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Relatos Ardientes

Mi vecina es la actriz porno que veo desde los 18

Hugo estaba tirado en el sofá, con el portátil abierto y una cerveza a medio terminar, cuando sonó el timbre. Se levantó con desgana, convencido de que sería el repartidor, y abrió sin mirar por la mirilla. Entonces el mundo se detuvo.

Ahí estaba ella. Vera Lux, en carne y hueso, con la melena castaña recogida en una coleta alta y unos ojos verdes que parecían atravesarle el cráneo. Llevaba unos leggins negros que se ceñían a cada curva y un top deportivo gris bajo el que se adivinaba que no llevaba nada más. Hugo sintió cómo la sangre le golpeaba las sienes. Y otras zonas. Sobre todo otras zonas.

—¡Hola! —dijo ella con una sonrisa amplia, natural, como si no fuera consciente de lo que provocaba—. Soy tu nueva vecina. Me acabo de mudar al piso de al lado y estoy un poco perdida. ¿Podría pedirte un favor?

Su voz tenía un tono ronco que le erizó la piel. Hugo tardó unos segundos en reaccionar, consciente de que la tenía a menos de un metro. Podía olerla: una mezcla de perfume dulce y algo cálido que le secó la garganta.

No puede ser. Es ella. Es Vera Lux. Mis noches enteras desde los dieciocho.

—Sí, claro… lo que necesites —logró decir, con la voz más firme que pudo.

—Genial. ¿Tienes algo de sal? Estoy cocinando y la mía se ha perdido entre las cajas.

Hugo asintió como un idiota y fue a la cocina. Mientras buscaba el salero, su cabeza se llenó de imágenes que conocía de memoria: ella de rodillas, sonriendo a cámara, riéndose entre dos hombres en aquella escena que había visto cientos de veces. La misma boca que ahora le sonreía a él en su rellano.

Cuando volvió, ella estaba apoyada en el marco de la puerta, con una pose despreocupada que de despreocupada no tenía nada. Le entregó la sal intentando que la mano no le temblara.

—Gracias, vecino. Prometo devolvértela. O invitarte a cenar para compensar —dijo, guiñándole un ojo antes de darse la vuelta.

Y cuando lo hizo, Hugo tuvo que morderse el labio. Cerró su puerta, apoyó la espalda contra ella y soltó el aire que llevaba un minuto entero conteniendo.

Hostia. Mi vecina es Vera Lux.

***

Esa noche no pegó ojo, y los días siguientes fueron peores. Trabajaba desde casa, y cada vez que levantaba la vista hacia la pared imaginaba lo que había al otro lado. La polla se le endurecía solo de pensarlo.

La encontró otra vez al anochecer, cuando salía a tirar la basura. Vera venía de la ducha, con una toalla blanca ajustada al cuerpo y el pelo mojado cayéndole sobre los hombros. Una gota de agua le resbalaba por la clavícula y se perdía bajo la tela.

—¡Hey, vecino! —dijo sonriendo, como si no fuera consciente de que estaba provocando una erección instantánea—. Joder, qué calor, ¿eh? Me muero después de ducharme.

Hugo solo pudo asentir. No conseguía apartar los ojos de esa toalla que amenazaba con deslizarse en cualquier momento. Ella se inclinó un segundo para ajustarla, y él tuvo que disimular como pudo antes de meterse en su piso.

Apenas cerró la puerta, fue directo a la habitación. Ni se molestó en encender la luz. Se tumbó en la cama, cerró los ojos y la imaginó dejando caer la toalla, ofreciéndose sin pudor. No duró nada. Se corrió con el cuerpo en tensión y la respiración rota, y se quedó mirando el techo con una sonrisa torcida.

Esto no va a acabar aquí. Ni de coña.

***

El gimnasio del edificio tenía lo justo: unas mancuernas, un banco, dos máquinas de poleas y una colchoneta. Hugo bajó más por instinto que por motivación. Desde que sabía que Vera entrenaba allí, cualquier excusa era buena para aparecer.

Ella ya estaba en la cinta, con un conjunto gris claro ajustadísimo y el sudor empezando a marcar el tejido. Lo saludó con la mano sin dejar de correr.

—¡Vecino! Justo empezaba con pierna. ¿Te apuntas?

Hugo cogió una mancuerna más por aparentar que por entrenar. No podía dejar de mirarla. Cuando ella terminó, se dejó caer en un banco frente a él y bebió agua con la respiración todavía agitada.

—Hacía tiempo que no me mataba tanto —dijo—. Me gusta este gimnasio. Es tranquilo, y nadie me molesta. —Lo miró con curiosidad y soltó una risa suave—. ¿Sabes? Entrenar me recuerda a los rodajes. Después de una escena dura termino igual: sudada y con las piernas temblando.

Hugo se atragantó con su propia saliva.

—¿E-en serio? —preguntó, intentando sonar neutro.

—Claro. Grabar es cardio puro. La primera vez que rodé con Leo Stone pensé que me iba a desmayar —rió, como quien cuenta una anécdota de la universidad—. Ese tío está armado como un caballo. Creí que me iba a partir en dos.

Hugo sintió un latigazo que casi lo hace gemir ahí mismo. Estuvieron un rato más hablando de cosas triviales, pero aquellas frases le taladraban la mente. Cuando Vera se levantó para irse, el movimiento lento de su cuerpo al alejarse fue la gota que colmó el vaso.

Llegó a su piso, cerró de un portazo y fue directo a la cama. La imaginó en la pared del gimnasio, jadeando con esa misma naturalidad con la que hablaba del tráfico, como si el sexo y lo cotidiano fueran exactamente la misma cosa. Se corrió pensando en eso, en lo imposible que era distinguir una cosa de la otra en ella.

***

La piscina comunitaria fue el siguiente escenario. Hugo bajó pasadas las once, buscando alivio para el calor y para el fuego que arrastraba desde hacía días. Y, cómo no, allí estaba ella, tumbada de lado en una hamaca, con un bikini tan mínimo que parecía más decorativo que funcional. Una gota de sudor le bajaba lentamente por el pecho hasta perderse bajo la tela.

—¡Eh! —dijo, girando la cabeza con una sonrisa fresca, sin maquillaje—. Hola, vecino. ¿Te animaste al calor?

Hugo se forzó a sonreír y se sentó en una tumbona cercana, intentando aparentar normalidad. No tuvo tiempo de ocultar nada. Vera se incorporó, bebió agua sin pudor y dejó que un hilo le resbalara por la comisura del labio.

—Es brutal este calor. Aunque me encanta el sol. En algunos rodajes me han hecho grabar escenas al aire libre, en piscinas como esta. Me he quemado hasta sitios que no te imaginas —añadió riéndose—. El aceite, el sol, la fricción… ¿sabes?

Hugo parpadeó. No, no sabía. Su erección estaba ahora completamente marcada bajo la tela húmeda del bañador, y el agua que salpicaba desde la ducha cercana no ayudaba a disimular.

Vera siguió su mirada y, lejos de incomodarse, le dedicó un gesto casi tierno.

—Ey, tranqui. No te agobies por eso. Es completamente normal —dijo, señalando muy sutilmente con la mirada—. No eres el primero al que le pasa estando conmigo. Ni serás el último. Es solo una reacción física.

Volvió a beber y le guiñó un ojo, sin picardía, con la complicidad sencilla de un viejo amigo.

—Además, me lo tomo como un cumplido. Me alegra saber que no he perdido efecto, aunque esté en modo vecina —bromeó.

Hugo no sabía si reír, llorar o salir corriendo. Ella hablaba de excitación como otros hablan de tener sed. Cuando Vera se levantó para volver a su piso, el hilo del bikini se perdió entre sus curvas, y él supo que esa imagen lo acompañaría toda la noche.

—Nos vemos luego, Hugo —dijo, despidiéndose con la mano—. Si te pasas por el gym más tarde, igual me animo yo también.

***

Se animó al día siguiente, y esta vez fue distinto. Vera estaba haciendo sentadillas con barra cuando él entró.

—Ey, Hugo. ¿Sabes hacer hip thrust? —preguntó, apoyando una barra con discos en el suelo—. Es buenísimo para los glúteos. Yo lo he hecho en cientos de rodajes, aunque con otro tipo de peso encima —bromeó.

Se tumbó con la espalda contra el banco y, al subir las caderas, todo su cuerpo entró en un movimiento que a Hugo le cortó la respiración.

—Aprieta fuerte al subir. Y no pienses en lo que se mueve, que sé que distrae —añadió, sin dejar de moverse.

Hugo estaba rojo como un tomate. Intentó imitarla, pero lo único que tenía en la cabeza era su cuerpo sudado y esa barra rozando justo donde no debía. Vera se arrodilló a su lado para corregirle la postura.

—Ajusta aquí —le indicó, tocándole la pelvis— y empuja desde más abajo.

El roce, la voz suave, el olor a piel caliente. Cuando se sentaron en la colchoneta a estirar y ella le levantó una pierna con suavidad, ya no quedaba nada que disimular: el bulto bajo el pantalón corto era evidente. Vera bajó la vista y soltó una risita.

—¿Otra vez? —murmuró, divertida.

Hugo iba a disculparse, a esconderse, a morirse. Pero ella se inclinó un poco más y le dijo, en el mismo tono con el que ofrecería una botella de agua:

—¿Quieres que te ayude a bajarla?

—¿Eh? —Hugo la miró sin entender del todo.

—La erección —aclaró con total normalidad—. Te la quito en un momento si quieres. Nada raro. Lo he hecho con actores antes de rodar, cuando están demasiado tensos. Es como soltar presión. Y la tienes tan dura que casi me clavas la pierna.

Hugo no respondió. Solo asintió, casi sin respirar. Vera se colocó entre sus piernas y, con movimientos tranquilos y precisos, lo liberó del pantalón. Lo rodeó con la mano y empezó a moverla con una calma desconcertante.

—Relájate. Yo me encargo.

La escena era irreal: en el suelo del gimnasio, con el sudor cayendo, y ella allí, tan natural como si formara parte de la rutina. Hugo no duró nada. El cuerpo se le tensó, jadeó y se corrió con un gemido ahogado. Vera se limpió las manos con una toalla y le lanzó una sonrisa sencilla.

—Mucho mejor, ¿no? Mañana seguimos.

Y se fue caminando como si no hubiera pasado nada.

***

La tarde siguiente sonó su timbre. Era Vera, en bata corta y descalza, con el pelo en un moño desordenado y el móvil en la mano.

—¡Hugo! Perdona que venga así. Necesito un favor un poco raro. Bueno, para ti tal vez. Para mí es bastante normal.

Él la miró, esperando.

—Estoy preparando contenido para mi canal de pago —dijo, con la misma naturalidad de siempre—. Es de lo más vendido. El problema es que no tengo a nadie aquí ahora y necesito sacarlo ya. Estoy maquillada, tengo buena luz… Solo necesito que me corras encima.

Silencio.

—Tranquilo, no te agobies —continuó ella con media sonrisa—. No tiene que durar mucho. De hecho, creo que tú vas a ir bastante rápido, ¿verdad? No es por ofender. La otra vez lo comprobé. Y sinceramente, me viene perfecto.

Él no supo qué responder. Pero su cuerpo sí.

—Eso es un sí —rió ella—. Vamos, entra. Cuanto antes, mejor.

El salón estaba preparado con luz natural y un espejo de cuerpo entero. Vera dejó caer la bata hasta los codos y se colocó frente al cristal.

—Quiero algo rápido, espontáneo. Tú solo ponte delante y, cuando estés listo, dispara. ¿Te molesta si me agacho así? Me favorece el ángulo.

Hugo empezó a acariciarse sin quitarle ojo. No podía creer lo que veía: ella a escasos centímetros, con la expresión serena de quien ha hecho esto mil veces. Cogió un pequeño bote de aceite corporal y se untó la piel hasta dejarla brillante.

—Si estás a punto, avísame —dijo, mirándose en el espejo.

Pero no pudo avisar. Gimió en seco, los músculos en tensión, y se corrió en apenas unos segundos, con una sacudida violenta. Vera no se movió; mantuvo la postura, mirando su reflejo con la concentración de quien se pinta los labios.

—Perfecto —murmuró, levantando el móvil para disparar varias fotos—. Se nota que te tenía a punto.

Hugo se subió el pantalón, algo avergonzado.

—Ha sido muy rápido —se defendió—. No soy tan precoz, normalmente.

Vera soltó una risa suave y se acercó sin pudor.

—¿Te molesta que lo diga así? Yo lo decía como un cumplido. Para mí es un signo de éxito. —Alzó una mano hacia su bragueta con una sonrisa cómplice—. A ver si te doy una oportunidad de demostrarlo.

Antes de que pudiera decir nada, lo tenía otra vez en la mano, todavía sensible, hinchándose de nuevo como un resorte.

—Uy. ¿Ves? Esto dice otra cosa —murmuró.

—Vera, si sigues así voy a…

Pero ya era tarde. La segunda descarga fue aún más intensa, una ola caliente que lo dejó sin aire y completamente fuera de control.

—Vaya. Eso sí que no me lo esperaba —rió ella, limpiándose con el interior de la bata—. Eres como una pistola de repetición.

Hugo se dejó caer en el sofá, con la cara ardiendo.

—No me pasa siempre —repitió, frustrado.

—Lo sé, lo sé —dijo ella, acariciándole el muslo con calma—. Pero si me sirve de contenido y tú lo disfrutas, ¿cuál es el problema? —Se levantó y caminó hacia la cocina sin molestarse en cubrirse—. ¿Quieres un zumo antes de que me vaya?

Y Hugo, sentado ahí, aún latiendo por dentro, comprendió que aquello no era una fantasía que se inventaba mirando una pantalla. Era algo mucho más desconcertante: su nueva vida real, pared con pared.

***

Días después, Vera apareció en su puerta con una camiseta ajustada y esa energía suya que lo descolocaba.

—Hola, estrella —le dijo con una sonrisa pícara—. Hoy quiero grabar una escena completa. Algo sencillo, en primera persona. ¿Te apuntas?

Hugo sintió cómo la sangre le bajaba directa al pantalón. Ella lo proponía como quien sugiere jugar a la consola.

—¿Con… todo? —se atrevió a preguntar.

—Claro —respondió, como si fuera obvio—. Ya he grabado con chicos amateurs, y tú me das ese toque real, incontrolable, que les encanta a mis seguidores. Además, me caes bien. Y no pasa nada si te vienes rápido. Cortamos y repetimos. Eso también vende.

Entraron en su piso. El salón estaba preparado: luces suaves, una cámara sobre un trípode y un sofá amplio. Vera dejó el móvil sobre la mesa y volvió del baño con apenas una prenda fina.

—¿Todo bien? —preguntó al verlo paralizado.

—Sí… solo intento no correrme aún.

Ella se rió y se arrodilló frente a él.

—Hugo, de verdad, no te preocupes. Si te vienes rápido, lo usamos. No estás en un examen. —Le acarició con una calma que lo desarmaba—. Solo necesito que estés duro un par de veces. Tú disfruta.

Se colocó sobre el sofá y le hizo un gesto para que se acercara. Hugo la sostuvo por las caderas con las manos temblorosas y, al sentir su calor, la realidad se le escapó. El primer empuje fue suficiente.

—Joder… no…

—¿Ya? —dijo ella, girando la cabeza, divertida.

Él gimió y se vino con un espasmo largo, apartándose enseguida, rojo de vergüenza.

—Lo siento, lo siento… No quería…

—¡Hugo! —rió ella, incorporándose—. Tranquilo. Te dije que podía pasar. ¡Si apenas me has tocado! Vamos a darte un par de minutos y lo hacemos otra vez. Lo editamos todo. Nadie lo notará.

Y así fue. Unos minutos después lo excitó de nuevo con una paciencia infinita, esta vez moviéndose lentamente sobre él. Hugo intentó controlar la respiración, el ritmo, todo. No sirvió de nada. Volvió a venirse en cuanto la sintió.

—Eres mi escena más fácil —bromeó ella, apartándose el pelo de la cara—. Pero también la más honesta.

—No soy tan precoz siempre… —balbuceó él.

—Shhh. Te pasa conmigo, porque te gusto, porque te caliento. Y eso está bien. Si no te pasara, no sería divertido.

No le dejó pensar mucho más. Volvió a colocarse sobre él, frotándose con dulzura y susurrándole cosas al oído. Y sí, volvió a hacerlo: apenas la rozó y ya estaba estremeciéndose otra vez.

Vera lo abrazó contra su pecho, riéndose bajito.

—Tengo material para tres vídeos distintos, cariño —le dijo, divertida—. Y yo ni siquiera he empezado todavía.

Hugo cerró los ojos, agotado y feliz, pensando que ninguna pantalla del mundo había estado nunca tan cerca de la vida real.

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Comentarios (5)

CarlitosBA

que locazo el arranque, me quede pegado leyendo hasta el final. 10 puntos!!

Fernanda_PBA

Por favor seguila, quede con muchisimas ganas de saber como termina todo jaja. Tremendo relato!

MatiasCordoba77

Me recordó a una vez que me crucé con un famoso en el super y no supe ni como reaccionar. Imaginate si encima fuera una situacion así jajaja. Excelente.

ViejaEscuela2k

increible!! ojala me pase algo parecido alguna vez en la vida

verano_secreto

Lo que mas me gustó es que no se vuelve todo burdo de golpe, tiene suspenso y eso lo hace mil veces mejor. Sigan escribiendo asi!

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