectiles, uno hacia el piso y el otro rebotó en la pared. Me quedé tirada boca arriba, con las piernas todavía abiertas, con la garganta rasgada, respirando con la boca abierta como un pez fuera del agua. Las sábanas empapadas, la almohada torcida, un hilo de saliva en el mentón. No podía moverme. No quería moverme.
Estuve así un rato largo, sin apagar la laptop. El video terminó y volvió a empezar solo, en bucle. Yo lo dejé correr con el sonido bajo, escuchándome a lo lejos, como si esa mujer que gritaba en la pantalla fuera una hermana perdida.
Después me arrastré al baño, me limpié, cambié las sábanas y me quedé dormida abrazada a la almohada de Rodrigo. Soñé cosas raras. Soñé con manos que no eran las de nadie, con una habitación llena de espejos, con el pepino verde flotando en un vaso de agua.
***
Dos días después, el jueves por la mañana, mientras Rodrigo desarmaba la valija del viaje en la habitación, sonó el aviso de un correo en el teléfono. Lo abrí sin mirar mucho, esperando que fuera del trabajo.
Era de Damián.
Dos años sin una palabra suya. Ni una llamada, ni un mensaje, ni un like en ninguna red social. El asunto decía solamente: «me acordé de vos anoche». El cuerpo del correo era corto. Decía que había soñado conmigo, que se había despertado con mi voz en la cabeza, y que si algún día quería tomar un café podía escribirle a ese mismo mail. Nada más.
Levanté la vista. Rodrigo colgaba una camisa en el placar, tarareando bajito, sin darse cuenta de nada.
Me quedé mirando la pantalla del teléfono un rato largo. No contesté ese día. No contesté al siguiente tampoco. El correo sigue ahí, sin respuesta, esperando que yo decida. A veces lo abro de noche, cuando Rodrigo se duerme temprano, y me pregunto si Damián habrá escuchado, desde donde estuviera esa noche, cómo grité su nombre entre el pepino y el vibrador. Si habrá sentido, en algún nivel raro y oscuro que yo no entiendo, que a doscientos o dos mil kilómetros de distancia, una mujer que se había olvidado de él estaba invocándolo con el coño abierto y la garganta rota.
No sé si voy a contestar. Pero el video sigue en la carpeta. Y el pepino, todos los martes, vuelve a aparecer en la lista del súper.
Para quienes leen desde zona oeste: escorts en Ituzaingó, con fotos reales.